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30/12/09

Mensaje en una botella

No me conocéis, ni tenéis por qué leer esto.

Sé bien que ni lo deseáis.

¿Por qué, entonces, lo escribo?

No lo sé... tal vez para que no siga dentro de mí. ¿Conocéis esa sensación? La necesidad de sacar afuera algo que se os clavó sin quererlo ni beberlo, de desahogaros. Bueno... ¿por qué ibais a conocerla? Seguro que soy el más débil de por aquí.

Mis padres se separaron, mi novia me dejó, mis sueños fueron aplastados, mis ambiciones frustradas, mi camino trazado sin consultarme, mis ideas robadas, mi condición humana humillada, mi cuerpo apaleado, mi ¿espíritu? Perdido por ahí.

Por supuesto que no os voy a contar nada de eso. Sería lo obvio. Todos hemos sufrido en algún momento algo parecido, y no quiero que leáis lo mismo de siempre, que penséis y os sintáis como de costumbre, sólo que por otro en lugar de vosotros mismos. No sé si soy más fuerte que eso, pero me gustaría creerlo.

Sólo quiero escribirlo. Desahogarme. Sin saber por dónde empezar, sin ser capaz de hacerlo en tercera persona...

¿Os preguntáis si son hechos verídicos...? Bah, ¿qué os vais a preguntar? Es sólo mi imaginación, ilusionándome con que pueda importaros lo más mínimo, con que no estéis sólo de paso. Pero, ¡hay que ver lo que me gusta andarme con rodeos!

Puede que el mundo pese, y que evadirme sea lo que más anhelo porque así ni mis problemas ni los de otros parecerán tan importantes. Porque el mundo pesa, me creáis o no; puede que vosotros lo llaméis de otra manera, pero la verdad es que ni lo sé ni me importa, ahoramismo: el mundo pesa. No como una losa invisible sobre los hombros, sino como una opresión interna. Late en los músculos y hormiguea en las sienes, dejándote con la sensación de haber corrido una maratón, con las manos pesadas y el ánimo de luto. ¿Y si rompo a llorar?¿Y si lo asumo, aprieto los dientes y alzo el mentón?¿Y si lucho contra ello?¿Y si finjo ignorarlo...?

...y si, al final, todo ha sido para nada. No importa lo que haga, siguen pesándome mis problemas, y los de otros, y gruño y pataleo y lloro a viva voz, grito como un Aiel para abrazar el dolor que me inflingen, me autocompadezco en público y amenazo con volver a hacerlo, se me petrifican las manos encima del teclado a cada frase que escribo y me tiemblan los dedos de miedo, no de pasión, y entonces, como temía, el amor de mi vida se me escapa.

Y si, al final, pierdo las ganas de seguir intentándolo. Por quitarme un poco de encima, dejarme arrastrar, ¿comprendéis?... y si... y si... ¿y si me rindo?




Nah.

No me conocéis, ni tenéis por qué leer esto... pero os contaré algo sobre mí, os importe o no, porque ya lo he sacado todo y ahora algo nuevo me quema por dentro: NO ME GUSTAN LOS CONDICIONALES.

27/4/09

Chasing cars



We'll do it all
Everything
On our own

We don't need
Anything
Or anyone

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?

I don't quite know
How to say
How I feel

Those three words
Are said too much
They're not enough

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?

Forget what we're told
Before we get too old
Show me a garden that's bursting into life

Let's waste time
Chasing cars
Around our heads

I need your grace
To remind me
To find my own

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?

Forget what we're told
Before we get too old
Show me a garden that's bursting into life

All that I am
All that I ever was
Is here in your perfect eyes, they're all I can see

I don't know where
Confused about how it's wrong
Just know that these things will never change for us at all

If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?



Todo siempre tiene que tratar sobre sentirse solo entre una multitud. Todos siempre tienen que pensar que son más especiales que nadie, y que sólo puede haber una persona que les entienda, y que nadie más les va a hacer sentirse bien consigo mismos nunca más. Todos tienen que mirar a su alrededor y ver gris uniforme, y quieren evadirse, y todos quieren ignorar el mundo. Y se cabrean, y se imaginan como el típico cantante de pop/rock americano, andando mientras toda la calle se mueve a cámara rápida, cantando canciones cuando ni siquiera saben cantar ni entonar, y son incapaces de escribir nada que tenga ni la mitad de sentimiento que un poema sobre, pongamos, una ciudad, o geometría.

Se leen un par de libros que se cuentan entre los best-sellers (que, por cierto, son de los peores casi siempre) y ya creen ser cultos. Dan ropa vieja cuando hay una colecta y se creen humanitarios, caritativos. Ni siquiera saben si el vidrio va al cubo verde o al amarillo.

¿Qué hay de malo en ser uno más?¿Tanta necesidad tiene la gente de sentirse especial?¿Tan faltos de cariños estamos todos, a estas alturas?¿Siete mil millones de habitantes, y nos sentimos solos?¿Quién coño nos creemos que somos?

Despertar con las piernas débiles, bajar titubeando de la cama y encaminarse descalzo a la calle, a buscar hombres con traje gris para preguntarles si se sienten alienados, si creen que tienen prisa y siguen sin saber adónde van, preguntarles si son felices, preguntarles si han conseguido las respuestas a alguna duda existencial que nos corroa...

Descubrir que incluso esos autómatas, esas marionetas que criticábamos, son más felices que nosotros... ¿para esto n/os sirve sentirnos diferentes, especiales... superiores? Porque, no os engañéis, eso de creeros diferentes, a todos vosotros, os provoca la excitación del poder, de pensar que sois superiores a alguien. A tantos.

O somos.

Me pasé cuatro años en el instituto queriendo ser uno más, y luego he malgastado otros tantos queriendo ser alguien que contase. Y si dijese que a partir de ahora voy a cambiar, que voy a ser yo mismo y que les den a todos los que intenten encasillarme... no estoy seguro de poder decir con sinceridad que no mentiría. Cambiar no es tan fácil. Lo he intentado. He conseguido algunos logros (nada demasiado relevante, en realidad).

Y al final me pregunto si realmente merece la pena cualquier esfuerzo. Si no será mejor ser un ermitaño y gritar a cualquiera que se acerque a mí "¡¡FUERA DE MI BOSQUE!!". La sociedad es complicada, y no me llama la atención, pero resulta que tenemos que aprender a "convivir", ya ves tú, a quién se le ocurriría esa magnífica idea.

¿Y sigo intentando ser original con todo esto?¿O intento ser coherente, lógico? Con lo que a mí me gustan las absurdeces irracionales...

Pues yo quiero que la gente me entienda. Y quiero entender a la gente. Y no quiero quedarme con una persona. QUIERO, ME ENCANTAN, muchas personas, y las quiero para siempre, y serán bienvenidas todas aquellas que, con el tiempo, acabe queriendo también. Y quiero ser más conformista, y quiero no fumar tanto, y quiero que no me importe vivir en la calle. Y que les den a todos los especiales del mundo.

