11/2/09

Un principio III

La luz difusa de la mañana a través de las cortinas me despertó. Oí el sonido de la cafetera en la cocina antes de abrir los ojos, y, al girarme en la cama, me descubrí solo. Me senté, frotándome los cansados párpados y buscando a tientas con el pie las zapatillas. Rocé con el tobillo los cuadros que había pintado la noche anterior, y me golpeé los dedos con la pata de la mesilla de noche. Finalmente, me agaché a buscarlas, sólo para ver que no estaban, así que, suspirando, seguí el aroma a café recién hecho.
Ella estaba de espaldas, con una de mis camisas y las zapatillas puestas.
Pero al volverse hacia mí, sonriente, tendiéndome un humeante y apetecible café, las quejas murieron en mi garganta, y me limité a suspirar de nuevo, dirigiéndome al salón con la taza en la mano.
Me dejé caer sobre el mar de cojines que utilizaba para fingir que el sofá no era tan incómodo como el rígido armazón de madera sugería, y encendí el televisor con desgana. Incendios.
El teléfono comenzó a sonar, y, al mirar el número, vi que era de la galería donde iba a exponer en un par de semanas. Eran sólo las ocho de la mañana, así que podía ignorarles unas horas más.
Ella empuñó el mando y apagó la tele con un gesto brusco, sentándose después a mi lado y apoyando su boca en mi hombro, dirigiéndome una de esas miradas enternecedoras que sólo las mujeres saben utilizar a la vez que daba vueltas a la taza de leche entre sus manos.
-Buenos días - susurró sonriéndome y rozando con sus labios mi cuello, sin morderlo ni besarlo, como usualmente hacía.
Gruñí.
Nos quedamos así mucho rato, ella vigilándome desde mi hombro sin dar un sorbo, y yo concentrado en mi café, ignorando el teléfono hasta que, la tercera vez que empezó a sonar, lo descolgue.
-Diga.
-Capullo.
Enarqué una ceja.
-¿Perdón?
-¿Por qué coño no respondes a mis llamadas? - era Alicia, mi representante, por así decirlo, y la que había organizado todo el asunto de la exposición - ¡Tienes que darme la lista de cuadros, la exposición es dentro de diez días y ni siquiera me has dicho cuántos vas a presentar, ni la temática!
-Es muy temprano para discutir... ¿cuántos puede exponer, como máximo, la galería esa de karx.. kark... la galería esa?
-Karkslyn - oh, ¿cómo podía habérseme olvidado? - Pues... creo que unos cincuenta, depende del tamaño, pero... ¿¡cuántos piensas traer!? - su tono alarmado era tan encantador.
-Pregunta cuál es el máximo, tamaños entre uno veinte por uno sesenta y dos metros, y ese es el número que me llevaré - quería vaciar el piso lo antes posible - Temática... eh... variada, retratos, paisajes, desnudos, surrealistas, ya sabes...
-Mmm... de acuerdo - seguramente se lo estaba apuntando. Siempre había sido organizada, y llevaba esa pequeña libretita con sus días perfectamente planificados. La pausa se alargó, y me imaginé que se debatía consigo misma para preguntarme algo personal - ¿Cómo estás?
-Bien, sigo aquí.
-Hace tiempo que no te veo - hacía tiempo que nadie me veía, en realidad - Me preocupo por ti - no pude evitar sonreír, mirando por la ventana en un gesto demasiado melancólico para esas horas - ¿Sigue... ella allí?
Rechiné los dientes. Si la maldita Imaginación no se hubiese entrometido, quizá le habría pedido salir a Alicia. Hacía seis meses que se había instalado en mi piso, que entró en mi vida, y Alicia creía que era una persona normal. No me creería si le dijese quién era en realidad, y tampoco me interesaba que pensase que me había vuelto loco. Me daba la impresión de que se llevaban mal.
-Sí, aún no he conseguido que se vaya... ¿hola? - la línea se había cortado.
Al volverme, ella estaba de pie junto al teléfono, apretando el botón de colgar. Parecía enfadada.
¡Celos!¡Ella, que, de un modo u otro, siempre acababa doblegándome!
Dejé el aucirular en su sitio y me fui a la habitación sacudiendo la cabeza.
-¿Qué haces? - me preguntó desde la puerta.
-Vestirme - respondí - Voy a dar una vuelta.
Me abrazó por detrás, apoyando su frente en mi espalda.
-Solo.
Noté que me aferraba con más fuerza.
-Por favor, no te enfades conmigo - murmuró con voz temblorosa - Es sólo que... no quiero que me dejes...
-¿Por qué yo?¿Por qué no sigues siendo como siempre? Con todos esos otros con mucho más talento, como el tipo del otro día, era un escritor famoso, ¿verdad?¿Por qué de pronto te quedas sólo conmigo?
Tembló. Iba a empezar a llorar.
-Voy a dar una vuelta - repetí, alejándome de ella - Solo.
Cerré de un portazo sin pretenderlo. Una vez en el ascensor, me dejé caer sobre el espejo y tragué saliva con dificultad. Tenía un sabor amargo en la boca, y no tenía nada que ver con el café.



