Parecía un día gris. No había nubes, ni nada parecido, pero los colores se difuminaban entre la rabia de un paso rápido y desesperado que rompía la habitual prisa controlada. Sobre el típico ruido un atípico grito resquebrajó la “quietud” como un cristal, y la multitud se giró, percatándose de la existencia de ese errabundo que se había detenido en mitad de la calle y les espetaba insultos mientras caminaba en círculos.
Les increpó hipocresía y monotonía tirándose de los pelos y gesticulando con grandiosidad, hasta que alguien se adelantó y le golpeó, reiniciando el sistema; fue sólo un incidente aislado.
Seguí caminando, decepcionado de que una voz discrepante hubiese sido acallada tan fácilmente. Aún no veía bien los colores, y sabía que no tenía nada que ver con putadas cotidianas como la muerte y los desengaños amorosos.
- No habría llegado a nada, de todas formas. No era tan original, nunca he sentido el impulso de acercarme a él – anunció ella a mi lado, indiferente. Ella era la que me hacía verlo todo a través del gris. Desde que se acopló en mi piso, veía de distintas formas cada día.
- Hace tiempo que no te acercas a nadie más – repliqué, violento – Ya va siendo hora.
- No quiero – frunció el ceño, haciendo pucheros otra vez, como siempre que sacaba a colación el tema – Quiero estar contigo.
- Pues yo empiezo a cansarme de ti.
No importaba lo cruel que fuese; como mucho, me retiraba la palabra unas horas y después se acercaba llorando y me abrazaba pidiéndome perdón. Sabía que ella simplemente no podía evitarlo, me lo explicó, que era caprichosa y casquivana por regla general, y era incapaz de resistirse a sus instintos, que en ese momento le decían que se quedase conmigo… pero de vez en cuando me desquitaba siendo desagradable. Después me sentía culpable y también me disculpaba.
Siempre acabábamos en la cama, rodeados de hojas, lienzos y nuevas letras y dibujos en la pared.
Esa es otra.
Mi casa se había vuelto una exposición de arte, sin mueble ni rincón inmaculado.
Entré en la papelería, y el dependiente nos dirigió una mirada nerviosa. Como cada vez que entrábamos.
- Dos paquetes de quinientos folios y cinco lienzos apaisados de ciento veinte por noventa. También el pincel más grueso que tengas y una caja de lápices.
Vacié uno de los estantes de pinturas, acrílicas, o acuarela, no me importaba.
Tras pagar, ella cogió una bolsa con botes de pintura, dejándome a mí otras dos, además de la que llevaba los lienzos y folios. Llevaba la bolsa cogida con las dos manos ante ella, y me miraba con actitud inocente.
No soportaba que se comportase como una niña cuando llevaba ese vestido de volantes blanco. Y ella lo sabía. Seguramente sonrió, pícara, en cuanto le di la espalda y salí de la tienda. La noté tras de mí dos segundos más tarde, incansable, y me cogió del brazo con lo que ella interpretaría por ternura.
Justo antes de que llegásemos a casa, un tipo de aspecto desgarbado se detuvo frente a nosotros con expresión de asombro. La miraba fijamente, y noté que ella se incomodaba.
- ¡Tú...! - de pronto, cayó de rodillas. Numerosas lágrimas se perdían en su rala barba negra y rizada, enturbiando su mirada de ojos azules - ¡Hacía... tanto tiempo...!
Lo comprendí enseguida. Seguramente era uno de sus muchos amantes. Me la quité de encima y abrí la puerta, dispuesto a dejarla hablar un rato con él, pero ella me siguió sin dirigirle una mirada siquiera.
- ¡Por favor! - suplicó con voz rota el hombre desaliñado - Desde que te fuiste... todo es tan doloroso... tan normal, ya nada es lo mismo, y, aunque sienta que puedo escribir, simplemente... ¡ninguna idea viene a mi cabeza! - resultaba patético - ¡Te necesito...!¡Por favor, vuelve!
- No - la frialdad en su voz me sorprendió. Nunca la había oído emplear ese tono. El rostro del interpelado se encogió en una mueca de dolor - No quiero.
Acto seguido, me empujó y cerró la puerta del bloque, subiendo las escaleras con ímpetu. Aún impactado por su crueldad, la seguí.
Cuando entramos en casa, ella parecía tan animada como siempre.
- ¿Qué quieres hacer hoy? - desvié la mirada, turbado. Seguramente quería evitar el tema.
- ¿Por qué... no has vuelto con él?
Su expresión pareció indecisa, como si no supiese si mostrarse dolida u ofendida.
- Llevas ya mucho tiempo conmigo. Sé que muchos otros dependen de ti, ¿por qué quedarte conmigo? Soy un fracasado, pero con todo lo que has hecho por mí, podré vivir una temporada larga sin ti, incluso el resto de mi vida si me lo monto bien, sin embargo, hay otros que te necesitan, que no pueden seguir adelante. ¿Por qué no vas con ellos?
Definitivamente, estaba dolida. A punto de llorar. Se le cayó la bolsa de las manos, y se acercó lentamente a mí.
- Pero... siempre... yo siempre... - me agarró la camiseta, y apoyó su frente en mi barbilla - ¿Por qué no quieres que esté aquí? Yo me esfuerzo, y... quiero estar contigo. Ahora quiero estar contigo. No quiero estar con nadie más.
Comenzó a sollozar en mi pecho. Suspiré, derrotado, y la abracé con todas mis fuerzas. Ya no me importaba tanto acaparar a la Imaginación.
No soportaba verla llorar.
"La vida es un único verso interminable", Gerardo Diego.
29/1/09
20/1/09
Debilidad
Las lágrimas duelen, y eso de que tienen un sabor salado es mentira. Son amargas, aún más que el café solo del Bar Paco, en la esquina de la manzana.
SIempre me he preguntado por qué tengo debilidad por los bares de las esquinas. Quizá sea una idea basada en leyendas de encrucijadas, o tenga algo que ver con escenas y escenas de besos robados bajo solitarias farolas. Realmente romántico y contemporáneo, todo.
Aún así, no hay nada en este mundo que identifique como mi punto débil tanto como la lluvia, y eso que se asemeja dolorosamente a las lágrimas. O hace que las cosas adopten formas similares a las que distingo cuando estoy llorando, no estoy muy seguro.
