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27/4/09

Chasing cars



We'll do it all
Everything
On our own

We don't need
Anything
Or anyone

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?

I don't quite know
How to say
How I feel

Those three words
Are said too much
They're not enough

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?

Forget what we're told
Before we get too old
Show me a garden that's bursting into life

Let's waste time
Chasing cars
Around our heads

I need your grace
To remind me
To find my own

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?

Forget what we're told
Before we get too old
Show me a garden that's bursting into life

All that I am
All that I ever was
Is here in your perfect eyes, they're all I can see

I don't know where
Confused about how it's wrong
Just know that these things will never change for us at all

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?



Todo siempre tiene que tratar sobre sentirse solo entre una multitud. Todos siempre tienen que pensar que son más especiales que nadie, y que sólo puede haber una persona que les entienda, y que nadie más les va a hacer sentirse bien consigo mismos nunca más. Todos tienen que mirar a su alrededor y ver gris uniforme, y quieren evadirse, y todos quieren ignorar el mundo. Y se cabrean, y se imaginan como el típico cantante de pop/rock americano, andando mientras toda la calle se mueve a cámara rápida, cantando canciones cuando ni siquiera saben cantar ni entonar, y son incapaces de escribir nada que tenga ni la mitad de sentimiento que un poema sobre, pongamos, una ciudad, o geometría.

Se leen un par de libros que se cuentan entre los best-sellers (que, por cierto, son de los peores casi siempre) y ya creen ser cultos. Dan ropa vieja cuando hay una colecta y se creen humanitarios, caritativos. Ni siquiera saben si el vidrio va al cubo verde o al amarillo.

¿Qué hay de malo en ser uno más?¿Tanta necesidad tiene la gente de sentirse especial?¿Tan faltos de cariños estamos todos, a estas alturas?¿Siete mil millones de habitantes, y nos sentimos solos?¿Quién coño nos creemos que somos?

Despertar con las piernas débiles, bajar titubeando de la cama y encaminarse descalzo a la calle, a buscar hombres con traje gris para preguntarles si se sienten alienados, si creen que tienen prisa y siguen sin saber adónde van, preguntarles si son felices, preguntarles si han conseguido las respuestas a alguna duda existencial que nos corroa...

Descubrir que incluso esos autómatas, esas marionetas que criticábamos, son más felices que nosotros... ¿para esto n/os sirve sentirnos diferentes, especiales... superiores? Porque, no os engañéis, eso de creeros diferentes, a todos vosotros, os provoca la excitación del poder, de pensar que sois superiores a alguien. A tantos.

O somos.

Me pasé cuatro años en el instituto queriendo ser uno más, y luego he malgastado otros tantos queriendo ser alguien que contase. Y si dijese que a partir de ahora voy a cambiar, que voy a ser yo mismo y que les den a todos los que intenten encasillarme... no estoy seguro de poder decir con sinceridad que no mentiría. Cambiar no es tan fácil. Lo he intentado. He conseguido algunos logros (nada demasiado relevante, en realidad).

Y al final me pregunto si realmente merece la pena cualquier esfuerzo. Si no será mejor ser un ermitaño y gritar a cualquiera que se acerque a mí "¡¡FUERA DE MI BOSQUE!!". La sociedad es complicada, y no me llama la atención, pero resulta que tenemos que aprender a "convivir", ya ves tú, a quién se le ocurriría esa magnífica idea.

¿Y sigo intentando ser original con todo esto?¿O intento ser coherente, lógico? Con lo que a mí me gustan las absurdeces irracionales...

Pues yo quiero que la gente me entienda. Y quiero entender a la gente. Y no quiero quedarme con una persona. QUIERO, ME ENCANTAN, muchas personas, y las quiero para siempre, y serán bienvenidas todas aquellas que, con el tiempo, acabe queriendo también. Y quiero ser más conformista, y quiero no fumar tanto, y quiero que no me importe vivir en la calle. Y que les den a todos los especiales del mundo.

Yo quiero mi tanque.

15/3/09

When passion's lost...

"And all the trust is gone..."