"¡Tienen babosas en el cerebro!", Actriz Anónima #? en "Slither: La Plaga".

1/2/09

Lacrimógeno (¡JA!)

Siento cómo mi casa intenta devorarme. Lo hace como las olas devoran la playa, lenta e inexorablemente. Las paredes se ciernen sobre mí, gritando al vacío que ha llegado a implantarse en mi día a día, aunque en realidad parece que me estén gritando a mí, culpándome por mi inacción, que se transmuta en indiferencia, y culpabilidad.
Toda mi rabia se escapa, impotente, en la comisura de mis abiertas sonrisas y el rabillo de mis cerradas lágrimas. Va diluyéndose, como arena en el agua, cuando dejo la mente en blanco al ponerme los auriculares y cierro mis cansados párpados.
La inactividad, encefalograma plano. Así he resuelto sobrellevar el conflicto. Viendo la caja tonta, o encerrándome en realidad virtual.
No me creo capaz de enfrentarme a la furiosa opresividad de un hogar cada vez más pequeño.
A ratos, lo descargo todo sobre un papel cada vez más abandonado, y busco a ciegas libros de tapa dura que amortigüen mis gritos.
Y el tipismo depresivo... evitado largamente, sólo con él me identifico ahora, rechinando los dientes con ferviente odio contra lo que parece mi nuevo yo, que emerge del oleaje que me desgasta con la ingenua expresión del que prefiere la ignorancia, del que la abraza con un suspiro de alivio.
¿Qué puedo hacer?
Si todo parece acelerar en caída libre mientras no me atrevo a saltar, inmóvil sobre los escombros de mi antigua vida.
Quiero poder elegir el final feliz de mi cuento. Quiero querer a alguien sin motivo. Quiero centrarme en mundos imaginarios, aún con los pies en la tierra. Quiero decir algo.
No sé que quiero decir.
Me ahogo.