Yo quiero mi tanque.

16/4/09

"No pasó nada"

El eco de sus pasos resonó en el hueco pasillo, arrastrado en un vacío gélido y, de algún modo, abismal. Su mano se iba dejando caer de protuberancia en protuberancia de la granulada pared, dibujando con las yemas de los dedos casi las mismas ondas irregulares que los latidos de su corazón pintarían en una pantalla al compás desfasado del "bip" mecanizado de un taquicárdico.
Se acercaba lentamente a la sala de estar, el frufrú del camisón acariciando sus tobillos y haciéndole incómodas cosquillas en lo más profundo. Quizá por eso deseaba reír, a pesar del ominoso silencio que podía inhalarse ya desde que entreabrió los ojos en la cama.
Al asomarse por la rendija de la puerta, suspiró, aliviada. Sólo un segundo.
Las quietas figuras de sus progenitores, abrazados en el sofá, contemplaban un silencioso televisor en pause. El salón, medio alumbrado por la pantalla, no se inmutaba por la pálida luz plateada que se colaba entre las cortinas.
¿Mamá?¿Papá?
Nada, no pasó nada. Énfasis. Vehemencia. Aún nada.
Sacudidas, visión enturbiada por las lágrimas. Dolor, ¿eso que se encogía en su pecho era su corazón?
Lloró durante lo que le parecieron horas, aferrando con desesperación el pijama de su padre, humedeciendo su hombro, sin que él reaccionase de ningún modo, ni diese aún señales de verla siquiera.
Cuando algo de calma se abrió paso entre las nubes de su encapotada consciencia, se detuvo a observarlo todo, intentando ordenar su caótica mente.
La expresión dolorida de su madre, aún estática desde hacía varios meses, a pesar de su intento de aparentar entereza frente a ella. La casi catatónica de su padre, que simplemente parecía no hacerse a la idea, por muchos historiales y pruebas que lo confirmasen.
No respiraban. No latían. Sólo... estaban.
No debió estar tanto tiempo llorando, ya que aún era noche cerrada. La imagen de un tipo trajeado la observaba desde el televisor, en pause, como si la hubiesen detenido en el momento justo en que él los miraba.
Una nueva oleada de dolor, punzante y frío. Todo iba al revés. No reconocía la película.
Fue al cuarto de baño, y con tembloroso pulso (más propio de un anciano con parkinson que de una niña de nueve años) se mojó la cara. Una, y otra vez, como si el agua pudiese ir más hondo, más allá de la piel, y borrar esa suciedad incrustada en su cerebro que le decía que acababan de perforarle la caja torácica con un taladro del quince.
Vio (entrevió) su demacrado reflejo, las ojeras, la piel agrietada debido a las sonrisas que se obligaba a mostrar siempre. Se pasó una mano húmeda por la nuca, rapada, como toda su cabeza, y volvió a salir al salón. Cogió con pulso aún inseguro el mando del DVD y pulsó off. Una, y otra vez. Un nuevo escalofrío y un tipo extraño de alegría anidaron en ella mientras, con los lacrimales hiperactivos, volvía a su cuarto, se sentaba en el borde de la cama y acariciaba su propia piel. Su pálida y fría piel...
Nada.
No pasó... nada.

2/4/09

El sentido de un silencio

Jolene, es el relato de la niña, por si quieres parar de leer.

Un abrazo. Todo empezó mientras buscaba un abrazo.
La pequeña niña, que tendría apenas dos o tres años, parecía una muñeca de porcelana. Era algo alta para su edad. Era muda.
Eso le aislaba del mundo de un modo que nadie acertaba a entender. Nadie que no estuviese en su misma situación.
Ese día llevaba un vestido blanco, unos zapatos negros, brillantes, y un osito de peluche en la mano. Se había perdido entre la multitud, y había empezado a tenderle los brazos a todo el que pasaba, pidiéndole en silencio, mientras lloraba, que la llevase a casa.
Tenía el pelo negro corto, rizado graciosamente y rodeándole su pálida carita. Sus ojos, enormes y azules, brillaban con las lágrimas, mientras, en su interior, llamaba a gritos a su madre.
No entendía por qué la gente no le hacía caso.
Aún no comprendía qué significaba ser muda.
Un señor, de rostro arrugado y cuerpo rechoncho, le tendió la mano, y ella le sonrió, esperanzada a la vez que tomaba la sudorosa palma del hombre, sin importarle la humedad de sus anchos dedos. Era un individuo casi calvo, y bastante bajito.
La llevó cogida del pequeño brazo hasta un callejón oscuro, y, detrás de unos contenedores, la violó.
Fue muy delicado en todo momento. Ella no se dio cuenta exactamente de qué estaba pasando, de por qué ese señor hacía esas cosas tan raras, hasta que sintió que se partía en dos.
Ningún sonido salía de su boca abierta, taponada en vano por la asquerosa manaza del pequeño y patético pederasta. Seguía llorando, enloquecida de dolor y pánico.
No diré “por suerte”, porque no existe la suerte en una situación así. Pero, al menos, duró poco.
Él la dejó allí, tendida, emitiendo un gemido y eyaculando sobre la basura, preocupado por no dejar pruebas. Había tenido suerte; a ella no le había sangrado el himen al romperse.
Se marchó, mirando a ambos lados furtivamente.
Ella lloraba en silencio, y sus enormes ojos de muñeca de porcelana, abiertos en una mueca de pavor, semejaron los de una pieza de colección más que nunca: parecían muertos, siniestros observadores, preciosos, pero terroríficos en esencia.
Tras varias horas, y aún dolorida, se levantó del sucio suelo y arrastró tras ella al osito, que se había descosido y era destripado por el suelo.
Caminó durante toda la noche, atrayendo miradas con su sucio vestido blanco y el peluche sin relleno colgado de su blanca manita.
A la mañana siguiente, un policía se acercó a ella y le tendió una mano, pero ella se pegó contra la pared, mirándolo con temor y tironeándose de la falda hacia abajo, sin soltar su juguete en ningún momento.
Finalmente, el guardia de tráfico la cogió en brazos, mientras ella le arañaba y lloraba, desconsolada, y la llevó a comisaría.
Sus padres estaban fuera, buscándola, pero habían puesto la denuncia, y ya les habían llamado para que volvieran.
Ella se abrazaba al oso con frenesí, y miraba a su alrededor con puro terror.
Al llegar sus padres, la abrazaron, la besaron, le dijeron mil palabras de consuelo. Ella no pudo contarles lo que había pasado. No pudo emitir ni un sonido.
“Ya estamos aquí”.
“Ya ha pasado todo”.
“No volveré a separarme de ti nunca”...
No la consolaron.