La cuestión es que odio llorar (y lo hago a menudo), pero me encanta la lluvia. Tiene esa melancolía decadentista que tanto me cautiva.
Aún con lo poco que todo esto le pueda importar a nadie, las cosas que la gente odia y ama tienen una relevancia capital en la vida de uno, aunque no nos demos cuenta. Se dice que el amor mueve montañas, refiriéndose a un amor romántico y a las montañas como una metáfora del mundo. Yo creo que alguien con pasión puede cambiar las cosas, y me salgo del esquema preconcebido de amar "a alguien". Hay quien ama la vida, su trabajo, sus creencias... y también están los que aman a gran escala. En ocasiones, cosas abstractas inventadas por ellos mismos, o creadas por otros.
Odiar, lo mismo.
Pero iba a hablar de las lágrimas.
Cada una de ellas esconde un recuerdo en el rabillo del ojo, y una aguja detrás, que se clava en la mirada desde dentro y deja fluir solo una imagen, un sonido, una fragancia... Todo lo que sale está en estado líquido, por lo que escapa rápidamente a lo más profundo que podemos enviarlo en el olvido. Pero no se queda ahí, porque el agua, con el calor, se evapora, arrastrando nuevas agujas para apuñalarnos. Por eso la gente intenta mantenerse fría. Pero el hielo es tan frágil como duro, y se resquebraja con facilidad.
Están (y estos me dan más pena que nadie, ya que piensan que no tienen ningún punto débil) los que lo pintan de piedra, e intentan creerse su propio cuadro insensible, hasta que el pasado o el futuro tambalean su presente.
Yo soy de los que dejan fluir el agua, a pesar de las agujas, y, en el fondo de mi memoria, siempre hay alguna que se me clava en la mirada al subir a la superficie, pero decidí hace tiempo soportarlo con toda la entereza posible.
Siempre he sentido debilidad por los héroes fantásticos, los que siguen adelante sin importar las dificultades que saben les esperan. Ese tipo de personas de las que casi no quedan en el mundo.
Siento debilidad por muchas cosas. Quizá sería más correcto decir "curiosidad vehemente", pero... me hace ilusión saber que aún no finjo tener el corazón de piedra.
SIempre me he preguntado por qué tengo debilidad por los bares de las esquinas. Quizá sea una idea basada en leyendas de encrucijadas, o tenga algo que ver con escenas y escenas de besos robados bajo solitarias farolas. Realmente romántico y contemporáneo, todo.
Aún así, no hay nada en este mundo que identifique como mi punto débil tanto como la lluvia, y eso que se asemeja dolorosamente a las lágrimas. O hace que las cosas adopten formas similares a las que distingo cuando estoy llorando, no estoy muy seguro.
La cuestión es que odio llorar (y lo hago a menudo), pero me encanta la lluvia. Tiene esa melancolía decadentista que tanto me cautiva.
Aún con lo poco que todo esto le pueda importar a nadie, las cosas que la gente odia y ama tienen una relevancia capital en la vida de uno, aunque no nos demos cuenta. Se dice que el amor mueve montañas, refiriéndose a un amor romántico y a las montañas como una metáfora del mundo. Yo creo que alguien con pasión puede cambiar las cosas, y me salgo del esquema preconcebido de amar "a alguien". Hay quien ama la vida, su trabajo, sus creencias... y también están los que aman a gran escala. En ocasiones, cosas abstractas inventadas por ellos mismos, o creadas por otros.
Odiar, lo mismo.
Pero iba a hablar de las lágrimas.
Cada una de ellas esconde un recuerdo en el rabillo del ojo, y una aguja detrás, que se clava en la mirada desde dentro y deja fluir solo una imagen, un sonido, una fragancia... Todo lo que sale está en estado líquido, por lo que escapa rápidamente a lo más profundo que podemos enviarlo en el olvido. Pero no se queda ahí, porque el agua, con el calor, se evapora, arrastrando nuevas agujas para apuñalarnos. Por eso la gente intenta mantenerse fría. Pero el hielo es tan frágil como duro, y se resquebraja con facilidad.
Están (y estos me dan más pena que nadie, ya que piensan que no tienen ningún punto débil) los que lo pintan de piedra, e intentan creerse su propio cuadro insensible, hasta que el pasado o el futuro tambalean su presente.
Yo soy de los que dejan fluir el agua, a pesar de las agujas, y, en el fondo de mi memoria, siempre hay alguna que se me clava en la mirada al subir a la superficie, pero decidí hace tiempo soportarlo con toda la entereza posible.
Siempre he sentido debilidad por los héroes fantásticos, los que siguen adelante sin importar las dificultades que saben les esperan. Ese tipo de personas de las que casi no quedan en el mundo.
Siento debilidad por muchas cosas. Quizá sería más correcto decir "curiosidad vehemente", pero... me hace ilusión saber que aún no finjo tener el corazón de piedra.
8/1/09
Un principio I
Crujió los nudillos. Mala señal. Eso significaba que empezaba a ponerse nervioso, y que su lógica cada vez tendría menos sentido.
Observó con inquietud a su interlocutora, que en esos momentos divagaba sobre finales felices y tristes. Primero, discutían de música. Luego, de política. Después, del amor; y, finalmente, de escribir y leer.
Sus opiniones eran tan dispares como contradictorias, y las peroratas sobre innovación y tradición o temática y semántica empezaban a perderse entre temblorosos argumentos pro o anti.
Absolutos. Serían pasadas las tres de la madrugada, y habían acabado hablando con absolutos. Parecía más una refriega que un debate amistoso. Los pues en mi opinión habían cedido el paso a rotundos noes e interrupciones, y el cansancio comenzaba a mellar sus pensamientos. Pero él se limitó a dar un nuevo trago a la cerveza, preguntándose por qué intentaban imponerse al otro sobre un tema tan ambiguo y subjetivo (a la par que paradójico) como la creación.
- Y es por eso que...
- Basta - la cortó con un tono seco. Ella lo miró fijamente, como dudando si mostrarse ofendida o indignada - Es tarde, y no llegaremos a ninguna parte discutiendo con argumentos ebrios y cansados. Sabes que me encanta escucharte casi tanto como a ti misma, pero me voy a dormir.
