Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de callejón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos de callejón. Mostrar todas las entradas

27/4/09

El Vagabundo Anónimo

Guardó con delicadeza el destrozado cuaderno en la no menos ajada mochila, con las esquinas descosidas y el negro teñido de gris por los años, como su melena.

Se colocó bien las gafas, con cuidado de no despegar el precario celofán que sostenía una de las patillas. Y después se mesó la barba, la parte de su cuerpo que tenía menos canas. En la gorra sólo había unos treinta céntimos, después de pasarse toda la mañana leyendo poemas. Claro que no mucha gente allí, en el pueblecito costero de Wissant, al norte de Francia, entendía lo que chapurreaba aquel zarrapastroso individuo más allá de reconocer el español. A mí mismo me sorprendió escucharlo de pronto, allí en mitad de la Place de la Mairie, con esa voz profunda y rasgada por el alcohol, recitando con la maestría del que sabe lo que se hace muy bien.

Metió sus ganancias en un bolsillo de los rotos vaqueros que llevaba, y se caló la gorra, sacándose de repente un paquete de tabaco de la chaqueta y encendiéndose un cigarillo en lo que pareció un mismo movimiento. Tampoco pude verle guardarse el paquete.

Me acerqué a él, intrigado.

- Disculpe... - enarcó mucho las cejas.

- ¡ESPAÑOL! - exclamó abriendo mucho los brazos, como si fuese a estrecharme entre ellos. Me sobresalté, no sé si por el grito o por un gesto de entusiasmo tan hiperbólico, pero él me ahorró el bochorno de declinar su abrazo al dejar caer las manos, aún sonriente - Te invito a una cerveza.

Y, sin poder decirle nada, me dejé guiar hasta un bar a un lado de la plaza, cerca del ayuntamiento, mientras él hablaba de lo mucho que había extrañado Cádiz y Barcelona y Salamanca, y que hacía ya nueve años que no volvía por allí.

- Deux bières - pidió en cuanto se acodó en la barra. Dominaba bien el francés, pude comprobar, apenas se le notaba el acento. El camarero lo miró con aire extrañado, no supe si bien por su aspecto o por ese desparpajo natural que parecía exudar por todos sus poros. El hombre, que debió haber sido corpulento, aunque ahora tuviese la cara chupada y se le notase la delgadez bajo las ropas, sonreía, y se le formaba un hoyuelo en la mejilla izquierda. Sólo en la izquierda, extraño que me percatase de un detalle así. De ojos marrones y melena negra desgreñada, parecía un oso en mal momento - ¡Bien, bien!¿Cómo te llamas, amigo?

- Luis - con la cerveza, me refresqué la garganta, dispuesto a interrogarle sobre lo que había leído en la plaza. Tengo cierto interés en la literatura, ya saben, por mi trabajo, y me resultaba fascinante y del todo desconocida su lectura.

- Luis, Luis... ¿y a qué te dedicas, Luis?¿Qué haces en el culo de Francia? - su sonrisa era fiera, aunque amistosa. No tenía los dientes picados, ni le faltaba ninguno que yo viese. Fue una observación hecha desde el prejuicio, y después me sentí mal por ello.

- Pues soy periodista - respondí. Decidí especificar - Crítico literario, para ser sincero, y me... - me interrumpieron sus carcajadas. Vi que, entre risa y risa, pedía otra cerveza, y se me desorbitó la mirada al advertir que el primer vaso apenas tenía una fina capa de espuma en el fondo.

- ¿Crítico literario?¡Qué casualidad! Sí, desde luego que sí - su sonrisa era aún más abierta que antes, si cabía - Pero eso sigue sin explicar qué hace un español en el culo de Francia. No suelen venir aquí muchos turistas, no hay tanto que ver.

- En realidad venía para conocer a un escritor que, según me han informado, actualmente se encuentra en esta ciudad - respondí con cierta acritud. Me había costado mucho tiempo y dinero enterarme de dónde se escondía Hackford, y no me hacía mucha gracia compartir información que tanto me había esforzado en adquirir. Para evitar más preguntas incómodas, decidí ir al grano - ¿De quién era eso que leías ahí afuera? No me sonaba en absoluto, y no parecía una traducción.