Cuando parece que todo y todos te abandonan. Y no hay más que escombros a tu alrededor, arena gris arrastrada por el viento y niebla que te absorbe, que bebe de ti, de tu mente, tus recuerdos, que se emborronan ante tus ojos y se desintegran, pasan a gaseoso y te obnubilan...
Y las manos te tiemblan, sudorosas, y el pulso se te acelera, y los pulmones se cierran, y, desesperado, alargas la mano hacia la blanca nada que te encierra en tu soledad, intentando dar bocanadas de aire contaminado.
Ruinas, todo tú estás hecho de ruinas, y ni siquiera antiguas, son paredes de papel que se humedecen y quiebran con facilidad, apenas una o dos lágrimas después que tu autoestima. Ruinas y sangre. La que palpita en tus pensamientos y los tiñen de rojo. Ese rojo obscuro y violento, que fluye cual río desbocado, corriendo más y más rápido en tu imaginación, dejando atrás tu iniciativa.
Y el blanco te consume.
Y una figura desconocida resurge de sus pesadillas. Es joven, no llegará a dieciocho años. No tiene nombre. Se llama él, en minúsculas, porque todo él es minúsculo, se siente tal, y se sabe tal. No tiene tampoco autoestima, ni iniciativa. Pero no ve en blanco, ni en rojo, ni escombros ni polvo.
Su gesto al incorporarse es agonizante, brusco, y su rostro pálido, húmedo de gélido sudor. Pronto vuelve al estoicismo, sin embargo, se seca la frente y suspira. Se levanta, frotándose los ojos de un modo que parece inconsciente, y se encamina al baño. Se inclina con ademán desganado para abrir el agua fría de la ducha, que le golpea la nuca unos momentos antes de que vuelva a cerrarlo.
Se detiene frente al espejo, con expresión aún somnolienta y abatida, y sacude la desgreñada melena rubia que le cae en descuidados bucles sobre los hombros, secándola como un perro.
Al comprobar su móvil, ve tres llamadas perdidas. Dos del bar, y una de su única amiga. ¿Quién más le llamaría?
Mientras se viste, recuerda un pasado definido como traumático por muchos psiquiatras, como indiferente por él mismo. Un padre que no volvió de comprar tabaco, un padrastro violento, bromas en el colegio, putadas en el instituto, familiares que desaparecieron pronto cuando se quedaron sin casa...
Y ella, siempre ahí. Contra todo pronóstico.
Todo era poco interesante.
Salió del piso con los cascos puestos, pero apagados. El mp4 ni siquiera tenía canciones. A paso lento, se encaminó hasta el bar de siempre, y al llegar el camarero tras la barra lo miró con expresión agria.
- Ya se la ha llevado tu amiga.
Asintió, apático, y dio media vuelta.
Llegó hasta su casa, cogió la llave de repuesto escondida bajo el felpudo, y entró sin decir nada. Su madre estaba en el sofá, desparramada con las mejillas enrojecidas, la ropa dejada caer de cualquier manera sobre la mesa, y una manta cubriéndola hasta el cuello. Roncaba como un carretero.
- Anoche te llamé - se giró hacia el pasillo, desde donde la voz de ella sonaba adormecida - Me avisaron del bar y fui a recogerla. Supuse que estarías descansando después de la tarde de ayer, y preferí traerla aquí...
- Gracias - dijo él con tono neutro. Se acercó a ella, que, en ropa interior, lo miraba con preocupación.
- ¿Cómo te va? - musitó cuando estuvieron a algunos centímetros. Estaba apoyada en la pared, con aspecto de cansada - Digo en el trabajo y eso. Hacía días que no sabía de ti.
- Todo sigue igual - acarició su mejilla. Sabía que a ella le gustaban esos gestos, y lo confirmó al girar la cara y besarle la palma de la mano - Dicen que me harán un contrato en cuanto cumpla los dieciocho.
- Entonces la semana que viene serán dos cosas que celebrar - le sonrió con los ojos entornados y esa mirada tierna que reservaba para él.
- ¿Y tus padres? - apartó la mano. No pensaba que su nacimiento fuese algo digno de fiestas o alegría. No le importaba.
- Trabajando, ya lo sabes - lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos - La clase es bastante aburrida, pero pensé en avisar a algunos para que viniesen el viernes. Pensé que quizá querrías verlos.
- No me interesa verlos - le quitó un mechón de la frente, devolviéndole una mirada intencionada. Aferró su nuca, la atrajo hacia sí, y la besó.
Fueron a su habitación, la cama aún estaba deshecha. Ella le dio un cigarro al terminar, y se encendió uno. Acarició su pecho desnudo.
- Te quiero.
- No.
- Sí - le rozó el cuello con los labios - Quédate conmigo.
- Tengo que irme - dicho y hecho.
Su madre se tambaleaba, pero podía andar por sí misma.
- Feliz cumpleaños, cariño - le sonrió abrazándolo.
- Es el próximo viernes.
Ella lo ignoró, y, cuando llegaron a su casa, empuñó una botella de vodka. Él dio el primer trago, y fue a la ducha.
Su madre entró en el baño poco después, también desnuda.
- Tengo que ir a trabajar - le dijo cuando entró con él y lo abrazó, derramándole vodka en el pelo. Le selló los labios con un beso, y le acarició la entrepierna. Él volvió a lavarse la melena, ignorándola, aunque su cuerpo reaccionase.
Salió de la ducha, dejándola sola y gritándole incoherencias sobre insatisfacción y lazos fraternales.
Para cuando llegó al taller, eran las doce.
- ¡Llegas una hora tarde! - le rugió su jefe, un hombre de al menos doscientos kilos que siempre parecía estar sudando y con un bigotillo ridículo que él consideraba gracioso. Lo miró, impasible.
- Perdón.
A los pocos segundos, el enorme mecánico apartó la vista, mascullando "bah" y señalándole una moto desnuda.
Siempre provocaba eso en los demás. Parecía que se perdían en sus ojos, y encontraban algo que les daba miedo. A todos, excepto a ella. Y a su madre, desde que entró en ese estado de embriaguez permanente. Aunque antes, ni siquiera su madre lo resistía. Cuando tenía ocho o nueve años, y clavaba su mirada vacía y oscura, a pesar de tener irises de un color azul casi blanco, en alguien.
Por eso su padrastro le gritaba. Y le pegaba.
Por eso, seguramente, su padre huyó. Por eso y porque su madre empezó a beber.
Pero no le salía mirar de otra forma. Pensaba en ello a menudo, en esa cualidad extraña que nadie más parecía poseer. Algunos psicólogos hablaron de que todo era a causa de su situación familiar.
Pero a él no le importaba su situación familiar. Le había tocado, y vivía con ello. Lo soportaba todo, incólume, inamovible e inconmovible.
Al llegar a casa, su madre estaba tirada junto a la entrada, y vio el salón destrozado. El televisor en el suelo, la mesa volcada, el sofá con toda la esponja sacada a cuchillazos, la lámpara rota, la maceta destrozada... y la botella de vodka, rota, junto a la puerta.
Se había vuelto demasiado incómodo y problemático soportarla. Se acercó a ella, y la levantó en volandas, lo que provocó que ella despertase, con la mirada desenfocada. Le sonrió, y lo besó en los labios. La soltó sobre la cama, ella alargando los brazos hacia él.
- Ven aquí... ven... te quiero... cariño... ven con mamá...
Empuñó el cuchillo con el que ella había asesinado el sofá.
- Dame un abrazo, cariño... ven, abrázame...
Hizo lo que le pedía. Ella aprovechó para aferrarlo con fuerza y mordisquearle el cuello. Él resbaló la cuchilla por su piel, buscando un hueco entre las marcadas costillas... y hundió el frío metal entre la cuarta y la quinta, removiéndolo dentro de la herida para asegurarse de que el corazón quedaba destrozado.
Ella expiró casi de inmediato, sin emitir un grito siquiera.
Después, la descuartizó, y envolvió los restos en las ensangrentadas mantas, junto con el cuchillo.
Por la noche, a eso de la una de la madrugada, bajó a tirar todo lo que había manchado de sangre a la basura. Tuvo que hacer dos viajes, y el segundo fue incómodo, al tener que bajar él solo el colchón por las escaleras.
Cuando subió al piso, se tumbó en el sofá, agotado, sin cerrar aún los ojos, mirando fijamente la pequeña figurilla del gato de cerámica que le había regalado ella un buen día. Siempre le habían gustado los gatos.
Nadie le había visto, como cuando hizo lo mismo con su padrastro, y, al día siguiente, se incorporó con un gesto agonizante, brusco, y el rostro pálido húmedo de gélido sudor. Pronto volvió al estoicismo.