16/3/09

Salomé, 25-8-91


Iba andando sin rumbo fijo, deambulando por barrios que curiosamente nunca había pisado antes en mi ciudad, cuando encontré un anillo de plata (o supuse que era de plata) tirado en la calle, junto a un muro. En el interior del aro se leían un nombre de mujer y una fecha.
Por algún extraño motivo, sentí el impulso de probármelo, aunque era un anillo pequeño, y encajó a la perfección en mi dedo meñique.
Estuve preguntándome cómo había ido a parar allí el anillo. Se me ocurrió que la mujer que lo tenía lo tiró porque su hogar se rompió, o algo así.
El muro frente al que estaba tirado rodeaba el jardín de una casa de la que no alcanzaba a ver la planta baja, pero el primer piso tenía tres balcones y el tejado, rojizo anaranjado, a dos aguas. Las paredes eran blancas, pero numerosas macetas y enredaderas que bajaban desde las ventanas las coloreaban. Las cortinas estaban echadas, así que no pude atisbar el interior. Era una casa impoluta.
Me giré, con curiosidad, y vi una casa abandonada. La valla de madera descuidada, el jardín salvaje, las paredes con la pintura descascarillada. Incluso una ventana rota en el piso superior, y la puerta con numerosos arañazos. Se adivinaba en algunas partes que alguna vez tuvo pintura naranja, aunque ya estaba descascarillada, y sólo se veía el gris del cemento y el color de algunos ladrillos que habían resurgido. Las ventanas de la planta baja estaban tapiadas con madera.
Supuse que el anillo había salido de esa casa, con más aspecto de hogar roto. La fecha era bastante antigua.
Pero, si era así, ¿cómo nadie lo había encontrado hasta entonces?
Me lo quité del dedo meñique, guardándolo en el bolsillo de mi chaqueta, y, tras echar un vistazo a ambos lados de la calle, salté la valla de madera y me acerqué a la casa abandonada.
Alargué la mano hacia el picaporte, envuelta en la manga debido a la suciedad, y, para mi sorpresa, la puerta se entreabrió sin necesidad de girarlo. La cerradura estaba rota, forzada hacía ya tiempo, al parecer, pues había óxido incluso en las marcas sobre el metal. La visión que me esperaba era digna de un fotógrafo. Un vestíbulo a oscuras, con una escalera que tenía la barandilla rota y algunos escalones partidos por la mitad, y en el que se colaba la luz por un haz desde el piso superior y algunas partículas que parecían haberse infiltrado por los huecos de una persiana al fondo.
A la derecha, un salón enorme, con dos sofás destripados, una mesita coja y una estantería derribada. Había libros en el suelo, bajo la madera, y, al inclinarme para coger uno, pude leer títulos de filosofía, y una enciclopedia.
La mayoría tenían páginas arrancadas, y algunos estaban pegajosos.
A la izquierda, un comedor, con una única silla (rota) y un tablero de mesa volcado. Había también una chimenea llena de ceniza, que manchaba parte del suelo alrededor, incluso.
Sobre la chimenea, pude ver una foto inclinada y con el cristal resquebrajado. En ella se distinguían tres caras sonrientes: un hombre, una mujer y una niña pequeña con un pañuelo rosa en la cabeza, parecido a los que usan los pacientes de quimioterapia. Sentí una extraña presión en el pecho.
¿Sería el anillo de alguno de ellos?
Ni a la niña ni a la mujer se les veían las manos, y la única que pude ver era del hombre, apoyada en el hombro de la sonriente madre, y tenía los dedos demasiado toscos. No había forma de saberlo.
Al fondo, tras las escaleras, la cocina, con el grifo arrancado, y algunas latas de comida vacías, tiradas sobre la encimera, manchada de cosas que ni siquiera sabría nombrar. El fregadero estaba lleno de agua, y platos rotos.
Junto a la cocina había un pequeño baño en el que no me atreví a entrar, porque apestaba, y se oía el zumbar de moscones desde donde estaba.
Al poner un pie en el primer escalón, éste cedió, y me torcí el tobillo.
Aún así, no me detuve. La curiosidad superó al dolor, y empecé a subir, pegado a la pared, con cuidado para que la madera no volviese a partirse. Cuando llegué arriba, vi una viga del techo caída frente a mí, carcomida por dentro. Había cuatro puertas en el pasillo, y entraba más luz que en la planta baja. Se colaba incluso por una pequeña apertura sobre mí, de la que colgaba una cadenita oxidada y rota.
Entré por la primera puerta, a mi izquierda. Había un sofá-cama, intacto, y una vidriera destrozada, con el vidrio esparcido a mis pies, y unos cartones sucios bajo la ventana.
La de mi derecha daba a un baño tan repugnante como el de la planta inferior.
La segunda de la izquierda a una habitación colorida, con papel pintado rosa despegado de las paredes, una pequeña cama con cabecero de madera que dibujaba una corona en la pared, una cómoda con un único cajón, y un armario con las puertas sacadas de los goznes, vacío.
La que estaba enfrente de ésa, a un dormitorio con cama de matrimonio sin colchón, un escritorio de nuevo sin cajones y un armario empotrado con los espejos de las puertas agrietados.
En ese armario quedaba un traje de chaqueta negro, apolillado y lleno de polvo, colgado triste y solo de una percha de cobre.
Salí al pasillo, y tiré de la cadena, bajando una escalerilla metálica que llevaba al desván, y que chirrió con dolor cuando subí.
La madera crujió al soportar mi peso, y me quedé muy quieto, escrutando las sombras esquinadas por el día, que traspasaba un ventanuco de sucios cristales teñido de gris. El polvo se arremolinaba sobre un baúl y una caja abierta, únicos habitantes del ático. Imposible resistirse.
Me acerqué con cuidado al viejo arcón de madera, y, al abrirlo, una pluma blanca revoloteó ante mí. Se había escapado de un cojín amarilleado y descosido por el tiempo; bajo él, un vestido de novia, y un cuaderno de bocetos a carboncillo, de paisajes enternecedores. También un maletín lleno de pinturas, pinceles y lápices.
Al inclinarme sobre la caja, vi álbumes, coloridos y variados. Estaban llenos de fotos de caras sonrientes, la inmensa mayoría, de las personas retratadas abajo. Sobre todo, de esa niña con un pañuelo en la cabeza. En las más recientes no podía tener más de seis años, y su aspecto era pálido y frágil, demacrado por unas marcadas ojeras y devastador por una radiante sonrisa que no mostraba ningún miedo, y parecía que iba a estar ahí para siempre. No pude evitar sonreír, sacudiendo la cabeza y humedeciendo el plástico con mis lágrimas.
Hojeando el último álbum, una instantánea cayó al suelo bocabajo, y, al recogerla, leí en la parte de detrás “Papá, mamá y yo en Disneylandia” con letra insegura e infantil. En cuanto le di la vuelta, los dedos me temblaron, y se me escurrió, flotando hasta posarse sobre la capa de polvo con parsimonia. Caí de rodillas y me froté los ojos, intentando contener el llanto, aunque unos sollozos traicioneros escaparon de mi garganta sin que yo pudiera evitarlo.
En la imagen aparecían tres caras sonrientes: un hombre, una mujer y una niña pequeña con un pañuelo rosa en la cabeza, con el típico palacio Disney y los fuegos artificiales de fondo. Las tres mismas caras sonrientes del retrato que había sobre la chimenea…
Incapaz de soportarlo más, y sin haber encontrado ningún nombre ni fecha que correspondiese a los del anillo, salí del hogar roto. Enfrente, la impoluta casa blanca de alto muro parecía sonreírse. La puerta estaba abierta, y una mujer se agachaba en la calle frente a ella, mirando debajo de un coche.
-¿Dónde estás… dónde estás…? – su voz sonaba temblorosa, quebrada. Un hombre gritó desde el interior.
-¿A qué esperas?¡Tienes que hacer la cena! – ni siquiera me había dado cuenta de que era casi de noche. La mujer se incorporó, estremeciéndose, y pude ver miedo en sus facciones, marcadas por un feo morado en la mejilla izquierda; sus ojos, húmedos, parecían a punto de echarse a llorar.
-¡Ya voy! – respondió con voz temerosa.
Cuando estaba a punto de entrar por la puerta, tuve una corazonada.
-¡Salomé! – llamé. Y se giró, con el ceño fruncido y expresión confusa.
Por un momento, volví a escudriñar el hogar roto, y después me giré a contemplar la casa abandonada que había tras de mí. Bajé la vista, me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta, y eché a andar, sin rumbo fijo, buscando algún barrio de mi ciudad que nunca hubiera pisado antes.