Y se fue a acostarse, satisfecho por haber sabido dejar a su imaginación con la palabra en la boca.
Observó con inquietud a su interlocutora, que en esos momentos divagaba sobre finales felices y tristes. Primero, discutían de música. Luego, de política. Después, del amor; y, finalmente, de escribir y leer.
Sus opiniones eran tan dispares como contradictorias, y las peroratas sobre innovación y tradición o temática y semántica empezaban a perderse entre temblorosos argumentos pro o anti.
Absolutos. Serían pasadas las tres de la madrugada, y habían acabado hablando con absolutos. Parecía más una refriega que un debate amistoso. Los pues en mi opinión habían cedido el paso a rotundos noes e interrupciones, y el cansancio comenzaba a mellar sus pensamientos. Pero él se limitó a dar un nuevo trago a la cerveza, preguntándose por qué intentaban imponerse al otro sobre un tema tan ambiguo y subjetivo (a la par que paradójico) como la creación.
- Y es por eso que...
- Basta - la cortó con un tono seco. Ella lo miró fijamente, como dudando si mostrarse ofendida o indignada - Es tarde, y no llegaremos a ninguna parte discutiendo con argumentos ebrios y cansados. Sabes que me encanta escucharte casi tanto como a ti misma, pero me voy a dormir.
Y se fue a acostarse, satisfecho por haber sabido dejar a su imaginación con la palabra en la boca.
6/1/09
Fuera
Se advierten espirales, sinsentidos y manillas de un reloj digital que brilla en una hueca madrugada. La oscuridad que rehúye un ojo acusador que la acorrala contra la esquina.
“¿Quién va?”
“El día, a borrarte”. Siempre ha perdido esta batalla, y su único consuelo es saber que su venganza no está tan lejos.
Y otra voz que se rebela, desde el apacible rostro dormido de una chica mujer que se viste de princesa para descansar.
“Ah, no, en mi casa gritos por la mañana ni hablar. ¿Pero qué os habéis creído?¡Fuera!”
Luz y sombra, dubitativas, miran los párpados cerrados de la joven.
“¿Ha sido ella?”
“No digas tonterías”.
“¡Sí, he sido yo!¿Qué hacéis aún aquí?¡Fuera, he dicho!”
Los eternos enemigos se entremiran.
“No podemos”, anuncian a la vez.
“Yo sin él no existo”, dice la noche.
“Y viceversa”, afirma el día.
La figura tendida en la cama no parece inmutarse, y vuelven ellas a intercambiar una mirada. Recuerdan que deberían luchar, pero no se atreven.
“¿Qué diablos pasa aquí?” exclama entonces alguien que ya estaba sin que los otros se diesen cuenta. “¡Nunca puedo estar parado!¡Debo moverme siempre!¿Por qué os habéis y me habéis detenido?”
Entonces lo reconocieron. Era el tiempo.
“¡Que no gritéis, he dicho!” replica el subconsciente de la princesa dormida. “Intento dormir, y pensar una solución a todo esto.”
Todos los segundos, las horas e incluso los siglos la observan, boquiabiertos.
“¿Ha sido ella?” preguntan con una misma voz.
“Eso parece” le susurran luz y oscuridad.
Se oye a alguien chistar, y el tiempo, el día y la noche se detienen, cohibidos.
“Llevo todo el día trabajando, dando placeres a otros sin derecho a tener el mío propio. Tantas otras noches hizo ella lo mismo. Mi cuerpo ya no es mío, pertenece al que lo compre. Nuestra mente es lo único aún libre, aunque adormecida mientras hago lo que hago para subsistir. Sólo cuando descansa encuentro reposo, y puedo soltar mis sueños, liberados al fin de cualquier prisión, incluidas espacio y tiempo. Nada existe, salvo su bienestar, y no permitiré que me avasallen”.
Sus poderosos y eternos oyentes empiezan a temblar, confusos y atemorizados por la firmeza de su tono y la promesa del más que probable desenlace.
“Duermo, y ningún ente, por muy atávica que sea su naturaleza, me privará de existir. ¡Soy un sueño!¡Libre de vosotros! Así que: ¡fuera, ninguna lógica absurda evitará que os eche!”
Ellos van a responder, pero no los deja.
“¡Marchaos!¡Dejadme ser!¡Y no me vengáis con eso de “yo estaba aquí antes”!¡Incluso el tiempo fue soñado, y el hombre me conoció antes de distinguir noche de día, inconscientemente, sólo tardó más en aprisionarme con un nombre!¡FUERA!”…
Y el tiempo, la luz y la oscuridad se fueron, dejando a la durmiente en el caos vacío más absoluto.
La joven prostituta, en verdad una princesa, se removió en la cama, frunciendo el ceño apenas en un gesto casi imperceptible. Y una única palabra escapó susurrando de sus labios antes de que volviese a dormir plácidamente.
- Fuera…
“¿Quién va?”
“El día, a borrarte”. Siempre ha perdido esta batalla, y su único consuelo es saber que su venganza no está tan lejos.
Y otra voz que se rebela, desde el apacible rostro dormido de una chica mujer que se viste de princesa para descansar.
“Ah, no, en mi casa gritos por la mañana ni hablar. ¿Pero qué os habéis creído?¡Fuera!”
Luz y sombra, dubitativas, miran los párpados cerrados de la joven.
“¿Ha sido ella?”
“No digas tonterías”.
“¡Sí, he sido yo!¿Qué hacéis aún aquí?¡Fuera, he dicho!”
Los eternos enemigos se entremiran.
“No podemos”, anuncian a la vez.
“Yo sin él no existo”, dice la noche.
“Y viceversa”, afirma el día.
La figura tendida en la cama no parece inmutarse, y vuelven ellas a intercambiar una mirada. Recuerdan que deberían luchar, pero no se atreven.
“¿Qué diablos pasa aquí?” exclama entonces alguien que ya estaba sin que los otros se diesen cuenta. “¡Nunca puedo estar parado!¡Debo moverme siempre!¿Por qué os habéis y me habéis detenido?”