"...way too far... for way too long...".

13/3/09

¿Varío?

La hipérbole es una figura retórica que, deliberadamente, supera la realidad que define o la lleva al extremo para provocar determinadas reacciones en el receptor.
Exageras.
Me resulta curioso eso de que la gente lo mire todo con tanto respeto cuando se utilizan palabras un poco inusuales.
Falacias, minucias, preponderancia, pudibundez...
Mentiras, tonterías, arrogancia, vergüenza.
Y no son palabras más válidas sólo por estar más escondidas en el diccionario que cada uno habla, ni implican más significado. Son sólo palabras, algo utilizado principalmente para comunicarse.
Pero, a ratos, la gente gusta de no darse a entender.


"Intelijencia, dame al nombre exacto de las cosas..." Juan Ramón Jiménez.

Pseudohogar

No soy ningún tipo especial. Más bien del montón.
Lo único de mí que suelo defender es lo que escribo. Puede que muchas de las palabras que use sobren, que me exceda con los adjetivos y le dé demasiadas vueltas a todo antes de llegar a lo que realmente interesa, pero… sigue siendo parte de mí. La parte que merece la pena, al menos eso creo, por muy egocéntrico que pueda pareceros.
Porque considero que escribo bien. Tal vez lo que escribo no sea perfecto, pero las personas tampoco lo son, y no pienso olvidar que, al final, todos los textos no son más que un pedacito de alguien. Un trocito de su alma que ha querido sacar de su mente para que otros puedan verlo. Quizá para que una persona lo vea.
Incluso existe la posibilidad de que sólo quiera repasarlo una y otra vez, sin intención de sacarlo nunca a la luz más que para leerlo encogido sobre él, para acariciar las letras y sonreír ausentemente, orgulloso de su creación.
Bueno… orgulloso de sí mismo, sí. ¿Por qué no? No es malo, que yo sepa.
En definitiva: lo que escribo es lo único que considero “destacable” de mi persona.
Es posible que no demasiado, pero eso no tiene mucha importancia.
Y, por ser tan normal, tan simple en mi reflejo… me sentía fuera de lugar allí.
Las nubes ocultaban las estrellas; sólo una esquirla de luna podía adivinarse asomándose a un desgarrón en el cielo. Esa oscuridad casi completa se reflejaba en el negro mar, que, curiosamente, parecía nervioso. No por unas olas desmesuradas ni un excesivo chapoteo. El oleaje era errático, o al menos así lo oía yo. Tuve la ligera impresión de que estaba nervioso por no ver a la luna, cuando tienen una relación tan íntima…
Hacía una bonita noche. Tranquila.
Una cálida sensación se había apoderado de mí, transportándome más allá de todo eso.
Como si mi cuerpo, mis sentidos, siguiesen en el mismo sitio, y mi mente se hubiese ido a otra parte.
Oía el mar, podía oler la brisa salada… aunque no estaba en la playa.
No veía nada porque tenía los ojos cerrados.
El frío cemento en el que estaba sentado, los sonidos de los coches… el viento que en realidad enmarañaba mi pelo, las luces de la ciudad que traspasaban en parte mis párpados… las imágenes en mi cabeza de su última historia, conmovedora y que llegaba, como siempre, a despertar algo dentro de mí…
Aunque sentía todas esas cosas, también creía estar en una casa.
Un ático, para ser más concreto. Su ático. O futuro ático. Agh…
Un salón, en el que estaba la cocina, parapetada tras una barra americana.
No era especialmente grande, aunque tampoco pequeño. El techo inclinado hacia la derecha, así que tenías que agacharte al entrar, hasta que estuvieses algo más en el centro, donde unos cómodos sofás rojos y negros, rodeados de “pufs” y enormes cojines, con una mesa de cristal baja en medio, prometían una velada agradable.
Libros, la mayoría de autor anónimo o con pseudónimos, adornaban unas estanterías viejas, de tiempos más humildes, que estaban alineadas en la pared a la derecha, donde estaba la entrada a la habitación y el baño.
Un minibar (sí, como los de esas películas antiguas) se escondía en el rincón de la izquierda.
Al fondo, un balcón con un banco de madera y numerosas plantas florales. Muchas enredaderas, que colgaban incluso hasta varios metros por debajo de su piso.
Cada macetero contenía unas flores distintas, para darle más colorido.
Amapolas, tulipanes, violetas, lirios, rosas…
