Anoche cenamos sushi. Y pollo yakitori, y alitas con salsa especial, y un par de cosas más, y sake, pero sin duda lo mejor fueron las charlas sobre fenómenos paranormales, las discusiones otakus, los piques de cultura general y la mítica frase que comenzó la noche.
- Espero que todo salga bien y no llueva ni na.
- Tira un dado.
...simplemente magnífico.
30/5/09
28/5/09
Qué wapo xDD
Gocheando a David Frost:
1 - Ve a Wikipedia. Elige artículo aleatorio.
El primer artículo que te salga del random es el nombre de tu banda.
2 - Ve a Wikiquote. Igual que antes, elige un artículo aleatorio.
Las últimas cuatro o cinco palabras de la última frase célebre (quotation) será el título de tu primer álbum.
3 - Ve a Flickr y click en "explore the last seven days".
Tercera foto, no importa lo que salga, esa será la portada de tu disco.
Nombre de la banda: Socorro Rojo Internacional
Nombre del primer álbum: El pariente pobre de la democracia (cita de Marcelino Camacho)
Portada del disco: Aquí
1 - Ve a Wikipedia. Elige artículo aleatorio.
El primer artículo que te salga del random es el nombre de tu banda.
2 - Ve a Wikiquote. Igual que antes, elige un artículo aleatorio.
Las últimas cuatro o cinco palabras de la última frase célebre (quotation) será el título de tu primer álbum.
3 - Ve a Flickr y click en "explore the last seven days".
Tercera foto, no importa lo que salga, esa será la portada de tu disco.
Nombre de la banda: Socorro Rojo Internacional
Nombre del primer álbum: El pariente pobre de la democracia (cita de Marcelino Camacho)
Portada del disco: Aquí
25/5/09
Entre las cenizas del recuerdo III
¿Qué parece el rastro de la gente? Vasos rotos, oscuridad prematura y bolsas vacías. Voces de fondo, es todo lo que queda, fundido en negro, como en una foto antigua escalas de grises que recuerdan irremediablemente a una noche de fiesta cualquiera, a una juventud desfasada, a un polvo fácil, que se rememora sólo entre amigos. Los pasos se adueñan del consciente bebedor que saborea ron entre labios desconocidos.
Su pulso se acelera inexplicablemente con las luces semiapagadas de las farolas.
El escritor sonríe irónicamente, abrazado a su sobriedad como un náufrago a un madero, desesperada e inútilmente. Tarde o temprano sus dedos perderán la fuerza, su sobriedad se disipará entre bocanadas de agónica esperanza, y su coma etílico sucumbirá junto a desconocidos rostros en desconocidas mañanas que saben a alcohol. El escritor observa a su amigo, pintor, que bebe café entre inconsciencias.
- Te dije que no bebieses.
- Cállate.
Sí, eso, te lo dijes. Siempre te lo dijes, siempre con la razón. ¿Qué sentirá la gente que tiene siempre la razón?, se pregunta con desenfocadas pupilas mientras imagina empuñar un bolígrafo para ponerse surrealista. Está tan acostumbrado a equivocarse que ni con su prodigiosa imaginación es capaz de ponerse en la situación de alguien cuyas verdades siempre sean indiscutibles.
Además, era mucho mejor artista que él, y, aunque fuese su mejor amigo, esa envidia por su talento siempre había estado ahí agazapada, y ahora se bañaba con los cubatas, en una especie de orgía mental entre los recuerdos que afloraban a su semiconsciencia.
- Cállate, y sigue bebiendo tu asqueroso café.
- Pero te lo dije. Y aún estabas sobrio, así que podrías haberme oído. Te lo dije, ¿no?
- Ah, sobrio... sobrio... recuerdo cómo era eso... ¿cómo era eso?
- Como cuando podías tenerte en pie.
- Ja-ja... mira cómo me río. ¿Ves cómo me río? Me descojono con tus ocurrencias.
- Ni siquiera eres capaz de soltar un sarcasmo decente. Deberías parar ya. Los otros ya han parado.
- No tienen aguante, están todos por ahí tumbados ahogándose en su propio vómito.
- No es cierto, están en el salón, bailando, tú eres el que ha ido a vomitar, y ahora está tumbado en la cama de la habitación de invitados.
- Cállate.
- ¿Por qué te haces esto?
- ¿Y tú por qué crees? - recordó pensar algo parecido a "basta ya de polladas" - Porque me he entregado a una espiral autodestructiva melancólica digna de Baudelaire, ¡envidiadme, poetas del siglo XIX! - alza el puño e intenta incorporarse en una pose victoriosa - ¡Ni con vuestro opio y absenta...! - vomita - ¡...podéis ganarme!¡Porque estáis muertos!¡Ja! - vuelve a caer sobre la cama.
- Agh, qué asco, mira cómo has puesto el suelo, está todo perdido...
- Creí haberte dicho que te callases.
- Cállate tú, ¿no te jode?¿Quién crees que tendrá que limpiar después? Ésta es mi casa, capullo, y has vomi... ¡Dios!¿Qué cojones es eso?¿Chorizo?¿Es que no masticas?
- De vez en cuando se me olvida, no creí que me lo tuvieses en cuenta.
- Tu vida se ha convertido en alcohol, comida basura y putas, ¿qué coño te pasa?¿De verdad que estás en una espiral autodestructiva? - el pintor calló un momento. Entre la oscuridad de la habitación y los nublados sentidos del escritor, su rostro en sombras parecía desaparecer en la noche - ¿Es por ella?
- Cállate.
- ¡Oh, sí que es por ella!¿Por qué? - parecía enfadado. Con razón, a no ser que el alcohol también hubiese empezado a borrarle la memoria (cosa que agradecería), el escritor tenía construida la teoría de que aquel gran amigo suyo iba tras su culo - Ya han pasado casi dos años, ¿no crees que el tiempo razonable de lloriqueos pasó hace tiempo?
- Que te calles, ¡he dicho! - se incorporó en la cama, quedando frente a su amigo, que le tendió un botellín de agua. Se limitó a echárselo por el cuello, deseando con todas sus fuerzas que los latidos en su cabeza acallasen o explotasen de una vez, que desapareciesen - No tienes ni idea.
- Oh, por supuesto, nunca tengo ni idea.
- Pues no, para tu información, eres un ignorante.
- Así que ahora soy un ignorante, ¿eh? - un brillo extraño asomaba a su mirada. "Bah, a la mierda con todo esto" recordó pensar justo antes de lanzarse al cuello del pintor.