15/3/09

When passion's lost...

"And all the trust is gone..."

Cuando parece que todo y todos te abandonan. Y no hay más que escombros a tu alrededor, arena gris arrastrada por el viento y niebla que te absorbe, que bebe de ti, de tu mente, tus recuerdos, que se emborronan ante tus ojos y se desintegran, pasan a gaseoso y te obnubilan...
Y las manos te tiemblan, sudorosas, y el pulso se te acelera, y los pulmones se cierran, y, desesperado, alargas la mano hacia la blanca nada que te encierra en tu soledad, intentando dar bocanadas de aire contaminado.
Ruinas, todo tú estás hecho de ruinas, y ni siquiera antiguas, son paredes de papel que se humedecen y quiebran con facilidad, apenas una o dos lágrimas después que tu autoestima. Ruinas y sangre. La que palpita en tus pensamientos y los tiñen de rojo. Ese rojo obscuro y violento, que fluye cual río desbocado, corriendo más y más rápido en tu imaginación, dejando atrás tu iniciativa.
Y el blanco te consume.
Y una figura desconocida resurge de sus pesadillas. Es joven, no llegará a dieciocho años. No tiene nombre. Se llama él, en minúsculas, porque todo él es minúsculo, se siente tal, y se sabe tal. No tiene tampoco autoestima, ni iniciativa. Pero no ve en blanco, ni en rojo, ni escombros ni polvo.
Su gesto al incorporarse es agonizante, brusco, y su rostro pálido, húmedo de gélido sudor. Pronto vuelve al estoicismo, sin embargo, se seca la frente y suspira. Se levanta, frotándose los ojos de un modo que parece inconsciente, y se encamina al baño. Se inclina con ademán desganado para abrir el agua fría de la ducha, que le golpea la nuca unos momentos antes de que vuelva a cerrarlo.
Se detiene frente al espejo, con expresión aún somnolienta y abatida, y sacude la desgreñada melena rubia que le cae en descuidados bucles sobre los hombros, secándola como un perro.
Al comprobar su móvil, ve tres llamadas perdidas. Dos del bar, y una de su única amiga. ¿Quién más le llamaría?
Mientras se viste, recuerda un pasado definido como traumático por muchos psiquiatras, como indiferente por él mismo. Un padre que no volvió de comprar tabaco, un padrastro violento, bromas en el colegio, putadas en el instituto, familiares que desaparecieron pronto cuando se quedaron sin casa...
Y ella, siempre ahí. Contra todo pronóstico.
Todo era poco interesante.
Salió del piso con los cascos puestos, pero apagados. El mp4 ni siquiera tenía canciones. A paso lento, se encaminó hasta el bar de siempre, y al llegar el camarero tras la barra lo miró con expresión agria.
- Ya se la ha llevado tu amiga.
Asintió, apático, y dio media vuelta.
Llegó hasta su casa, cogió la llave de repuesto escondida bajo el felpudo, y entró sin decir nada. Su madre estaba en el sofá, desparramada con las mejillas enrojecidas, la ropa dejada caer de cualquier manera sobre la mesa, y una manta cubriéndola hasta el cuello. Roncaba como un carretero.
- Anoche te llamé - se giró hacia el pasillo, desde donde la voz de ella sonaba adormecida - Me avisaron del bar y fui a recogerla. Supuse que estarías descansando después de la tarde de ayer, y preferí traerla aquí...
- Gracias - dijo él con tono neutro. Se acercó a ella, que, en ropa interior, lo miraba con preocupación.
- ¿Cómo te va? - musitó cuando estuvieron a algunos centímetros. Estaba apoyada en la pared, con aspecto de cansada - Digo en el trabajo y eso. Hacía días que no sabía de ti.
- Todo sigue igual - acarició su mejilla. Sabía que a ella le gustaban esos gestos, y lo confirmó al girar la cara y besarle la palma de la mano - Dicen que me harán un contrato en cuanto cumpla los dieciocho.
- Entonces la semana que viene serán dos cosas que celebrar - le sonrió con los ojos entornados y esa mirada tierna que reservaba para él.
- ¿Y tus padres? - apartó la mano. No pensaba que su nacimiento fuese algo digno de fiestas o alegría. No le importaba.
- Trabajando, ya lo sabes - lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos - La clase es bastante aburrida, pero pensé en avisar a algunos para que viniesen el viernes. Pensé que quizá querrías verlos.
- No me interesa verlos - le quitó un mechón de la frente, devolviéndole una mirada intencionada. Aferró su nuca, la atrajo hacia sí, y la besó.
Fueron a su habitación, la cama aún estaba deshecha. Ella le dio un cigarro al terminar, y se encendió uno. Acarició su pecho desnudo.
- Te quiero.
- No.
- Sí - le rozó el cuello con los labios - Quédate conmigo.
- Tengo que irme - dicho y hecho.
Su madre se tambaleaba, pero podía andar por sí misma.
- Feliz cumpleaños, cariño - le sonrió abrazándolo.
- Es el próximo viernes.
Ella lo ignoró, y, cuando llegaron a su casa, empuñó una botella de vodka. Él dio el primer trago, y fue a la ducha.
Su madre entró en el baño poco después, también desnuda.
- Tengo que ir a trabajar - le dijo cuando entró con él y lo abrazó, derramándole vodka en el pelo. Le selló los labios con un beso, y le acarició la entrepierna. Él volvió a lavarse la melena, ignorándola, aunque su cuerpo reaccionase.
Salió de la ducha, dejándola sola y gritándole incoherencias sobre insatisfacción y lazos fraternales.
Para cuando llegó al taller, eran las doce.
- ¡Llegas una hora tarde! - le rugió su jefe, un hombre de al menos doscientos kilos que siempre parecía estar sudando y con un bigotillo ridículo que él consideraba gracioso. Lo miró, impasible.
- Perdón.
A los pocos segundos, el enorme mecánico apartó la vista, mascullando "bah" y señalándole una moto desnuda.
Siempre provocaba eso en los demás. Parecía que se perdían en sus ojos, y encontraban algo que les daba miedo. A todos, excepto a ella. Y a su madre, desde que entró en ese estado de embriaguez permanente. Aunque antes, ni siquiera su madre lo resistía. Cuando tenía ocho o nueve años, y clavaba su mirada vacía y oscura, a pesar de tener irises de un color azul casi blanco, en alguien.
Por eso su padrastro le gritaba. Y le pegaba.
Por eso, seguramente, su padre huyó. Por eso y porque su madre empezó a beber.
Pero no le salía mirar de otra forma. Pensaba en ello a menudo, en esa cualidad extraña que nadie más parecía poseer. Algunos psicólogos hablaron de que todo era a causa de su situación familiar.
Pero a él no le importaba su situación familiar. Le había tocado, y vivía con ello. Lo soportaba todo, incólume, inamovible e inconmovible.
Al llegar a casa, su madre estaba tirada junto a la entrada, y vio el salón destrozado. El televisor en el suelo, la mesa volcada, el sofá con toda la esponja sacada a cuchillazos, la lámpara rota, la maceta destrozada... y la botella de vodka, rota, junto a la puerta.
Se había vuelto demasiado incómodo y problemático soportarla. Se acercó a ella, y la levantó en volandas, lo que provocó que ella despertase, con la mirada desenfocada. Le sonrió, y lo besó en los labios. La soltó sobre la cama, ella alargando los brazos hacia él.
- Ven aquí... ven... te quiero... cariño... ven con mamá...
Empuñó el cuchillo con el que ella había asesinado el sofá.
- Dame un abrazo, cariño... ven, abrázame...
Hizo lo que le pedía. Ella aprovechó para aferrarlo con fuerza y mordisquearle el cuello. Él resbaló la cuchilla por su piel, buscando un hueco entre las marcadas costillas... y hundió el frío metal entre la cuarta y la quinta, removiéndolo dentro de la herida para asegurarse de que el corazón quedaba destrozado.
Ella expiró casi de inmediato, sin emitir un grito siquiera.
Después, la descuartizó, y envolvió los restos en las ensangrentadas mantas, junto con el cuchillo.
Por la noche, a eso de la una de la madrugada, bajó a tirar todo lo que había manchado de sangre a la basura. Tuvo que hacer dos viajes, y el segundo fue incómodo, al tener que bajar él solo el colchón por las escaleras.
Cuando subió al piso, se tumbó en el sofá, agotado, sin cerrar aún los ojos, mirando fijamente la pequeña figurilla del gato de cerámica que le había regalado ella un buen día. Siempre le habían gustado los gatos.
Nadie le había visto, como cuando hizo lo mismo con su padrastro, y, al día siguiente, se incorporó con un gesto agonizante, brusco, y el rostro pálido húmedo de gélido sudor. Pronto volvió al estoicismo.