En el cuarto, había una enorme cama redonda, con cabecero metálico antiguo, alto, de esos que tienen barras e intrincados dibujos de metal arriba. No tenía ni idea de cómo se lo había puesto.
Más estanterías.
Un escritorio forrado de fotos, poemas, fragmentos de historias, dibujos (tanto sobre papel como sobre la madera)…
Un portátil, y numerosos cuadernos amontonados: a los lados, debajo…
Una nevera pequeña en la esquina del fondo a la derecha, entre dos estanterías.
A la izquierda, oculta en parte por un estante, una ventana con cortinas grises y raídas, desde la que podía verse la esquina de un parquecito de abetos.
Justo a la derecha de la puerta, el cuarto de baño.
Losas azules hasta un metro y medio aproximadamente, y grises por encima, con pegatinas de burbujas negras y rojas… un baño totalmente blanco la habría deprimido.
La bañera era de esas antiguas, con patas de bronce que parecían las garras de un león, y un grifo dorado. Parecía cómoda.
Por fuera estaba recubierta de fotos y su letra, como el escritorio.
Tanto si escribía sus propias historias, como si acababa traduciendo las de desconocidos, cuya inmensa mayoría no merecía siquiera que alguien tan superior a ellos expresase con sus palabras lo que escribían… parecía que iba a tener un refugio donde ser feliz. Donde ser, al fin y al cabo, ella misma.
Es… ¿curioso? (en el sentido real de la palabra) que, tras leer la historia de que su alter ego se instalaba en una iglesia románica abandonada, se me ocurra algo así.
Otras veces he descrito otros lugares para ella. No sé, es… interesante… imaginarme algo así. Normalmente alguien imaginaría su propia casa, ¿no?...
Incluso imaginé cómo sería el castillo que (estoy seguro) es su mente. En un árbol, una mansión a veinte metros del suelo, con las habitaciones incrustadas en el tronco, que, aunque sólido, daba cierta impresión de ser translúcido… una de las salas tendría chimenea, ¿lo recuerdas?
“¿Qué cómo puede haber una chimenea en un árbol? Pues… no sé, los sueños son así…”…

- Y, ¿qué pasó con el reino de ensueño?
- Lo que pasa siempre con esas cosas. Alguien se despertó, y el sueño terminó…


(No recuerdo de quién es la cita ahora mismo).

4/3/09

Desvarío

En cuanto lo solté, dejó de ser sólo mi responsabilidad. Pero también dejó de ser mi secreto, y mi repentina vulnerabilidad me hizo tambalear, a la vez que mi libertad logró que llorase de alegría.
No más notas explicativas a pie de página, ni fílmicas excusas para escapar un rato.
No más nada.
Nada.


"Cause these words are my diary screamin' out aloud
And I know that you'll use them however you want to
" Anna Nalick

1/2/09

Lacrimógeno (¡JA!)

Siento cómo mi casa intenta devorarme. Lo hace como las olas devoran la playa, lenta e inexorablemente. Las paredes se ciernen sobre mí, gritando al vacío que ha llegado a implantarse en mi día a día, aunque en realidad parece que me estén gritando a mí, culpándome por mi inacción, que se transmuta en indiferencia, y culpabilidad.
Toda mi rabia se escapa, impotente, en la comisura de mis abiertas sonrisas y el rabillo de mis cerradas lágrimas. Va diluyéndose, como arena en el agua, cuando dejo la mente en blanco al ponerme los auriculares y cierro mis cansados párpados.
La inactividad, encefalograma plano. Así he resuelto sobrellevar el conflicto. Viendo la caja tonta, o encerrándome en realidad virtual.
No me creo capaz de enfrentarme a la furiosa opresividad de un hogar cada vez más pequeño.
A ratos, lo descargo todo sobre un papel cada vez más abandonado, y busco a ciegas libros de tapa dura que amortigüen mis gritos.
Y el tipismo depresivo... evitado largamente, sólo con él me identifico ahora, rechinando los dientes con ferviente odio contra lo que parece mi nuevo yo, que emerge del oleaje que me desgasta con la ingenua expresión del que prefiere la ignorancia, del que la abraza con un suspiro de alivio.
¿Qué puedo hacer?
Si todo parece acelerar en caída libre mientras no me atrevo a saltar, inmóvil sobre los escombros de mi antigua vida.
Quiero poder elegir el final feliz de mi cuento. Quiero querer a alguien sin motivo. Quiero centrarme en mundos imaginarios, aún con los pies en la tierra. Quiero decir algo.
No sé que quiero decir.
Me ahogo.