Después, todo fue confuso, rápido y feroz, un amasijo de sábanas o imágenes con frases cortantes e irónicas.
- ¡AGH! Te sabe fatal la boca.
- Entonces no me beses ahí.
- ...has engordado.
- Que te calles.
A la mañana siguiente, el escritor se levantó con cuidado de no despertar al pintor, que tenía media espalda cubierta por esa melena de rizos negros que cuidaba con tanto cariño, y estaba expuesto al frío mordisco del viento matinal en el resto del cuerpo.
En el salón, cuerpos desnudos o semivestidos se cruzaban sobre las alfombras y los sofás, una pareja aún se movía y gemía tras la barra americana. Cogió un paquete de tabaco que estaba por el suelo y se adueñó de un cigarrillo, que se encendió al sentarse en la barra y mirar por el inmenso ventanal.
Estaban en un octavo piso, y se veía la ciudad, hasta lo lejos, donde un amanecer colorido y cuidadoso despertaba. La parte buena del atávico ciclo.
Un par de minutos después, mientras los gemidos subían de tono y el alba teñía de dorado calor los tejados, apagó el cigarro en un cenicero lleno a rebosar, mezclando en su imaginación sus memorias y vivencias con toda la noche pasada, rostros y momentos, fragancias y frases, voces y pieles... cenizas entre cenizas.
Y Jolene...
"Ella daba dos pasos hacia delante
Daba dos pasos hacia atrás
El primer paso decía buenos días señor
El segundo paso decía buenos días señora
Y los otros decían cómo está la familia
Hoy es un día hermoso como una paloma en el cielo
Ella llevaba una camisa ardiente
Ella tenía ojos de adormecedora de mares
Ella había escondido un sueño en un armario oscuro
Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza
Cuando ella llegaba dejaba una parte más hermosa muy lejos
Cuando ella se iba algo se formaba en el horizonte para esperarla
Sus miradas estaban heridas y sangraban sobre la colina
Tenía los senos abiertos y cantaba las tinieblas de su edad
Era hermosa como un cielo bajo una paloma
Tenía una boca de acero
Y una bandera mortal dibujada entre los labios
Reía como el mar que siente carbones en su vientre
Como el mar cuando la luna se mira ahogarse
Como el mar que ha mordido todas las playas
El mar que desborda y cae en el vacío en los tiempos de abundancia
Cuando las estrellas arrullan sobre nuestras cabezas
Antes que el viento norte abra sus ojos
Era hermosa en sus horizontes de huesos
Con su camisa ardiente y sus miradas de árbol fatigado
Como el cielo a caballo sobre las palomas". Vicente Huidobro
Su pulso se acelera inexplicablemente con las luces semiapagadas de las farolas.
El escritor sonríe irónicamente, abrazado a su sobriedad como un náufrago a un madero, desesperada e inútilmente. Tarde o temprano sus dedos perderán la fuerza, su sobriedad se disipará entre bocanadas de agónica esperanza, y su coma etílico sucumbirá junto a desconocidos rostros en desconocidas mañanas que saben a alcohol. El escritor observa a su amigo, pintor, que bebe café entre inconsciencias.
- Te dije que no bebieses.
- Cállate.
Sí, eso, te lo dijes. Siempre te lo dijes, siempre con la razón. ¿Qué sentirá la gente que tiene siempre la razón?, se pregunta con desenfocadas pupilas mientras imagina empuñar un bolígrafo para ponerse surrealista. Está tan acostumbrado a equivocarse que ni con su prodigiosa imaginación es capaz de ponerse en la situación de alguien cuyas verdades siempre sean indiscutibles.
Además, era mucho mejor artista que él, y, aunque fuese su mejor amigo, esa envidia por su talento siempre había estado ahí agazapada, y ahora se bañaba con los cubatas, en una especie de orgía mental entre los recuerdos que afloraban a su semiconsciencia.
- Cállate, y sigue bebiendo tu asqueroso café.
- Pero te lo dije. Y aún estabas sobrio, así que podrías haberme oído. Te lo dije, ¿no?
- Ah, sobrio... sobrio... recuerdo cómo era eso... ¿cómo era eso?
- Como cuando podías tenerte en pie.
- Ja-ja... mira cómo me río. ¿Ves cómo me río? Me descojono con tus ocurrencias.
- Ni siquiera eres capaz de soltar un sarcasmo decente. Deberías parar ya. Los otros ya han parado.
- No tienen aguante, están todos por ahí tumbados ahogándose en su propio vómito.
- No es cierto, están en el salón, bailando, tú eres el que ha ido a vomitar, y ahora está tumbado en la cama de la habitación de invitados.
- Cállate.
- ¿Por qué te haces esto?
- ¿Y tú por qué crees? - recordó pensar algo parecido a "basta ya de polladas" - Porque me he entregado a una espiral autodestructiva melancólica digna de Baudelaire, ¡envidiadme, poetas del siglo XIX! - alza el puño e intenta incorporarse en una pose victoriosa - ¡Ni con vuestro opio y absenta...! - vomita - ¡...podéis ganarme!¡Porque estáis muertos!¡Ja! - vuelve a caer sobre la cama.
- Agh, qué asco, mira cómo has puesto el suelo, está todo perdido...
- Creí haberte dicho que te callases.
- Cállate tú, ¿no te jode?¿Quién crees que tendrá que limpiar después? Ésta es mi casa, capullo, y has vomi... ¡Dios!¿Qué cojones es eso?¿Chorizo?¿Es que no masticas?
- De vez en cuando se me olvida, no creí que me lo tuvieses en cuenta.
- Tu vida se ha convertido en alcohol, comida basura y putas, ¿qué coño te pasa?¿De verdad que estás en una espiral autodestructiva? - el pintor calló un momento. Entre la oscuridad de la habitación y los nublados sentidos del escritor, su rostro en sombras parecía desaparecer en la noche - ¿Es por ella?
- Cállate.
- ¡Oh, sí que es por ella!¿Por qué? - parecía enfadado. Con razón, a no ser que el alcohol también hubiese empezado a borrarle la memoria (cosa que agradecería), el escritor tenía construida la teoría de que aquel gran amigo suyo iba tras su culo - Ya han pasado casi dos años, ¿no crees que el tiempo razonable de lloriqueos pasó hace tiempo?