- Era mío - respondió, aún con esa sonrisa de regocijo, y pidiendo otra cerveza. Dios, ¿cómo podía beber tan rápido?

- Tuyo... ¿tuyo? Pero... ¿cómo?

- Es una afición que tengo, me gusta escribir de vez en cuando y leérselo en voz alta a gente que no pueda entenderlo - vi que su sonrisa había menguado ligeramente - Así tengo por seguro que sus opiniones provienen de la más absoluta ignorancia e indiferencia, y del azar - debí fruncir el ceño o algo, ya que su expresión se volvió didáctica (si es que un rostro puede mostrar esa expresión) y comenzó a dar explicaciones - Alguien que esté contento, dirá que le ha gustado mucho. Alguien que esté triste, dirá que le ha parecido triste. Alguien cabrón dirá que no le ha gustado. Alguien cabreado que...

- Ya entiendo lo que quieres decir - le corté, terminándome mi primer vaso y pidiendo otra, tras lo que vi... ¡cuatro vasos vacíos!¡Y otro en su mano! - Pero me cuesta creer que algo así lo hayas escrito tú. Verás, soy crítico literario y...

- Eso ya lo has dicho - me respondió haciendo un aspaviento con la mano - No me interesa lo más mínimo. Ni tu trabajo ni tu opinión sobre cómo escribo - sonrió de nuevo - Quiero pasar un buen rato hablando con alguien en español, si no te importa.

Me tragué con la saliva las ansias de seguir preguntando, de inquirir (porque estaba seguro de que él no había escrito esos versos) y encontrarme con un escritor revelación.

Mis dos cervezas se convirtieron en seis vasos vacíos, y, junto a su codo, acabó apilada la nada desdeñable suma de catorce. Me preguntó sobre cosas de todo tipo; sobre cómo había cambiado la televisión en los últimos años, sobre quién gobernaba en ese momento, cómo iba la economía, qué grupos de rock estaban más de moda (no me interesa en especial el rock'n'roll, pero recuerdo mencionarle un nombre de pasada y verle llorar de alegría; pagaría por saber qué nombre era)... También me preguntó sobre mí, sobre mi trayectoria profesional y mi vida.

A cambio, me habló de sus viajes. Tenía cuarenta y ocho años, al parecer lamentaba mucho haber roto cierta promesa con una antigua amiga. De esos cuarenta y ocho, veintitrés los había pasado fuera de España, algunos trabajando, y otros, simplemente, errando de pueblo en pueblo, leyendo en voz alta sus relatos y poemas.

Cuanto más hablaba con él, más me sorprendía. Era un hombre muy culto, aunque desgarbado. Sus modales dejaban bastante que desear, y sus carcajadas, roncas y graves, eran irritantes. No le molestó hablar sobre mi opinión respecto a textos más antiguos que los suyos, y he de admitir que me dejaron boquiabierto sus conocimientos sobre literatura. Más aún cuando me habló de la cultura japonesa, y me confesó que siempre había soñado con ir a Japón.

A lo largo de la tarde, una sospecha iba fraguándose en mi interior. Cuando anochecía y nos íbamos, yo a mi hotel y él a nosédónde, se lo pregunté directamente.

- ¿Eres Hackford? - una extraña mezcla de ilusión y decepción se debatían en mi interior. Desde luego, aquel vagabundo había demostrado ser mucho más de lo que aparentaba en un principio, pero mi escritor favorito se me había antojado siempre un hombre mucho más... rico, para empezar y por lógica, y refinado, por su rectitud y dominio del estilo al escribir. Abrió mucho los ojos en un gesto que para nada podía ser ensayado o fingido, y se rió a carcajadas.

- No, amigo, no soy tu escritor - de nuevo esa sonrisa salvaje. En sus ojos se adivinaba incluso cierto brillo de locura - Pero le diré que lo buscas, si lo encuentro.

Cuando nos separamos, me sentí extrañamente bien. Contento, de algún modo, de haber conocido a una persona tan indudablemente especial. Incluso empezaba a creerme que él había escrito esa poesía que recitaba en la Plaza del Ayuntamiento... Llegué a mi hotel como pude, consciente de pronto de las seis cervezas que había tomado sin apenas almorzar, y me tumbé en la cama sin desvestirme ni cenar, agotado. Flotó por mi consciencia el reproche por no haberle preguntado su nombre al vagabundo, al final...