20/1/09

Debilidad

Las lágrimas duelen, y eso de que tienen un sabor salado es mentira. Son amargas, aún más que el café solo del Bar Paco, en la esquina de la manzana.
SIempre me he preguntado por qué tengo debilidad por los bares de las esquinas. Quizá sea una idea basada en leyendas de encrucijadas, o tenga algo que ver con escenas y escenas de besos robados bajo solitarias farolas. Realmente romántico y contemporáneo, todo.
Aún así, no hay nada en este mundo que identifique como mi punto débil tanto como la lluvia, y eso que se asemeja dolorosamente a las lágrimas. O hace que las cosas adopten formas similares a las que distingo cuando estoy llorando, no estoy muy seguro.
La cuestión es que odio llorar (y lo hago a menudo), pero me encanta la lluvia. Tiene esa melancolía decadentista que tanto me cautiva.
Aún con lo poco que todo esto le pueda importar a nadie, las cosas que la gente odia y ama tienen una relevancia capital en la vida de uno, aunque no nos demos cuenta. Se dice que el amor mueve montañas, refiriéndose a un amor romántico y a las montañas como una metáfora del mundo. Yo creo que alguien con pasión puede cambiar las cosas, y me salgo del esquema preconcebido de amar "a alguien". Hay quien ama la vida, su trabajo, sus creencias... y también están los que aman a gran escala. En ocasiones, cosas abstractas inventadas por ellos mismos, o creadas por otros.
Odiar, lo mismo.
Pero iba a hablar de las lágrimas.
Cada una de ellas esconde un recuerdo en el rabillo del ojo, y una aguja detrás, que se clava en la mirada desde dentro y deja fluir solo una imagen, un sonido, una fragancia... Todo lo que sale está en estado líquido, por lo que escapa rápidamente a lo más profundo que podemos enviarlo en el olvido. Pero no se queda ahí, porque el agua, con el calor, se evapora, arrastrando nuevas agujas para apuñalarnos. Por eso la gente intenta mantenerse fría. Pero el hielo es tan frágil como duro, y se resquebraja con facilidad.
Están (y estos me dan más pena que nadie, ya que piensan que no tienen ningún punto débil) los que lo pintan de piedra, e intentan creerse su propio cuadro insensible, hasta que el pasado o el futuro tambalean su presente.
Yo soy de los que dejan fluir el agua, a pesar de las agujas, y, en el fondo de mi memoria, siempre hay alguna que se me clava en la mirada al subir a la superficie, pero decidí hace tiempo soportarlo con toda la entereza posible.
Siempre he sentido debilidad por los héroes fantásticos, los que siguen adelante sin importar las dificultades que saben les esperan. Ese tipo de personas de las que casi no quedan en el mundo.
Siento debilidad por muchas cosas. Quizá sería más correcto decir "curiosidad vehemente", pero... me hace ilusión saber que aún no finjo tener el corazón de piedra.

5/1/09

SÓLO UNA COSITA:

"-¡No quiero tu condescendencia, maldito arrogante!" Desgraciado anónimo a Dios.

31/12/08

Otra noche

La noche empieza con un roto llanto en el resquicio de la puerta, una ausencia brillante y un resoplido teñido de hastío. Bien.
Ahora vienen esos rostros manchados de ignorancia, felices, que celebran su existencia. Aquí no se notan las notas de despedida, no se oyen estertores de hospital, ni resuenan deudas en huecos apagados. Sólo hay espacio para el cuarto vaso entre espaldas encorvadas que se estiran en sonrisas despreocupadas. No hay esquinas para llorar, ni asientos, ni desvelos. Alcohol, risas y devaneos. Ningún escombro desalmado al acecho del presente. Ninguno. ¡Ninguno!
Sin comentarios, por favor. Me sollozan al teléfono. ¿Qué? No, no pasa nada. Voy pa'llá. Nada, tengo que irme. No, nada, nada. Luego os veo. En cuanto me escaquee de urgencias, ¡fiesta!

27/12/08

Voces al otro lado del cristal, su calle no llega a ser una calle cualquiera por mucho que lo intente, gemidos y sábanas del día siguiente en su imaginación, espinas inconscientes en su corazón, y una leve esperanza, atenuada por la autoestima agarrotada por los golpes, del quizá.
Efímero y desolador quizá, agrietado entre espuma y cubitos de hielo, resoplando estertores moribundos. Sólo figuras recortadas a contraluz tras una cortina.
Siluetas distorsionadas por la idealización, que cree mirar a través del cristal, y, aún así, consciente de su propia inconsciencia, furioso por su ceguera... sigue adorando a esa figura tras el cristal, y la cortina, a esa silueta inalcanzable.
Y clama compasión, venganza... o cualquier medio de atravesar sus barreras.