29/1/09

Un principio II

Parecía un día gris. No había nubes, ni nada parecido, pero los colores se difuminaban entre la rabia de un paso rápido y desesperado que rompía la habitual prisa controlada. Sobre el típico ruido un atípico grito resquebrajó la “quietud” como un cristal, y la multitud se giró, percatándose de la existencia de ese errabundo que se había detenido en mitad de la calle y les espetaba insultos mientras caminaba en círculos.
Les increpó hipocresía y monotonía tirándose de los pelos y gesticulando con grandiosidad, hasta que alguien se adelantó y le golpeó, reiniciando el sistema; fue sólo un incidente aislado.
Seguí caminando, decepcionado de que una voz discrepante hubiese sido acallada tan fácilmente. Aún no veía bien los colores, y sabía que no tenía nada que ver con putadas cotidianas como la muerte y los desengaños amorosos.
- No habría llegado a nada, de todas formas. No era tan original, nunca he sentido el impulso de acercarme a él – anunció ella a mi lado, indiferente. Ella era la que me hacía verlo todo a través del gris. Desde que se acopló en mi piso, veía de distintas formas cada día.
- Hace tiempo que no te acercas a nadie más – repliqué, violento – Ya va siendo hora.
- No quiero – frunció el ceño, haciendo pucheros otra vez, como siempre que sacaba a colación el tema – Quiero estar contigo.
- Pues yo empiezo a cansarme de ti.
No importaba lo cruel que fuese; como mucho, me retiraba la palabra unas horas y después se acercaba llorando y me abrazaba pidiéndome perdón. Sabía que ella simplemente no podía evitarlo, me lo explicó, que era caprichosa y casquivana por regla general, y era incapaz de resistirse a sus instintos, que en ese momento le decían que se quedase conmigo… pero de vez en cuando me desquitaba siendo desagradable. Después me sentía culpable y también me disculpaba.
Siempre acabábamos en la cama, rodeados de hojas, lienzos y nuevas letras y dibujos en la pared.
Esa es otra.
Mi casa se había vuelto una exposición de arte, sin mueble ni rincón inmaculado.
Entré en la papelería, y el dependiente nos dirigió una mirada nerviosa. Como cada vez que entrábamos.
- Dos paquetes de quinientos folios y cinco lienzos apaisados de ciento veinte por noventa. También el pincel más grueso que tengas y una caja de lápices.
Vacié uno de los estantes de pinturas, acrílicas, o acuarela, no me importaba.
Tras pagar, ella cogió una bolsa con botes de pintura, dejándome a mí otras dos, además de la que llevaba los lienzos y folios. Llevaba la bolsa cogida con las dos manos ante ella, y me miraba con actitud inocente.
No soportaba que se comportase como una niña cuando llevaba ese vestido de volantes blanco. Y ella lo sabía. Seguramente sonrió, pícara, en cuanto le di la espalda y salí de la tienda. La noté tras de mí dos segundos más tarde, incansable, y me cogió del brazo con lo que ella interpretaría por ternura.
Justo antes de que llegásemos a casa, un tipo de aspecto desgarbado se detuvo frente a nosotros con expresión de asombro. La miraba fijamente, y noté que ella se incomodaba.
- ¡Tú...! - de pronto, cayó de rodillas. Numerosas lágrimas se perdían en su rala barba negra y rizada, enturbiando su mirada de ojos azules - ¡Hacía... tanto tiempo...!
Lo comprendí enseguida. Seguramente era uno de sus muchos amantes. Me la quité de encima y abrí la puerta, dispuesto a dejarla hablar un rato con él, pero ella me siguió sin dirigirle una mirada siquiera.
- ¡Por favor! - suplicó con voz rota el hombre desaliñado - Desde que te fuiste... todo es tan doloroso... tan normal, ya nada es lo mismo, y, aunque sienta que puedo escribir, simplemente... ¡ninguna idea viene a mi cabeza! - resultaba patético - ¡Te necesito...!¡Por favor, vuelve!
- No - la frialdad en su voz me sorprendió. Nunca la había oído emplear ese tono. El rostro del interpelado se encogió en una mueca de dolor - No quiero.
Acto seguido, me empujó y cerró la puerta del bloque, subiendo las escaleras con ímpetu. Aún impactado por su crueldad, la seguí.
Cuando entramos en casa, ella parecía tan animada como siempre.
- ¿Qué quieres hacer hoy? - desvié la mirada, turbado. Seguramente quería evitar el tema.
- ¿Por qué... no has vuelto con él?
Su expresión pareció indecisa, como si no supiese si mostrarse dolida u ofendida.
- Llevas ya mucho tiempo conmigo. Sé que muchos otros dependen de ti, ¿por qué quedarte conmigo? Soy un fracasado, pero con todo lo que has hecho por mí, podré vivir una temporada larga sin ti, incluso el resto de mi vida si me lo monto bien, sin embargo, hay otros que te necesitan, que no pueden seguir adelante. ¿Por qué no vas con ellos?
Definitivamente, estaba dolida. A punto de llorar. Se le cayó la bolsa de las manos, y se acercó lentamente a mí.
- Pero... siempre... yo siempre... - me agarró la camiseta, y apoyó su frente en mi barbilla - ¿Por qué no quieres que esté aquí? Yo me esfuerzo, y... quiero estar contigo. Ahora quiero estar contigo. No quiero estar con nadie más.
Comenzó a sollozar en mi pecho. Suspiré, derrotado, y la abracé con todas mis fuerzas. Ya no me importaba tanto acaparar a la Imaginación.
No soportaba verla llorar.