Al día siguiente, en el diario de Wissant, lo vi de nuevo. Su foto sobre un artículo rocambolesco y macabro.

Lo habían encontrado desnudo en una fuente, a medianoche, toda su ropa doblada cuidadosamente en el borde de cemento, junto con su mochila. Tenía las muñecas cortadas. En el agua flotaban un paquete de tabaco vacío, seis colillas y dos botellines de cerveza.

Mi búsqueda en Wissant no me llevó a ninguna parte. Tampoco me esforcé demasiado, después de aquello que pasó con el vagabundo anónimo.

Así decidí llamarlo a partir de entonces, El Vagabundo Anónimo. Tengo la impresión de que a él le gustaría, que sonreiría con esa mirada fiera y estallaría en carcajadas, bebiéndose la cerveza de un trago.

Recuerdo a menudo cómo el último verso de aquel poema me hizo soltar el aire que había contenido todo el rato, mientras le escuchaba recitarlo con voz susurrante y sugerente, algo inaudito en un hombre.

"No me sale eso de vivir".

Hace ya dos años de esto.

Hackford no ha vuelo a publicar.

Pero aquella sorpresa, y aquella risa, no podían haber sido fingidas. Para nada.

16/3/09

Salomé, 25-8-91


Iba andando sin rumbo fijo, deambulando por barrios que curiosamente nunca había pisado antes en mi ciudad, cuando encontré un anillo de plata (o supuse que era de plata) tirado en la calle, junto a un muro. En el interior del aro se leían un nombre de mujer y una fecha.
Por algún extraño motivo, sentí el impulso de probármelo, aunque era un anillo pequeño, y encajó a la perfección en mi dedo meñique.
Estuve preguntándome cómo había ido a parar allí el anillo. Se me ocurrió que la mujer que lo tenía lo tiró porque su hogar se rompió, o algo así.
El muro frente al que estaba tirado rodeaba el jardín de una casa de la que no alcanzaba a ver la planta baja, pero el primer piso tenía tres balcones y el tejado, rojizo anaranjado, a dos aguas. Las paredes eran blancas, pero numerosas macetas y enredaderas que bajaban desde las ventanas las coloreaban. Las cortinas estaban echadas, así que no pude atisbar el interior. Era una casa impoluta.
Me giré, con curiosidad, y vi una casa abandonada. La valla de madera descuidada, el jardín salvaje, las paredes con la pintura descascarillada. Incluso una ventana rota en el piso superior, y la puerta con numerosos arañazos. Se adivinaba en algunas partes que alguna vez tuvo pintura naranja, aunque ya estaba descascarillada, y sólo se veía el gris del cemento y el color de algunos ladrillos que habían resurgido. Las ventanas de la planta baja estaban tapiadas con madera.
Supuse que el anillo había salido de esa casa, con más aspecto de hogar roto. La fecha era bastante antigua.
Pero, si era así, ¿cómo nadie lo había encontrado hasta entonces?
Me lo quité del dedo meñique, guardándolo en el bolsillo de mi chaqueta, y, tras echar un vistazo a ambos lados de la calle, salté la valla de madera y me acerqué a la casa abandonada.
Alargué la mano hacia el picaporte, envuelta en la manga debido a la suciedad, y, para mi sorpresa, la puerta se entreabrió sin necesidad de girarlo. La cerradura estaba rota, forzada hacía ya tiempo, al parecer, pues había óxido incluso en las marcas sobre el metal. La visión que me esperaba era digna de un fotógrafo. Un vestíbulo a oscuras, con una escalera que tenía la barandilla rota y algunos escalones partidos por la mitad, y en el que se colaba la luz por un haz desde el piso superior y algunas partículas que parecían haberse infiltrado por los huecos de una persiana al fondo.
A la derecha, un salón enorme, con dos sofás destripados, una mesita coja y una estantería derribada. Había libros en el suelo, bajo la madera, y, al inclinarme para coger uno, pude leer títulos de filosofía, y una enciclopedia.
La mayoría tenían páginas arrancadas, y algunos estaban pegajosos.
A la izquierda, un comedor, con una única silla (rota) y un tablero de mesa volcado. Había también una chimenea llena de ceniza, que manchaba parte del suelo alrededor, incluso.
Sobre la chimenea, pude ver una foto inclinada y con el cristal resquebrajado. En ella se distinguían tres caras sonrientes: un hombre, una mujer y una niña pequeña con un pañuelo rosa en la cabeza, parecido a los que usan los pacientes de quimioterapia. Sentí una extraña presión en el pecho.
¿Sería el anillo de alguno de ellos?
Ni a la niña ni a la mujer se les veían las manos, y la única que pude ver era del hombre, apoyada en el hombro de la sonriente madre, y tenía los dedos demasiado toscos. No había forma de saberlo.
Al fondo, tras las escaleras, la cocina, con el grifo arrancado, y algunas latas de comida vacías, tiradas sobre la encimera, manchada de cosas que ni siquiera sabría nombrar. El fregadero estaba lleno de agua, y platos rotos.