24/12/08

Lo que nos espera

A la vuelta de la esquina te esperan la esperanza, el futuro y no sé qué más, dicen algunos. Pero en el fondo de un cuarto vaso espumado por cerveza barata se adivinan contornos de verdad, y a través de él se vislumbra mejor todo lo que nos rodea. Al menos, de un modo más fiable, porque lo que ponen ante nosotros esos que nos rodean, esa masa colorida de ropa que lleva a personas como complemento de moda, es mucho más complicado de ver.
Ya que en situaciones de bar, esos momentos alcoholizados por la memoria e implícitos en nuestro anecdotario particular, no solemos llevar una libreta con la que apuntar desvaríos y paranoias de locura transitoria, creo que merece la pena afinar el recuerdo al referirnos al fin de año.
Éste o cualquier otro.
¿Veis algo más allá de familiares con la corbata aflojada, amigos apurando la última copa, o platos vacíos manchados de sobras de nuestro recato económico (tan básico y útil en tiempos menos festivos)?
¿No?
¿Qué clase de vida lleváis vosotros?
Sí, embriagaos, como dijo Baudelaire, “de vino o de virtud, como gustéis”. Embriagaos, ahogad el recuerdo, o paladeadlo cual sublime néctar de vida, pues sabéis bien que lo que hace que sigamos adelante es, inevitablemente, el recuerdo.
Los recuerdos, en plural. Una sensación o sentimiento de obligación para con los que nos rodean, no importa. ¿O nunca os habéis planteado, acaso, lo fácil que sería, simplemente, morir?
Pero no, seguid en pie. Pedid otro vaso, de lo que prefiráis beber, a mí no me importa, nunca he tenido preferencias (salvo una época que estuve encaprichado de esa rubia con orillas bañadas de espuma). Vivid (supongo), pues algo o alguien os impulsa, ¿no es así? Incluso si ese alguien (o algo, según la opinión de vosotros mismos que tengáis, la mía os importará bien poco) no es más que una imagen desde un espejo.
¿Por qué, tras este derroche pesimista, preguntáis?
¿Y por qué no?


"Ya sabes que, delante tuya, no me hablo contigo". Anónimo.

23/12/08

Bloqueado

Suspiró, empañando con su aliento el cristal de la ventana y el de sus gafas. Notó los golpes en la pared antes de oír los inconfundibles gemidos de su compañera de piso. Cerró los ojos, intentando abstraerse, rememorando la imagen del parque. Al menos, de la esquina que alcanzaba a ver desde su habitación.
El canto de varias aves emitido por las cerradas copas de los árboles, cercados por lanzas verdes y oxidadas, una figura sentada a la sombra del anciano sauce, encorvada, acariciando un gato y murmurándole ininteligibles. Vacío, ocupado apenas por el sonido de motores y el humo de tubos de escape.
No le inspiraba nada nuevo. Alienación, naturaleza encerrada, un loco en el rincón más escondido de algún reducto de verdor hablando solo...
Ya estaba harto. Acostumbrado. Se separó de la ventana, y clavó la vista en el papel que yacía sobre el escritorio, bajo un bolígrafo con la capucha puesta en señal de luto.
Miró de reojo la ventana del Word abierta en la arcaica pantalla (de siete años, siglos hablando de informática) del ordenador, con esa barrita parpadeando a principio de página, esperándole.
Pulsó off, y volvió la mirada de nuevo al folio en blanco, su némesis, antaño amante consuelo.
- Háblame - ordenó. No hubo respuesta.
Ante la impasibilidad de su interlocutor, notó la bilis de la rabia subirle por la garganta de indignación.
Empuñó el cilindro de tinta con un brillo febril en las pupilas y una mueca de crueldad en el rostro.
Pero no fue capaz de desenvainar.
Se apoyó en la mesa, abatido tras desintegrarse toda su furia, dejándole un sabor a vómito en el paladar. Le temblaban las manos, así que cerró los puños, intentando que el estremecimiento desapareciera...
El crescendo de los gemidos, ahora casi gritos, y de los golpes del cabecero de la cama al otro lado de la pared le hizo volver a la realidad.
Ni siquiera el dolor le servía ya.
Cuando se mudaron juntos, eran íntimos amigos, aunque él siempre había sentido algo más.
Ella era salvaje, impredecible y bohemia, un espíritu rebelde en toda regla. Atractiva en el sentido más liberal de la expresión; su presencia nunca pasaba inadvertida, era como si todos tuviesen que reparar en que una persona especial se encontrase entre ellos.
Sólo él, su confidente y, en los momentos más fugaces, su consuelo, conocía las cicatrices que rasgaban su alma, que la impulsaban a buscar calor humano casi con desesperación, y poco de una sola persona. Otros cuchicheaban, se les notaba en la mirada que habían oído los rumores y sus ávidas sonrisas al observarla destilaban el veneno de esas habladurías. Ella había aprendido a cegarse.
No la entendían como él.
Al principio hubo dolor, y rechazo. Paulatinamente, la indiferencia se fue adueñando de su ánimo, y ya sólo restaban sobras del intenso sentimiento que albergase alguna vez.
El papel se abrió camino de nuevo hasta su consciencia, y todo recuerdo quedó relegado a segundo plano. Seguía sin reaccionar.
En sus facciones se reflejó la profunda herida reabierta prematuramente.
- Háblame - pidió con voz entrecortada la segunda vez.
Aún silencioso, su blanco oyente parecía reírse de él, casi como si le mirase por encima del hombro con el mismo aire de superioridad que tantos años antes. Frustrado, él se llevó las manos a la cabeza, revolviéndose el flequillo y cerrando los ojos con fuerza.
Resopló, y su aliento hizo moverse la hoja en un gesto suave y relajado.
La observó intensamente, la mirada entornada, y, cuando descapuchaba el bolígrafo, una sonrisa triunfal en el rostro, un último golpe y un chillido rompieron su concentración. Silencio, en la habitación contigua y en su mente. Sus manos se crisparon.
- ¡¡MIERDA!!
Una mancha de tinta azul en la pared, y dos pedazos de plástico sobre la mesa.
Qué irónico reflejo de sí mismo.



"Soledades, amores, desengaños y sinsentidos. Vida, señores".
Anónimo.

20/12/08

Y de nuevo LUCHA

En definitiva, todo se reduce a "cómprame esto".

