Golpeaba con fuerza el suelo, marcando sus huellas en el mojado asfalto por instantes, apenas un parpadeo antes de que la lluvia las desposeyese de forma. Su carrera no se debía al torrencial, sino a la desesperación. Hacía días que se sentaba a su escritorio, frente al cuaderno, intentando desentrañar lo que él mismo había escrito, intentando continuarlo, sin éxito. Los lienzos en blanco alineados en la pared en una vana tentativa de pintar algo que le rodeaban le producían un escozor en la nuca, como de sentirse observado, aunque era del todo incapaz de precisar por quién.
¿Ella?
No la había visto desde entonces. La había buscado en todos los rincones donde solía instarlo a ir, en todas las librerías de la ciudad, en todas las galerías de arte, sin esperanza de encontrarla. Ella sabía cómo no ser encontrada.
Incluso había visitado a un par de artistas, que, como él, padecían un bloqueo, aunque desde hacía más tiempo, pues, mientras estuvo con ella, era el único capaz de continuar con su obra. Al descubrir el motivo de su visita, ambos se habían enfurecido, al principio, y después consternado, sólo para acabar, con lágrimas en los ojos, suplicándole que le dijese que la necesitaban.
Aunque supiese dónde estaba, no lo haría, había descubierto en lo más profundo de su ser un ansia de tenerla a su lado, casi hambre, que, en su presencia, ignoraba. Se había confiado demasiado.
Había dejado de ser el protagonista de su propia historia desde el mismo momento en que ella desapareció.
Ella. ¿Quién era ella?
Por lo que recordaba, había llegado a la conclusión de que no era la Imaginación, como creía, y como ella había dejado entrever, aunque no era capaz de definir cómo había llegado a pensarlo. No había otra explicación para esta sensación de vacío, de no tener nada que transmitir, cuando empuñaba un pincel o un bolígrafo ante un lienzo o papel en blanco. Sólo había dolor, un dolor repentino e inexacto. Y no sabía expresarlo.
Se sintió egoísta, creyendo que la buscaba para volver a pintar, a escribir. Después ni siquiera pensaba en ello. Sólo rememoraba su aroma, a cálida mañana en invierno, su suave pelo enredado en los dedos, su embriagadora sonrisa.
Y el principio de una historia que no era tal, que no recordaba haber escrito y que le producía escalofríos. ¿Hablaba de él?¿De ella?¿Del mundo?
La ambigüedad y certeza de las oscuras reflexiones le provocaban un sudor frío.
Se sentía sucio, y culpable, por haberlo escrito.
Cruzó la calle sin mirar, sin esperar, sin parar de correr, y oyó gritos de protesta y coches pitándole. No le importó, absorto en mantener el resuello, en no dejar que sus agotadas piernas parasen ni un instante de patear el suelo con fuerza, en no pensar.
Ya no sabía qué hacer. No era protagonista de nada. Ni de su propia vida. No se sentía ni pequeño.
Alicia había intentado contactar con él, había ido a su casa, para encontrarlo ojeroso y pálido, con las mejillas hundidas y el cuerpo demacrado. La debilidad lo consumía, y su mejor amiga no pudo ayudarle. No le salió más que compadecerle, aunque trataba de enfurecerlo, de hacerlo reaccionar. Se acostó con ella, y no sintió nada. Ella se marchó llorando, a la mañana siguiente, en silencio.
Gritó. Golpeaba con fuerza el suelo, marcando sus huellas en el mojado asfalto por instantes, apenas un parpadeo antes de que la lluvia las desposeyese de forma. Cruzó otra calle sin mirar, y no vio venir el camión.
"Los puntos suspensivos son el recurso de esos cobardes que no se atreven a poner punto y final." Monotonía Despuntada.
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27/3/09
24/3/09
Un principio IV
Los días transcurrían y me recordaban la lluvia. Sentimental, melancólicamente, con monotonía. La exposición fue bien, se vendieron la mitad de los cuadros y me ofrecieron una segunda a un par de meses, para dar tiempo a que se difundiese un poco mi nombre.
Ella no se marchaba, seguía gastando lienzos tal cual los compraba, y escribiendo. No solía escribir, pero poco a poco le cogí el gustillo. Era más difícil que pintar, o más fácil, no estoy seguro, la diferencia lo mismo se hacía monumental que nimia. Todo se basaba en sacar esas ideas que me atormentaban dentro, de un modo u otro.
Su perenne presencia, en mi mente o a mi lado, se volvió rutinaria, dejé de intentar que se fuera. Incluso empecé a disfrutar de su compañía, creo. A apreciarla realmente, cuando sonreía, cuando hablaba, o cuando simplemente me abrazaba mientras me inclinaba sobre lo que estuviese haciendo, sin desconcentrarme lo más mínimo, sino más bien todo lo contrario.
