- ¿Cómo se da un golpe de estado en la actualidad? - preguntó, ladeando la cabeza para leer mejor los títulos en los lomos de los libros de la estantería. Tenía las manos en los bolsillos, expresión aburrida, y el traje de chaqueta arrugado y viejo, con algunas manchas en las mangas.
La habitación, lujosamente decorada aunque siniestra a la luz de la única lámpara, sumergía en tinieblas la parte superior de su oyente, recostado en un sillón rojo con las piernas cruzadas, y lanzando bocanadas de pálido e intrusivo humo al área iluminada.
Las estanterías a ambos lados de lo que a todas luces era un estudio rebosaban de libros sin catalogar, el escritorio estaba oculto bajo montañas y montañas de folios y carpetas, el diván egipcio tenía un cenicero lleno de colillas y fraguando un tenue aunque persistente olor a ceniza en el habitáculo, y el hombre de traje viejo paseaba por los límites de la ya agonizante luz de la bombilla mientras, al lado opuesto de la sala, el hombre a oscuras daba silenciosas caladas del undécimo, o duodécimo cigarrillo de las últimas dos horas.
- ¿Tú qué crees? - insistió el Trajeado, girándose para quedar encarado a su interlocutor.
Éste descruzó las piernas, golpeando con sonoridad el suelo con sus botas de montaña y manchando, por lo tanto, la tarima de madera con el barro que aún llevaba pegado a las suelas.
- Supongo que como siempre, con una revolución. - sus palabras llegaban casi distorsionadas, grises y cascadas, como si el humo hubiese imbuido sus propiedades en su voz. Aunque no pudo apreciarlo, el Trajeado supo que se había encogido de hombros.
- No, eso ya no sirve - siguió arrastrando los pies, siguiendo la línea claraoscura que delimitaba la visibilidad en el despacho, con la fija vista en el suelo y el ceño fruncido en un gesto de profunda concentración - La gente vive con miedo, y comodidad. Ambas cosas minan cualquier espíritu revolucionario.
- Se ha demostrado muchas veces en la historia que eso puede cambiar de la noche a la mañana... con el impulso adecuado - repuso el Hombre en Sombras.
- Hoy en día todo eso no es aplicable - replicó con aplomo el otro - La globalización, facilitada por los medios de comunicación, hacen que las afinidades se hayan... diluido demasiado.
- Resulta que hoy en día todo el mundo está en crisis, amigo mío, y eso, creo yo, es afín a muchas personas - ahora hablaba con sorna.
- Aún así, aún en crisis, tienen muchas comodidades. Y la comunicación sigue siendo imperativamente dominante. ¿Sabes qué sector ha sido el último afectado?
- ¿La comunicación? - interrogó en tono teatral el Hombre en Sombras, extendiendo los brazos en un movimiento que al otro no le pasó desapercibido, esta vez.
- No. El tabaco. Y la comunicación - ahora su voz era la que rezumaba teatralidad. Su colega soltó una carcajada ronca y grave, y dio una nueva calada al cigarro - Transportes, telefonía, internet, televisión, radio... bueno... - frunció el ceño - Excluye la radio. Y los periódicos. Llevan mucho en crisis, aún no entiendo cómo siguen a flote.
- Se podrían escribir enciclopedias sobre lo que tú no entiendes - comentó el Hombre en Sombras, apagando el cigarrillo sin alejarse demasiado del abrazo protector que le envolvía.
- Y otras tantas sobre lo que he llegado a entender - respondió irritado el otro - ¿Cómo, sino, pude encontrarte?¿Cómo, sino, es que he llegado hasta este punto pasando desapercibido?
- No tanto, amigo mío - sonrió su interlocutor.
- Sabes perfectamente a qué me refiero - el Trajeado se mostraba serio, y una nueva frialdad revestía sus afirmaciones - Te lo vuelvo a preguntar, ¿cómo provocarías un golpe de estado?
Él volvió a encogerse de hombros.
- Cortando la circulación económica. Paralizando los bancos, y dando un revés al mercado de valores.
- Tocándole el bolsillo a gente a la que no le gusta que le rasquen lo más mínimo - el tono de voz del Trajeado había pasado a ser burlón - Seguro que se te ocurre algo más original, no me decepciones así.
- No hablo de tocar los bolsillos que ya están llenos. - podía notarse lo divertido que le resultaba todo eso al Hombre en Sombras - Sino de romper los que ya están vacíos.
- Sigue sin ser original - la burla había dado paso al hastío. - ¿Eso es lo mejor que puedes ofrecer?
- Como ya te he dicho, el espíritu revolucionario puede volver a alzarse de la noche a la mañana - su sonrisa se ensanchó, y se incorporó de su asiento, encendiéndose un nuevo cigarrillo - Y los medios de comunicación... todo eso que has mencionado... bueno... - la luz iluminó las facciones de un joven que no rozaría los treinta años, con unas gafas de montura negra y el pelo rubio, desaliñado, cayéndole desordenado sobre unos ojos de un profundo color azul - Las armas que empuñan los poderosos siempre suelen tener doble filo.
A medida que el joven hablaba, el trajeado mudaba su expresión, del aburrimiento a la curiosidad, de la curiosidad a la sorpresa, y después a la satisfacción.
- Bueno... quizá... te haya subestimado.
- Y dime, amigo mío, ¿dónde pretendes dar este golpe de estado? - el joven chasqueó la lengua, relamiéndose los labios, ansiando ya el premio al final del camino. Su interlocutor levantó la lámpara, e iluminó una esquina del estudio, junto a un ventanal con las cortinas echadas, dejando ver un globo terráqueo de proporciones inmensas.
- ¿No te lo imaginas?
El joven enarcó una ceja, divertido, al verle pasear sus dedos sobre Norteamérica... pero el Trajeado sólo cogía impulso, haciendo girar el globo sobre sí mismo, y después haciéndose a un lado, abarcándolo por completo con un gesto.
- En todas partes.
Su interlocutor se atragantó con el humo.