Junto a la cocina había un pequeño baño en el que no me atreví a entrar, porque apestaba, y se oía el zumbar de moscones desde donde estaba.
Al poner un pie en el primer escalón, éste cedió, y me torcí el tobillo.
Aún así, no me detuve. La curiosidad superó al dolor, y empecé a subir, pegado a la pared, con cuidado para que la madera no volviese a partirse. Cuando llegué arriba, vi una viga del techo caída frente a mí, carcomida por dentro. Había cuatro puertas en el pasillo, y entraba más luz que en la planta baja. Se colaba incluso por una pequeña apertura sobre mí, de la que colgaba una cadenita oxidada y rota.
Entré por la primera puerta, a mi izquierda. Había un sofá-cama, intacto, y una vidriera destrozada, con el vidrio esparcido a mis pies, y unos cartones sucios bajo la ventana.
La de mi derecha daba a un baño tan repugnante como el de la planta inferior.
La segunda de la izquierda a una habitación colorida, con papel pintado rosa despegado de las paredes, una pequeña cama con cabecero de madera que dibujaba una corona en la pared, una cómoda con un único cajón, y un armario con las puertas sacadas de los goznes, vacío.
La que estaba enfrente de ésa, a un dormitorio con cama de matrimonio sin colchón, un escritorio de nuevo sin cajones y un armario empotrado con los espejos de las puertas agrietados.
En ese armario quedaba un traje de chaqueta negro, apolillado y lleno de polvo, colgado triste y solo de una percha de cobre.
Salí al pasillo, y tiré de la cadena, bajando una escalerilla metálica que llevaba al desván, y que chirrió con dolor cuando subí.
La madera crujió al soportar mi peso, y me quedé muy quieto, escrutando las sombras esquinadas por el día, que traspasaba un ventanuco de sucios cristales teñido de gris. El polvo se arremolinaba sobre un baúl y una caja abierta, únicos habitantes del ático. Imposible resistirse.
Me acerqué con cuidado al viejo arcón de madera, y, al abrirlo, una pluma blanca revoloteó ante mí. Se había escapado de un cojín amarilleado y descosido por el tiempo; bajo él, un vestido de novia, y un cuaderno de bocetos a carboncillo, de paisajes enternecedores. También un maletín lleno de pinturas, pinceles y lápices.
Al inclinarme sobre la caja, vi álbumes, coloridos y variados. Estaban llenos de fotos de caras sonrientes, la inmensa mayoría, de las personas retratadas abajo. Sobre todo, de esa niña con un pañuelo en la cabeza. En las más recientes no podía tener más de seis años, y su aspecto era pálido y frágil, demacrado por unas marcadas ojeras y devastador por una radiante sonrisa que no mostraba ningún miedo, y parecía que iba a estar ahí para siempre. No pude evitar sonreír, sacudiendo la cabeza y humedeciendo el plástico con mis lágrimas.
Hojeando el último álbum, una instantánea cayó al suelo bocabajo, y, al recogerla, leí en la parte de detrás “Papá, mamá y yo en Disneylandia” con letra insegura e infantil. En cuanto le di la vuelta, los dedos me temblaron, y se me escurrió, flotando hasta posarse sobre la capa de polvo con parsimonia. Caí de rodillas y me froté los ojos, intentando contener el llanto, aunque unos sollozos traicioneros escaparon de mi garganta sin que yo pudiera evitarlo.
En la imagen aparecían tres caras sonrientes: un hombre, una mujer y una niña pequeña con un pañuelo rosa en la cabeza, con el típico palacio Disney y los fuegos artificiales de fondo. Las tres mismas caras sonrientes del retrato que había sobre la chimenea…
Incapaz de soportarlo más, y sin haber encontrado ningún nombre ni fecha que correspondiese a los del anillo, salí del hogar roto. Enfrente, la impoluta casa blanca de alto muro parecía sonreírse. La puerta estaba abierta, y una mujer se agachaba en la calle frente a ella, mirando debajo de un coche.
-¿Dónde estás… dónde estás…? – su voz sonaba temblorosa, quebrada. Un hombre gritó desde el interior.
-¿A qué esperas?¡Tienes que hacer la cena! – ni siquiera me había dado cuenta de que era casi de noche. La mujer se incorporó, estremeciéndose, y pude ver miedo en sus facciones, marcadas por un feo morado en la mejilla izquierda; sus ojos, húmedos, parecían a punto de echarse a llorar.
-¡Ya voy! – respondió con voz temerosa.
Cuando estaba a punto de entrar por la puerta, tuve una corazonada.
-¡Salomé! – llamé. Y se giró, con el ceño fruncido y expresión confusa.
Por un momento, volví a escudriñar el hogar roto, y después me giré a contemplar la casa abandonada que había tras de mí. Bajé la vista, me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta, y eché a andar, sin rumbo fijo, buscando algún barrio de mi ciudad que nunca hubiera pisado antes.