- Que te calles, ¡he dicho! - se incorporó en la cama, quedando frente a su amigo, que le tendió un botellín de agua. Se limitó a echárselo por el cuello, deseando con todas sus fuerzas que los latidos en su cabeza acallasen o explotasen de una vez, que desapareciesen - No tienes ni idea.
- Oh, por supuesto, nunca tengo ni idea.
- Pues no, para tu información, eres un ignorante.
- Así que ahora soy un ignorante, ¿eh? - un brillo extraño asomaba a su mirada. "Bah, a la mierda con todo esto" recordó pensar justo antes de lanzarse al cuello del pintor.
Después, todo fue confuso, rápido y feroz, un amasijo de sábanas o imágenes con frases cortantes e irónicas.
- ¡AGH! Te sabe fatal la boca.
- Entonces no me beses ahí.
- ...has engordado.
- Que te calles.
A la mañana siguiente, el escritor se levantó con cuidado de no despertar al pintor, que tenía media espalda cubierta por esa melena de rizos negros que cuidaba con tanto cariño, y estaba expuesto al frío mordisco del viento matinal en el resto del cuerpo.
En el salón, cuerpos desnudos o semivestidos se cruzaban sobre las alfombras y los sofás, una pareja aún se movía y gemía tras la barra americana. Cogió un paquete de tabaco que estaba por el suelo y se adueñó de un cigarrillo, que se encendió al sentarse en la barra y mirar por el inmenso ventanal.
Estaban en un octavo piso, y se veía la ciudad, hasta lo lejos, donde un amanecer colorido y cuidadoso despertaba. La parte buena del atávico ciclo.
Un par de minutos después, mientras los gemidos subían de tono y el alba teñía de dorado calor los tejados, apagó el cigarro en un cenicero lleno a rebosar, mezclando en su imaginación sus memorias y vivencias con toda la noche pasada, rostros y momentos, fragancias y frases, voces y pieles... cenizas entre cenizas.
Y Jolene...
"Ella daba dos pasos hacia delante
Daba dos pasos hacia atrás
El primer paso decía buenos días señor
El segundo paso decía buenos días señora
Y los otros decían cómo está la familia
Hoy es un día hermoso como una paloma en el cielo
Ella llevaba una camisa ardiente
Ella tenía ojos de adormecedora de mares
Ella había escondido un sueño en un armario oscuro
Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza
Cuando ella llegaba dejaba una parte más hermosa muy lejos
Cuando ella se iba algo se formaba en el horizonte para esperarla
Sus miradas estaban heridas y sangraban sobre la colina
Tenía los senos abiertos y cantaba las tinieblas de su edad
Era hermosa como un cielo bajo una paloma
Tenía una boca de acero
Y una bandera mortal dibujada entre los labios
Reía como el mar que siente carbones en su vientre
Como el mar cuando la luna se mira ahogarse
Como el mar que ha mordido todas las playas
El mar que desborda y cae en el vacío en los tiempos de abundancia
Cuando las estrellas arrullan sobre nuestras cabezas
Antes que el viento norte abra sus ojos
Era hermosa en sus horizontes de huesos
Con su camisa ardiente y sus miradas de árbol fatigado
Como el cielo a caballo sobre las palomas". Vicente Huidobro
22/5/09
Entre las cenizas del recuerdo II
A veces, el amanecer despierta entre ronroneos y caricias, desperezándose con cuidado de no rozar la noche para que pueda descansar tranquila, estirando con adormecida lentitud y recién adquirido cuidado reverberantes nubes de mortecino color. En el vagar de las olas o el suave suspirar de la tierra, sobre escaleras y cieno o árboles y arena… tiñendo de ámbar y lila el horizonte.
Otras veces, sin embargo, su despertar es brusco, repentino, como el de un niño acosado por pesadillas, y entonces su inquietud golpea la oscuridad como un puño cerrado, sin suavidad ni cuidado alguno. Su respiración agitada remueve los cielos, y su frío sudor baña el viento, manchando de un gris sucio y resquebrajado de blanco la mañana.
El escritor lo sabía, lo había adivinado tras muchos cigarrillos de madrugada, y lo había llamado en su fuero interno “el atávico ciclo”.
Había copiado el gusto por la palabra “atávico” de una vieja amiga cuyo nombre se le escapaba entre los dedos por la culpabilidad, por no haber seguido en contacto, o algo parecido.
Aquella otra mañana, como muchas antes, era una de esas bruscas y repentinas.
Tiró el cigarro a medias, con una mueca resignada, consciente de que le esperaba un día amargo. No paró en la cafetería de abajo, notando ya en la boca el sabor a ceniza y café, a inspiración despechada y ajenidad.
Simplemente continuó caminando sin esperar ni encontrar nada, sin buscar tampoco; bueno, quizás un pequeño resquicio de mundo que no le mostrase que la melancolía, por inútil que fuese, seguía ahí. Añoraba esos días en los que no añoraba nada. Maldijo entre dientes por la redundancia, y sonrió agriamente por la ironía.
Los coches que pasaban por la calle aquel día parecían nuevos, recién lavados todos ellos, brillante el metal de la chapa y reflexivos los cristales. ¿Podrá un cristal, o un espejo, realmente reflexionar? Se preguntó sin prestar demasiada atención a lo que pensaba. ¿Y qué pensará un espejo?¿”Ojalá fuese más guapa ésta que se mira cada mañana”?¿”Quítate ya ese maldito bigote, ¿no ves que no te queda bien?”? Tenían que ser superficiales, por fuerza. Habían sido hechos para serlo.
Los cristales ya eran otra cosa. Dejaban pasar la luz (la mayor parte del tiempo), y observaban todo desde dos perspectivas, dentro y fuera. ¿Dónde estaba dentro, y dónde fuera? Para ellos no supondrá tanta diferencia, ¿no?
Volvió a maldecir entre dientes. Había llegado a un callejón sin salida, y no era una metáfora de sus infructuosas cavilaciones que ni intentaba responder (que también). Al dar media vuelta, se descubrió en una zona bastante alejada de la ciudad, donde la mañana, al parecer, ya había superado su mal despertar.
Y allí, acodado en un alféizar, vio a un joven de aspecto cansado y abatido. Su postura y expresión no parecían las típicas en una persona de su edad, que, por definición, suelen ser joviales. Al escritor se le antojó autocompasivo, y ahogó una nueva carcajada agria, pensando en espejos y reflexiones inútiles. Y melancolía.