"La vida es un único verso interminable", Gerardo Diego.

20/1/09

Debilidad

Las lágrimas duelen, y eso de que tienen un sabor salado es mentira. Son amargas, aún más que el café solo del Bar Paco, en la esquina de la manzana.
SIempre me he preguntado por qué tengo debilidad por los bares de las esquinas. Quizá sea una idea basada en leyendas de encrucijadas, o tenga algo que ver con escenas y escenas de besos robados bajo solitarias farolas. Realmente romántico y contemporáneo, todo.
Aún así, no hay nada en este mundo que identifique como mi punto débil tanto como la lluvia, y eso que se asemeja dolorosamente a las lágrimas. O hace que las cosas adopten formas similares a las que distingo cuando estoy llorando, no estoy muy seguro.
La cuestión es que odio llorar (y lo hago a menudo), pero me encanta la lluvia. Tiene esa melancolía decadentista que tanto me cautiva.
Aún con lo poco que todo esto le pueda importar a nadie, las cosas que la gente odia y ama tienen una relevancia capital en la vida de uno, aunque no nos demos cuenta. Se dice que el amor mueve montañas, refiriéndose a un amor romántico y a las montañas como una metáfora del mundo. Yo creo que alguien con pasión puede cambiar las cosas, y me salgo del esquema preconcebido de amar "a alguien". Hay quien ama la vida, su trabajo, sus creencias... y también están los que aman a gran escala. En ocasiones, cosas abstractas inventadas por ellos mismos, o creadas por otros.
Odiar, lo mismo.
Pero iba a hablar de las lágrimas.
Cada una de ellas esconde un recuerdo en el rabillo del ojo, y una aguja detrás, que se clava en la mirada desde dentro y deja fluir solo una imagen, un sonido, una fragancia... Todo lo que sale está en estado líquido, por lo que escapa rápidamente a lo más profundo que podemos enviarlo en el olvido. Pero no se queda ahí, porque el agua, con el calor, se evapora, arrastrando nuevas agujas para apuñalarnos. Por eso la gente intenta mantenerse fría. Pero el hielo es tan frágil como duro, y se resquebraja con facilidad.
Están (y estos me dan más pena que nadie, ya que piensan que no tienen ningún punto débil) los que lo pintan de piedra, e intentan creerse su propio cuadro insensible, hasta que el pasado o el futuro tambalean su presente.
Yo soy de los que dejan fluir el agua, a pesar de las agujas, y, en el fondo de mi memoria, siempre hay alguna que se me clava en la mirada al subir a la superficie, pero decidí hace tiempo soportarlo con toda la entereza posible.
Siempre he sentido debilidad por los héroes fantásticos, los que siguen adelante sin importar las dificultades que saben les esperan. Ese tipo de personas de las que casi no quedan en el mundo.
Siento debilidad por muchas cosas. Quizá sería más correcto decir "curiosidad vehemente", pero... me hace ilusión saber que aún no finjo tener el corazón de piedra.