13/3/09

Pseudohogar

No soy ningún tipo especial. Más bien del montón.
Lo único de mí que suelo defender es lo que escribo. Puede que muchas de las palabras que use sobren, que me exceda con los adjetivos y le dé demasiadas vueltas a todo antes de llegar a lo que realmente interesa, pero… sigue siendo parte de mí. La parte que merece la pena, al menos eso creo, por muy egocéntrico que pueda pareceros.
Porque considero que escribo bien. Tal vez lo que escribo no sea perfecto, pero las personas tampoco lo son, y no pienso olvidar que, al final, todos los textos no son más que un pedacito de alguien. Un trocito de su alma que ha querido sacar de su mente para que otros puedan verlo. Quizá para que una persona lo vea.
Incluso existe la posibilidad de que sólo quiera repasarlo una y otra vez, sin intención de sacarlo nunca a la luz más que para leerlo encogido sobre él, para acariciar las letras y sonreír ausentemente, orgulloso de su creación.
Bueno… orgulloso de sí mismo, sí. ¿Por qué no? No es malo, que yo sepa.
En definitiva: lo que escribo es lo único que considero “destacable” de mi persona.
Es posible que no demasiado, pero eso no tiene mucha importancia.
Y, por ser tan normal, tan simple en mi reflejo… me sentía fuera de lugar allí.
Las nubes ocultaban las estrellas; sólo una esquirla de luna podía adivinarse asomándose a un desgarrón en el cielo. Esa oscuridad casi completa se reflejaba en el negro mar, que, curiosamente, parecía nervioso. No por unas olas desmesuradas ni un excesivo chapoteo. El oleaje era errático, o al menos así lo oía yo. Tuve la ligera impresión de que estaba nervioso por no ver a la luna, cuando tienen una relación tan íntima…
Hacía una bonita noche. Tranquila.
Una cálida sensación se había apoderado de mí, transportándome más allá de todo eso.
Como si mi cuerpo, mis sentidos, siguiesen en el mismo sitio, y mi mente se hubiese ido a otra parte.
Oía el mar, podía oler la brisa salada… aunque no estaba en la playa.
No veía nada porque tenía los ojos cerrados.
El frío cemento en el que estaba sentado, los sonidos de los coches… el viento que en realidad enmarañaba mi pelo, las luces de la ciudad que traspasaban en parte mis párpados… las imágenes en mi cabeza de su última historia, conmovedora y que llegaba, como siempre, a despertar algo dentro de mí…
Aunque sentía todas esas cosas, también creía estar en una casa.
Un ático, para ser más concreto. Su ático. O futuro ático. Agh…
Un salón, en el que estaba la cocina, parapetada tras una barra americana.
No era especialmente grande, aunque tampoco pequeño. El techo inclinado hacia la derecha, así que tenías que agacharte al entrar, hasta que estuvieses algo más en el centro, donde unos cómodos sofás rojos y negros, rodeados de “pufs” y enormes cojines, con una mesa de cristal baja en medio, prometían una velada agradable.
Libros, la mayoría de autor anónimo o con pseudónimos, adornaban unas estanterías viejas, de tiempos más humildes, que estaban alineadas en la pared a la derecha, donde estaba la entrada a la habitación y el baño.
Un minibar (sí, como los de esas películas antiguas) se escondía en el rincón de la izquierda.
Al fondo, un balcón con un banco de madera y numerosas plantas florales. Muchas enredaderas, que colgaban incluso hasta varios metros por debajo de su piso.
Cada macetero contenía unas flores distintas, para darle más colorido.
Amapolas, tulipanes, violetas, lirios, rosas…
En el cuarto, había una enorme cama redonda, con cabecero metálico antiguo, alto, de esos que tienen barras e intrincados dibujos de metal arriba. No tenía ni idea de cómo se lo había puesto.
Más estanterías.
Un escritorio forrado de fotos, poemas, fragmentos de historias, dibujos (tanto sobre papel como sobre la madera)…
Un portátil, y numerosos cuadernos amontonados: a los lados, debajo…
Una nevera pequeña en la esquina del fondo a la derecha, entre dos estanterías.
A la izquierda, oculta en parte por un estante, una ventana con cortinas grises y raídas, desde la que podía verse la esquina de un parquecito de abetos.
Justo a la derecha de la puerta, el cuarto de baño.
Losas azules hasta un metro y medio aproximadamente, y grises por encima, con pegatinas de burbujas negras y rojas… un baño totalmente blanco la habría deprimido.
La bañera era de esas antiguas, con patas de bronce que parecían las garras de un león, y un grifo dorado. Parecía cómoda.
Por fuera estaba recubierta de fotos y su letra, como el escritorio.
Tanto si escribía sus propias historias, como si acababa traduciendo las de desconocidos, cuya inmensa mayoría no merecía siquiera que alguien tan superior a ellos expresase con sus palabras lo que escribían… parecía que iba a tener un refugio donde ser feliz. Donde ser, al fin y al cabo, ella misma.
Es… ¿curioso? (en el sentido real de la palabra) que, tras leer la historia de que su alter ego se instalaba en una iglesia románica abandonada, se me ocurra algo así.
Otras veces he descrito otros lugares para ella. No sé, es… interesante… imaginarme algo así. Normalmente alguien imaginaría su propia casa, ¿no?...
Incluso imaginé cómo sería el castillo que (estoy seguro) es su mente. En un árbol, una mansión a veinte metros del suelo, con las habitaciones incrustadas en el tronco, que, aunque sólido, daba cierta impresión de ser translúcido… una de las salas tendría chimenea, ¿lo recuerdas?
“¿Qué cómo puede haber una chimenea en un árbol? Pues… no sé, los sueños son así…”…

- Y, ¿qué pasó con el reino de ensueño?
- Lo que pasa siempre con esas cosas. Alguien se despertó, y el sueño terminó…


(No recuerdo de quién es la cita ahora mismo).