Mi contacto con el mundo real se desvanecía poco a poco, las regulares llamadas de Alicia para informarme de éste o aquél evento eran lo poco que me mantenían despierto la mayor parte del tiempo. Despierto de verdad, sin desviar la vista hacia el blanco desnudo que me atraía como una luz a una polilla, cabeceando contra la bombilla hasta, carbonizado, caer en forma de letras, vomitado por un lápiz a exabruptos y casi escupido hacia el suelo, con mis alas ya desintegradas y mi cuerpo exhausto, ennegrecido de tinta y ceniza, arrullado por su tenue voz que tarareaba sinsentidos y acunado por sus suaves y delicados brazos, que me envolvían con gesto cálido y protector, comprensivos.
Una semana después de nuestra última discusión, mientras ella dormitaba en mi regazo tras agotarme a desdibujados contornos de sábanas y difusas posturas al óleo, mi mirada fue a clavarse en el cuaderno y el bolígrafo que yacían, tan cansados como nosotros, sobre la mesilla de noche.
Sin deshacer el abrazo que la sostenía contra mi pecho, y cuidando no despertarla, los alcancé y logré componérmelas para dibujar grafías entre los cuadraditos pensados para corregir líneas rectas.
No pensaba, ni miraba, mis manos eran un ente aparte en ese momento. Aunque lo más probable es que fuera ella quien las guiaba, incluso desde el subconsciente.
Intentó explicármelo una vez, y no pude evitar recordarlo mientras mis desenfocados ojos traspasaban papel, tinta y cartón hasta lo más hondo de mi memoria, donde creo se almacenan los recuerdos que consideramos importantes.
-Yo no te utilizo, ni hago nada a través de ti. Tú te sirves de mí para hacerlo.
-¿Cómo es posible? Tú eres… quiero decir, eres imaginación, ¿no? Nada de lo que hago tiene sentido sin ti, ni lo que escribo, ni lo que pinto, ni siquiera lo que pienso… bueno, imagino. Todo nace de una idea que tú creas.
-No, no, no, para nada. Todo está dentro de ti, y yo sólo estoy a tu lado mientras lo sacas.
-Así que dependo de ti para sacarlo.
-No exactamente – sonreía, divertida. Yo empezaba a fruncir el ceño. “Fruncí el ceño”, escribí. Ella aún no se había despertado, aunque mis dedos se perdían con velocidad frenética en el cuaderno.
-¿Entonces qué pasa aquí?¿Tú no significas nada?¿Por qué eres quien eres? No lo entiendo.
-No sabría explicártelo de un modo… - parecía concentrada, con los labios apretados y la mirada entornada - ¿Recuerdas aquello que dijo Platón del Mundo de las Ideas, con mayúsculas, y que no era igual que el mundo terrenal?
-Sí - ¿y ahora me hablaba de filosofía griega? “Todo está relacionado con la filosofía griega…”.
-Pues es algo así, yo soy la mayúscula para tu minúscula – parecía muy satisfecha de sí misma. Recapacité sobre lo que acababa de decir.
-Entonces me das la razón, ¿no? – insistí con terquedad.
-Bueno, no me he explicado del todo bien – se incorporó, en mi recuerdo, y en la cama a mi lado. Yo no la miraba en ninguno de ambos, pero sabía que estaba con los ojos vidriosos, húmedos, y con una sonrisilla satisfecha – Ambas existen, y no tiene por qué haber relación… (¿Qué haces?)… para que me entiendas… soy un amplificador (No sigas…), o, mejor aún, el cable de un amplificador, o de un altavoz, y tú eres el instrumento (…esto no está bien, no puedes escribir eso), y el instrumentista. Todo surge de ti, el sonido y la intención, yo soy el medio.
-Entonces… no eres la Imaginación (¡Calla!¡Para!) – esta afirmación me sorprendió incluso a mí, pero era lo único que tenía sentido - ¿Y qué es la imaginación?
Sonrió. Lloró. Me besó. Dejé de recordar, y de escribir, y le devolví el beso…
Al abrir los ojos, estaba tumbado en la cama, con el cuaderno en la almohada, y el bolígrafo colgando, laxo, de la mano, en la que se veían manchas de pintura reseca.
La luz que se filtraba por las persianas era la del atardecer, y torcí el gesto, confuso, ya que recordaba que acababa de levantarme cuando ella me saltó encima y empezó todo.
-¿Estás ahí? – me temblaba la voz. Por algún motivo, me esperaba el silencio que me respondió. Miré el cuaderno. Había escrito dos páginas, pero me había cortado en una pregunta. Estaba sin terminar. Aún más, no era ni media historia. No era más que un principio.
MJ... ¿ves que sí era "un" principio?