Se apoyó en una parada de autobús, fingiendo esperar y espiando por el rabillo del ojo al chico de mirada acuosa. Oh, sí, melancolía y autocompasión, sin duda, todos los signos inequívocos. Semblante perdido en pensamientos o sentimientos malheridos, ceño fruncido en gesto de incredulidad, lagrimales gritando con inminencia, flojera en todo el cuerpo, manos temblorosas…
O a lo mejor estaba enfermo.
De pronto, sonó un timbre absurdo desde el bolsillo de su objeto de estudio, que, con la faz iluminada, sacó uno de esos móviles enanos de última generación, pero la esperanza murió en cuanto tuvo la pequeña pantalla ante sus ojos.
Desamor, aventuró con seguridad el escritor. No era ella.
El autobús llegó, y, para no seguir parado allí y revelar su escrutinio, subió, maldiciendo entre dientes. Se sentía cruel, pero algo mejor, a pesar de todo. Notó de nuevo ese sabor amargo, de despertar brusco, pero lo ignoró deliberadamente, fingiendo que tampoco paladeaba esas cenizas del recuerdo, esa añoranza, aunque fuese sólo unos instantes. A ratos, gustaba eso de contemplar a otro más desdichado y patético que uno mismo.
"Nadie recuerda un invierno tan frío como éste.
Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón,
pero no fue en invierno.
Mi amiga,
mi dulce amiga,
aquella que me amaba,
me dice que ha dejado de quererme.
No recuerdo un invierno tan frío como éste." Ángel González
"CREPÚSCULO, ALBUQUERQUE, INVIERNO
No fue un sueño,
lo vi:
La nieve ardía." Ángel González
Otras veces, sin embargo, su despertar es brusco, repentino, como el de un niño acosado por pesadillas, y entonces su inquietud golpea la oscuridad como un puño cerrado, sin suavidad ni cuidado alguno. Su respiración agitada remueve los cielos, y su frío sudor baña el viento, manchando de un gris sucio y resquebrajado de blanco la mañana.
El escritor lo sabía, lo había adivinado tras muchos cigarrillos de madrugada, y lo había llamado en su fuero interno “el atávico ciclo”.
Había copiado el gusto por la palabra “atávico” de una vieja amiga cuyo nombre se le escapaba entre los dedos por la culpabilidad, por no haber seguido en contacto, o algo parecido.
Aquella otra mañana, como muchas antes, era una de esas bruscas y repentinas.
Tiró el cigarro a medias, con una mueca resignada, consciente de que le esperaba un día amargo. No paró en la cafetería de abajo, notando ya en la boca el sabor a ceniza y café, a inspiración despechada y ajenidad.
Simplemente continuó caminando sin esperar ni encontrar nada, sin buscar tampoco; bueno, quizás un pequeño resquicio de mundo que no le mostrase que la melancolía, por inútil que fuese, seguía ahí. Añoraba esos días en los que no añoraba nada. Maldijo entre dientes por la redundancia, y sonrió agriamente por la ironía.
Los coches que pasaban por la calle aquel día parecían nuevos, recién lavados todos ellos, brillante el metal de la chapa y reflexivos los cristales. ¿Podrá un cristal, o un espejo, realmente reflexionar? Se preguntó sin prestar demasiada atención a lo que pensaba. ¿Y qué pensará un espejo?¿”Ojalá fuese más guapa ésta que se mira cada mañana”?¿”Quítate ya ese maldito bigote, ¿no ves que no te queda bien?”? Tenían que ser superficiales, por fuerza. Habían sido hechos para serlo.
Los cristales ya eran otra cosa. Dejaban pasar la luz (la mayor parte del tiempo), y observaban todo desde dos perspectivas, dentro y fuera. ¿Dónde estaba dentro, y dónde fuera? Para ellos no supondrá tanta diferencia, ¿no?
Volvió a maldecir entre dientes. Había llegado a un callejón sin salida, y no era una metáfora de sus infructuosas cavilaciones que ni intentaba responder (que también). Al dar media vuelta, se descubrió en una zona bastante alejada de la ciudad, donde la mañana, al parecer, ya había superado su mal despertar.
Y allí, acodado en un alféizar, vio a un joven de aspecto cansado y abatido. Su postura y expresión no parecían las típicas en una persona de su edad, que, por definición, suelen ser joviales. Al escritor se le antojó autocompasivo, y ahogó una nueva carcajada agria, pensando en espejos y reflexiones inútiles. Y melancolía.
Se apoyó en una parada de autobús, fingiendo esperar y espiando por el rabillo del ojo al chico de mirada acuosa. Oh, sí, melancolía y autocompasión, sin duda, todos los signos inequívocos. Semblante perdido en pensamientos o sentimientos malheridos, ceño fruncido en gesto de incredulidad, lagrimales gritando con inminencia, flojera en todo el cuerpo, manos temblorosas…
O a lo mejor estaba enfermo.
De pronto, sonó un timbre absurdo desde el bolsillo de su objeto de estudio, que, con la faz iluminada, sacó uno de esos móviles enanos de última generación, pero la esperanza murió en cuanto tuvo la pequeña pantalla ante sus ojos.
Desamor, aventuró con seguridad el escritor. No era ella.
El autobús llegó, y, para no seguir parado allí y revelar su escrutinio, subió, maldiciendo entre dientes. Se sentía cruel, pero algo mejor, a pesar de todo. Notó de nuevo ese sabor amargo, de despertar brusco, pero lo ignoró deliberadamente, fingiendo que tampoco paladeaba esas cenizas del recuerdo, esa añoranza, aunque fuese sólo unos instantes. A ratos, gustaba eso de contemplar a otro más desdichado y patético que uno mismo.
"Nadie recuerda un invierno tan frío como éste.
Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
Las estrellas tan altas son destellos de hielo.
Helado está también mi corazón,
pero no fue en invierno.
Mi amiga,
mi dulce amiga,
aquella que me amaba,
me dice que ha dejado de quererme.
No recuerdo un invierno tan frío como éste." Ángel González
"CREPÚSCULO, ALBUQUERQUE, INVIERNO
No fue un sueño,
lo vi:
La nieve ardía." Ángel González
15/5/09
Entre las cenizas del recuerdo I
Entre las cenizas del recuerdo, aún quedan algunos rescoldos, apenas capaces de humear, cuanto menos prender de nuevo lo que un día fueron. Ahí, escondida a simple vista, se oculta la melancolía, la triste añoranza de un tiempo pasado, cubierta de enfermizo polvo y agónicos sentidos borrosos, percibidos como a través de un cristal empañado.