No intentéis negarlo; podéis poneros socialistas, comunistas, o anarquistas, TODOS, al final, pro o anti bolonia, queréis un regalo.

De papá, mamá, o los reyes magos, ¡no importa! La magia se basa en pedir algo aun a sabiendas de que no hay dinero, y que no existen tres señores orientales con barba (ni uno occidental vestido de rojo).

¿Qué coño hacéis?

¿Encierros "a la japonesa"?¿Huelgas "pro-conocimiento"?

Gritad, todo cuanto gustéis
porque, al hombre rojo y libre
¡jamás embaucaréis!

(Y, realmente, ¿qué es eso de "universidad por el conocimiento"?¡Todos buscaban trabajo cuando entraron ahí!)

Sí, "el nivel cultural descenderá", "todo será más caro"...

Se supone que estudiáis para, el día de mañana, tener un trabajo con el que pagar la hipoteca de la casa, y del coche, la cuestión es quejarse por una hipoteca que sale nueva, pero que debería ser aún más cara que las anteriores, porque si tanto defendéis un IDEAL, algo ABSTRACTO (tenedlo siempre en cuenta), y lucháis contra el materialismo (igual a capitalismo en vuestras oxidadas y apagadas mentes absorbidas por nombres empresariales y números estadísticos), no hacéis más que, en el fondo, comportaros como ELLOS (oh, ese determinante indeterminado o numérico del que tanto se oye hablar hoy en día) quieren o esperan que os comportéis.

"Gritad. Luchad. Morid".

(¿Por qué?)

¿Por qué, si el conocimiento es tan importante, lo sacrificáis en su nombre?
¿Por qué, si las futuras generaciones os importan tanto, habláis en su nombre?
¿Por qué presuponeis tanto?
¿Por qué luchais?
¿Por qué gritais?
¿Por qué vivís...?

Vosotros mismos. Hoy. Ayer. Mañana.

Eternidad... putos ególatras.

Que os jodan a todos.

Al menos YO admito que prefiero ser un número completo (más) antes que un nombre a medias digitalizado en la historia.

Y que os follen, malditos idealistas.

(Vivan el apoliticismo y las antideologías.)


"Siento esta noche heridas de muerte las palabras". Rafael Alberti

26/11/08

Duplicidad

Alzó la vista, inhalando ese aire grisáceo y resplandeciente. Se vio a sí mismo, reflejado a la inversa, decenas de metros más arriba. Haces de luces de colores le rodeaban, pero él había elegido detenerse bajo el cristal más frío de la vidriera.
A su alrededor, la gente iba pasando casi sin detenerse, echando fotos y dedicando apenas un vistazo a los coloridos ventanales y las descoloridas esculturas.
Una imagen vale más que mil palabras, y parecía que, en las iglesias, se le daba sentido a esa frase. Sonrió con sorna. Ni siquiera los curas se fiaban tanto como hacían creer de sus supuestas sagradas escrituras.
Dirigió su mirada al recargado altar y a la cruz de madera, examinando con un vivo interés pintado en el rostro el icono más idolatrado de todos los tiempos, tan simple, tan... falso.
Las cruces romanas tenían forma de equis, y los clavos deberían estar en las muñecas. Jesucristo debería tener rasgos menos occidentales, y los espinos que le coronaban deberían ser mucho más largos.
Debería, debería... debería salir de allí cuanto antes, antes de gritar de frustración por tanto arte y talento desperdiciados en una creencia absurda.
¡Ah!, los mitos... claro, la mitología siempre había sido más interesante de retratar que la realidad. Se le olvidaba. Claro que los verdaderos genios preferían usar la imaginación.
Enfiló una galería de finas columnas que se cruzaban en el techo, estudiando con detenimiento los pilares maestros del edificio.
Los delgados pilares eran un reflejo eufemístico de los que sostenían, a duras penas, una fe cada vez más y más desesperada.
"Creer en algo ciegamente sin tener muestras de que sea real, o exista siquiera". "Créenos, aunque sea imposible". "Créenos contra toda lógica".
"Te estamos mintiendo".
Se detuvo bajo el arco de medio punto de la salida, y dedicó una última ojeada al interior. Las etéreas luces que brillaban con reverberaciones irisadas daban paso a una iluminación difuminada gris pálida que acababa hundiéndose en oscuras y frías sombras. Volvió a sonreír.
Qué ironía. Incluso en sus edificios advertían de la duplicidad de sus intenciones.

18/11/08

Mirada sociológica (sobre la superficialidad)