Ella no se marchaba, seguía gastando lienzos tal cual los compraba, y escribiendo. No solía escribir, pero poco a poco le cogí el gustillo. Era más difícil que pintar, o más fácil, no estoy seguro, la diferencia lo mismo se hacía monumental que nimia. Todo se basaba en sacar esas ideas que me atormentaban dentro, de un modo u otro.
Su perenne presencia, en mi mente o a mi lado, se volvió rutinaria, dejé de intentar que se fuera. Incluso empecé a disfrutar de su compañía, creo. A apreciarla realmente, cuando sonreía, cuando hablaba, o cuando simplemente me abrazaba mientras me inclinaba sobre lo que estuviese haciendo, sin desconcentrarme lo más mínimo, sino más bien todo lo contrario.
Mi contacto con el mundo real se desvanecía poco a poco, las regulares llamadas de Alicia para informarme de éste o aquél evento eran lo poco que me mantenían despierto la mayor parte del tiempo. Despierto de verdad, sin desviar la vista hacia el blanco desnudo que me atraía como una luz a una polilla, cabeceando contra la bombilla hasta, carbonizado, caer en forma de letras, vomitado por un lápiz a exabruptos y casi escupido hacia el suelo, con mis alas ya desintegradas y mi cuerpo exhausto, ennegrecido de tinta y ceniza, arrullado por su tenue voz que tarareaba sinsentidos y acunado por sus suaves y delicados brazos, que me envolvían con gesto cálido y protector, comprensivos.
Una semana después de nuestra última discusión, mientras ella dormitaba en mi regazo tras agotarme a desdibujados contornos de sábanas y difusas posturas al óleo, mi mirada fue a clavarse en el cuaderno y el bolígrafo que yacían, tan cansados como nosotros, sobre la mesilla de noche.
Sin deshacer el abrazo que la sostenía contra mi pecho, y cuidando no despertarla, los alcancé y logré componérmelas para dibujar grafías entre los cuadraditos pensados para corregir líneas rectas.
No pensaba, ni miraba, mis manos eran un ente aparte en ese momento. Aunque lo más probable es que fuera ella quien las guiaba, incluso desde el subconsciente.
Intentó explicármelo una vez, y no pude evitar recordarlo mientras mis desenfocados ojos traspasaban papel, tinta y cartón hasta lo más hondo de mi memoria, donde creo se almacenan los recuerdos que consideramos importantes.
-Yo no te utilizo, ni hago nada a través de ti. Tú te sirves de mí para hacerlo.
-¿Cómo es posible? Tú eres… quiero decir, eres imaginación, ¿no? Nada de lo que hago tiene sentido sin ti, ni lo que escribo, ni lo que pinto, ni siquiera lo que pienso… bueno, imagino. Todo nace de una idea que tú creas.
-No, no, no, para nada. Todo está dentro de ti, y yo sólo estoy a tu lado mientras lo sacas.
-Así que dependo de ti para sacarlo.
-No exactamente – sonreía, divertida. Yo empezaba a fruncir el ceño. “Fruncí el ceño”, escribí. Ella aún no se había despertado, aunque mis dedos se perdían con velocidad frenética en el cuaderno.
-¿Entonces qué pasa aquí?¿Tú no significas nada?¿Por qué eres quien eres? No lo entiendo.
-No sabría explicártelo de un modo… - parecía concentrada, con los labios apretados y la mirada entornada - ¿Recuerdas aquello que dijo Platón del Mundo de las Ideas, con mayúsculas, y que no era igual que el mundo terrenal?
-Sí - ¿y ahora me hablaba de filosofía griega? “Todo está relacionado con la filosofía griega…”.
-Pues es algo así, yo soy la mayúscula para tu minúscula – parecía muy satisfecha de sí misma. Recapacité sobre lo que acababa de decir.
-Entonces me das la razón, ¿no? – insistí con terquedad.
-Bueno, no me he explicado del todo bien – se incorporó, en mi recuerdo, y en la cama a mi lado. Yo no la miraba en ninguno de ambos, pero sabía que estaba con los ojos vidriosos, húmedos, y con una sonrisilla satisfecha – Ambas existen, y no tiene por qué haber relación… (¿Qué haces?)… para que me entiendas… soy un amplificador (No sigas…), o, mejor aún, el cable de un amplificador, o de un altavoz, y tú eres el instrumento (…esto no está bien, no puedes escribir eso), y el instrumentista. Todo surge de ti, el sonido y la intención, yo soy el medio.
-Entonces… no eres la Imaginación (¡Calla!¡Para!) – esta afirmación me sorprendió incluso a mí, pero era lo único que tenía sentido - ¿Y qué es la imaginación?
Sonrió. Lloró. Me besó. Dejé de recordar, y de escribir, y le devolví el beso…
Al abrir los ojos, estaba tumbado en la cama, con el cuaderno en la almohada, y el bolígrafo colgando, laxo, de la mano, en la que se veían manchas de pintura reseca.
