La hipérbole es una figura retórica que, deliberadamente, supera la realidad que define o la lleva al extremo para provocar determinadas reacciones en el receptor.
Exageras.
Me resulta curioso eso de que la gente lo mire todo con tanto respeto cuando se utilizan palabras un poco inusuales.
Falacias, minucias, preponderancia, pudibundez...
Mentiras, tonterías, arrogancia, vergüenza.
Y no son palabras más válidas sólo por estar más escondidas en el diccionario que cada uno habla, ni implican más significado. Son sólo palabras, algo utilizado principalmente para comunicarse.
Pero, a ratos, la gente gusta de no darse a entender.
"Intelijencia, dame al nombre exacto de las cosas..." Juan Ramón Jiménez.
13/3/09
Pseudohogar
No soy ningún tipo especial. Más bien del montón.
Lo único de mí que suelo defender es lo que escribo. Puede que muchas de las palabras que use sobren, que me exceda con los adjetivos y le dé demasiadas vueltas a todo antes de llegar a lo que realmente interesa, pero… sigue siendo parte de mí. La parte que merece la pena, al menos eso creo, por muy egocéntrico que pueda pareceros.
Porque considero que escribo bien. Tal vez lo que escribo no sea perfecto, pero las personas tampoco lo son, y no pienso olvidar que, al final, todos los textos no son más que un pedacito de alguien. Un trocito de su alma que ha querido sacar de su mente para que otros puedan verlo. Quizá para que una persona lo vea.
Incluso existe la posibilidad de que sólo quiera repasarlo una y otra vez, sin intención de sacarlo nunca a la luz más que para leerlo encogido sobre él, para acariciar las letras y sonreír ausentemente, orgulloso de su creación.
Bueno… orgulloso de sí mismo, sí. ¿Por qué no? No es malo, que yo sepa.
En definitiva: lo que escribo es lo único que considero “destacable” de mi persona.
Es posible que no demasiado, pero eso no tiene mucha importancia.
Y, por ser tan normal, tan simple en mi reflejo… me sentía fuera de lugar allí.
Las nubes ocultaban las estrellas; sólo una esquirla de luna podía adivinarse asomándose a un desgarrón en el cielo. Esa oscuridad casi completa se reflejaba en el negro mar, que, curiosamente, parecía nervioso. No por unas olas desmesuradas ni un excesivo chapoteo. El oleaje era errático, o al menos así lo oía yo. Tuve la ligera impresión de que estaba nervioso por no ver a la luna, cuando tienen una relación tan íntima…
Hacía una bonita noche. Tranquila.
Una cálida sensación se había apoderado de mí, transportándome más allá de todo eso.
Como si mi cuerpo, mis sentidos, siguiesen en el mismo sitio, y mi mente se hubiese ido a otra parte.
Oía el mar, podía oler la brisa salada… aunque no estaba en la playa.
No veía nada porque tenía los ojos cerrados.
El frío cemento en el que estaba sentado, los sonidos de los coches… el viento que en realidad enmarañaba mi pelo, las luces de la ciudad que traspasaban en parte mis párpados… las imágenes en mi cabeza de su última historia, conmovedora y que llegaba, como siempre, a despertar algo dentro de mí…
Aunque sentía todas esas cosas, también creía estar en una casa.
Un ático, para ser más concreto. Su ático. O futuro ático. Agh…
Un salón, en el que estaba la cocina, parapetada tras una barra americana.
No era especialmente grande, aunque tampoco pequeño. El techo inclinado hacia la derecha, así que tenías que agacharte al entrar, hasta que estuvieses algo más en el centro, donde unos cómodos sofás rojos y negros, rodeados de “pufs” y enormes cojines, con una mesa de cristal baja en medio, prometían una velada agradable.
Libros, la mayoría de autor anónimo o con pseudónimos, adornaban unas estanterías viejas, de tiempos más humildes, que estaban alineadas en la pared a la derecha, donde estaba la entrada a la habitación y el baño.
Un minibar (sí, como los de esas películas antiguas) se escondía en el rincón de la izquierda.
Al fondo, un balcón con un banco de madera y numerosas plantas florales. Muchas enredaderas, que colgaban incluso hasta varios metros por debajo de su piso.
Cada macetero contenía unas flores distintas, para darle más colorido.
Amapolas, tulipanes, violetas, lirios, rosas…
En el cuarto, había una enorme cama redonda, con cabecero metálico antiguo, alto, de esos que tienen barras e intrincados dibujos de metal arriba. No tenía ni idea de cómo se lo había puesto.
Más estanterías.
Un escritorio forrado de fotos, poemas, fragmentos de historias, dibujos (tanto sobre papel como sobre la madera)…
Un portátil, y numerosos cuadernos amontonados: a los lados, debajo…
Una nevera pequeña en la esquina del fondo a la derecha, entre dos estanterías.
A la izquierda, oculta en parte por un estante, una ventana con cortinas grises y raídas, desde la que podía verse la esquina de un parquecito de abetos.
Justo a la derecha de la puerta, el cuarto de baño.
Losas azules hasta un metro y medio aproximadamente, y grises por encima, con pegatinas de burbujas negras y rojas… un baño totalmente blanco la habría deprimido.
La bañera era de esas antiguas, con patas de bronce que parecían las garras de un león, y un grifo dorado. Parecía cómoda.
Por fuera estaba recubierta de fotos y su letra, como el escritorio.
Tanto si escribía sus propias historias, como si acababa traduciendo las de desconocidos, cuya inmensa mayoría no merecía siquiera que alguien tan superior a ellos expresase con sus palabras lo que escribían… parecía que iba a tener un refugio donde ser feliz. Donde ser, al fin y al cabo, ella misma.
Es… ¿curioso? (en el sentido real de la palabra) que, tras leer la historia de que su alter ego se instalaba en una iglesia románica abandonada, se me ocurra algo así.
Otras veces he descrito otros lugares para ella. No sé, es… interesante… imaginarme algo así. Normalmente alguien imaginaría su propia casa, ¿no?...
Incluso imaginé cómo sería el castillo que (estoy seguro) es su mente. En un árbol, una mansión a veinte metros del suelo, con las habitaciones incrustadas en el tronco, que, aunque sólido, daba cierta impresión de ser translúcido… una de las salas tendría chimenea, ¿lo recuerdas?
“¿Qué cómo puede haber una chimenea en un árbol? Pues… no sé, los sueños son así…”…
- Y, ¿qué pasó con el reino de ensueño?