Entonces lo reconocieron. Era el tiempo.
“¡Que no gritéis, he dicho!” replica el subconsciente de la princesa dormida. “Intento dormir, y pensar una solución a todo esto.”
Todos los segundos, las horas e incluso los siglos la observan, boquiabiertos.
“¿Ha sido ella?” preguntan con una misma voz.
“Eso parece” le susurran luz y oscuridad.
Se oye a alguien chistar, y el tiempo, el día y la noche se detienen, cohibidos.
“Llevo todo el día trabajando, dando placeres a otros sin derecho a tener el mío propio. Tantas otras noches hizo ella lo mismo. Mi cuerpo ya no es mío, pertenece al que lo compre. Nuestra mente es lo único aún libre, aunque adormecida mientras hago lo que hago para subsistir. Sólo cuando descansa encuentro reposo, y puedo soltar mis sueños, liberados al fin de cualquier prisión, incluidas espacio y tiempo. Nada existe, salvo su bienestar, y no permitiré que me avasallen”.
Sus poderosos y eternos oyentes empiezan a temblar, confusos y atemorizados por la firmeza de su tono y la promesa del más que probable desenlace.
“Duermo, y ningún ente, por muy atávica que sea su naturaleza, me privará de existir. ¡Soy un sueño!¡Libre de vosotros! Así que: ¡fuera, ninguna lógica absurda evitará que os eche!”
Ellos van a responder, pero no los deja.
“¡Marchaos!¡Dejadme ser!¡Y no me vengáis con eso de “yo estaba aquí antes”!¡Incluso el tiempo fue soñado, y el hombre me conoció antes de distinguir noche de día, inconscientemente, sólo tardó más en aprisionarme con un nombre!¡FUERA!”…
Y el tiempo, la luz y la oscuridad se fueron, dejando a la durmiente en el caos vacío más absoluto.
La joven prostituta, en verdad una princesa, se removió en la cama, frunciendo el ceño apenas en un gesto casi imperceptible. Y una única palabra escapó susurrando de sus labios antes de que volviese a dormir plácidamente.
- Fuera…
5/1/09
31/12/08
Otra noche
La noche empieza con un roto llanto en el resquicio de la puerta, una ausencia brillante y un resoplido teñido de hastío. Bien.
Ahora vienen esos rostros manchados de ignorancia, felices, que celebran su existencia. Aquí no se notan las notas de despedida, no se oyen estertores de hospital, ni resuenan deudas en huecos apagados. Sólo hay espacio para el cuarto vaso entre espaldas encorvadas que se estiran en sonrisas despreocupadas. No hay esquinas para llorar, ni asientos, ni desvelos. Alcohol, risas y devaneos. Ningún escombro desalmado al acecho del presente. Ninguno. ¡Ninguno!
Sin comentarios, por favor. Me sollozan al teléfono. ¿Qué? No, no pasa nada. Voy pa'llá. Nada, tengo que irme. No, nada, nada. Luego os veo. En cuanto me escaquee de urgencias, ¡fiesta!
Ahora vienen esos rostros manchados de ignorancia, felices, que celebran su existencia. Aquí no se notan las notas de despedida, no se oyen estertores de hospital, ni resuenan deudas en huecos apagados. Sólo hay espacio para el cuarto vaso entre espaldas encorvadas que se estiran en sonrisas despreocupadas. No hay esquinas para llorar, ni asientos, ni desvelos. Alcohol, risas y devaneos. Ningún escombro desalmado al acecho del presente. Ninguno. ¡Ninguno!
Sin comentarios, por favor. Me sollozan al teléfono. ¿Qué? No, no pasa nada. Voy pa'llá. Nada, tengo que irme. No, nada, nada. Luego os veo. En cuanto me escaquee de urgencias, ¡fiesta!
30/12/08
El eco vacío
El eco de sus pasos resonó en el hueco pasillo, arrastrado en un vacío gélido y abismal. Su mano se iba dejando caer de protuberancia en protuberancia de la granulada pared, dibujando con las yemas de los dedos casi las mismas ondas irregulares que los latidos de su corazón pintarían en una pantalla al compás desfasado del "bip" mecanizado de un taquicárdico.
Se acercaba lentamente a la sala de estar, el frufrú del camisón acariciando sus tobillos y haciéndole incómodas cosquillas en lo más profundo. Quizá por eso deseaba reír, a pesar del ominoso silencio que podía inhalarse ya desde que entreabrió los ojos en la cama.
Al asomarse por la rendija de la puerta, suspiró aliviada. Sólo un segundo.
Las quietas figuras de sus progenitores, abrazados en el sofá, contemplaban un silencioso televisor pausado. El salón, medio alumbrado por la pantalla, no se inmutaba por la pálida luz plateada que se colaba entre las cortinas.
¿Mamá?¿Papá?
Nada. No pasó nada.
Énfasis, vehemencia. Aún nada. Sacudeidas, visión enturbiada por las lágrimas, dolor... ¿eso que se encogía en su pecho era su corazón?
Lloró durante lo que le parecieron horas, aferrando con desesperación el pijama de su padre, humedeciendo su hombro, sin que él reaccionase, ni diese señales de verla siquiera.
Cuando algo de calma se abrió paso entre las nubes de su encapotada consciencia, se detuvo a observarlo todo, intentando ordenar su caótica mente.
La expresión dolorixda de su madre, estática en su rostro desde hacía varios meses, a pesar de su intento de aparentar entereza frente a ella. La casi catatónica de su padre, que simplemente no parecía hacerse a la idea, por muchos historiales y pruebas que lo confirmasen.
No respiraban. No latían. Sólo estaban.
No debió estar tanto tiempo llorando, ya que aún era noche cerrada. La imagen de un tipo trajeado de mirada perdida en la televisión, en pause, como si la hubiesen detenido en el momento justo en el que parecía que los mirase.
Una nueva oleada de dolor, punzante y frío. Todo iba al revés.
No reconocía la película.
Fue al cuarto de baño, y, con tembloroso pulso (más propio de un anciano con parkinson que de una niña de nueve años), se mojó la cara. Una, y otra vez. Como si el agua pudiese ir más hondo, más allá de la piel, y borrar esa suciedad incrustada en su cerebro que le decía que acababan de perforarle la caja torácica con un taladro del quince.