Despierta del letargo a los durmientes, emociona a los apáticos, acobarda a los valientes y enternece a los duros.
Oprime el pecho y, de algún modo, consigue hacer saltar una lágrima. Se siente el ceño fruncido y se busca una ventana que traspasar con la mirada, o se contempla el vacío, a su falta.
La melancolía no enciende el rescoldo, sólo lo mantiene vivo a duras penas, como tomándolo con cariño entre las manos sólo para descubrir que aún quema.
Él sabe bien que esos restos empolvados en la memoria son irrecuperables, e irremplazables; desistió tiempo atrás de su vana búsqueda. Se conformó por una época con nuevas llamas, nuevas sensaciones que se volverían ceniza, pero seguía quemándose las manos con la melancolía.
Y cedió, como humano débil e imperfecto que era, a la invisible y ponzoñosa añoranza. Aún hoy cede.
Bajó otro día cualquiera a la cafetería, temprano como de costumbre, a unas horas que en otra época había considerado indecentes, y se encontró al dueño abriendo. Le sonrió sin esperar respuesta, consciente de que estaba ocupado, y se sentó a esperar su café con un cuaderno abierto sobre la barra, en blanco, y un bolígrafo encapuchado en la mano izquierda y un cigarro apagado en la derecha. A esperar inspiración.
Pero sólo le salía melancolía, como de costumbre también.
Prisionero de su propio pasado, esclavo vitalicio del recuerdo y las visiones borrosas de mejores tiempos; él ya sabía que abusaba de los suspiros, así como de los puntos suspensivos.
En los tiernos momentos de apagar el cigarrillo, vestir el bolígrafo, pagar el café y cerrar un cuaderno ahora escrito, vio o entrevió por el rabillo del ojo a una mujer de mirada cansada con una niña ruidosa que gritaba esporádicos "¡mamá!" cogida de su mano.
Se sentó a una mesa, la niña empuñó entonces una muñeca de su bolsito rosa de juguete y la sentó sobre la madera, frente a su diminuto rostro, dispuesta a hablar de algo al parecer de vital importancia, como sólo para un niño pueden tener vital importancia los horarios de los dibujos animados en la televisión, y su coincidencia con indeseadas obligaciones escolares.
Él se fijó en su agotada madre.
"Pensará en el pasado", se medio preguntó. "En cuando no la cansaban una hija, ni una casa, y le quitaban tiempo y felicidad..."
De improviso, la niña le dijo algo a su madre que iluminó su rostro con una radiante sonrisa y le valió un sonoro beso en la frente.
"No, no piensa en el pasado", decidió el escritor marchándose, decepcionado sin saber muy bien por qué, y suspirando.
"Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos." Manuel Machado
Despierta del letargo a los durmientes, emociona a los apáticos, acobarda a los valientes y enternece a los duros.
Oprime el pecho y, de algún modo, consigue hacer saltar una lágrima. Se siente el ceño fruncido y se busca una ventana que traspasar con la mirada, o se contempla el vacío, a su falta.
La melancolía no enciende el rescoldo, sólo lo mantiene vivo a duras penas, como tomándolo con cariño entre las manos sólo para descubrir que aún quema.
Él sabe bien que esos restos empolvados en la memoria son irrecuperables, e irremplazables; desistió tiempo atrás de su vana búsqueda. Se conformó por una época con nuevas llamas, nuevas sensaciones que se volverían ceniza, pero seguía quemándose las manos con la melancolía.
Y cedió, como humano débil e imperfecto que era, a la invisible y ponzoñosa añoranza. Aún hoy cede.
Bajó otro día cualquiera a la cafetería, temprano como de costumbre, a unas horas que en otra época había considerado indecentes, y se encontró al dueño abriendo. Le sonrió sin esperar respuesta, consciente de que estaba ocupado, y se sentó a esperar su café con un cuaderno abierto sobre la barra, en blanco, y un bolígrafo encapuchado en la mano izquierda y un cigarro apagado en la derecha. A esperar inspiración.
Pero sólo le salía melancolía, como de costumbre también.
Prisionero de su propio pasado, esclavo vitalicio del recuerdo y las visiones borrosas de mejores tiempos; él ya sabía que abusaba de los suspiros, así como de los puntos suspensivos.
En los tiernos momentos de apagar el cigarrillo, vestir el bolígrafo, pagar el café y cerrar un cuaderno ahora escrito, vio o entrevió por el rabillo del ojo a una mujer de mirada cansada con una niña ruidosa que gritaba esporádicos "¡mamá!" cogida de su mano.
Se sentó a una mesa, la niña empuñó entonces una muñeca de su bolsito rosa de juguete y la sentó sobre la madera, frente a su diminuto rostro, dispuesta a hablar de algo al parecer de vital importancia, como sólo para un niño pueden tener vital importancia los horarios de los dibujos animados en la televisión, y su coincidencia con indeseadas obligaciones escolares.
Él se fijó en su agotada madre.
"Pensará en el pasado", se medio preguntó. "En cuando no la cansaban una hija, ni una casa, y le quitaban tiempo y felicidad..."
De improviso, la niña le dijo algo a su madre que iluminó su rostro con una radiante sonrisa y le valió un sonoro beso en la frente.
"No, no piensa en el pasado", decidió el escritor marchándose, decepcionado sin saber muy bien por qué, y suspirando.
"Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
Mi pensamiento, entonces,
vaga junto a las tumbas de los muertos
y en torno a los cipreses y a los sauces
que, abatidos, se inclinan... Y me acuerdo
de historias tristes, sin poesía... Historias
que tienen casi blancos mis cabellos." Manuel Machado
1/5/09
27/4/09
El Vagabundo Anónimo
Guardó con delicadeza el destrozado cuaderno en la no menos ajada mochila, con las esquinas descosidas y el negro teñido de gris por los años, como su melena.
Se colocó bien las gafas, con cuidado de no despegar el precario celofán que sostenía una de las patillas. Y después se mesó la barba, la parte de su cuerpo que tenía menos canas. En la gorra sólo había unos treinta céntimos, después de pasarse toda la mañana leyendo poemas. Claro que no mucha gente allí, en el pueblecito costero de Wissant, al norte de Francia, entendía lo que chapurreaba aquel zarrapastroso individuo más allá de reconocer el español. A mí mismo me sorprendió escucharlo de pronto, allí en mitad de la Place de la Mairie, con esa voz profunda y rasgada por el alcohol, recitando con la maestría del que sabe lo que se hace muy bien.