- Lo que pasa siempre con esas cosas. Alguien se despertó, y el sueño terminó…
(No recuerdo de quién es la cita ahora mismo).
Lo único de mí que suelo defender es lo que escribo. Puede que muchas de las palabras que use sobren, que me exceda con los adjetivos y le dé demasiadas vueltas a todo antes de llegar a lo que realmente interesa, pero… sigue siendo parte de mí. La parte que merece la pena, al menos eso creo, por muy egocéntrico que pueda pareceros.
Porque considero que escribo bien. Tal vez lo que escribo no sea perfecto, pero las personas tampoco lo son, y no pienso olvidar que, al final, todos los textos no son más que un pedacito de alguien. Un trocito de su alma que ha querido sacar de su mente para que otros puedan verlo. Quizá para que una persona lo vea.
Incluso existe la posibilidad de que sólo quiera repasarlo una y otra vez, sin intención de sacarlo nunca a la luz más que para leerlo encogido sobre él, para acariciar las letras y sonreír ausentemente, orgulloso de su creación.
Bueno… orgulloso de sí mismo, sí. ¿Por qué no? No es malo, que yo sepa.
En definitiva: lo que escribo es lo único que considero “destacable” de mi persona.
Es posible que no demasiado, pero eso no tiene mucha importancia.
Y, por ser tan normal, tan simple en mi reflejo… me sentía fuera de lugar allí.
Las nubes ocultaban las estrellas; sólo una esquirla de luna podía adivinarse asomándose a un desgarrón en el cielo. Esa oscuridad casi completa se reflejaba en el negro mar, que, curiosamente, parecía nervioso. No por unas olas desmesuradas ni un excesivo chapoteo. El oleaje era errático, o al menos así lo oía yo. Tuve la ligera impresión de que estaba nervioso por no ver a la luna, cuando tienen una relación tan íntima…
Hacía una bonita noche. Tranquila.
Una cálida sensación se había apoderado de mí, transportándome más allá de todo eso.
Como si mi cuerpo, mis sentidos, siguiesen en el mismo sitio, y mi mente se hubiese ido a otra parte.
Oía el mar, podía oler la brisa salada… aunque no estaba en la playa.
No veía nada porque tenía los ojos cerrados.
El frío cemento en el que estaba sentado, los sonidos de los coches… el viento que en realidad enmarañaba mi pelo, las luces de la ciudad que traspasaban en parte mis párpados… las imágenes en mi cabeza de su última historia, conmovedora y que llegaba, como siempre, a despertar algo dentro de mí…
Aunque sentía todas esas cosas, también creía estar en una casa.
Un ático, para ser más concreto. Su ático. O futuro ático. Agh…
Un salón, en el que estaba la cocina, parapetada tras una barra americana.
No era especialmente grande, aunque tampoco pequeño. El techo inclinado hacia la derecha, así que tenías que agacharte al entrar, hasta que estuvieses algo más en el centro, donde unos cómodos sofás rojos y negros, rodeados de “pufs” y enormes cojines, con una mesa de cristal baja en medio, prometían una velada agradable.
Libros, la mayoría de autor anónimo o con pseudónimos, adornaban unas estanterías viejas, de tiempos más humildes, que estaban alineadas en la pared a la derecha, donde estaba la entrada a la habitación y el baño.
Un minibar (sí, como los de esas películas antiguas) se escondía en el rincón de la izquierda.
Al fondo, un balcón con un banco de madera y numerosas plantas florales. Muchas enredaderas, que colgaban incluso hasta varios metros por debajo de su piso.
Cada macetero contenía unas flores distintas, para darle más colorido.
Amapolas, tulipanes, violetas, lirios, rosas…
En el cuarto, había una enorme cama redonda, con cabecero metálico antiguo, alto, de esos que tienen barras e intrincados dibujos de metal arriba. No tenía ni idea de cómo se lo había puesto.
Más estanterías.
Un escritorio forrado de fotos, poemas, fragmentos de historias, dibujos (tanto sobre papel como sobre la madera)…
Un portátil, y numerosos cuadernos amontonados: a los lados, debajo…
Una nevera pequeña en la esquina del fondo a la derecha, entre dos estanterías.
A la izquierda, oculta en parte por un estante, una ventana con cortinas grises y raídas, desde la que podía verse la esquina de un parquecito de abetos.
Justo a la derecha de la puerta, el cuarto de baño.
Losas azules hasta un metro y medio aproximadamente, y grises por encima, con pegatinas de burbujas negras y rojas… un baño totalmente blanco la habría deprimido.
La bañera era de esas antiguas, con patas de bronce que parecían las garras de un león, y un grifo dorado. Parecía cómoda.
Por fuera estaba recubierta de fotos y su letra, como el escritorio.
Tanto si escribía sus propias historias, como si acababa traduciendo las de desconocidos, cuya inmensa mayoría no merecía siquiera que alguien tan superior a ellos expresase con sus palabras lo que escribían… parecía que iba a tener un refugio donde ser feliz. Donde ser, al fin y al cabo, ella misma.
Es… ¿curioso? (en el sentido real de la palabra) que, tras leer la historia de que su alter ego se instalaba en una iglesia románica abandonada, se me ocurra algo así.
Otras veces he descrito otros lugares para ella. No sé, es… interesante… imaginarme algo así. Normalmente alguien imaginaría su propia casa, ¿no?...
Incluso imaginé cómo sería el castillo que (estoy seguro) es su mente. En un árbol, una mansión a veinte metros del suelo, con las habitaciones incrustadas en el tronco, que, aunque sólido, daba cierta impresión de ser translúcido… una de las salas tendría chimenea, ¿lo recuerdas?
“¿Qué cómo puede haber una chimenea en un árbol? Pues… no sé, los sueños son así…”…
- Y, ¿qué pasó con el reino de ensueño?
- Lo que pasa siempre con esas cosas. Alguien se despertó, y el sueño terminó…
(No recuerdo de quién es la cita ahora mismo).
4/3/09
Desvarío
En cuanto lo solté, dejó de ser sólo mi responsabilidad. Pero también dejó de ser mi secreto, y mi repentina vulnerabilidad me hizo tambalear, a la vez que mi libertad logró que llorase de alegría.
No más notas explicativas a pie de página, ni fílmicas excusas para escapar un rato.
No más nada.
Nada.
"Cause these words are my diary screamin' out aloud
And I know that you'll use them however you want to" Anna Nalick
No más notas explicativas a pie de página, ni fílmicas excusas para escapar un rato.