"...way too far... for way too long...".

20/1/09

Debilidad

Las lágrimas duelen, y eso de que tienen un sabor salado es mentira. Son amargas, aún más que el café solo del Bar Paco, en la esquina de la manzana.
SIempre me he preguntado por qué tengo debilidad por los bares de las esquinas. Quizá sea una idea basada en leyendas de encrucijadas, o tenga algo que ver con escenas y escenas de besos robados bajo solitarias farolas. Realmente romántico y contemporáneo, todo.
Aún así, no hay nada en este mundo que identifique como mi punto débil tanto como la lluvia, y eso que se asemeja dolorosamente a las lágrimas. O hace que las cosas adopten formas similares a las que distingo cuando estoy llorando, no estoy muy seguro.
La cuestión es que odio llorar (y lo hago a menudo), pero me encanta la lluvia. Tiene esa melancolía decadentista que tanto me cautiva.
Aún con lo poco que todo esto le pueda importar a nadie, las cosas que la gente odia y ama tienen una relevancia capital en la vida de uno, aunque no nos demos cuenta. Se dice que el amor mueve montañas, refiriéndose a un amor romántico y a las montañas como una metáfora del mundo. Yo creo que alguien con pasión puede cambiar las cosas, y me salgo del esquema preconcebido de amar "a alguien". Hay quien ama la vida, su trabajo, sus creencias... y también están los que aman a gran escala. En ocasiones, cosas abstractas inventadas por ellos mismos, o creadas por otros.
Odiar, lo mismo.
Pero iba a hablar de las lágrimas.
Cada una de ellas esconde un recuerdo en el rabillo del ojo, y una aguja detrás, que se clava en la mirada desde dentro y deja fluir solo una imagen, un sonido, una fragancia... Todo lo que sale está en estado líquido, por lo que escapa rápidamente a lo más profundo que podemos enviarlo en el olvido. Pero no se queda ahí, porque el agua, con el calor, se evapora, arrastrando nuevas agujas para apuñalarnos. Por eso la gente intenta mantenerse fría. Pero el hielo es tan frágil como duro, y se resquebraja con facilidad.
Están (y estos me dan más pena que nadie, ya que piensan que no tienen ningún punto débil) los que lo pintan de piedra, e intentan creerse su propio cuadro insensible, hasta que el pasado o el futuro tambalean su presente.
Yo soy de los que dejan fluir el agua, a pesar de las agujas, y, en el fondo de mi memoria, siempre hay alguna que se me clava en la mirada al subir a la superficie, pero decidí hace tiempo soportarlo con toda la entereza posible.
Siempre he sentido debilidad por los héroes fantásticos, los que siguen adelante sin importar las dificultades que saben les esperan. Ese tipo de personas de las que casi no quedan en el mundo.
Siento debilidad por muchas cosas. Quizá sería más correcto decir "curiosidad vehemente", pero... me hace ilusión saber que aún no finjo tener el corazón de piedra.