La luz que se filtraba por las persianas era la del atardecer, y torcí el gesto, confuso, ya que recordaba que acababa de levantarme cuando ella me saltó encima y empezó todo.
-¿Estás ahí? – me temblaba la voz. Por algún motivo, me esperaba el silencio que me respondió. Miré el cuaderno. Había escrito dos páginas, pero me había cortado en una pregunta. Estaba sin terminar. Aún más, no era ni media historia. No era más que un principio.
MJ... ¿ves que sí era "un" principio?
11/2/09
Un principio III
La luz difusa de la mañana a través de las cortinas me despertó. Oí el sonido de la cafetera en la cocina antes de abrir los ojos, y, al girarme en la cama, me descubrí solo. Me senté, frotándome los cansados párpados y buscando a tientas con el pie las zapatillas. Rocé con el tobillo los cuadros que había pintado la noche anterior, y me golpeé los dedos con la pata de la mesilla de noche. Finalmente, me agaché a buscarlas, sólo para ver que no estaban, así que, suspirando, seguí el aroma a café recién hecho.
Ella estaba de espaldas, con una de mis camisas y las zapatillas puestas.
Pero al volverse hacia mí, sonriente, tendiéndome un humeante y apetecible café, las quejas murieron en mi garganta, y me limité a suspirar de nuevo, dirigiéndome al salón con la taza en la mano.
Me dejé caer sobre el mar de cojines que utilizaba para fingir que el sofá no era tan incómodo como el rígido armazón de madera sugería, y encendí el televisor con desgana. Incendios.
El teléfono comenzó a sonar, y, al mirar el número, vi que era de la galería donde iba a exponer en un par de semanas. Eran sólo las ocho de la mañana, así que podía ignorarles unas horas más.
Ella empuñó el mando y apagó la tele con un gesto brusco, sentándose después a mi lado y apoyando su boca en mi hombro, dirigiéndome una de esas miradas enternecedoras que sólo las mujeres saben utilizar a la vez que daba vueltas a la taza de leche entre sus manos.
-Buenos días - susurró sonriéndome y rozando con sus labios mi cuello, sin morderlo ni besarlo, como usualmente hacía.
Gruñí.
Nos quedamos así mucho rato, ella vigilándome desde mi hombro sin dar un sorbo, y yo concentrado en mi café, ignorando el teléfono hasta que, la tercera vez que empezó a sonar, lo descolgue.
-Diga.
-Capullo.
Enarqué una ceja.
-¿Perdón?
-¿Por qué coño no respondes a mis llamadas? - era Alicia, mi representante, por así decirlo, y la que había organizado todo el asunto de la exposición - ¡Tienes que darme la lista de cuadros, la exposición es dentro de diez días y ni siquiera me has dicho cuántos vas a presentar, ni la temática!
-Es muy temprano para discutir... ¿cuántos puede exponer, como máximo, la galería esa de karx.. kark... la galería esa?
-Karkslyn - oh, ¿cómo podía habérseme olvidado? - Pues... creo que unos cincuenta, depende del tamaño, pero... ¿¡cuántos piensas traer!? - su tono alarmado era tan encantador.
-Pregunta cuál es el máximo, tamaños entre uno veinte por uno sesenta y dos metros, y ese es el número que me llevaré - quería vaciar el piso lo antes posible - Temática... eh... variada, retratos, paisajes, desnudos, surrealistas, ya sabes...
-Mmm... de acuerdo - seguramente se lo estaba apuntando. Siempre había sido organizada, y llevaba esa pequeña libretita con sus días perfectamente planificados. La pausa se alargó, y me imaginé que se debatía consigo misma para preguntarme algo personal - ¿Cómo estás?
-Bien, sigo aquí.
-Hace tiempo que no te veo - hacía tiempo que nadie me veía, en realidad - Me preocupo por ti - no pude evitar sonreír, mirando por la ventana en un gesto demasiado melancólico para esas horas - ¿Sigue... ella allí?
Rechiné los dientes. Si la maldita Imaginación no se hubiese entrometido, quizá le habría pedido salir a Alicia. Hacía seis meses que se había instalado en mi piso, que entró en mi vida, y Alicia creía que era una persona normal. No me creería si le dijese quién era en realidad, y tampoco me interesaba que pensase que me había vuelto loco. Me daba la impresión de que se llevaban mal.
-Sí, aún no he conseguido que se vaya... ¿hola? - la línea se había cortado.
Al volverme, ella estaba de pie junto al teléfono, apretando el botón de colgar. Parecía enfadada.
¡Celos!¡Ella, que, de un modo u otro, siempre acababa doblegándome!
Dejé el aucirular en su sitio y me fui a la habitación sacudiendo la cabeza.
-¿Qué haces? - me preguntó desde la puerta.