8/1/09

Un principio I

Crujió los nudillos. Mala señal. Eso significaba que empezaba a ponerse nervioso, y que su lógica cada vez tendría menos sentido.
Observó con inquietud a su interlocutora, que en esos momentos divagaba sobre finales felices y tristes. Primero, discutían de música. Luego, de política. Después, del amor; y, finalmente, de escribir y leer.
Sus opiniones eran tan dispares como contradictorias, y las peroratas sobre innovación y tradición o temática y semántica empezaban a perderse entre temblorosos argumentos pro o anti.
Absolutos. Serían pasadas las tres de la madrugada, y habían acabado hablando con absolutos. Parecía más una refriega que un debate amistoso. Los pues en mi opinión habían cedido el paso a rotundos noes e interrupciones, y el cansancio comenzaba a mellar sus pensamientos. Pero él se limitó a dar un nuevo trago a la cerveza, preguntándose por qué intentaban imponerse al otro sobre un tema tan ambiguo y subjetivo (a la par que paradójico) como la creación.
- Y es por eso que...
- Basta - la cortó con un tono seco. Ella lo miró fijamente, como dudando si mostrarse ofendida o indignada - Es tarde, y no llegaremos a ninguna parte discutiendo con argumentos ebrios y cansados. Sabes que me encanta escucharte casi tanto como a ti misma, pero me voy a dormir.
Y se fue a acostarse, satisfecho por haber sabido dejar a su imaginación con la palabra en la boca.

6/1/09

Fuera

Se advierten espirales, sinsentidos y manillas de un reloj digital que brilla en una hueca madrugada. La oscuridad que rehúye un ojo acusador que la acorrala contra la esquina.
“¿Quién va?”
“El día, a borrarte”. Siempre ha perdido esta batalla, y su único consuelo es saber que su venganza no está tan lejos.
Y otra voz que se rebela, desde el apacible rostro dormido de una chica mujer que se viste de princesa para descansar.
“Ah, no, en mi casa gritos por la mañana ni hablar. ¿Pero qué os habéis creído?¡Fuera!”
Luz y sombra, dubitativas, miran los párpados cerrados de la joven.
“¿Ha sido ella?”
“No digas tonterías”.
“¡Sí, he sido yo!¿Qué hacéis aún aquí?¡Fuera, he dicho!”
Los eternos enemigos se entremiran.
“No podemos”, anuncian a la vez.
“Yo sin él no existo”, dice la noche.
“Y viceversa”, afirma el día.
La figura tendida en la cama no parece inmutarse, y vuelven ellas a intercambiar una mirada. Recuerdan que deberían luchar, pero no se atreven.
“¿Qué diablos pasa aquí?” exclama entonces alguien que ya estaba sin que los otros se diesen cuenta. “¡Nunca puedo estar parado!¡Debo moverme siempre!¿Por qué os habéis y me habéis detenido?”
Entonces lo reconocieron. Era el tiempo.
“¡Que no gritéis, he dicho!” replica el subconsciente de la princesa dormida. “Intento dormir, y pensar una solución a todo esto.”
Todos los segundos, las horas e incluso los siglos la observan, boquiabiertos.
“¿Ha sido ella?” preguntan con una misma voz.
“Eso parece” le susurran luz y oscuridad.
Se oye a alguien chistar, y el tiempo, el día y la noche se detienen, cohibidos.
“Llevo todo el día trabajando, dando placeres a otros sin derecho a tener el mío propio. Tantas otras noches hizo ella lo mismo. Mi cuerpo ya no es mío, pertenece al que lo compre. Nuestra mente es lo único aún libre, aunque adormecida mientras hago lo que hago para subsistir. Sólo cuando descansa encuentro reposo, y puedo soltar mis sueños, liberados al fin de cualquier prisión, incluidas espacio y tiempo. Nada existe, salvo su bienestar, y no permitiré que me avasallen”.
Sus poderosos y eternos oyentes empiezan a temblar, confusos y atemorizados por la firmeza de su tono y la promesa del más que probable desenlace.
“Duermo, y ningún ente, por muy atávica que sea su naturaleza, me privará de existir. ¡Soy un sueño!¡Libre de vosotros! Así que: ¡fuera, ninguna lógica absurda evitará que os eche!”
Ellos van a responder, pero no los deja.
“¡Marchaos!¡Dejadme ser!¡Y no me vengáis con eso de “yo estaba aquí antes”!¡Incluso el tiempo fue soñado, y el hombre me conoció antes de distinguir noche de día, inconscientemente, sólo tardó más en aprisionarme con un nombre!¡FUERA!”…
Y el tiempo, la luz y la oscuridad se fueron, dejando a la durmiente en el caos vacío más absoluto.
La joven prostituta, en verdad una princesa, se removió en la cama, frunciendo el ceño apenas en un gesto casi imperceptible. Y una única palabra escapó susurrando de sus labios antes de que volviese a dormir plácidamente.
- Fuera…