Hay un viejo, sentado frente a mí, que hace lo mismo que yo.
Observa a la gente.
Su actitud es, en apariencia, apática e indiferente. Despreocupada. Pero sus ojos van saltando de arriba abajo sobre los cuerpos de los transeúntes que pasan delante de su banco, con un frío brillo calculador tras los cristales de unas gafas de montura negra.
Sé que está fijándose en detalles que podrían pasar desapercibidos si no se mira con esa minuciosidad objetiva tan propia de, por ejemplo, Sherlock Holmes.
Una mancha de tinta en una manga, un pequeño descosido en el hombro de una chaqueta, unos gastados zapatos, un color de uñas anormal, una forma de andar desgarbada, una mirada perdida, otra encontrada, un tic en el codo, un escalofrío...
Parece ir archivando y clasificándolo todo en su memoria, y siempre, tras recorrer con la mirada todo posible dato revelador, da un cabeceo de asentimiento, como confirmando algo que sólo él parece percibir.
Esa actitud, de método científico, me hace fijarme aún más en él. Sus deportivas, gastada por el uso y sin ningún logo visible. Sus gruesos calcetines grises. Sus manos, delicadas y demasiado jóvenes. Su rostro, marcado por arrugas de preocupación en los ojos y de felicidad en la comisura de los labios. Su pelo, alborotado pero limpio. Sus vaqueros con múltiples descosidos. Su jersey, rojo sangre, recién estrenado. Su profunda e insondable mirada azul.
Supongo que anda mucho, y que prefiere la comodidad ante el estilo. Que no ha hecho muchos trabajos que requieriesen el uso de las manos. Que ha vivido muchas experiencias, buenas y malas. Que hace tiempo tuvo el pelo largo, ya que sabe cuidárselo. Que prefiere los vaqueros a la moda, anchos y con heridas abiertas para que el aire llegue a sus piernas. Que tiene algún trabajo estable que le permite renovar su vestuario en invierno. Que ha perdido más cosas de las que ha ganado...
Doy un cabeceo de asentimiento, archivando y clasificándolo todo en mi memoria, y aparto la vista, buscando otra persona que analizar.

6/11/08

Afortunadamente

Afortunadamente, la rutina existe.
¿Qué, si no, iba a proporcionarnos la seguridad de saber exactamente dónde estaremos mañana?
Recuerdo haberla visto siempre como una prisión, ideada por mentes retorcidas para convertirme en reo de mi propia existencia.
¡Falso!
¿Qué clase de prisión permitiría al recluido caminar por las calles y respirar aire fresco, como cualquier otro?
También encuentro en mi memoria, dispersos, fragmentos de una idea o teoría relacionada con el hastío, sempiterna muerte de todo ego que se precie.
¡Falso!
¿Qué celda? Oh, dime, ¿qué celda encuentras, en cualquier lugar, que dé más control y fuerza a una personalidad reflexiva?
Además, pensaba de la monotonía que era una vil traición, colocada ante nuestros ojos sólo para aquellos avariciosos con afán de controlar el tiempo, y el cambio.
¡Falso!
¿Qué barrotes no impedirían al prisionero la ilusión siquiera de control sobre su vida?
¡Falso!¡Todo es falso!
Maldita sea, sé dónde estaré mañana a esta misma hora, y eso me hace suspirar con alivio, pues aquellos que eligen qué hacer sobre la marcha no pueden decir lo mismo; sé que no soy prisionero, a pesar de que el mismísimo Pitágoras viese el cuerpo como cadenas que atan el alma al mundo, ya que camino por donde quiero para volver al trabajo, no como aquellos, tan cegados por paredes de su propia improvisación, que a veces ni caminan, ni respiran; sé que la calma y certidumbre de un horario no me aburren, que dan fuerzas y estructura a mi mente, y la educan, no como esos pobres diablos que a veces se cansan hasta de sí mismos; sé qué hora es, y qué tengo que hacer a la hora siguiente, no me es necesario complicarme preocupado por la incertidumbre, la de los que ni siquiera miran el reloj.
Oh, sé muy bien todo eso. Lo he aprehendido a través de la costumbre.
Y sólo me preocupo de comprobar la hora para no llegar tarde...
Oh, sí... afortunadamente... la rutina existe.

5/11/08

No sé qué hago aquí

Le sonrió, con esa frase irónica escondida en la comisura de los labios, y esa burla implícita en la mirada.
Entrecerró los ojos y suspiró, resignado, a la vez que sus hombros se hundían levemente. Alargó la mano y la acercó cogiéndola de la muñeca. Ella no se resistió, aún mirándole con el mismo gesto pícaro del que se divierte dejando entrever un secreto que no va a revelar por el puro placer de jugar con otra persona.
La atrajo más hacia sí, abrazando su cintura, y sintió sus manos en su nuca, invitándole a continuar.
Esa media sonrisa sarcástica...
No supo, ni quiso saber tiempo después, si ella realmente conocía ese secreto con el que le había manipulado. A la mañana siguiente, la caricia de una brisa matinal era su única compañía.
No la conocía de nada cuando la encontró la noche anterior, sola, en la barra de un bar innominado.
Seguía sin conocerla ni siquiera un ápice más aún después de pasar tres horas charlando, y seguía sin saber nada de ella al despertar y descubrir que había abandonado el apartamento.
No supo, ni quiso saber tiempo después, quién era. A la mañana siguiente, las caras conocidas de siempre en el trabajo le ignoraron como de costumbre.
Al atardecer, camino de su casa, la vio de nuevo en un parque que solía cruzar yendo a la estación, pero no dio signos de haberla reconocido, ya que ella estaba ensimismada, leyendo un libro cuyo título fue incapaz de ver, sentada en un banco con un cartel de "recién pintado"; él seguía encontrándolo oxidado y sucio, pero no hizo ningún comentario.
Sintió unos ojos clavados en su nuca, y, al girarse, la vio caminando en la dirección contraria, con el libro cerrado en una mano y el cartel de "recién pintado" en la otra.
No supo, ni quiso saber tiempo después, si le había estado esperando allí sentada. No recordaba si habían hablado de su trabajo, o de si cruzaba por aquel parque a menudo. Tampoco recordaba si ella había mencionado ir allí.
En realidad, no recordaba mucho de aquella noche que pasó con ella. No fue una noche tan memorable...
No, desde luego que no. Incluso las había tenido mejores.
Probablemente.