-Vestirme - respondí - Voy a dar una vuelta.
Me abrazó por detrás, apoyando su frente en mi espalda.
-Solo.
Noté que me aferraba con más fuerza.
-Por favor, no te enfades conmigo - murmuró con voz temblorosa - Es sólo que... no quiero que me dejes...
-¿Por qué yo?¿Por qué no sigues siendo como siempre? Con todos esos otros con mucho más talento, como el tipo del otro día, era un escritor famoso, ¿verdad?¿Por qué de pronto te quedas sólo conmigo?
Tembló. Iba a empezar a llorar.
-Voy a dar una vuelta - repetí, alejándome de ella - Solo.
Cerré de un portazo sin pretenderlo. Una vez en el ascensor, me dejé caer sobre el espejo y tragué saliva con dificultad. Tenía un sabor amargo en la boca, y no tenía nada que ver con el café.
"¡Tienen babosas en el cerebro!", Actriz Anónima #? en "Slither: La Plaga".
Ella estaba de espaldas, con una de mis camisas y las zapatillas puestas.
Pero al volverse hacia mí, sonriente, tendiéndome un humeante y apetecible café, las quejas murieron en mi garganta, y me limité a suspirar de nuevo, dirigiéndome al salón con la taza en la mano.
Me dejé caer sobre el mar de cojines que utilizaba para fingir que el sofá no era tan incómodo como el rígido armazón de madera sugería, y encendí el televisor con desgana. Incendios.
El teléfono comenzó a sonar, y, al mirar el número, vi que era de la galería donde iba a exponer en un par de semanas. Eran sólo las ocho de la mañana, así que podía ignorarles unas horas más.
Ella empuñó el mando y apagó la tele con un gesto brusco, sentándose después a mi lado y apoyando su boca en mi hombro, dirigiéndome una de esas miradas enternecedoras que sólo las mujeres saben utilizar a la vez que daba vueltas a la taza de leche entre sus manos.
-Buenos días - susurró sonriéndome y rozando con sus labios mi cuello, sin morderlo ni besarlo, como usualmente hacía.
Gruñí.
Nos quedamos así mucho rato, ella vigilándome desde mi hombro sin dar un sorbo, y yo concentrado en mi café, ignorando el teléfono hasta que, la tercera vez que empezó a sonar, lo descolgue.
-Diga.
-Capullo.
Enarqué una ceja.
-¿Perdón?
-¿Por qué coño no respondes a mis llamadas? - era Alicia, mi representante, por así decirlo, y la que había organizado todo el asunto de la exposición - ¡Tienes que darme la lista de cuadros, la exposición es dentro de diez días y ni siquiera me has dicho cuántos vas a presentar, ni la temática!
-Es muy temprano para discutir... ¿cuántos puede exponer, como máximo, la galería esa de karx.. kark... la galería esa?
-Karkslyn - oh, ¿cómo podía habérseme olvidado? - Pues... creo que unos cincuenta, depende del tamaño, pero... ¿¡cuántos piensas traer!? - su tono alarmado era tan encantador.
-Pregunta cuál es el máximo, tamaños entre uno veinte por uno sesenta y dos metros, y ese es el número que me llevaré - quería vaciar el piso lo antes posible - Temática... eh... variada, retratos, paisajes, desnudos, surrealistas, ya sabes...
-Mmm... de acuerdo - seguramente se lo estaba apuntando. Siempre había sido organizada, y llevaba esa pequeña libretita con sus días perfectamente planificados. La pausa se alargó, y me imaginé que se debatía consigo misma para preguntarme algo personal - ¿Cómo estás?
-Bien, sigo aquí.
-Hace tiempo que no te veo - hacía tiempo que nadie me veía, en realidad - Me preocupo por ti - no pude evitar sonreír, mirando por la ventana en un gesto demasiado melancólico para esas horas - ¿Sigue... ella allí?
Rechiné los dientes. Si la maldita Imaginación no se hubiese entrometido, quizá le habría pedido salir a Alicia. Hacía seis meses que se había instalado en mi piso, que entró en mi vida, y Alicia creía que era una persona normal. No me creería si le dijese quién era en realidad, y tampoco me interesaba que pensase que me había vuelto loco. Me daba la impresión de que se llevaban mal.
-Sí, aún no he conseguido que se vaya... ¿hola? - la línea se había cortado.
Al volverme, ella estaba de pie junto al teléfono, apretando el botón de colgar. Parecía enfadada.
¡Celos!¡Ella, que, de un modo u otro, siempre acababa doblegándome!
Dejé el aucirular en su sitio y me fui a la habitación sacudiendo la cabeza.
-¿Qué haces? - me preguntó desde la puerta.
-Vestirme - respondí - Voy a dar una vuelta.
Me abrazó por detrás, apoyando su frente en mi espalda.
-Solo.