Vio (entrevió) su demacrado reflejo, las ojeras, la piel agrietada debido a las sonrisas que se obligaba diariamente a mostrar a todo el mundo. Se pasó una mano húmeda por la nuca, rapada, como toda su cabeza, y volvió a salir. Cogió con mano aún insegura el mando del DVD y pulsó off. Una, y otra vez. Un nuevo escalofrío y una triste alegría anidaron en ella mientras, con los lacrimales hiperactivos, volvía a su cuarto, se sentaba en el borde de la cama y acariciaba su piel. Su pálida y fría piel...
Nada.
No pasó nada.
"Pues, básicamente así es como me parece la vida,
llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza
y sin embargo se acaba demasiado deprisa". Woody Allen
P.s: Gracias por lo de ayer (y perdón por las molestias). Pak pak ^^
Se acercaba lentamente a la sala de estar, el frufrú del camisón acariciando sus tobillos y haciéndole incómodas cosquillas en lo más profundo. Quizá por eso deseaba reír, a pesar del ominoso silencio que podía inhalarse ya desde que entreabrió los ojos en la cama.
Al asomarse por la rendija de la puerta, suspiró aliviada. Sólo un segundo.
Las quietas figuras de sus progenitores, abrazados en el sofá, contemplaban un silencioso televisor pausado. El salón, medio alumbrado por la pantalla, no se inmutaba por la pálida luz plateada que se colaba entre las cortinas.
¿Mamá?¿Papá?
Nada. No pasó nada.
Énfasis, vehemencia. Aún nada. Sacudeidas, visión enturbiada por las lágrimas, dolor... ¿eso que se encogía en su pecho era su corazón?
Lloró durante lo que le parecieron horas, aferrando con desesperación el pijama de su padre, humedeciendo su hombro, sin que él reaccionase, ni diese señales de verla siquiera.
Cuando algo de calma se abrió paso entre las nubes de su encapotada consciencia, se detuvo a observarlo todo, intentando ordenar su caótica mente.
La expresión dolorixda de su madre, estática en su rostro desde hacía varios meses, a pesar de su intento de aparentar entereza frente a ella. La casi catatónica de su padre, que simplemente no parecía hacerse a la idea, por muchos historiales y pruebas que lo confirmasen.
No respiraban. No latían. Sólo estaban.
No debió estar tanto tiempo llorando, ya que aún era noche cerrada. La imagen de un tipo trajeado de mirada perdida en la televisión, en pause, como si la hubiesen detenido en el momento justo en el que parecía que los mirase.
Una nueva oleada de dolor, punzante y frío. Todo iba al revés.
No reconocía la película.
Fue al cuarto de baño, y, con tembloroso pulso (más propio de un anciano con parkinson que de una niña de nueve años), se mojó la cara. Una, y otra vez. Como si el agua pudiese ir más hondo, más allá de la piel, y borrar esa suciedad incrustada en su cerebro que le decía que acababan de perforarle la caja torácica con un taladro del quince.
Vio (entrevió) su demacrado reflejo, las ojeras, la piel agrietada debido a las sonrisas que se obligaba diariamente a mostrar a todo el mundo. Se pasó una mano húmeda por la nuca, rapada, como toda su cabeza, y volvió a salir. Cogió con mano aún insegura el mando del DVD y pulsó off. Una, y otra vez. Un nuevo escalofrío y una triste alegría anidaron en ella mientras, con los lacrimales hiperactivos, volvía a su cuarto, se sentaba en el borde de la cama y acariciaba su piel. Su pálida y fría piel...
Nada.
No pasó nada.
"Pues, básicamente así es como me parece la vida,
llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza
y sin embargo se acaba demasiado deprisa". Woody Allen
P.s: Gracias por lo de ayer (y perdón por las molestias). Pak pak ^^
29/12/08
Ecos en la niebla
Una figura oscura, embozada con bufanda negra y gabardina negra y pantalones negros, atravesaba la niebla a paso lento, acariciada por jirones grisáceos y tarareando en murmullos una melodía apagada contra la lana que cubría su boca.
Sus zapatos resonaban, huecos, sobre la acera de madrugada, las manos en los bolsillos, los ojos enfundados en el frío. Unas ramas caducas asomaban a intervalos regulares sobre su cabeza, y desaparecían poco después, engullidos por la blancura opaca y esponjosa que le rodeaba. Ecos moribundos le alcanzaban desde lo inhóspito (un motor rugiendo, oleaje embravecido, silbidos aviares…), unos metros a su alrededor. La brisa, intermitente, desordenaba sus cabellos, descolocaba mechones en su frente y ante sus ojos.
Arrullada en la mañana, la lóbrega silueta apenas miraba por dónde iba. Erraba en línea semirrecta, la vista fija en un punto inexacto.
Imágenes difusas le acosaban inadvertidamente, aguijoneándole con mortal certeza el corazón. Un rostro, una voz, media fragancia, ningún momento exacto.
Un espacio de tiempo de fin aún indeterminado, quizá. Demasiado reciente.
Inesperadamente, un transeúnte surgió de la clara oscuridad, y estiró una mano crispada para sujetarle la manga de la chaqueta.
- ¿Cómo suena una persona al romperse? – preguntó sin mirarlo - ¿A cristales? ¿Madera? ¿Piedras? – se deshizo de la garra que le sostenía. Huyó.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No, no sonaba parecido a nada de eso.
Era algo más parecido al “clack” seco de romper plástico duro. Tal vez, a veces, al ruido sordo de desgarrar una tira de plástico.
De nuevo otro transeúnte, esta vez por el lado contrario. No le detuvo al preguntarle en voz alta si podía escucharse cómo se rompe uno mismo. No obtuvo respuesta.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No. ¿O sí? Sí, definitivamente. Uno lo escuchaba, pero no en el momento mismo en que se rompía, sino cuando se daba cuenta de que estaba roto.
Y no se daba cuenta hasta mucho rato después. Pero tampoco parecía romperse con el sonido sobre el que especulaba instantes (¿o eran horas?) antes. Puede que fuese distinto para cada uno.