No más nada.
Nada.
"Cause these words are my diary screamin' out aloud
And I know that you'll use them however you want to" Anna Nalick
11/2/09
Un principio III
La luz difusa de la mañana a través de las cortinas me despertó. Oí el sonido de la cafetera en la cocina antes de abrir los ojos, y, al girarme en la cama, me descubrí solo. Me senté, frotándome los cansados párpados y buscando a tientas con el pie las zapatillas. Rocé con el tobillo los cuadros que había pintado la noche anterior, y me golpeé los dedos con la pata de la mesilla de noche. Finalmente, me agaché a buscarlas, sólo para ver que no estaban, así que, suspirando, seguí el aroma a café recién hecho.
Ella estaba de espaldas, con una de mis camisas y las zapatillas puestas.
Pero al volverse hacia mí, sonriente, tendiéndome un humeante y apetecible café, las quejas murieron en mi garganta, y me limité a suspirar de nuevo, dirigiéndome al salón con la taza en la mano.
Me dejé caer sobre el mar de cojines que utilizaba para fingir que el sofá no era tan incómodo como el rígido armazón de madera sugería, y encendí el televisor con desgana. Incendios.
El teléfono comenzó a sonar, y, al mirar el número, vi que era de la galería donde iba a exponer en un par de semanas. Eran sólo las ocho de la mañana, así que podía ignorarles unas horas más.
Ella empuñó el mando y apagó la tele con un gesto brusco, sentándose después a mi lado y apoyando su boca en mi hombro, dirigiéndome una de esas miradas enternecedoras que sólo las mujeres saben utilizar a la vez que daba vueltas a la taza de leche entre sus manos.
-Buenos días - susurró sonriéndome y rozando con sus labios mi cuello, sin morderlo ni besarlo, como usualmente hacía.
Gruñí.
Nos quedamos así mucho rato, ella vigilándome desde mi hombro sin dar un sorbo, y yo concentrado en mi café, ignorando el teléfono hasta que, la tercera vez que empezó a sonar, lo descolgue.
-Diga.
-Capullo.
Enarqué una ceja.
-¿Perdón?
-¿Por qué coño no respondes a mis llamadas? - era Alicia, mi representante, por así decirlo, y la que había organizado todo el asunto de la exposición - ¡Tienes que darme la lista de cuadros, la exposición es dentro de diez días y ni siquiera me has dicho cuántos vas a presentar, ni la temática!
-Es muy temprano para discutir... ¿cuántos puede exponer, como máximo, la galería esa de karx.. kark... la galería esa?
-Karkslyn - oh, ¿cómo podía habérseme olvidado? - Pues... creo que unos cincuenta, depende del tamaño, pero... ¿¡cuántos piensas traer!? - su tono alarmado era tan encantador.
-Pregunta cuál es el máximo, tamaños entre uno veinte por uno sesenta y dos metros, y ese es el número que me llevaré - quería vaciar el piso lo antes posible - Temática... eh... variada, retratos, paisajes, desnudos, surrealistas, ya sabes...
-Mmm... de acuerdo - seguramente se lo estaba apuntando. Siempre había sido organizada, y llevaba esa pequeña libretita con sus días perfectamente planificados. La pausa se alargó, y me imaginé que se debatía consigo misma para preguntarme algo personal - ¿Cómo estás?
-Bien, sigo aquí.
-Hace tiempo que no te veo - hacía tiempo que nadie me veía, en realidad - Me preocupo por ti - no pude evitar sonreír, mirando por la ventana en un gesto demasiado melancólico para esas horas - ¿Sigue... ella allí?
Rechiné los dientes. Si la maldita Imaginación no se hubiese entrometido, quizá le habría pedido salir a Alicia. Hacía seis meses que se había instalado en mi piso, que entró en mi vida, y Alicia creía que era una persona normal. No me creería si le dijese quién era en realidad, y tampoco me interesaba que pensase que me había vuelto loco. Me daba la impresión de que se llevaban mal.
-Sí, aún no he conseguido que se vaya... ¿hola? - la línea se había cortado.
Al volverme, ella estaba de pie junto al teléfono, apretando el botón de colgar. Parecía enfadada.
¡Celos!¡Ella, que, de un modo u otro, siempre acababa doblegándome!
Dejé el aucirular en su sitio y me fui a la habitación sacudiendo la cabeza.
-¿Qué haces? - me preguntó desde la puerta.
-Vestirme - respondí - Voy a dar una vuelta.
Me abrazó por detrás, apoyando su frente en mi espalda.
-Solo.
Noté que me aferraba con más fuerza.
-Por favor, no te enfades conmigo - murmuró con voz temblorosa - Es sólo que... no quiero que me dejes...
-¿Por qué yo?¿Por qué no sigues siendo como siempre? Con todos esos otros con mucho más talento, como el tipo del otro día, era un escritor famoso, ¿verdad?¿Por qué de pronto te quedas sólo conmigo?
Tembló. Iba a empezar a llorar.
-Voy a dar una vuelta - repetí, alejándome de ella - Solo.
Cerré de un portazo sin pretenderlo. Una vez en el ascensor, me dejé caer sobre el espejo y tragué saliva con dificultad. Tenía un sabor amargo en la boca, y no tenía nada que ver con el café.
"¡Tienen babosas en el cerebro!", Actriz Anónima #? en "Slither: La Plaga".
Ella estaba de espaldas, con una de mis camisas y las zapatillas puestas.
Pero al volverse hacia mí, sonriente, tendiéndome un humeante y apetecible café, las quejas murieron en mi garganta, y me limité a suspirar de nuevo, dirigiéndome al salón con la taza en la mano.
Me dejé caer sobre el mar de cojines que utilizaba para fingir que el sofá no era tan incómodo como el rígido armazón de madera sugería, y encendí el televisor con desgana. Incendios.
El teléfono comenzó a sonar, y, al mirar el número, vi que era de la galería donde iba a exponer en un par de semanas. Eran sólo las ocho de la mañana, así que podía ignorarles unas horas más.
Ella empuñó el mando y apagó la tele con un gesto brusco, sentándose después a mi lado y apoyando su boca en mi hombro, dirigiéndome una de esas miradas enternecedoras que sólo las mujeres saben utilizar a la vez que daba vueltas a la taza de leche entre sus manos.
-Buenos días - susurró sonriéndome y rozando con sus labios mi cuello, sin morderlo ni besarlo, como usualmente hacía.
Gruñí.