30/12/08

El eco vacío

El eco de sus pasos resonó en el hueco pasillo, arrastrado en un vacío gélido y abismal. Su mano se iba dejando caer de protuberancia en protuberancia de la granulada pared, dibujando con las yemas de los dedos casi las mismas ondas irregulares que los latidos de su corazón pintarían en una pantalla al compás desfasado del "bip" mecanizado de un taquicárdico.
Se acercaba lentamente a la sala de estar, el frufrú del camisón acariciando sus tobillos y haciéndole incómodas cosquillas en lo más profundo. Quizá por eso deseaba reír, a pesar del ominoso silencio que podía inhalarse ya desde que entreabrió los ojos en la cama.
Al asomarse por la rendija de la puerta, suspiró aliviada. Sólo un segundo.
Las quietas figuras de sus progenitores, abrazados en el sofá, contemplaban un silencioso televisor pausado. El salón, medio alumbrado por la pantalla, no se inmutaba por la pálida luz plateada que se colaba entre las cortinas.
¿Mamá?¿Papá?
Nada. No pasó nada.
Énfasis, vehemencia. Aún nada. Sacudeidas, visión enturbiada por las lágrimas, dolor... ¿eso que se encogía en su pecho era su corazón?
Lloró durante lo que le parecieron horas, aferrando con desesperación el pijama de su padre, humedeciendo su hombro, sin que él reaccionase, ni diese señales de verla siquiera.
Cuando algo de calma se abrió paso entre las nubes de su encapotada consciencia, se detuvo a observarlo todo, intentando ordenar su caótica mente.
La expresión dolorixda de su madre, estática en su rostro desde hacía varios meses, a pesar de su intento de aparentar entereza frente a ella. La casi catatónica de su padre, que simplemente no parecía hacerse a la idea, por muchos historiales y pruebas que lo confirmasen.
No respiraban. No latían. Sólo estaban.
No debió estar tanto tiempo llorando, ya que aún era noche cerrada. La imagen de un tipo trajeado de mirada perdida en la televisión, en pause, como si la hubiesen detenido en el momento justo en el que parecía que los mirase.
Una nueva oleada de dolor, punzante y frío. Todo iba al revés.
No reconocía la película.
Fue al cuarto de baño, y, con tembloroso pulso (más propio de un anciano con parkinson que de una niña de nueve años), se mojó la cara. Una, y otra vez. Como si el agua pudiese ir más hondo, más allá de la piel, y borrar esa suciedad incrustada en su cerebro que le decía que acababan de perforarle la caja torácica con un taladro del quince.
Vio (entrevió) su demacrado reflejo, las ojeras, la piel agrietada debido a las sonrisas que se obligaba diariamente a mostrar a todo el mundo. Se pasó una mano húmeda por la nuca, rapada, como toda su cabeza, y volvió a salir. Cogió con mano aún insegura el mando del DVD y pulsó off. Una, y otra vez. Un nuevo escalofrío y una triste alegría anidaron en ella mientras, con los lacrimales hiperactivos, volvía a su cuarto, se sentaba en el borde de la cama y acariciaba su piel. Su pálida y fría piel...
Nada.
No pasó nada.




"Pues, básicamente así es como me parece la vida,
llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza
y sin embargo se acaba demasiado deprisa".
Woody Allen


P.s: Gracias por lo de ayer (y perdón por las molestias). Pak pak ^^

29/12/08

Ecos en la niebla

Una figura oscura, embozada con bufanda negra y gabardina negra y pantalones negros, atravesaba la niebla a paso lento, acariciada por jirones grisáceos y tarareando en murmullos una melodía apagada contra la lana que cubría su boca.
Sus zapatos resonaban, huecos, sobre la acera de madrugada, las manos en los bolsillos, los ojos enfundados en el frío. Unas ramas caducas asomaban a intervalos regulares sobre su cabeza, y desaparecían poco después, engullidos por la blancura opaca y esponjosa que le rodeaba. Ecos moribundos le alcanzaban desde lo inhóspito (un motor rugiendo, oleaje embravecido, silbidos aviares…), unos metros a su alrededor. La brisa, intermitente, desordenaba sus cabellos, descolocaba mechones en su frente y ante sus ojos.
Arrullada en la mañana, la lóbrega silueta apenas miraba por dónde iba. Erraba en línea semirrecta, la vista fija en un punto inexacto.
Imágenes difusas le acosaban inadvertidamente, aguijoneándole con mortal certeza el corazón. Un rostro, una voz, media fragancia, ningún momento exacto.
Un espacio de tiempo de fin aún indeterminado, quizá. Demasiado reciente.
Inesperadamente, un transeúnte surgió de la clara oscuridad, y estiró una mano crispada para sujetarle la manga de la chaqueta.
- ¿Cómo suena una persona al romperse? – preguntó sin mirarlo - ¿A cristales? ¿Madera? ¿Piedras? – se deshizo de la garra que le sostenía. Huyó.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No, no sonaba parecido a nada de eso.
Era algo más parecido al “clack” seco de romper plástico duro. Tal vez, a veces, al ruido sordo de desgarrar una tira de plástico.
De nuevo otro transeúnte, esta vez por el lado contrario. No le detuvo al preguntarle en voz alta si podía escucharse cómo se rompe uno mismo. No obtuvo respuesta.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No. ¿O sí? Sí, definitivamente. Uno lo escuchaba, pero no en el momento mismo en que se rompía, sino cuando se daba cuenta de que estaba roto.
Y no se daba cuenta hasta mucho rato después. Pero tampoco parecía romperse con el sonido sobre el que especulaba instantes (¿o eran horas?) antes. Puede que fuese distinto para cada uno.
Se detuvo de repente, cubierto de grises sombras, e inspiró profundamente, sintiendo la escarcha rozar sus pulmones en amante caricia.
El viento apartó el no humo, dejándole ver un banco alabeado por los años, y se sentó, casi recostado, a la par que cerraba los ojos, oyendo claramente la cacofonía de las calles (rugientes motores, lejanas olas rompiendo contra las piedras, pájaros cantando inseguros a la incierta mañana…), y con escalofríos recorriendo su espina dorsal por la gélida sensación que oprimía… no, que resquebrajaba su pecho.
Poco a poco, la desesperación fue cerniéndose sobre él.
Engullido por la niebla, como todo lo demás… siguió sentado.