5/1/09

SÓLO UNA COSITA:

"-¡No quiero tu condescendencia, maldito arrogante!" Desgraciado anónimo a Dios.

31/12/08

Otra noche

La noche empieza con un roto llanto en el resquicio de la puerta, una ausencia brillante y un resoplido teñido de hastío. Bien.
Ahora vienen esos rostros manchados de ignorancia, felices, que celebran su existencia. Aquí no se notan las notas de despedida, no se oyen estertores de hospital, ni resuenan deudas en huecos apagados. Sólo hay espacio para el cuarto vaso entre espaldas encorvadas que se estiran en sonrisas despreocupadas. No hay esquinas para llorar, ni asientos, ni desvelos. Alcohol, risas y devaneos. Ningún escombro desalmado al acecho del presente. Ninguno. ¡Ninguno!
Sin comentarios, por favor. Me sollozan al teléfono. ¿Qué? No, no pasa nada. Voy pa'llá. Nada, tengo que irme. No, nada, nada. Luego os veo. En cuanto me escaquee de urgencias, ¡fiesta!

30/12/08

El eco vacío

El eco de sus pasos resonó en el hueco pasillo, arrastrado en un vacío gélido y abismal. Su mano se iba dejando caer de protuberancia en protuberancia de la granulada pared, dibujando con las yemas de los dedos casi las mismas ondas irregulares que los latidos de su corazón pintarían en una pantalla al compás desfasado del "bip" mecanizado de un taquicárdico.
Se acercaba lentamente a la sala de estar, el frufrú del camisón acariciando sus tobillos y haciéndole incómodas cosquillas en lo más profundo. Quizá por eso deseaba reír, a pesar del ominoso silencio que podía inhalarse ya desde que entreabrió los ojos en la cama.
Al asomarse por la rendija de la puerta, suspiró aliviada. Sólo un segundo.
Las quietas figuras de sus progenitores, abrazados en el sofá, contemplaban un silencioso televisor pausado. El salón, medio alumbrado por la pantalla, no se inmutaba por la pálida luz plateada que se colaba entre las cortinas.
¿Mamá?¿Papá?
Nada. No pasó nada.
Énfasis, vehemencia. Aún nada. Sacudeidas, visión enturbiada por las lágrimas, dolor... ¿eso que se encogía en su pecho era su corazón?
Lloró durante lo que le parecieron horas, aferrando con desesperación el pijama de su padre, humedeciendo su hombro, sin que él reaccionase, ni diese señales de verla siquiera.
Cuando algo de calma se abrió paso entre las nubes de su encapotada consciencia, se detuvo a observarlo todo, intentando ordenar su caótica mente.
La expresión dolorixda de su madre, estática en su rostro desde hacía varios meses, a pesar de su intento de aparentar entereza frente a ella. La casi catatónica de su padre, que simplemente no parecía hacerse a la idea, por muchos historiales y pruebas que lo confirmasen.
No respiraban. No latían. Sólo estaban.
No debió estar tanto tiempo llorando, ya que aún era noche cerrada. La imagen de un tipo trajeado de mirada perdida en la televisión, en pause, como si la hubiesen detenido en el momento justo en el que parecía que los mirase.
Una nueva oleada de dolor, punzante y frío. Todo iba al revés.
No reconocía la película.
Fue al cuarto de baño, y, con tembloroso pulso (más propio de un anciano con parkinson que de una niña de nueve años), se mojó la cara. Una, y otra vez. Como si el agua pudiese ir más hondo, más allá de la piel, y borrar esa suciedad incrustada en su cerebro que le decía que acababan de perforarle la caja torácica con un taladro del quince.
Vio (entrevió) su demacrado reflejo, las ojeras, la piel agrietada debido a las sonrisas que se obligaba diariamente a mostrar a todo el mundo. Se pasó una mano húmeda por la nuca, rapada, como toda su cabeza, y volvió a salir. Cogió con mano aún insegura el mando del DVD y pulsó off. Una, y otra vez. Un nuevo escalofrío y una triste alegría anidaron en ella mientras, con los lacrimales hiperactivos, volvía a su cuarto, se sentaba en el borde de la cama y acariciaba su piel. Su pálida y fría piel...
Nada.
No pasó nada.