Nos quedamos así mucho rato, ella vigilándome desde mi hombro sin dar un sorbo, y yo concentrado en mi café, ignorando el teléfono hasta que, la tercera vez que empezó a sonar, lo descolgue.
-Diga.
-Capullo.
Enarqué una ceja.
-¿Perdón?
-¿Por qué coño no respondes a mis llamadas? - era Alicia, mi representante, por así decirlo, y la que había organizado todo el asunto de la exposición - ¡Tienes que darme la lista de cuadros, la exposición es dentro de diez días y ni siquiera me has dicho cuántos vas a presentar, ni la temática!
-Es muy temprano para discutir... ¿cuántos puede exponer, como máximo, la galería esa de karx.. kark... la galería esa?
-Karkslyn - oh, ¿cómo podía habérseme olvidado? - Pues... creo que unos cincuenta, depende del tamaño, pero... ¿¡cuántos piensas traer!? - su tono alarmado era tan encantador.
-Pregunta cuál es el máximo, tamaños entre uno veinte por uno sesenta y dos metros, y ese es el número que me llevaré - quería vaciar el piso lo antes posible - Temática... eh... variada, retratos, paisajes, desnudos, surrealistas, ya sabes...
-Mmm... de acuerdo - seguramente se lo estaba apuntando. Siempre había sido organizada, y llevaba esa pequeña libretita con sus días perfectamente planificados. La pausa se alargó, y me imaginé que se debatía consigo misma para preguntarme algo personal - ¿Cómo estás?
-Bien, sigo aquí.
-Hace tiempo que no te veo - hacía tiempo que nadie me veía, en realidad - Me preocupo por ti - no pude evitar sonreír, mirando por la ventana en un gesto demasiado melancólico para esas horas - ¿Sigue... ella allí?
Rechiné los dientes. Si la maldita Imaginación no se hubiese entrometido, quizá le habría pedido salir a Alicia. Hacía seis meses que se había instalado en mi piso, que entró en mi vida, y Alicia creía que era una persona normal. No me creería si le dijese quién era en realidad, y tampoco me interesaba que pensase que me había vuelto loco. Me daba la impresión de que se llevaban mal.
-Sí, aún no he conseguido que se vaya... ¿hola? - la línea se había cortado.
Al volverme, ella estaba de pie junto al teléfono, apretando el botón de colgar. Parecía enfadada.
¡Celos!¡Ella, que, de un modo u otro, siempre acababa doblegándome!
Dejé el aucirular en su sitio y me fui a la habitación sacudiendo la cabeza.
-¿Qué haces? - me preguntó desde la puerta.
-Vestirme - respondí - Voy a dar una vuelta.
Me abrazó por detrás, apoyando su frente en mi espalda.
-Solo.
Noté que me aferraba con más fuerza.
-Por favor, no te enfades conmigo - murmuró con voz temblorosa - Es sólo que... no quiero que me dejes...
-¿Por qué yo?¿Por qué no sigues siendo como siempre? Con todos esos otros con mucho más talento, como el tipo del otro día, era un escritor famoso, ¿verdad?¿Por qué de pronto te quedas sólo conmigo?
Tembló. Iba a empezar a llorar.
-Voy a dar una vuelta - repetí, alejándome de ella - Solo.
Cerré de un portazo sin pretenderlo. Una vez en el ascensor, me dejé caer sobre el espejo y tragué saliva con dificultad. Tenía un sabor amargo en la boca, y no tenía nada que ver con el café.
"¡Tienen babosas en el cerebro!", Actriz Anónima #? en "Slither: La Plaga".
1/2/09
Lacrimógeno (¡JA!)
Siento cómo mi casa intenta devorarme. Lo hace como las olas devoran la playa, lenta e inexorablemente. Las paredes se ciernen sobre mí, gritando al vacío que ha llegado a implantarse en mi día a día, aunque en realidad parece que me estén gritando a mí, culpándome por mi inacción, que se transmuta en indiferencia, y culpabilidad.
Toda mi rabia se escapa, impotente, en la comisura de mis abiertas sonrisas y el rabillo de mis cerradas lágrimas. Va diluyéndose, como arena en el agua, cuando dejo la mente en blanco al ponerme los auriculares y cierro mis cansados párpados.
La inactividad, encefalograma plano. Así he resuelto sobrellevar el conflicto. Viendo la caja tonta, o encerrándome en realidad virtual.
No me creo capaz de enfrentarme a la furiosa opresividad de un hogar cada vez más pequeño.
A ratos, lo descargo todo sobre un papel cada vez más abandonado, y busco a ciegas libros de tapa dura que amortigüen mis gritos.
Y el tipismo depresivo... evitado largamente, sólo con él me identifico ahora, rechinando los dientes con ferviente odio contra lo que parece mi nuevo yo, que emerge del oleaje que me desgasta con la ingenua expresión del que prefiere la ignorancia, del que la abraza con un suspiro de alivio.
¿Qué puedo hacer?
Si todo parece acelerar en caída libre mientras no me atrevo a saltar, inmóvil sobre los escombros de mi antigua vida.
Quiero poder elegir el final feliz de mi cuento. Quiero querer a alguien sin motivo. Quiero centrarme en mundos imaginarios, aún con los pies en la tierra. Quiero decir algo.
No sé que quiero decir.
Me ahogo.
Toda mi rabia se escapa, impotente, en la comisura de mis abiertas sonrisas y el rabillo de mis cerradas lágrimas. Va diluyéndose, como arena en el agua, cuando dejo la mente en blanco al ponerme los auriculares y cierro mis cansados párpados.
La inactividad, encefalograma plano. Así he resuelto sobrellevar el conflicto. Viendo la caja tonta, o encerrándome en realidad virtual.
No me creo capaz de enfrentarme a la furiosa opresividad de un hogar cada vez más pequeño.
A ratos, lo descargo todo sobre un papel cada vez más abandonado, y busco a ciegas libros de tapa dura que amortigüen mis gritos.
Y el tipismo depresivo... evitado largamente, sólo con él me identifico ahora, rechinando los dientes con ferviente odio contra lo que parece mi nuevo yo, que emerge del oleaje que me desgasta con la ingenua expresión del que prefiere la ignorancia, del que la abraza con un suspiro de alivio.
¿Qué puedo hacer?
Si todo parece acelerar en caída libre mientras no me atrevo a saltar, inmóvil sobre los escombros de mi antigua vida.
Quiero poder elegir el final feliz de mi cuento. Quiero querer a alguien sin motivo. Quiero centrarme en mundos imaginarios, aún con los pies en la tierra. Quiero decir algo.