Metió sus ganancias en un bolsillo de los rotos vaqueros que llevaba, y se caló la gorra, sacándose de repente un paquete de tabaco de la chaqueta y encendiéndose un cigarillo en lo que pareció un mismo movimiento. Tampoco pude verle guardarse el paquete.
Me acerqué a él, intrigado.
- Disculpe... - enarcó mucho las cejas.
- ¡ESPAÑOL! - exclamó abriendo mucho los brazos, como si fuese a estrecharme entre ellos. Me sobresalté, no sé si por el grito o por un gesto de entusiasmo tan hiperbólico, pero él me ahorró el bochorno de declinar su abrazo al dejar caer las manos, aún sonriente - Te invito a una cerveza.
Y, sin poder decirle nada, me dejé guiar hasta un bar a un lado de la plaza, cerca del ayuntamiento, mientras él hablaba de lo mucho que había extrañado Cádiz y Barcelona y Salamanca, y que hacía ya nueve años que no volvía por allí.
- Deux bières - pidió en cuanto se acodó en la barra. Dominaba bien el francés, pude comprobar, apenas se le notaba el acento. El camarero lo miró con aire extrañado, no supe si bien por su aspecto o por ese desparpajo natural que parecía exudar por todos sus poros. El hombre, que debió haber sido corpulento, aunque ahora tuviese la cara chupada y se le notase la delgadez bajo las ropas, sonreía, y se le formaba un hoyuelo en la mejilla izquierda. Sólo en la izquierda, extraño que me percatase de un detalle así. De ojos marrones y melena negra desgreñada, parecía un oso en mal momento - ¡Bien, bien!¿Cómo te llamas, amigo?
- Luis - con la cerveza, me refresqué la garganta, dispuesto a interrogarle sobre lo que había leído en la plaza. Tengo cierto interés en la literatura, ya saben, por mi trabajo, y me resultaba fascinante y del todo desconocida su lectura.
- Luis, Luis... ¿y a qué te dedicas, Luis?¿Qué haces en el culo de Francia? - su sonrisa era fiera, aunque amistosa. No tenía los dientes picados, ni le faltaba ninguno que yo viese. Fue una observación hecha desde el prejuicio, y después me sentí mal por ello.
- Pues soy periodista - respondí. Decidí especificar - Crítico literario, para ser sincero, y me... - me interrumpieron sus carcajadas. Vi que, entre risa y risa, pedía otra cerveza, y se me desorbitó la mirada al advertir que el primer vaso apenas tenía una fina capa de espuma en el fondo.
- ¿Crítico literario?¡Qué casualidad! Sí, desde luego que sí - su sonrisa era aún más abierta que antes, si cabía - Pero eso sigue sin explicar qué hace un español en el culo de Francia. No suelen venir aquí muchos turistas, no hay tanto que ver.
- En realidad venía para conocer a un escritor que, según me han informado, actualmente se encuentra en esta ciudad - respondí con cierta acritud. Me había costado mucho tiempo y dinero enterarme de dónde se escondía Hackford, y no me hacía mucha gracia compartir información que tanto me había esforzado en adquirir. Para evitar más preguntas incómodas, decidí ir al grano - ¿De quién era eso que leías ahí afuera? No me sonaba en absoluto, y no parecía una traducción.
- Era mío - respondió, aún con esa sonrisa de regocijo, y pidiendo otra cerveza. Dios, ¿cómo podía beber tan rápido?
- Tuyo... ¿tuyo? Pero... ¿cómo?
- Es una afición que tengo, me gusta escribir de vez en cuando y leérselo en voz alta a gente que no pueda entenderlo - vi que su sonrisa había menguado ligeramente - Así tengo por seguro que sus opiniones provienen de la más absoluta ignorancia e indiferencia, y del azar - debí fruncir el ceño o algo, ya que su expresión se volvió didáctica (si es que un rostro puede mostrar esa expresión) y comenzó a dar explicaciones - Alguien que esté contento, dirá que le ha gustado mucho. Alguien que esté triste, dirá que le ha parecido triste. Alguien cabrón dirá que no le ha gustado. Alguien cabreado que...
- Ya entiendo lo que quieres decir - le corté, terminándome mi primer vaso y pidiendo otra, tras lo que vi... ¡cuatro vasos vacíos!¡Y otro en su mano! - Pero me cuesta creer que algo así lo hayas escrito tú. Verás, soy crítico literario y...
- Eso ya lo has dicho - me respondió haciendo un aspaviento con la mano - No me interesa lo más mínimo. Ni tu trabajo ni tu opinión sobre cómo escribo - sonrió de nuevo - Quiero pasar un buen rato hablando con alguien en español, si no te importa.
Me tragué con la saliva las ansias de seguir preguntando, de inquirir (porque estaba seguro de que él no había escrito esos versos) y encontrarme con un escritor revelación.
Mis dos cervezas se convirtieron en seis vasos vacíos, y, junto a su codo, acabó apilada la nada desdeñable suma de catorce. Me preguntó sobre cosas de todo tipo; sobre cómo había cambiado la televisión en los últimos años, sobre quién gobernaba en ese momento, cómo iba la economía, qué grupos de rock estaban más de moda (no me interesa en especial el rock'n'roll, pero recuerdo mencionarle un nombre de pasada y verle llorar de alegría; pagaría por saber qué nombre era)... También me preguntó sobre mí, sobre mi trayectoria profesional y mi vida.
A cambio, me habló de sus viajes. Tenía cuarenta y ocho años, al parecer lamentaba mucho haber roto cierta promesa con una antigua amiga. De esos cuarenta y ocho, veintitrés los había pasado fuera de España, algunos trabajando, y otros, simplemente, errando de pueblo en pueblo, leyendo en voz alta sus relatos y poemas.
Cuanto más hablaba con él, más me sorprendía. Era un hombre muy culto, aunque desgarbado. Sus modales dejaban bastante que desear, y sus carcajadas, roncas y graves, eran irritantes. No le molestó hablar sobre mi opinión respecto a textos más antiguos que los suyos, y he de admitir que me dejaron boquiabierto sus conocimientos sobre literatura. Más aún cuando me habló de la cultura japonesa, y me confesó que siempre había soñado con ir a Japón.
A lo largo de la tarde, una sospecha iba fraguándose en mi interior. Cuando anochecía y nos íbamos, yo a mi hotel y él a nosédónde, se lo pregunté directamente.