Noté que me aferraba con más fuerza.
-Por favor, no te enfades conmigo - murmuró con voz temblorosa - Es sólo que... no quiero que me dejes...
-¿Por qué yo?¿Por qué no sigues siendo como siempre? Con todos esos otros con mucho más talento, como el tipo del otro día, era un escritor famoso, ¿verdad?¿Por qué de pronto te quedas sólo conmigo?
Tembló. Iba a empezar a llorar.
-Voy a dar una vuelta - repetí, alejándome de ella - Solo.
Cerré de un portazo sin pretenderlo. Una vez en el ascensor, me dejé caer sobre el espejo y tragué saliva con dificultad. Tenía un sabor amargo en la boca, y no tenía nada que ver con el café.
"¡Tienen babosas en el cerebro!", Actriz Anónima #? en "Slither: La Plaga".
29/1/09
Un principio II
Parecía un día gris. No había nubes, ni nada parecido, pero los colores se difuminaban entre la rabia de un paso rápido y desesperado que rompía la habitual prisa controlada. Sobre el típico ruido un atípico grito resquebrajó la “quietud” como un cristal, y la multitud se giró, percatándose de la existencia de ese errabundo que se había detenido en mitad de la calle y les espetaba insultos mientras caminaba en círculos.
Les increpó hipocresía y monotonía tirándose de los pelos y gesticulando con grandiosidad, hasta que alguien se adelantó y le golpeó, reiniciando el sistema; fue sólo un incidente aislado.
Seguí caminando, decepcionado de que una voz discrepante hubiese sido acallada tan fácilmente. Aún no veía bien los colores, y sabía que no tenía nada que ver con putadas cotidianas como la muerte y los desengaños amorosos.
- No habría llegado a nada, de todas formas. No era tan original, nunca he sentido el impulso de acercarme a él – anunció ella a mi lado, indiferente. Ella era la que me hacía verlo todo a través del gris. Desde que se acopló en mi piso, veía de distintas formas cada día.
- Hace tiempo que no te acercas a nadie más – repliqué, violento – Ya va siendo hora.
- No quiero – frunció el ceño, haciendo pucheros otra vez, como siempre que sacaba a colación el tema – Quiero estar contigo.
- Pues yo empiezo a cansarme de ti.
No importaba lo cruel que fuese; como mucho, me retiraba la palabra unas horas y después se acercaba llorando y me abrazaba pidiéndome perdón. Sabía que ella simplemente no podía evitarlo, me lo explicó, que era caprichosa y casquivana por regla general, y era incapaz de resistirse a sus instintos, que en ese momento le decían que se quedase conmigo… pero de vez en cuando me desquitaba siendo desagradable. Después me sentía culpable y también me disculpaba.
Siempre acabábamos en la cama, rodeados de hojas, lienzos y nuevas letras y dibujos en la pared.
Esa es otra.
Mi casa se había vuelto una exposición de arte, sin mueble ni rincón inmaculado.
Entré en la papelería, y el dependiente nos dirigió una mirada nerviosa. Como cada vez que entrábamos.
- Dos paquetes de quinientos folios y cinco lienzos apaisados de ciento veinte por noventa. También el pincel más grueso que tengas y una caja de lápices.
Vacié uno de los estantes de pinturas, acrílicas, o acuarela, no me importaba.
Tras pagar, ella cogió una bolsa con botes de pintura, dejándome a mí otras dos, además de la que llevaba los lienzos y folios. Llevaba la bolsa cogida con las dos manos ante ella, y me miraba con actitud inocente.
No soportaba que se comportase como una niña cuando llevaba ese vestido de volantes blanco. Y ella lo sabía. Seguramente sonrió, pícara, en cuanto le di la espalda y salí de la tienda. La noté tras de mí dos segundos más tarde, incansable, y me cogió del brazo con lo que ella interpretaría por ternura.
Justo antes de que llegásemos a casa, un tipo de aspecto desgarbado se detuvo frente a nosotros con expresión de asombro. La miraba fijamente, y noté que ella se incomodaba.
- ¡Tú...! - de pronto, cayó de rodillas. Numerosas lágrimas se perdían en su rala barba negra y rizada, enturbiando su mirada de ojos azules - ¡Hacía... tanto tiempo...!
Lo comprendí enseguida. Seguramente era uno de sus muchos amantes. Me la quité de encima y abrí la puerta, dispuesto a dejarla hablar un rato con él, pero ella me siguió sin dirigirle una mirada siquiera.
- ¡Por favor! - suplicó con voz rota el hombre desaliñado - Desde que te fuiste... todo es tan doloroso... tan normal, ya nada es lo mismo, y, aunque sienta que puedo escribir, simplemente... ¡ninguna idea viene a mi cabeza! - resultaba patético - ¡Te necesito...!¡Por favor, vuelve!