No sé que quiero decir.
Me ahogo.
29/1/09
Un principio II
Parecía un día gris. No había nubes, ni nada parecido, pero los colores se difuminaban entre la rabia de un paso rápido y desesperado que rompía la habitual prisa controlada. Sobre el típico ruido un atípico grito resquebrajó la “quietud” como un cristal, y la multitud se giró, percatándose de la existencia de ese errabundo que se había detenido en mitad de la calle y les espetaba insultos mientras caminaba en círculos.
Les increpó hipocresía y monotonía tirándose de los pelos y gesticulando con grandiosidad, hasta que alguien se adelantó y le golpeó, reiniciando el sistema; fue sólo un incidente aislado.
Seguí caminando, decepcionado de que una voz discrepante hubiese sido acallada tan fácilmente. Aún no veía bien los colores, y sabía que no tenía nada que ver con putadas cotidianas como la muerte y los desengaños amorosos.
- No habría llegado a nada, de todas formas. No era tan original, nunca he sentido el impulso de acercarme a él – anunció ella a mi lado, indiferente. Ella era la que me hacía verlo todo a través del gris. Desde que se acopló en mi piso, veía de distintas formas cada día.
- Hace tiempo que no te acercas a nadie más – repliqué, violento – Ya va siendo hora.
- No quiero – frunció el ceño, haciendo pucheros otra vez, como siempre que sacaba a colación el tema – Quiero estar contigo.
- Pues yo empiezo a cansarme de ti.
No importaba lo cruel que fuese; como mucho, me retiraba la palabra unas horas y después se acercaba llorando y me abrazaba pidiéndome perdón. Sabía que ella simplemente no podía evitarlo, me lo explicó, que era caprichosa y casquivana por regla general, y era incapaz de resistirse a sus instintos, que en ese momento le decían que se quedase conmigo… pero de vez en cuando me desquitaba siendo desagradable. Después me sentía culpable y también me disculpaba.
Siempre acabábamos en la cama, rodeados de hojas, lienzos y nuevas letras y dibujos en la pared.
Esa es otra.
Mi casa se había vuelto una exposición de arte, sin mueble ni rincón inmaculado.
Entré en la papelería, y el dependiente nos dirigió una mirada nerviosa. Como cada vez que entrábamos.
- Dos paquetes de quinientos folios y cinco lienzos apaisados de ciento veinte por noventa. También el pincel más grueso que tengas y una caja de lápices.
Vacié uno de los estantes de pinturas, acrílicas, o acuarela, no me importaba.
Tras pagar, ella cogió una bolsa con botes de pintura, dejándome a mí otras dos, además de la que llevaba los lienzos y folios. Llevaba la bolsa cogida con las dos manos ante ella, y me miraba con actitud inocente.
No soportaba que se comportase como una niña cuando llevaba ese vestido de volantes blanco. Y ella lo sabía. Seguramente sonrió, pícara, en cuanto le di la espalda y salí de la tienda. La noté tras de mí dos segundos más tarde, incansable, y me cogió del brazo con lo que ella interpretaría por ternura.
Justo antes de que llegásemos a casa, un tipo de aspecto desgarbado se detuvo frente a nosotros con expresión de asombro. La miraba fijamente, y noté que ella se incomodaba.
- ¡Tú...! - de pronto, cayó de rodillas. Numerosas lágrimas se perdían en su rala barba negra y rizada, enturbiando su mirada de ojos azules - ¡Hacía... tanto tiempo...!
Lo comprendí enseguida. Seguramente era uno de sus muchos amantes. Me la quité de encima y abrí la puerta, dispuesto a dejarla hablar un rato con él, pero ella me siguió sin dirigirle una mirada siquiera.
- ¡Por favor! - suplicó con voz rota el hombre desaliñado - Desde que te fuiste... todo es tan doloroso... tan normal, ya nada es lo mismo, y, aunque sienta que puedo escribir, simplemente... ¡ninguna idea viene a mi cabeza! - resultaba patético - ¡Te necesito...!¡Por favor, vuelve!
- No - la frialdad en su voz me sorprendió. Nunca la había oído emplear ese tono. El rostro del interpelado se encogió en una mueca de dolor - No quiero.
Acto seguido, me empujó y cerró la puerta del bloque, subiendo las escaleras con ímpetu. Aún impactado por su crueldad, la seguí.
Cuando entramos en casa, ella parecía tan animada como siempre.
- ¿Qué quieres hacer hoy? - desvié la mirada, turbado. Seguramente quería evitar el tema.
- ¿Por qué... no has vuelto con él?
Su expresión pareció indecisa, como si no supiese si mostrarse dolida u ofendida.
- Llevas ya mucho tiempo conmigo. Sé que muchos otros dependen de ti, ¿por qué quedarte conmigo? Soy un fracasado, pero con todo lo que has hecho por mí, podré vivir una temporada larga sin ti, incluso el resto de mi vida si me lo monto bien, sin embargo, hay otros que te necesitan, que no pueden seguir adelante. ¿Por qué no vas con ellos?
Definitivamente, estaba dolida. A punto de llorar. Se le cayó la bolsa de las manos, y se acercó lentamente a mí.
- Pero... siempre... yo siempre... - me agarró la camiseta, y apoyó su frente en mi barbilla - ¿Por qué no quieres que esté aquí? Yo me esfuerzo, y... quiero estar contigo. Ahora quiero estar contigo. No quiero estar con nadie más.
Comenzó a sollozar en mi pecho. Suspiré, derrotado, y la abracé con todas mis fuerzas. Ya no me importaba tanto acaparar a la Imaginación.
No soportaba verla llorar.
"La vida es un único verso interminable", Gerardo Diego.
Les increpó hipocresía y monotonía tirándose de los pelos y gesticulando con grandiosidad, hasta que alguien se adelantó y le golpeó, reiniciando el sistema; fue sólo un incidente aislado.
Seguí caminando, decepcionado de que una voz discrepante hubiese sido acallada tan fácilmente. Aún no veía bien los colores, y sabía que no tenía nada que ver con putadas cotidianas como la muerte y los desengaños amorosos.
- No habría llegado a nada, de todas formas. No era tan original, nunca he sentido el impulso de acercarme a él – anunció ella a mi lado, indiferente. Ella era la que me hacía verlo todo a través del gris. Desde que se acopló en mi piso, veía de distintas formas cada día.
- Hace tiempo que no te acercas a nadie más – repliqué, violento – Ya va siendo hora.