- ¿Eres Hackford? - una extraña mezcla de ilusión y decepción se debatían en mi interior. Desde luego, aquel vagabundo había demostrado ser mucho más de lo que aparentaba en un principio, pero mi escritor favorito se me había antojado siempre un hombre mucho más... rico, para empezar y por lógica, y refinado, por su rectitud y dominio del estilo al escribir. Abrió mucho los ojos en un gesto que para nada podía ser ensayado o fingido, y se rió a carcajadas.
- No, amigo, no soy tu escritor - de nuevo esa sonrisa salvaje. En sus ojos se adivinaba incluso cierto brillo de locura - Pero le diré que lo buscas, si lo encuentro.
Cuando nos separamos, me sentí extrañamente bien. Contento, de algún modo, de haber conocido a una persona tan indudablemente especial. Incluso empezaba a creerme que él había escrito esa poesía que recitaba en la Plaza del Ayuntamiento... Llegué a mi hotel como pude, consciente de pronto de las seis cervezas que había tomado sin apenas almorzar, y me tumbé en la cama sin desvestirme ni cenar, agotado. Flotó por mi consciencia el reproche por no haberle preguntado su nombre al vagabundo, al final...
Al día siguiente, en el diario de Wissant, lo vi de nuevo. Su foto sobre un artículo rocambolesco y macabro.
Lo habían encontrado desnudo en una fuente, a medianoche, toda su ropa doblada cuidadosamente en el borde de cemento, junto con su mochila. Tenía las muñecas cortadas. En el agua flotaban un paquete de tabaco vacío, seis colillas y dos botellines de cerveza.
Mi búsqueda en Wissant no me llevó a ninguna parte. Tampoco me esforcé demasiado, después de aquello que pasó con el vagabundo anónimo.
Así decidí llamarlo a partir de entonces, El Vagabundo Anónimo. Tengo la impresión de que a él le gustaría, que sonreiría con esa mirada fiera y estallaría en carcajadas, bebiéndose la cerveza de un trago.
Recuerdo a menudo cómo el último verso de aquel poema me hizo soltar el aire que había contenido todo el rato, mientras le escuchaba recitarlo con voz susurrante y sugerente, algo inaudito en un hombre.
"No me sale eso de vivir".
Hace ya dos años de esto.
Hackford no ha vuelo a publicar.
Pero aquella sorpresa, y aquella risa, no podían haber sido fingidas. Para nada.
Se colocó bien las gafas, con cuidado de no despegar el precario celofán que sostenía una de las patillas. Y después se mesó la barba, la parte de su cuerpo que tenía menos canas. En la gorra sólo había unos treinta céntimos, después de pasarse toda la mañana leyendo poemas. Claro que no mucha gente allí, en el pueblecito costero de Wissant, al norte de Francia, entendía lo que chapurreaba aquel zarrapastroso individuo más allá de reconocer el español. A mí mismo me sorprendió escucharlo de pronto, allí en mitad de la Place de la Mairie, con esa voz profunda y rasgada por el alcohol, recitando con la maestría del que sabe lo que se hace muy bien.
Metió sus ganancias en un bolsillo de los rotos vaqueros que llevaba, y se caló la gorra, sacándose de repente un paquete de tabaco de la chaqueta y encendiéndose un cigarillo en lo que pareció un mismo movimiento. Tampoco pude verle guardarse el paquete.
Me acerqué a él, intrigado.
- Disculpe... - enarcó mucho las cejas.
- ¡ESPAÑOL! - exclamó abriendo mucho los brazos, como si fuese a estrecharme entre ellos. Me sobresalté, no sé si por el grito o por un gesto de entusiasmo tan hiperbólico, pero él me ahorró el bochorno de declinar su abrazo al dejar caer las manos, aún sonriente - Te invito a una cerveza.
Y, sin poder decirle nada, me dejé guiar hasta un bar a un lado de la plaza, cerca del ayuntamiento, mientras él hablaba de lo mucho que había extrañado Cádiz y Barcelona y Salamanca, y que hacía ya nueve años que no volvía por allí.
- Deux bières - pidió en cuanto se acodó en la barra. Dominaba bien el francés, pude comprobar, apenas se le notaba el acento. El camarero lo miró con aire extrañado, no supe si bien por su aspecto o por ese desparpajo natural que parecía exudar por todos sus poros. El hombre, que debió haber sido corpulento, aunque ahora tuviese la cara chupada y se le notase la delgadez bajo las ropas, sonreía, y se le formaba un hoyuelo en la mejilla izquierda. Sólo en la izquierda, extraño que me percatase de un detalle así. De ojos marrones y melena negra desgreñada, parecía un oso en mal momento - ¡Bien, bien!¿Cómo te llamas, amigo?
- Luis - con la cerveza, me refresqué la garganta, dispuesto a interrogarle sobre lo que había leído en la plaza. Tengo cierto interés en la literatura, ya saben, por mi trabajo, y me resultaba fascinante y del todo desconocida su lectura.
- Luis, Luis... ¿y a qué te dedicas, Luis?¿Qué haces en el culo de Francia? - su sonrisa era fiera, aunque amistosa. No tenía los dientes picados, ni le faltaba ninguno que yo viese. Fue una observación hecha desde el prejuicio, y después me sentí mal por ello.
- Pues soy periodista - respondí. Decidí especificar - Crítico literario, para ser sincero, y me... - me interrumpieron sus carcajadas. Vi que, entre risa y risa, pedía otra cerveza, y se me desorbitó la mirada al advertir que el primer vaso apenas tenía una fina capa de espuma en el fondo.
- ¿Crítico literario?¡Qué casualidad! Sí, desde luego que sí - su sonrisa era aún más abierta que antes, si cabía - Pero eso sigue sin explicar qué hace un español en el culo de Francia. No suelen venir aquí muchos turistas, no hay tanto que ver.
- En realidad venía para conocer a un escritor que, según me han informado, actualmente se encuentra en esta ciudad - respondí con cierta acritud. Me había costado mucho tiempo y dinero enterarme de dónde se escondía Hackford, y no me hacía mucha gracia compartir información que tanto me había esforzado en adquirir. Para evitar más preguntas incómodas, decidí ir al grano - ¿De quién era eso que leías ahí afuera? No me sonaba en absoluto, y no parecía una traducción.
- Era mío - respondió, aún con esa sonrisa de regocijo, y pidiendo otra cerveza. Dios, ¿cómo podía beber tan rápido?