6/1/09

Fuera

Se advierten espirales, sinsentidos y manillas de un reloj digital que brilla en una hueca madrugada. La oscuridad que rehúye un ojo acusador que la acorrala contra la esquina.
“¿Quién va?”
“El día, a borrarte”. Siempre ha perdido esta batalla, y su único consuelo es saber que su venganza no está tan lejos.
Y otra voz que se rebela, desde el apacible rostro dormido de una chica mujer que se viste de princesa para descansar.
“Ah, no, en mi casa gritos por la mañana ni hablar. ¿Pero qué os habéis creído?¡Fuera!”
Luz y sombra, dubitativas, miran los párpados cerrados de la joven.
“¿Ha sido ella?”
“No digas tonterías”.
“¡Sí, he sido yo!¿Qué hacéis aún aquí?¡Fuera, he dicho!”
Los eternos enemigos se entremiran.
“No podemos”, anuncian a la vez.
“Yo sin él no existo”, dice la noche.
“Y viceversa”, afirma el día.
La figura tendida en la cama no parece inmutarse, y vuelven ellas a intercambiar una mirada. Recuerdan que deberían luchar, pero no se atreven.
“¿Qué diablos pasa aquí?” exclama entonces alguien que ya estaba sin que los otros se diesen cuenta. “¡Nunca puedo estar parado!¡Debo moverme siempre!¿Por qué os habéis y me habéis detenido?”
Entonces lo reconocieron. Era el tiempo.
“¡Que no gritéis, he dicho!” replica el subconsciente de la princesa dormida. “Intento dormir, y pensar una solución a todo esto.”
Todos los segundos, las horas e incluso los siglos la observan, boquiabiertos.
“¿Ha sido ella?” preguntan con una misma voz.
“Eso parece” le susurran luz y oscuridad.
Se oye a alguien chistar, y el tiempo, el día y la noche se detienen, cohibidos.
“Llevo todo el día trabajando, dando placeres a otros sin derecho a tener el mío propio. Tantas otras noches hizo ella lo mismo. Mi cuerpo ya no es mío, pertenece al que lo compre. Nuestra mente es lo único aún libre, aunque adormecida mientras hago lo que hago para subsistir. Sólo cuando descansa encuentro reposo, y puedo soltar mis sueños, liberados al fin de cualquier prisión, incluidas espacio y tiempo. Nada existe, salvo su bienestar, y no permitiré que me avasallen”.
Sus poderosos y eternos oyentes empiezan a temblar, confusos y atemorizados por la firmeza de su tono y la promesa del más que probable desenlace.
“Duermo, y ningún ente, por muy atávica que sea su naturaleza, me privará de existir. ¡Soy un sueño!¡Libre de vosotros! Así que: ¡fuera, ninguna lógica absurda evitará que os eche!”
Ellos van a responder, pero no los deja.
“¡Marchaos!¡Dejadme ser!¡Y no me vengáis con eso de “yo estaba aquí antes”!¡Incluso el tiempo fue soñado, y el hombre me conoció antes de distinguir noche de día, inconscientemente, sólo tardó más en aprisionarme con un nombre!¡FUERA!”…
Y el tiempo, la luz y la oscuridad se fueron, dejando a la durmiente en el caos vacío más absoluto.
La joven prostituta, en verdad una princesa, se removió en la cama, frunciendo el ceño apenas en un gesto casi imperceptible. Y una única palabra escapó susurrando de sus labios antes de que volviese a dormir plácidamente.
- Fuera…

29/12/08

Ecos en la niebla

Una figura oscura, embozada con bufanda negra y gabardina negra y pantalones negros, atravesaba la niebla a paso lento, acariciada por jirones grisáceos y tarareando en murmullos una melodía apagada contra la lana que cubría su boca.
Sus zapatos resonaban, huecos, sobre la acera de madrugada, las manos en los bolsillos, los ojos enfundados en el frío. Unas ramas caducas asomaban a intervalos regulares sobre su cabeza, y desaparecían poco después, engullidos por la blancura opaca y esponjosa que le rodeaba. Ecos moribundos le alcanzaban desde lo inhóspito (un motor rugiendo, oleaje embravecido, silbidos aviares…), unos metros a su alrededor. La brisa, intermitente, desordenaba sus cabellos, descolocaba mechones en su frente y ante sus ojos.
Arrullada en la mañana, la lóbrega silueta apenas miraba por dónde iba. Erraba en línea semirrecta, la vista fija en un punto inexacto.
Imágenes difusas le acosaban inadvertidamente, aguijoneándole con mortal certeza el corazón. Un rostro, una voz, media fragancia, ningún momento exacto.
Un espacio de tiempo de fin aún indeterminado, quizá. Demasiado reciente.
Inesperadamente, un transeúnte surgió de la clara oscuridad, y estiró una mano crispada para sujetarle la manga de la chaqueta.
- ¿Cómo suena una persona al romperse? – preguntó sin mirarlo - ¿A cristales? ¿Madera? ¿Piedras? – se deshizo de la garra que le sostenía. Huyó.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No, no sonaba parecido a nada de eso.
Era algo más parecido al “clack” seco de romper plástico duro. Tal vez, a veces, al ruido sordo de desgarrar una tira de plástico.
De nuevo otro transeúnte, esta vez por el lado contrario. No le detuvo al preguntarle en voz alta si podía escucharse cómo se rompe uno mismo. No obtuvo respuesta.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No. ¿O sí? Sí, definitivamente. Uno lo escuchaba, pero no en el momento mismo en que se rompía, sino cuando se daba cuenta de que estaba roto.
Y no se daba cuenta hasta mucho rato después. Pero tampoco parecía romperse con el sonido sobre el que especulaba instantes (¿o eran horas?) antes. Puede que fuese distinto para cada uno.
Se detuvo de repente, cubierto de grises sombras, e inspiró profundamente, sintiendo la escarcha rozar sus pulmones en amante caricia.
El viento apartó el no humo, dejándole ver un banco alabeado por los años, y se sentó, casi recostado, a la par que cerraba los ojos, oyendo claramente la cacofonía de las calles (rugientes motores, lejanas olas rompiendo contra las piedras, pájaros cantando inseguros a la incierta mañana…), y con escalofríos recorriendo su espina dorsal por la gélida sensación que oprimía… no, que resquebrajaba su pecho.
Poco a poco, la desesperación fue cerniéndose sobre él.
Engullido por la niebla, como todo lo demás… siguió sentado.