- No quiero – frunció el ceño, haciendo pucheros otra vez, como siempre que sacaba a colación el tema – Quiero estar contigo.
- Pues yo empiezo a cansarme de ti.
No importaba lo cruel que fuese; como mucho, me retiraba la palabra unas horas y después se acercaba llorando y me abrazaba pidiéndome perdón. Sabía que ella simplemente no podía evitarlo, me lo explicó, que era caprichosa y casquivana por regla general, y era incapaz de resistirse a sus instintos, que en ese momento le decían que se quedase conmigo… pero de vez en cuando me desquitaba siendo desagradable. Después me sentía culpable y también me disculpaba.
Siempre acabábamos en la cama, rodeados de hojas, lienzos y nuevas letras y dibujos en la pared.
Esa es otra.
Mi casa se había vuelto una exposición de arte, sin mueble ni rincón inmaculado.
Entré en la papelería, y el dependiente nos dirigió una mirada nerviosa. Como cada vez que entrábamos.
- Dos paquetes de quinientos folios y cinco lienzos apaisados de ciento veinte por noventa. También el pincel más grueso que tengas y una caja de lápices.
Vacié uno de los estantes de pinturas, acrílicas, o acuarela, no me importaba.
Tras pagar, ella cogió una bolsa con botes de pintura, dejándome a mí otras dos, además de la que llevaba los lienzos y folios. Llevaba la bolsa cogida con las dos manos ante ella, y me miraba con actitud inocente.
No soportaba que se comportase como una niña cuando llevaba ese vestido de volantes blanco. Y ella lo sabía. Seguramente sonrió, pícara, en cuanto le di la espalda y salí de la tienda. La noté tras de mí dos segundos más tarde, incansable, y me cogió del brazo con lo que ella interpretaría por ternura.
Justo antes de que llegásemos a casa, un tipo de aspecto desgarbado se detuvo frente a nosotros con expresión de asombro. La miraba fijamente, y noté que ella se incomodaba.
- ¡Tú...! - de pronto, cayó de rodillas. Numerosas lágrimas se perdían en su rala barba negra y rizada, enturbiando su mirada de ojos azules - ¡Hacía... tanto tiempo...!
Lo comprendí enseguida. Seguramente era uno de sus muchos amantes. Me la quité de encima y abrí la puerta, dispuesto a dejarla hablar un rato con él, pero ella me siguió sin dirigirle una mirada siquiera.
- ¡Por favor! - suplicó con voz rota el hombre desaliñado - Desde que te fuiste... todo es tan doloroso... tan normal, ya nada es lo mismo, y, aunque sienta que puedo escribir, simplemente... ¡ninguna idea viene a mi cabeza! - resultaba patético - ¡Te necesito...!¡Por favor, vuelve!
- No - la frialdad en su voz me sorprendió. Nunca la había oído emplear ese tono. El rostro del interpelado se encogió en una mueca de dolor - No quiero.
Acto seguido, me empujó y cerró la puerta del bloque, subiendo las escaleras con ímpetu. Aún impactado por su crueldad, la seguí.
Cuando entramos en casa, ella parecía tan animada como siempre.
- ¿Qué quieres hacer hoy? - desvié la mirada, turbado. Seguramente quería evitar el tema.
- ¿Por qué... no has vuelto con él?
Su expresión pareció indecisa, como si no supiese si mostrarse dolida u ofendida.
- Llevas ya mucho tiempo conmigo. Sé que muchos otros dependen de ti, ¿por qué quedarte conmigo? Soy un fracasado, pero con todo lo que has hecho por mí, podré vivir una temporada larga sin ti, incluso el resto de mi vida si me lo monto bien, sin embargo, hay otros que te necesitan, que no pueden seguir adelante. ¿Por qué no vas con ellos?
Definitivamente, estaba dolida. A punto de llorar. Se le cayó la bolsa de las manos, y se acercó lentamente a mí.
- Pero... siempre... yo siempre... - me agarró la camiseta, y apoyó su frente en mi barbilla - ¿Por qué no quieres que esté aquí? Yo me esfuerzo, y... quiero estar contigo. Ahora quiero estar contigo. No quiero estar con nadie más.
Comenzó a sollozar en mi pecho. Suspiré, derrotado, y la abracé con todas mis fuerzas. Ya no me importaba tanto acaparar a la Imaginación.
No soportaba verla llorar.
"La vida es un único verso interminable", Gerardo Diego.
20/1/09
Debilidad
Las lágrimas duelen, y eso de que tienen un sabor salado es mentira. Son amargas, aún más que el café solo del Bar Paco, en la esquina de la manzana.
SIempre me he preguntado por qué tengo debilidad por los bares de las esquinas. Quizá sea una idea basada en leyendas de encrucijadas, o tenga algo que ver con escenas y escenas de besos robados bajo solitarias farolas. Realmente romántico y contemporáneo, todo.
Aún así, no hay nada en este mundo que identifique como mi punto débil tanto como la lluvia, y eso que se asemeja dolorosamente a las lágrimas. O hace que las cosas adopten formas similares a las que distingo cuando estoy llorando, no estoy muy seguro.
La cuestión es que odio llorar (y lo hago a menudo), pero me encanta la lluvia. Tiene esa melancolía decadentista que tanto me cautiva.
Aún con lo poco que todo esto le pueda importar a nadie, las cosas que la gente odia y ama tienen una relevancia capital en la vida de uno, aunque no nos demos cuenta. Se dice que el amor mueve montañas, refiriéndose a un amor romántico y a las montañas como una metáfora del mundo. Yo creo que alguien con pasión puede cambiar las cosas, y me salgo del esquema preconcebido de amar "a alguien". Hay quien ama la vida, su trabajo, sus creencias... y también están los que aman a gran escala. En ocasiones, cosas abstractas inventadas por ellos mismos, o creadas por otros.
Odiar, lo mismo.
Pero iba a hablar de las lágrimas.
Cada una de ellas esconde un recuerdo en el rabillo del ojo, y una aguja detrás, que se clava en la mirada desde dentro y deja fluir solo una imagen, un sonido, una fragancia... Todo lo que sale está en estado líquido, por lo que escapa rápidamente a lo más profundo que podemos enviarlo en el olvido. Pero no se queda ahí, porque el agua, con el calor, se evapora, arrastrando nuevas agujas para apuñalarnos. Por eso la gente intenta mantenerse fría. Pero el hielo es tan frágil como duro, y se resquebraja con facilidad.