Se detuvo de repente, cubierto de grises sombras, e inspiró profundamente, sintiendo la escarcha rozar sus pulmones en amante caricia.
El viento apartó el no humo, dejándole ver un banco alabeado por los años, y se sentó, casi recostado, a la par que cerraba los ojos, oyendo claramente la cacofonía de las calles (rugientes motores, lejanas olas rompiendo contra las piedras, pájaros cantando inseguros a la incierta mañana…), y con escalofríos recorriendo su espina dorsal por la gélida sensación que oprimía… no, que resquebrajaba su pecho.
Poco a poco, la desesperación fue cerniéndose sobre él.
Engullido por la niebla, como todo lo demás… siguió sentado.
Sus zapatos resonaban, huecos, sobre la acera de madrugada, las manos en los bolsillos, los ojos enfundados en el frío. Unas ramas caducas asomaban a intervalos regulares sobre su cabeza, y desaparecían poco después, engullidos por la blancura opaca y esponjosa que le rodeaba. Ecos moribundos le alcanzaban desde lo inhóspito (un motor rugiendo, oleaje embravecido, silbidos aviares…), unos metros a su alrededor. La brisa, intermitente, desordenaba sus cabellos, descolocaba mechones en su frente y ante sus ojos.
Arrullada en la mañana, la lóbrega silueta apenas miraba por dónde iba. Erraba en línea semirrecta, la vista fija en un punto inexacto.
Imágenes difusas le acosaban inadvertidamente, aguijoneándole con mortal certeza el corazón. Un rostro, una voz, media fragancia, ningún momento exacto.
Un espacio de tiempo de fin aún indeterminado, quizá. Demasiado reciente.
Inesperadamente, un transeúnte surgió de la clara oscuridad, y estiró una mano crispada para sujetarle la manga de la chaqueta.
- ¿Cómo suena una persona al romperse? – preguntó sin mirarlo - ¿A cristales? ¿Madera? ¿Piedras? – se deshizo de la garra que le sostenía. Huyó.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No, no sonaba parecido a nada de eso.
Era algo más parecido al “clack” seco de romper plástico duro. Tal vez, a veces, al ruido sordo de desgarrar una tira de plástico.
De nuevo otro transeúnte, esta vez por el lado contrario. No le detuvo al preguntarle en voz alta si podía escucharse cómo se rompe uno mismo. No obtuvo respuesta.
Engullido por la niebla, como todo lo demás. Siguió caminando.
No. ¿O sí? Sí, definitivamente. Uno lo escuchaba, pero no en el momento mismo en que se rompía, sino cuando se daba cuenta de que estaba roto.
Y no se daba cuenta hasta mucho rato después. Pero tampoco parecía romperse con el sonido sobre el que especulaba instantes (¿o eran horas?) antes. Puede que fuese distinto para cada uno.
Se detuvo de repente, cubierto de grises sombras, e inspiró profundamente, sintiendo la escarcha rozar sus pulmones en amante caricia.
El viento apartó el no humo, dejándole ver un banco alabeado por los años, y se sentó, casi recostado, a la par que cerraba los ojos, oyendo claramente la cacofonía de las calles (rugientes motores, lejanas olas rompiendo contra las piedras, pájaros cantando inseguros a la incierta mañana…), y con escalofríos recorriendo su espina dorsal por la gélida sensación que oprimía… no, que resquebrajaba su pecho.
Poco a poco, la desesperación fue cerniéndose sobre él.
Engullido por la niebla, como todo lo demás… siguió sentado.
Cuento de princesas y monstruos
¿Recordáis esos cuentos tan típicos en los que se habla de princesas encerradas en castillos custodiados por monstruos?
Pues, por muy típico que os suene... había una vez una joven y hermosa princesa que vivía prisionera en un enorme, oscuro y lóbrego castillo, en el cual habitaba un monstruo tan horrible, que nunca aparecía en las historias infantiles por miedo a que los niños perdiesen su interés en la vida.
La princesa, que tenía trece años y empezaba a ser una mujer, tenía el cabello corto y negro, liso, y la piel extremadamente pálida. Su aspecto asemejaba el de una muñeca de porcelana, o de cristal... diseñada para adornar. En lugar de pintarse el rostro de colores alegres, solía pintarse los párpados de colores oscuros, y no sonreía. Como podéis ver, no era la típica princesita de cuento.
Su habitación tenía las puertas abiertas de par en par, y cientos de sirvientes cumplían cada una de sus peticiones. Tenía guardias que la custodiaban día y noche, y muchas jóvenes de su edad, pertenecientes a la corte, que intercambiaban chismes con ella e intentaban despertar su curiosidad por las intrigas amorosas o políticas del reino.
Ella rezaba en silencio a algún ente pagano para que la librase de aquella tortura con la muerte, si era necesario... pero nadie oía sus súplicas, y tenía que soportar horas y horas de incesante balbuceo sin sentido, día tras día.
Después, se marchaba a la biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo, eludiendo a sus maestros.
Allí, leía todo objeto legible que cayese en sus manos, y se llevaba especialmente bien con el ayudante del bibliotecario, un chico menudo y de facciones casi femeninas al que le empezaba a crecer una pelusilla divertida por la mandíbula y que se escondía entre las estanterías a leer, como ella.
Pero, como ya he dicho, la princesa era prisionera en aquel castillo, del que nunca la dejaban salir. Ni siquiera en ocasiones especiales, como cuando algún circo iba a la ciudad, o cuando había torneos en honor a su padre.
Seguramente pensaréis que es lo típico, puesto que era una hermosa princesa en una típica historia con un típico monstruo en el castillo... pero aún no os he hablado del monstruo.
Era una bestia horrenda, terrible, cuya sola presencia provocaba escalofríos que helarían a un oso polar.
Pero esa criatura sólo mostraba su lado oscuro cuando le apetecía. Bajo la luz del sol, aparentaba ser un hombre de mediana edad, regordete y afable, que se llevaba bien con todos, pues su misión era mantener la paz en su reino. Y precisamente esa habilidad suya para fingir inocencia era lo más terrible del monstruo...
Sólo una persona había visto el verdadero rostro del rey, su faceta más terrorífica.
La princesa de ojos tristes.