- No - la frialdad en su voz me sorprendió. Nunca la había oído emplear ese tono. El rostro del interpelado se encogió en una mueca de dolor - No quiero.
Acto seguido, me empujó y cerró la puerta del bloque, subiendo las escaleras con ímpetu. Aún impactado por su crueldad, la seguí.
Cuando entramos en casa, ella parecía tan animada como siempre.
- ¿Qué quieres hacer hoy? - desvié la mirada, turbado. Seguramente quería evitar el tema.
- ¿Por qué... no has vuelto con él?
Su expresión pareció indecisa, como si no supiese si mostrarse dolida u ofendida.
- Llevas ya mucho tiempo conmigo. Sé que muchos otros dependen de ti, ¿por qué quedarte conmigo? Soy un fracasado, pero con todo lo que has hecho por mí, podré vivir una temporada larga sin ti, incluso el resto de mi vida si me lo monto bien, sin embargo, hay otros que te necesitan, que no pueden seguir adelante. ¿Por qué no vas con ellos?
Definitivamente, estaba dolida. A punto de llorar. Se le cayó la bolsa de las manos, y se acercó lentamente a mí.
- Pero... siempre... yo siempre... - me agarró la camiseta, y apoyó su frente en mi barbilla - ¿Por qué no quieres que esté aquí? Yo me esfuerzo, y... quiero estar contigo. Ahora quiero estar contigo. No quiero estar con nadie más.
Comenzó a sollozar en mi pecho. Suspiré, derrotado, y la abracé con todas mis fuerzas. Ya no me importaba tanto acaparar a la Imaginación.
No soportaba verla llorar.
"La vida es un único verso interminable", Gerardo Diego.
Les increpó hipocresía y monotonía tirándose de los pelos y gesticulando con grandiosidad, hasta que alguien se adelantó y le golpeó, reiniciando el sistema; fue sólo un incidente aislado.
Seguí caminando, decepcionado de que una voz discrepante hubiese sido acallada tan fácilmente. Aún no veía bien los colores, y sabía que no tenía nada que ver con putadas cotidianas como la muerte y los desengaños amorosos.
- No habría llegado a nada, de todas formas. No era tan original, nunca he sentido el impulso de acercarme a él – anunció ella a mi lado, indiferente. Ella era la que me hacía verlo todo a través del gris. Desde que se acopló en mi piso, veía de distintas formas cada día.
- Hace tiempo que no te acercas a nadie más – repliqué, violento – Ya va siendo hora.
- No quiero – frunció el ceño, haciendo pucheros otra vez, como siempre que sacaba a colación el tema – Quiero estar contigo.
- Pues yo empiezo a cansarme de ti.
No importaba lo cruel que fuese; como mucho, me retiraba la palabra unas horas y después se acercaba llorando y me abrazaba pidiéndome perdón. Sabía que ella simplemente no podía evitarlo, me lo explicó, que era caprichosa y casquivana por regla general, y era incapaz de resistirse a sus instintos, que en ese momento le decían que se quedase conmigo… pero de vez en cuando me desquitaba siendo desagradable. Después me sentía culpable y también me disculpaba.
Siempre acabábamos en la cama, rodeados de hojas, lienzos y nuevas letras y dibujos en la pared.
Esa es otra.
Mi casa se había vuelto una exposición de arte, sin mueble ni rincón inmaculado.
Entré en la papelería, y el dependiente nos dirigió una mirada nerviosa. Como cada vez que entrábamos.
- Dos paquetes de quinientos folios y cinco lienzos apaisados de ciento veinte por noventa. También el pincel más grueso que tengas y una caja de lápices.
Vacié uno de los estantes de pinturas, acrílicas, o acuarela, no me importaba.
Tras pagar, ella cogió una bolsa con botes de pintura, dejándome a mí otras dos, además de la que llevaba los lienzos y folios. Llevaba la bolsa cogida con las dos manos ante ella, y me miraba con actitud inocente.
No soportaba que se comportase como una niña cuando llevaba ese vestido de volantes blanco. Y ella lo sabía. Seguramente sonrió, pícara, en cuanto le di la espalda y salí de la tienda. La noté tras de mí dos segundos más tarde, incansable, y me cogió del brazo con lo que ella interpretaría por ternura.
Justo antes de que llegásemos a casa, un tipo de aspecto desgarbado se detuvo frente a nosotros con expresión de asombro. La miraba fijamente, y noté que ella se incomodaba.
- ¡Tú...! - de pronto, cayó de rodillas. Numerosas lágrimas se perdían en su rala barba negra y rizada, enturbiando su mirada de ojos azules - ¡Hacía... tanto tiempo...!
Lo comprendí enseguida. Seguramente era uno de sus muchos amantes. Me la quité de encima y abrí la puerta, dispuesto a dejarla hablar un rato con él, pero ella me siguió sin dirigirle una mirada siquiera.