Están (y estos me dan más pena que nadie, ya que piensan que no tienen ningún punto débil) los que lo pintan de piedra, e intentan creerse su propio cuadro insensible, hasta que el pasado o el futuro tambalean su presente.
Yo soy de los que dejan fluir el agua, a pesar de las agujas, y, en el fondo de mi memoria, siempre hay alguna que se me clava en la mirada al subir a la superficie, pero decidí hace tiempo soportarlo con toda la entereza posible.
Siempre he sentido debilidad por los héroes fantásticos, los que siguen adelante sin importar las dificultades que saben les esperan. Ese tipo de personas de las que casi no quedan en el mundo.
Siento debilidad por muchas cosas. Quizá sería más correcto decir "curiosidad vehemente", pero... me hace ilusión saber que aún no finjo tener el corazón de piedra.
SIempre me he preguntado por qué tengo debilidad por los bares de las esquinas. Quizá sea una idea basada en leyendas de encrucijadas, o tenga algo que ver con escenas y escenas de besos robados bajo solitarias farolas. Realmente romántico y contemporáneo, todo.
Aún así, no hay nada en este mundo que identifique como mi punto débil tanto como la lluvia, y eso que se asemeja dolorosamente a las lágrimas. O hace que las cosas adopten formas similares a las que distingo cuando estoy llorando, no estoy muy seguro.
La cuestión es que odio llorar (y lo hago a menudo), pero me encanta la lluvia. Tiene esa melancolía decadentista que tanto me cautiva.
Aún con lo poco que todo esto le pueda importar a nadie, las cosas que la gente odia y ama tienen una relevancia capital en la vida de uno, aunque no nos demos cuenta. Se dice que el amor mueve montañas, refiriéndose a un amor romántico y a las montañas como una metáfora del mundo. Yo creo que alguien con pasión puede cambiar las cosas, y me salgo del esquema preconcebido de amar "a alguien". Hay quien ama la vida, su trabajo, sus creencias... y también están los que aman a gran escala. En ocasiones, cosas abstractas inventadas por ellos mismos, o creadas por otros.
Odiar, lo mismo.
Pero iba a hablar de las lágrimas.
Cada una de ellas esconde un recuerdo en el rabillo del ojo, y una aguja detrás, que se clava en la mirada desde dentro y deja fluir solo una imagen, un sonido, una fragancia... Todo lo que sale está en estado líquido, por lo que escapa rápidamente a lo más profundo que podemos enviarlo en el olvido. Pero no se queda ahí, porque el agua, con el calor, se evapora, arrastrando nuevas agujas para apuñalarnos. Por eso la gente intenta mantenerse fría. Pero el hielo es tan frágil como duro, y se resquebraja con facilidad.
Están (y estos me dan más pena que nadie, ya que piensan que no tienen ningún punto débil) los que lo pintan de piedra, e intentan creerse su propio cuadro insensible, hasta que el pasado o el futuro tambalean su presente.
Yo soy de los que dejan fluir el agua, a pesar de las agujas, y, en el fondo de mi memoria, siempre hay alguna que se me clava en la mirada al subir a la superficie, pero decidí hace tiempo soportarlo con toda la entereza posible.
Siempre he sentido debilidad por los héroes fantásticos, los que siguen adelante sin importar las dificultades que saben les esperan. Ese tipo de personas de las que casi no quedan en el mundo.
Siento debilidad por muchas cosas. Quizá sería más correcto decir "curiosidad vehemente", pero... me hace ilusión saber que aún no finjo tener el corazón de piedra.
8/1/09
Un principio I
Crujió los nudillos. Mala señal. Eso significaba que empezaba a ponerse nervioso, y que su lógica cada vez tendría menos sentido.
Observó con inquietud a su interlocutora, que en esos momentos divagaba sobre finales felices y tristes. Primero, discutían de música. Luego, de política. Después, del amor; y, finalmente, de escribir y leer.
Sus opiniones eran tan dispares como contradictorias, y las peroratas sobre innovación y tradición o temática y semántica empezaban a perderse entre temblorosos argumentos pro o anti.
Absolutos. Serían pasadas las tres de la madrugada, y habían acabado hablando con absolutos. Parecía más una refriega que un debate amistoso. Los pues en mi opinión habían cedido el paso a rotundos noes e interrupciones, y el cansancio comenzaba a mellar sus pensamientos. Pero él se limitó a dar un nuevo trago a la cerveza, preguntándose por qué intentaban imponerse al otro sobre un tema tan ambiguo y subjetivo (a la par que paradójico) como la creación.
- Y es por eso que...
- Basta - la cortó con un tono seco. Ella lo miró fijamente, como dudando si mostrarse ofendida o indignada - Es tarde, y no llegaremos a ninguna parte discutiendo con argumentos ebrios y cansados. Sabes que me encanta escucharte casi tanto como a ti misma, pero me voy a dormir.
Y se fue a acostarse, satisfecho por haber sabido dejar a su imaginación con la palabra en la boca.
Observó con inquietud a su interlocutora, que en esos momentos divagaba sobre finales felices y tristes. Primero, discutían de música. Luego, de política. Después, del amor; y, finalmente, de escribir y leer.
Sus opiniones eran tan dispares como contradictorias, y las peroratas sobre innovación y tradición o temática y semántica empezaban a perderse entre temblorosos argumentos pro o anti.
Absolutos. Serían pasadas las tres de la madrugada, y habían acabado hablando con absolutos. Parecía más una refriega que un debate amistoso. Los pues en mi opinión habían cedido el paso a rotundos noes e interrupciones, y el cansancio comenzaba a mellar sus pensamientos. Pero él se limitó a dar un nuevo trago a la cerveza, preguntándose por qué intentaban imponerse al otro sobre un tema tan ambiguo y subjetivo (a la par que paradójico) como la creación.
- Y es por eso que...
- Basta - la cortó con un tono seco. Ella lo miró fijamente, como dudando si mostrarse ofendida o indignada - Es tarde, y no llegaremos a ninguna parte discutiendo con argumentos ebrios y cansados. Sabes que me encanta escucharte casi tanto como a ti misma, pero me voy a dormir.
Y se fue a acostarse, satisfecho por haber sabido dejar a su imaginación con la palabra en la boca.
6/1/09
Fuera
Se advierten espirales, sinsentidos y manillas de un reloj digital que brilla en una hueca madrugada. La oscuridad que rehúye un ojo acusador que la acorrala contra la esquina.
“¿Quién va?”