Lo vio por primera vez un par de años atrás, la noche después de que terminase su primera menstruación...
Que su padre la visitase en sus aposentos era un acontecimiento extraño, pues sólo le veía a las horas de las comidas, y que lo hiciese de noche era aún más raro, si cabe.
En cuanto la luz de la luna iluminó sus facciones, ella supo que no era su padre.
La expresión amable del hombrecillo con corona que se sentaba al final de la enorme mesa del comedor no estaba en ningún rincón de aquel rostro.
Sus ojos, muy abiertos, la observaban con una avidez sádica que le hizo temblar.
Su labio inferior temblaba de un modo incontrolable, y, de vez en cuando, se lo mordía para tranquilizarlo, sin conseguirlo, o se relamía emitiendo un sonido de succión repugnante.
Su ceño estaba tenso... no fruncido, simplemente... tenso.
Su calma, su lentitud al caminar alrededor de la cama, como un depredador acechando a un conejillo, era lo más abrumador de todo...
Finalmente, el monstruo se lanzó sobre la princesa, e hizo que volviese a manchar las sábanas de rojo, tapándole la boca con una mano mientras cometía las atrocidades que le convertían en un monstruo.
Al terminar, la bestia le rugió al oído que no se lo contase a nadie, o la decapitaría, y a su madre también.
La princesa, encogida de dolor, miedo, e incomprensión, asintió.
Y le hizo caso.
El monstruo aún visitaba sus habitaciones de vez en cuando, y le susurraba al oído con voz ronca que sería suya para siempre, y que nunca, nunca la dejaría escapar de su castillo.
¿Recordáis que, cuando todo el mundo cree que la historia va muy mal, aparece el héroe y salva la situación?
Pues en esta historia, no hubo héroe. El monstruo tuvo un niño varón, heredero al trono, y lo crió para gobernar.
La princesa sufrió bajo la tiranía de la bestia tres años más, hasta que saltó por la ventana de su cuarto.
El monstruo siguió viviendo en el castillo con su descendiente, y fueron felices y comieron perdices.
Fin.
"-Cuando deseas algo tanto que cierras los ojos y lo pides con todas tus fuerzas, Dios es el que te ignora". Larry, en "La Isla"
Pues, por muy típico que os suene... había una vez una joven y hermosa princesa que vivía prisionera en un enorme, oscuro y lóbrego castillo, en el cual habitaba un monstruo tan horrible, que nunca aparecía en las historias infantiles por miedo a que los niños perdiesen su interés en la vida.
La princesa, que tenía trece años y empezaba a ser una mujer, tenía el cabello corto y negro, liso, y la piel extremadamente pálida. Su aspecto asemejaba el de una muñeca de porcelana, o de cristal... diseñada para adornar. En lugar de pintarse el rostro de colores alegres, solía pintarse los párpados de colores oscuros, y no sonreía. Como podéis ver, no era la típica princesita de cuento.
Su habitación tenía las puertas abiertas de par en par, y cientos de sirvientes cumplían cada una de sus peticiones. Tenía guardias que la custodiaban día y noche, y muchas jóvenes de su edad, pertenecientes a la corte, que intercambiaban chismes con ella e intentaban despertar su curiosidad por las intrigas amorosas o políticas del reino.
Ella rezaba en silencio a algún ente pagano para que la librase de aquella tortura con la muerte, si era necesario... pero nadie oía sus súplicas, y tenía que soportar horas y horas de incesante balbuceo sin sentido, día tras día.
Después, se marchaba a la biblioteca, donde pasaba la mayor parte del tiempo, eludiendo a sus maestros.
Allí, leía todo objeto legible que cayese en sus manos, y se llevaba especialmente bien con el ayudante del bibliotecario, un chico menudo y de facciones casi femeninas al que le empezaba a crecer una pelusilla divertida por la mandíbula y que se escondía entre las estanterías a leer, como ella.
Pero, como ya he dicho, la princesa era prisionera en aquel castillo, del que nunca la dejaban salir. Ni siquiera en ocasiones especiales, como cuando algún circo iba a la ciudad, o cuando había torneos en honor a su padre.
Seguramente pensaréis que es lo típico, puesto que era una hermosa princesa en una típica historia con un típico monstruo en el castillo... pero aún no os he hablado del monstruo.
Era una bestia horrenda, terrible, cuya sola presencia provocaba escalofríos que helarían a un oso polar.
Pero esa criatura sólo mostraba su lado oscuro cuando le apetecía. Bajo la luz del sol, aparentaba ser un hombre de mediana edad, regordete y afable, que se llevaba bien con todos, pues su misión era mantener la paz en su reino. Y precisamente esa habilidad suya para fingir inocencia era lo más terrible del monstruo...
Sólo una persona había visto el verdadero rostro del rey, su faceta más terrorífica.
La princesa de ojos tristes.
Lo vio por primera vez un par de años atrás, la noche después de que terminase su primera menstruación...
Que su padre la visitase en sus aposentos era un acontecimiento extraño, pues sólo le veía a las horas de las comidas, y que lo hiciese de noche era aún más raro, si cabe.
En cuanto la luz de la luna iluminó sus facciones, ella supo que no era su padre.
La expresión amable del hombrecillo con corona que se sentaba al final de la enorme mesa del comedor no estaba en ningún rincón de aquel rostro.
Sus ojos, muy abiertos, la observaban con una avidez sádica que le hizo temblar.
Su labio inferior temblaba de un modo incontrolable, y, de vez en cuando, se lo mordía para tranquilizarlo, sin conseguirlo, o se relamía emitiendo un sonido de succión repugnante.
Su ceño estaba tenso... no fruncido, simplemente... tenso.
Su calma, su lentitud al caminar alrededor de la cama, como un depredador acechando a un conejillo, era lo más abrumador de todo...
Finalmente, el monstruo se lanzó sobre la princesa, e hizo que volviese a manchar las sábanas de rojo, tapándole la boca con una mano mientras cometía las atrocidades que le convertían en un monstruo.
Al terminar, la bestia le rugió al oído que no se lo contase a nadie, o la decapitaría, y a su madre también.
La princesa, encogida de dolor, miedo, e incomprensión, asintió.
Y le hizo caso.