- ¡Por favor! - suplicó con voz rota el hombre desaliñado - Desde que te fuiste... todo es tan doloroso... tan normal, ya nada es lo mismo, y, aunque sienta que puedo escribir, simplemente... ¡ninguna idea viene a mi cabeza! - resultaba patético - ¡Te necesito...!¡Por favor, vuelve!
- No - la frialdad en su voz me sorprendió. Nunca la había oído emplear ese tono. El rostro del interpelado se encogió en una mueca de dolor - No quiero.
Acto seguido, me empujó y cerró la puerta del bloque, subiendo las escaleras con ímpetu. Aún impactado por su crueldad, la seguí.
Cuando entramos en casa, ella parecía tan animada como siempre.
- ¿Qué quieres hacer hoy? - desvié la mirada, turbado. Seguramente quería evitar el tema.
- ¿Por qué... no has vuelto con él?
Su expresión pareció indecisa, como si no supiese si mostrarse dolida u ofendida.
- Llevas ya mucho tiempo conmigo. Sé que muchos otros dependen de ti, ¿por qué quedarte conmigo? Soy un fracasado, pero con todo lo que has hecho por mí, podré vivir una temporada larga sin ti, incluso el resto de mi vida si me lo monto bien, sin embargo, hay otros que te necesitan, que no pueden seguir adelante. ¿Por qué no vas con ellos?
Definitivamente, estaba dolida. A punto de llorar. Se le cayó la bolsa de las manos, y se acercó lentamente a mí.
- Pero... siempre... yo siempre... - me agarró la camiseta, y apoyó su frente en mi barbilla - ¿Por qué no quieres que esté aquí? Yo me esfuerzo, y... quiero estar contigo. Ahora quiero estar contigo. No quiero estar con nadie más.
Comenzó a sollozar en mi pecho. Suspiré, derrotado, y la abracé con todas mis fuerzas. Ya no me importaba tanto acaparar a la Imaginación.
No soportaba verla llorar.
"La vida es un único verso interminable", Gerardo Diego.
8/1/09
Un principio I
Crujió los nudillos. Mala señal. Eso significaba que empezaba a ponerse nervioso, y que su lógica cada vez tendría menos sentido.
Observó con inquietud a su interlocutora, que en esos momentos divagaba sobre finales felices y tristes. Primero, discutían de música. Luego, de política. Después, del amor; y, finalmente, de escribir y leer.
Sus opiniones eran tan dispares como contradictorias, y las peroratas sobre innovación y tradición o temática y semántica empezaban a perderse entre temblorosos argumentos pro o anti.
Absolutos. Serían pasadas las tres de la madrugada, y habían acabado hablando con absolutos. Parecía más una refriega que un debate amistoso. Los pues en mi opinión habían cedido el paso a rotundos noes e interrupciones, y el cansancio comenzaba a mellar sus pensamientos. Pero él se limitó a dar un nuevo trago a la cerveza, preguntándose por qué intentaban imponerse al otro sobre un tema tan ambiguo y subjetivo (a la par que paradójico) como la creación.
- Y es por eso que...
- Basta - la cortó con un tono seco. Ella lo miró fijamente, como dudando si mostrarse ofendida o indignada - Es tarde, y no llegaremos a ninguna parte discutiendo con argumentos ebrios y cansados. Sabes que me encanta escucharte casi tanto como a ti misma, pero me voy a dormir.
Y se fue a acostarse, satisfecho por haber sabido dejar a su imaginación con la palabra en la boca.
Observó con inquietud a su interlocutora, que en esos momentos divagaba sobre finales felices y tristes. Primero, discutían de música. Luego, de política. Después, del amor; y, finalmente, de escribir y leer.
Sus opiniones eran tan dispares como contradictorias, y las peroratas sobre innovación y tradición o temática y semántica empezaban a perderse entre temblorosos argumentos pro o anti.
Absolutos. Serían pasadas las tres de la madrugada, y habían acabado hablando con absolutos. Parecía más una refriega que un debate amistoso. Los pues en mi opinión habían cedido el paso a rotundos noes e interrupciones, y el cansancio comenzaba a mellar sus pensamientos. Pero él se limitó a dar un nuevo trago a la cerveza, preguntándose por qué intentaban imponerse al otro sobre un tema tan ambiguo y subjetivo (a la par que paradójico) como la creación.
- Y es por eso que...
- Basta - la cortó con un tono seco. Ella lo miró fijamente, como dudando si mostrarse ofendida o indignada - Es tarde, y no llegaremos a ninguna parte discutiendo con argumentos ebrios y cansados. Sabes que me encanta escucharte casi tanto como a ti misma, pero me voy a dormir.
Y se fue a acostarse, satisfecho por haber sabido dejar a su imaginación con la palabra en la boca.
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