"Pues, básicamente así es como me parece la vida,
llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza
y sin embargo se acaba demasiado deprisa".
Woody Allen


P.s: Gracias por lo de ayer (y perdón por las molestias). Pak pak ^^

29/12/08

Ecos en la niebla

Una figura oscura, embozada con bufanda negra y gabardina negra y pantalones negros, atravesaba la niebla a paso lento, acariciada por jirones grisáceos y tarareando en murmullos una melodía apagada contra la lana que cubría su boca.
Sus zapatos resonaban, huecos, sobre la acera de madrugada, las manos en los bolsillos, los ojos enfundados en el frío. Unas ramas caducas asomaban a intervalos regulares sobre su cabeza, y desaparecían poco después, engullidos por la blancura opaca y esponjosa que le rodeaba. Ecos moribundos le alcanzaban desde lo inhóspito (un motor rugiendo, oleaje embravecido, silbidos aviares…), unos metros a su alrededor. La brisa, intermitente, desordenaba sus cabellos, descolocaba mechones en su frente y ante sus ojos.
Arrullada en la mañana, la lóbrega silueta apenas miraba por dónde iba. Erraba en línea semirrecta, la vista fija en un punto inexacto.
Imágenes difusas le acosaban inadvertidamente, aguijoneándole con mortal certeza el corazón. Un rostro, una voz, media fragancia, ningún momento exacto.
Un espacio de tiempo de fin aún indeterminado, quizá. Demasiado reciente.
Inesperadamente, un transeúnte surgió de la clara oscuridad, y estiró una mano crispada para sujetarle la manga de la chaqueta.
- ¿Cómo suena una persona al romperse? – preguntó sin mirarlo - ¿A cristales? ¿Madera? ¿Piedras? – se deshizo de la garra que le sostenía. Huyó.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No, no sonaba parecido a nada de eso.
Era algo más parecido al “clack” seco de romper plástico duro. Tal vez, a veces, al ruido sordo de desgarrar una tira de plástico.
De nuevo otro transeúnte, esta vez por el lado contrario. No le detuvo al preguntarle en voz alta si podía escucharse cómo se rompe uno mismo. No obtuvo respuesta.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No. ¿O sí? Sí, definitivamente. Uno lo escuchaba, pero no en el momento mismo en que se rompía, sino cuando se daba cuenta de que estaba roto.
Y no se daba cuenta hasta mucho rato después. Pero tampoco parecía romperse con el sonido sobre el que especulaba instantes (¿o eran horas?) antes. Puede que fuese distinto para cada uno.
Se detuvo de repente, cubierto de grises sombras, e inspiró profundamente, sintiendo la escarcha rozar sus pulmones en amante caricia.
El viento apartó el no humo, dejándole ver un banco alabeado por los años, y se sentó, casi recostado, a la par que cerraba los ojos, oyendo claramente la cacofonía de las calles (rugientes motores, lejanas olas rompiendo contra las piedras, pájaros cantando inseguros a la incierta mañana…), y con escalofríos recorriendo su espina dorsal por la gélida sensación que oprimía… no, que resquebrajaba su pecho.
Poco a poco, la desesperación fue cerniéndose sobre él.
Engullido por la niebla, como todo lo demás… siguió sentado.