Cuento de princesas y monstruos

¿Recordáis esos cuentos tan típicos en los que se habla de princesas encerradas en castillos custodiados por monstruos?
Pues, por muy típico que os suene... había una vez una joven y hermosa princesa que vivía prisionera en un enorme, oscuro y lóbrego castillo, en el cual habitaba un monstruo tan horrible, que nunca aparecía en las historias infantiles por miedo a que los niños perdiesen su interés en la vida.
La princesa, que tenía trece años y empezaba a ser una mujer, tenía el cabello corto y negro, liso, y la piel extremadamente pálida. Su aspecto asemejaba el de una muñeca de porcelana, o de cristal... diseñada para adornar. En lugar de pintarse el rostro de colores alegres, solía pintarse los párpados de colores oscuros, y no sonreía. Como podéis ver, no era la típica princesita de cuento.
Su habitación tenía las puertas abiertas de par en par, y cientos de sirvientes cumplían cada una de sus peticiones. Tenía guardias que la custodiaban día y noche, y muchas jóvenes de su edad, pertenecientes a la corte, que intercambiaban chismes con ella e intentaban despertar su curiosidad por las intrigas amorosas o políticas del reino.
Ella rezaba en silencio a algún ente pagano para que la librase de aquella tortura con la muerte, si era necesario... pero nadie oía sus súplicas, y tenía que soportar horas y horas de incesante balbuceo sin sentido, día tras día.
Después, se marchaba a la biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo, eludiendo a sus maestros.
Allí, leía todo objeto legible que cayese en sus manos, y se llevaba especialmente bien con el ayudante del bibliotecario, un chico menudo y de facciones casi femeninas al que le empezaba a crecer una pelusilla divertida por la mandíbula y que se escondía entre las estanterías a leer, como ella.
Pero, como ya he dicho, la princesa era prisionera en aquel castillo, del que nunca la dejaban salir. Ni siquiera en ocasiones especiales, como cuando algún circo iba a la ciudad, o cuando había torneos en honor a su padre.
Seguramente pensaréis que es lo típico, puesto que era una hermosa princesa en una típica historia con un típico monstruo en el castillo... pero aún no os he hablado del monstruo.
Era una bestia horrenda, terrible, cuya sola presencia provocaba escalofríos que helarían a un oso polar.
Pero esa criatura sólo mostraba su lado oscuro cuando le apetecía. Bajo la luz del sol, aparentaba ser un hombre de mediana edad, regordete y afable, que se llevaba bien con todos, pues su misión era mantener la paz en su reino. Y precisamente esa habilidad suya para fingir inocencia era lo más terrible del monstruo...
Sólo una persona había visto el verdadero rostro del rey, su faceta más terrorífica.
La princesa de ojos tristes.
Lo vio por primera vez un par de años atrás, la noche después de que terminase su primera menstruación...
Que su padre la visitase en sus aposentos era un acontecimiento extraño, pues sólo le veía a las horas de las comidas, y que lo hiciese de noche era aún más raro, si cabe.
En cuanto la luz de la luna iluminó sus facciones, ella supo que no era su padre.
La expresión amable del hombrecillo con corona que se sentaba al final de la enorme mesa del comedor no estaba en ningún rincón de aquel rostro.
Sus ojos, muy abiertos, la observaban con una avidez sádica que le hizo temblar.
Su labio inferior temblaba de un modo incontrolable, y, de vez en cuando, se lo mordía para tranquilizarlo, sin conseguirlo, o se relamía emitiendo un sonido de succión repugnante.
Su ceño estaba tenso... no fruncido, simplemente... tenso.
Su calma, su lentitud al caminar alrededor de la cama, como un depredador acechando a un conejillo, era lo más abrumador de todo...
Finalmente, el monstruo se lanzó sobre la princesa, e hizo que volviese a manchar las sábanas de rojo, tapándole la boca con una mano mientras cometía las atrocidades que le convertían en un monstruo.
Al terminar, la bestia le rugió al oído que no se lo contase a nadie, o la decapitaría, y a su madre también.
La princesa, encogida de dolor, miedo, e incomprensión, asintió.
Y le hizo caso.
El monstruo aún visitaba sus habitaciones de vez en cuando, y le susurraba al oído con voz ronca que sería suya para siempre, y que nunca, nunca la dejaría escapar de su castillo.
¿Recordáis que, cuando todo el mundo cree que la historia va muy mal, aparece el héroe y salva la situación?
Pues en esta historia, no hubo héroe. El monstruo tuvo un niño varón, heredero al trono, y lo crió para gobernar.
La princesa sufrió bajo la tiranía de la bestia tres años más, hasta que saltó por la ventana de su cuarto.
El monstruo siguió viviendo en el castillo con su descendiente, y fueron felices y comieron perdices.
Fin.



"-Cuando deseas algo tanto que cierras los ojos y lo pides con todas tus fuerzas, Dios es el que te ignora".
Larry, en "La Isla"

27/12/08

Huellas en la niebla

Va tras esa figura que camina por mitad de la calle, alejada de todo de un modo casi etéreo.
Se arrastra tras su grácil silueta, de pasos elegantes y felinos, que fluyen casi como la superficie de un lago mecida por el viento.
Levita como un satélite, cada vez más cerca de la marmórea faz y cuidado aspecto, impecable hasta en el más mínimo detalle (los brillantes zapatos negros, la cadena que sobresale de su chaqueta donde guarda el reloj de bolsillo, incluso ese mechón en apariencia rebelde que brilla, ónice, en su frente).
Se abraza con la desesperación del vacío a sus anchos hombros, casi como si el calor de su cuerpo fuese lo único capaz de sostenerle.

El sol se apagaba, ruborizado, en el horizonte, y las nubes se iban deshaciendo sobre su cabeza, a la par que las estrellas apuñalaban el cielo con su tenue brillo, y un pálido plateado difuminaba el aire y descoloreaba todo.

Pero seguía tras él, ominosamente cerca, siempre a una distancia prudencial, con expresión dolorida y aspecto difuminado.
Finalmente, aunque no dio muestras de percibir su presencia, fue encorvándose por el peso, y gruñendo de dolor por las emociones que revoloteaban a su alrededor, dudas y luces en la oscuridad.
La niebla, lentamente, lo alcanzó. Sus rasgos se volvieron irreconocibles. Las lágrimas hacían brillar sus ojos cuando se detuvo, la mirada fija en el reloj de bolsillo dorado que sostenía una mano temblorosa.
No pudo evitar escudriñar por encima de sus cansados hombros, con curiosidad, aunque sintiéndose culpable y sin abandonar esa mueca perenne de sufrimiento en su distorsionada realidad.
Unas iniciales en relieve. La rabia de sus pasos, que nunca dejaron de tener esa elasticidad propia de su compostura de caballero chapado a la antigua, cobraría sentido para otros. Lo que miraba por encima de su hombro y siempre le había seguido se limitaba a seguir lamentándose por algo, sin comprender. Al fin y al cabo, lo único que debía hacer era acompañarle hasta la niebla, donde lo perdería de vista, como siempre pasaba con todos. No le interesaba nada más, y quizá fuese eso lo que lo entristecía. O quizá fue cómo había cambiado todo para aquel hombre encorvado desde que ella encontró la niebla.