El monstruo aún visitaba sus habitaciones de vez en cuando, y le susurraba al oído con voz ronca que sería suya para siempre, y que nunca, nunca la dejaría escapar de su castillo.
¿Recordáis que, cuando todo el mundo cree que la historia va muy mal, aparece el héroe y salva la situación?
Pues en esta historia, no hubo héroe. El monstruo tuvo un niño varón, heredero al trono, y lo crió para gobernar.
La princesa sufrió bajo la tiranía de la bestia tres años más, hasta que saltó por la ventana de su cuarto.
El monstruo siguió viviendo en el castillo con su descendiente, y fueron felices y comieron perdices.
Fin.
"-Cuando deseas algo tanto que cierras los ojos y lo pides con todas tus fuerzas, Dios es el que te ignora". Larry, en "La Isla"
27/12/08
Huellas en la niebla
Va tras esa figura que camina por mitad de la calle, alejada de todo de un modo casi etéreo.
Se arrastra tras su grácil silueta, de pasos elegantes y felinos, que fluyen casi como la superficie de un lago mecida por el viento.
Levita como un satélite, cada vez más cerca de la marmórea faz y cuidado aspecto, impecable hasta en el más mínimo detalle (los brillantes zapatos negros, la cadena que sobresale de su chaqueta donde guarda el reloj de bolsillo, incluso ese mechón en apariencia rebelde que brilla, ónice, en su frente).
Se abraza con la desesperación del vacío a sus anchos hombros, casi como si el calor de su cuerpo fuese lo único capaz de sostenerle.
El sol se apagaba, ruborizado, en el horizonte, y las nubes se iban deshaciendo sobre su cabeza, a la par que las estrellas apuñalaban el cielo con su tenue brillo, y un pálido plateado difuminaba el aire y descoloreaba todo.
Pero seguía tras él, ominosamente cerca, siempre a una distancia prudencial, con expresión dolorida y aspecto difuminado.
Finalmente, aunque no dio muestras de percibir su presencia, fue encorvándose por el peso, y gruñendo de dolor por las emociones que revoloteaban a su alrededor, dudas y luces en la oscuridad.
La niebla, lentamente, lo alcanzó. Sus rasgos se volvieron irreconocibles. Las lágrimas hacían brillar sus ojos cuando se detuvo, la mirada fija en el reloj de bolsillo dorado que sostenía una mano temblorosa.
No pudo evitar escudriñar por encima de sus cansados hombros, con curiosidad, aunque sintiéndose culpable y sin abandonar esa mueca perenne de sufrimiento en su distorsionada realidad.
Unas iniciales en relieve. La rabia de sus pasos, que nunca dejaron de tener esa elasticidad propia de su compostura de caballero chapado a la antigua, cobraría sentido para otros. Lo que miraba por encima de su hombro y siempre le había seguido se limitaba a seguir lamentándose por algo, sin comprender. Al fin y al cabo, lo único que debía hacer era acompañarle hasta la niebla, donde lo perdería de vista, como siempre pasaba con todos. No le interesaba nada más, y quizá fuese eso lo que lo entristecía. O quizá fue cómo había cambiado todo para aquel hombre encorvado desde que ella encontró la niebla.
Un deambular frenético, incansable, de rápidos vistazos a las manecillas y farfulleos ocultos bajo una máscara impenetrable.
Al final, a pesar de haberlo abrazado con ansia tantos años, lo soltó, y, como siempre, todo lo que pudo hacer fue ver gris... y oír, alejándose, el eco de sus pasos en la niebla.
"There's nothing left but wasted years". Cold - Wasted Years
Se arrastra tras su grácil silueta, de pasos elegantes y felinos, que fluyen casi como la superficie de un lago mecida por el viento.
Levita como un satélite, cada vez más cerca de la marmórea faz y cuidado aspecto, impecable hasta en el más mínimo detalle (los brillantes zapatos negros, la cadena que sobresale de su chaqueta donde guarda el reloj de bolsillo, incluso ese mechón en apariencia rebelde que brilla, ónice, en su frente).
Se abraza con la desesperación del vacío a sus anchos hombros, casi como si el calor de su cuerpo fuese lo único capaz de sostenerle.
El sol se apagaba, ruborizado, en el horizonte, y las nubes se iban deshaciendo sobre su cabeza, a la par que las estrellas apuñalaban el cielo con su tenue brillo, y un pálido plateado difuminaba el aire y descoloreaba todo.
Pero seguía tras él, ominosamente cerca, siempre a una distancia prudencial, con expresión dolorida y aspecto difuminado.
Finalmente, aunque no dio muestras de percibir su presencia, fue encorvándose por el peso, y gruñendo de dolor por las emociones que revoloteaban a su alrededor, dudas y luces en la oscuridad.
La niebla, lentamente, lo alcanzó. Sus rasgos se volvieron irreconocibles. Las lágrimas hacían brillar sus ojos cuando se detuvo, la mirada fija en el reloj de bolsillo dorado que sostenía una mano temblorosa.
No pudo evitar escudriñar por encima de sus cansados hombros, con curiosidad, aunque sintiéndose culpable y sin abandonar esa mueca perenne de sufrimiento en su distorsionada realidad.
Unas iniciales en relieve. La rabia de sus pasos, que nunca dejaron de tener esa elasticidad propia de su compostura de caballero chapado a la antigua, cobraría sentido para otros. Lo que miraba por encima de su hombro y siempre le había seguido se limitaba a seguir lamentándose por algo, sin comprender. Al fin y al cabo, lo único que debía hacer era acompañarle hasta la niebla, donde lo perdería de vista, como siempre pasaba con todos. No le interesaba nada más, y quizá fuese eso lo que lo entristecía. O quizá fue cómo había cambiado todo para aquel hombre encorvado desde que ella encontró la niebla.
Un deambular frenético, incansable, de rápidos vistazos a las manecillas y farfulleos ocultos bajo una máscara impenetrable.
Al final, a pesar de haberlo abrazado con ansia tantos años, lo soltó, y, como siempre, todo lo que pudo hacer fue ver gris... y oír, alejándose, el eco de sus pasos en la niebla.
"There's nothing left but wasted years". Cold - Wasted Years
Suscribirse a:
Entradas (Atom)