27/12/08

Huellas en la niebla

Va tras esa figura que camina por mitad de la calle, alejada de todo de un modo casi etéreo.
Se arrastra tras su grácil silueta, de pasos elegantes y felinos, que fluyen casi como la superficie de un lago mecida por el viento.
Levita como un satélite, cada vez más cerca de la marmórea faz y cuidado aspecto, impecable hasta en el más mínimo detalle (los brillantes zapatos negros, la cadena que sobresale de su chaqueta donde guarda el reloj de bolsillo, incluso ese mechón en apariencia rebelde que brilla, ónice, en su frente).
Se abraza con la desesperación del vacío a sus anchos hombros, casi como si el calor de su cuerpo fuese lo único capaz de sostenerle.

El sol se apagaba, ruborizado, en el horizonte, y las nubes se iban deshaciendo sobre su cabeza, a la par que las estrellas apuñalaban el cielo con su tenue brillo, y un pálido plateado difuminaba el aire y descoloreaba todo.

Pero seguía tras él, ominosamente cerca, siempre a una distancia prudencial, con expresión dolorida y aspecto difuminado.
Finalmente, aunque no dio muestras de percibir su presencia, fue encorvándose por el peso, y gruñendo de dolor por las emociones que revoloteaban a su alrededor, dudas y luces en la oscuridad.
La niebla, lentamente, lo alcanzó. Sus rasgos se volvieron irreconocibles. Las lágrimas hacían brillar sus ojos cuando se detuvo, la mirada fija en el reloj de bolsillo dorado que sostenía una mano temblorosa.
No pudo evitar escudriñar por encima de sus cansados hombros, con curiosidad, aunque sintiéndose culpable y sin abandonar esa mueca perenne de sufrimiento en su distorsionada realidad.
Unas iniciales en relieve. La rabia de sus pasos, que nunca dejaron de tener esa elasticidad propia de su compostura de caballero chapado a la antigua, cobraría sentido para otros. Lo que miraba por encima de su hombro y siempre le había seguido se limitaba a seguir lamentándose por algo, sin comprender. Al fin y al cabo, lo único que debía hacer era acompañarle hasta la niebla, donde lo perdería de vista, como siempre pasaba con todos. No le interesaba nada más, y quizá fuese eso lo que lo entristecía. O quizá fue cómo había cambiado todo para aquel hombre encorvado desde que ella encontró la niebla.

Un deambular frenético, incansable, de rápidos vistazos a las manecillas y farfulleos ocultos bajo una máscara impenetrable.

Al final, a pesar de haberlo abrazado con ansia tantos años, lo soltó, y, como siempre, todo lo que pudo hacer fue ver gris... y oír, alejándose, el eco de sus pasos en la niebla.




"There's nothing left but wasted years".
Cold - Wasted Years