Un deambular frenético, incansable, de rápidos vistazos a las manecillas y farfulleos ocultos bajo una máscara impenetrable.

Al final, a pesar de haberlo abrazado con ansia tantos años, lo soltó, y, como siempre, todo lo que pudo hacer fue ver gris... y oír, alejándose, el eco de sus pasos en la niebla.




"There's nothing left but wasted years".
Cold - Wasted Years

2/12/08

Ni ver, ni oír

Entró tambaleándose en el baño. Apenas veía, deslumbrado por el flexo, cuyo zumbido le taladraba las sienes con precisión asesina. Había perdido las gafas, y todo eran sombras de colores. Se sentía tener dieciséis años de nuevo, probando la marihuana en su primer "viaje astral". Se apoyó en la pared, y la notó pegajosa, pero no le importó. A estas alturas de la noche, nada le importaba ya.
Un par de personas se movían tras él, otros dos tipos hablando en un idioma que no entendía.
Hacían movimientos bruscos, y su tono de voz era elevado, por lo que dedujo que discutían.
Los azulejos se agrietaban frente a él, su mano parecía hundirse en la suciedad y el moho de la esquina, el olor a meado le aturdía. ¡Qué placer para los sentidos!
Se lavó las manos sin cerrarse la bragueta aún. No quería pellizcarse con la cremallera. El maldito zumbido...
Un golpe sordo a su espalda le hizo volverse. Nadie, y un portazo. De nuevo se giró. La puerta oscilaba, entreabierta. Sombras grises e informes más allá. Se encogió de hombros, y continuó con las manos bajo el grifo.
Un chillido. Pasos apresurados, gritos. Alguien lo golpeó contra el espejo, y sintió la frente húmeda. ¡Sangre! Pegó un codazo a ciegas, al aire, y recibió un puñetazo que lo lanzó al suelo.
"¡Asesino!"
¿Asesino?
Arrastrándose, se alejó del que le había pegado.
"¡Pervertido!¡Asesino!"
Una patada en el costado. Dolor. Golpe en la cabeza.
Algo blando delante. ¿Un jersey? El suelo estaba mojado, con algo rojo. Se miró los dedos. ¿Sangre? De nuevo golpe en la cabeza. Oscuridad...
Maldito zumbido.





"Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso"

(Escribo a ciegas).

18/11/08

Mirada sociológica (sobre la superficialidad)

Hay un viejo, sentado frente a mí, que hace lo mismo que yo.
Observa a la gente.
Su actitud es, en apariencia, apática e indiferente. Despreocupada. Pero sus ojos van saltando de arriba abajo sobre los cuerpos de los transeúntes que pasan delante de su banco, con un frío brillo calculador tras los cristales de unas gafas de montura negra.
Sé que está fijándose en detalles que podrían pasar desapercibidos si no se mira con esa minuciosidad objetiva tan propia de, por ejemplo, Sherlock Holmes.
Una mancha de tinta en una manga, un pequeño descosido en el hombro de una chaqueta, unos gastados zapatos, un color de uñas anormal, una forma de andar desgarbada, una mirada perdida, otra encontrada, un tic en el codo, un escalofrío...
Parece ir archivando y clasificándolo todo en su memoria, y siempre, tras recorrer con la mirada todo posible dato revelador, da un cabeceo de asentimiento, como confirmando algo que sólo él parece percibir.
Esa actitud, de método científico, me hace fijarme aún más en él. Sus deportivas, gastada por el uso y sin ningún logo visible. Sus gruesos calcetines grises. Sus manos, delicadas y demasiado jóvenes. Su rostro, marcado por arrugas de preocupación en los ojos y de felicidad en la comisura de los labios. Su pelo, alborotado pero limpio. Sus vaqueros con múltiples descosidos. Su jersey, rojo sangre, recién estrenado. Su profunda e insondable mirada azul.
Supongo que anda mucho, y que prefiere la comodidad ante el estilo. Que no ha hecho muchos trabajos que requieriesen el uso de las manos. Que ha vivido muchas experiencias, buenas y malas. Que hace tiempo tuvo el pelo largo, ya que sabe cuidárselo. Que prefiere los vaqueros a la moda, anchos y con heridas abiertas para que el aire llegue a sus piernas. Que tiene algún trabajo estable que le permite renovar su vestuario en invierno. Que ha perdido más cosas de las que ha ganado...
Doy un cabeceo de asentimiento, archivando y clasificándolo todo en mi memoria, y aparto la vista, buscando otra persona que analizar.

6/11/08

Afortunadamente

Afortunadamente, la rutina existe.
¿Qué, si no, iba a proporcionarnos la seguridad de saber exactamente dónde estaremos mañana?
Recuerdo haberla visto siempre como una prisión, ideada por mentes retorcidas para convertirme en reo de mi propia existencia.
¡Falso!
¿Qué clase de prisión permitiría al recluido caminar por las calles y respirar aire fresco, como cualquier otro?
También encuentro en mi memoria, dispersos, fragmentos de una idea o teoría relacionada con el hastío, sempiterna muerte de todo ego que se precie.
¡Falso!
¿Qué celda? Oh, dime, ¿qué celda encuentras, en cualquier lugar, que dé más control y fuerza a una personalidad reflexiva?
Además, pensaba de la monotonía que era una vil traición, colocada ante nuestros ojos sólo para aquellos avariciosos con afán de controlar el tiempo, y el cambio.
¡Falso!
¿Qué barrotes no impedirían al prisionero la ilusión siquiera de control sobre su vida?
¡Falso!¡Todo es falso!
Maldita sea, sé dónde estaré mañana a esta misma hora, y eso me hace suspirar con alivio, pues aquellos que eligen qué hacer sobre la marcha no pueden decir lo mismo; sé que no soy prisionero, a pesar de que el mismísimo Pitágoras viese el cuerpo como cadenas que atan el alma al mundo, ya que camino por donde quiero para volver al trabajo, no como aquellos, tan cegados por paredes de su propia improvisación, que a veces ni caminan, ni respiran; sé que la calma y certidumbre de un horario no me aburren, que dan fuerzas y estructura a mi mente, y la educan, no como esos pobres diablos que a veces se cansan hasta de sí mismos; sé qué hora es, y qué tengo que hacer a la hora siguiente, no me es necesario complicarme preocupado por la incertidumbre, la de los que ni siquiera miran el reloj.
Oh, sé muy bien todo eso. Lo he aprehendido a través de la costumbre.
Y sólo me preocupo de comprobar la hora para no llegar tarde...
Oh, sí... afortunadamente... la rutina existe.