“El día, a borrarte”. Siempre ha perdido esta batalla, y su único consuelo es saber que su venganza no está tan lejos.
Y otra voz que se rebela, desde el apacible rostro dormido de una chica mujer que se viste de princesa para descansar.
“Ah, no, en mi casa gritos por la mañana ni hablar. ¿Pero qué os habéis creído?¡Fuera!”
Luz y sombra, dubitativas, miran los párpados cerrados de la joven.
“¿Ha sido ella?”
“No digas tonterías”.
“¡Sí, he sido yo!¿Qué hacéis aún aquí?¡Fuera, he dicho!”
Los eternos enemigos se entremiran.
“No podemos”, anuncian a la vez.
“Yo sin él no existo”, dice la noche.
“Y viceversa”, afirma el día.
La figura tendida en la cama no parece inmutarse, y vuelven ellas a intercambiar una mirada. Recuerdan que deberían luchar, pero no se atreven.
“¿Qué diablos pasa aquí?” exclama entonces alguien que ya estaba sin que los otros se diesen cuenta. “¡Nunca puedo estar parado!¡Debo moverme siempre!¿Por qué os habéis y me habéis detenido?”
Entonces lo reconocieron. Era el tiempo.
“¡Que no gritéis, he dicho!” replica el subconsciente de la princesa dormida. “Intento dormir, y pensar una solución a todo esto.”
Todos los segundos, las horas e incluso los siglos la observan, boquiabiertos.
“¿Ha sido ella?” preguntan con una misma voz.
“Eso parece” le susurran luz y oscuridad.
Se oye a alguien chistar, y el tiempo, el día y la noche se detienen, cohibidos.
“Llevo todo el día trabajando, dando placeres a otros sin derecho a tener el mío propio. Tantas otras noches hizo ella lo mismo. Mi cuerpo ya no es mío, pertenece al que lo compre. Nuestra mente es lo único aún libre, aunque adormecida mientras hago lo que hago para subsistir. Sólo cuando descansa encuentro reposo, y puedo soltar mis sueños, liberados al fin de cualquier prisión, incluidas espacio y tiempo. Nada existe, salvo su bienestar, y no permitiré que me avasallen”.
Sus poderosos y eternos oyentes empiezan a temblar, confusos y atemorizados por la firmeza de su tono y la promesa del más que probable desenlace.
“Duermo, y ningún ente, por muy atávica que sea su naturaleza, me privará de existir. ¡Soy un sueño!¡Libre de vosotros! Así que: ¡fuera, ninguna lógica absurda evitará que os eche!”
Ellos van a responder, pero no los deja.
“¡Marchaos!¡Dejadme ser!¡Y no me vengáis con eso de “yo estaba aquí antes”!¡Incluso el tiempo fue soñado, y el hombre me conoció antes de distinguir noche de día, inconscientemente, sólo tardó más en aprisionarme con un nombre!¡FUERA!”…
Y el tiempo, la luz y la oscuridad se fueron, dejando a la durmiente en el caos vacío más absoluto.
La joven prostituta, en verdad una princesa, se removió en la cama, frunciendo el ceño apenas en un gesto casi imperceptible. Y una única palabra escapó susurrando de sus labios antes de que volviese a dormir plácidamente.
- Fuera…
“¿Quién va?”
“El día, a borrarte”. Siempre ha perdido esta batalla, y su único consuelo es saber que su venganza no está tan lejos.
Y otra voz que se rebela, desde el apacible rostro dormido de una chica mujer que se viste de princesa para descansar.
“Ah, no, en mi casa gritos por la mañana ni hablar. ¿Pero qué os habéis creído?¡Fuera!”
Luz y sombra, dubitativas, miran los párpados cerrados de la joven.
“¿Ha sido ella?”
“No digas tonterías”.
“¡Sí, he sido yo!¿Qué hacéis aún aquí?¡Fuera, he dicho!”
Los eternos enemigos se entremiran.
“No podemos”, anuncian a la vez.
“Yo sin él no existo”, dice la noche.
“Y viceversa”, afirma el día.
La figura tendida en la cama no parece inmutarse, y vuelven ellas a intercambiar una mirada. Recuerdan que deberían luchar, pero no se atreven.
“¿Qué diablos pasa aquí?” exclama entonces alguien que ya estaba sin que los otros se diesen cuenta. “¡Nunca puedo estar parado!¡Debo moverme siempre!¿Por qué os habéis y me habéis detenido?”
Entonces lo reconocieron. Era el tiempo.
“¡Que no gritéis, he dicho!” replica el subconsciente de la princesa dormida. “Intento dormir, y pensar una solución a todo esto.”
Todos los segundos, las horas e incluso los siglos la observan, boquiabiertos.
“¿Ha sido ella?” preguntan con una misma voz.
“Eso parece” le susurran luz y oscuridad.
Se oye a alguien chistar, y el tiempo, el día y la noche se detienen, cohibidos.
“Llevo todo el día trabajando, dando placeres a otros sin derecho a tener el mío propio. Tantas otras noches hizo ella lo mismo. Mi cuerpo ya no es mío, pertenece al que lo compre. Nuestra mente es lo único aún libre, aunque adormecida mientras hago lo que hago para subsistir. Sólo cuando descansa encuentro reposo, y puedo soltar mis sueños, liberados al fin de cualquier prisión, incluidas espacio y tiempo. Nada existe, salvo su bienestar, y no permitiré que me avasallen”.
Sus poderosos y eternos oyentes empiezan a temblar, confusos y atemorizados por la firmeza de su tono y la promesa del más que probable desenlace.
“Duermo, y ningún ente, por muy atávica que sea su naturaleza, me privará de existir. ¡Soy un sueño!¡Libre de vosotros! Así que: ¡fuera, ninguna lógica absurda evitará que os eche!”
Ellos van a responder, pero no los deja.
“¡Marchaos!¡Dejadme ser!¡Y no me vengáis con eso de “yo estaba aquí antes”!¡Incluso el tiempo fue soñado, y el hombre me conoció antes de distinguir noche de día, inconscientemente, sólo tardó más en aprisionarme con un nombre!¡FUERA!”…
Y el tiempo, la luz y la oscuridad se fueron, dejando a la durmiente en el caos vacío más absoluto.
La joven prostituta, en verdad una princesa, se removió en la cama, frunciendo el ceño apenas en un gesto casi imperceptible. Y una única palabra escapó susurrando de sus labios antes de que volviese a dormir plácidamente.
- Fuera…
5/1/09
Suscribirse a:
Entradas (Atom)