- Tuyo... ¿tuyo? Pero... ¿cómo?
- Es una afición que tengo, me gusta escribir de vez en cuando y leérselo en voz alta a gente que no pueda entenderlo - vi que su sonrisa había menguado ligeramente - Así tengo por seguro que sus opiniones provienen de la más absoluta ignorancia e indiferencia, y del azar - debí fruncir el ceño o algo, ya que su expresión se volvió didáctica (si es que un rostro puede mostrar esa expresión) y comenzó a dar explicaciones - Alguien que esté contento, dirá que le ha gustado mucho. Alguien que esté triste, dirá que le ha parecido triste. Alguien cabrón dirá que no le ha gustado. Alguien cabreado que...
- Ya entiendo lo que quieres decir - le corté, terminándome mi primer vaso y pidiendo otra, tras lo que vi... ¡cuatro vasos vacíos!¡Y otro en su mano! - Pero me cuesta creer que algo así lo hayas escrito tú. Verás, soy crítico literario y...
- Eso ya lo has dicho - me respondió haciendo un aspaviento con la mano - No me interesa lo más mínimo. Ni tu trabajo ni tu opinión sobre cómo escribo - sonrió de nuevo - Quiero pasar un buen rato hablando con alguien en español, si no te importa.
Me tragué con la saliva las ansias de seguir preguntando, de inquirir (porque estaba seguro de que él no había escrito esos versos) y encontrarme con un escritor revelación.
Mis dos cervezas se convirtieron en seis vasos vacíos, y, junto a su codo, acabó apilada la nada desdeñable suma de catorce. Me preguntó sobre cosas de todo tipo; sobre cómo había cambiado la televisión en los últimos años, sobre quién gobernaba en ese momento, cómo iba la economía, qué grupos de rock estaban más de moda (no me interesa en especial el rock'n'roll, pero recuerdo mencionarle un nombre de pasada y verle llorar de alegría; pagaría por saber qué nombre era)... También me preguntó sobre mí, sobre mi trayectoria profesional y mi vida.
A cambio, me habló de sus viajes. Tenía cuarenta y ocho años, al parecer lamentaba mucho haber roto cierta promesa con una antigua amiga. De esos cuarenta y ocho, veintitrés los había pasado fuera de España, algunos trabajando, y otros, simplemente, errando de pueblo en pueblo, leyendo en voz alta sus relatos y poemas.
Cuanto más hablaba con él, más me sorprendía. Era un hombre muy culto, aunque desgarbado. Sus modales dejaban bastante que desear, y sus carcajadas, roncas y graves, eran irritantes. No le molestó hablar sobre mi opinión respecto a textos más antiguos que los suyos, y he de admitir que me dejaron boquiabierto sus conocimientos sobre literatura. Más aún cuando me habló de la cultura japonesa, y me confesó que siempre había soñado con ir a Japón.
A lo largo de la tarde, una sospecha iba fraguándose en mi interior. Cuando anochecía y nos íbamos, yo a mi hotel y él a nosédónde, se lo pregunté directamente.
- ¿Eres Hackford? - una extraña mezcla de ilusión y decepción se debatían en mi interior. Desde luego, aquel vagabundo había demostrado ser mucho más de lo que aparentaba en un principio, pero mi escritor favorito se me había antojado siempre un hombre mucho más... rico, para empezar y por lógica, y refinado, por su rectitud y dominio del estilo al escribir. Abrió mucho los ojos en un gesto que para nada podía ser ensayado o fingido, y se rió a carcajadas.
- No, amigo, no soy tu escritor - de nuevo esa sonrisa salvaje. En sus ojos se adivinaba incluso cierto brillo de locura - Pero le diré que lo buscas, si lo encuentro.
Cuando nos separamos, me sentí extrañamente bien. Contento, de algún modo, de haber conocido a una persona tan indudablemente especial. Incluso empezaba a creerme que él había escrito esa poesía que recitaba en la Plaza del Ayuntamiento... Llegué a mi hotel como pude, consciente de pronto de las seis cervezas que había tomado sin apenas almorzar, y me tumbé en la cama sin desvestirme ni cenar, agotado. Flotó por mi consciencia el reproche por no haberle preguntado su nombre al vagabundo, al final...
Al día siguiente, en el diario de Wissant, lo vi de nuevo. Su foto sobre un artículo rocambolesco y macabro.
Lo habían encontrado desnudo en una fuente, a medianoche, toda su ropa doblada cuidadosamente en el borde de cemento, junto con su mochila. Tenía las muñecas cortadas. En el agua flotaban un paquete de tabaco vacío, seis colillas y dos botellines de cerveza.
Mi búsqueda en Wissant no me llevó a ninguna parte. Tampoco me esforcé demasiado, después de aquello que pasó con el vagabundo anónimo.
Así decidí llamarlo a partir de entonces, El Vagabundo Anónimo. Tengo la impresión de que a él le gustaría, que sonreiría con esa mirada fiera y estallaría en carcajadas, bebiéndose la cerveza de un trago.
Recuerdo a menudo cómo el último verso de aquel poema me hizo soltar el aire que había contenido todo el rato, mientras le escuchaba recitarlo con voz susurrante y sugerente, algo inaudito en un hombre.
"No me sale eso de vivir".
Hace ya dos años de esto.
Hackford no ha vuelo a publicar.
Pero aquella sorpresa, y aquella risa, no podían haber sido fingidas. Para nada.
Chasing cars
We'll do it all
Everything
On our own
We don't need
Anything
Or anyone
If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?
I don't quite know
How to say
How I feel
Those three words
Are said too much
They're not enough
If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?
Forget what we're told
Before we get too old
Show me a garden that's bursting into life
Let's waste time
Chasing cars
Around our heads
I need your grace
To remind me
To find my own
If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?
Forget what we're told
Before we get too old
Show me a garden that's bursting into life
All that I am
All that I ever was
Is here in your perfect eyes, they're all I can see
I don't know where
Confused about how it's wrong
Just know that these things will never change for us at all
If I lay here
If I just lay here
Would you lay with me and just forget the world?
Todo siempre tiene que tratar sobre sentirse solo entre una multitud. Todos siempre tienen que pensar que son más especiales que nadie, y que sólo puede haber una persona que les entienda, y que nadie más les va a hacer sentirse bien consigo mismos nunca más. Todos tienen que mirar a su alrededor y ver gris uniforme, y quieren evadirse, y todos quieren ignorar el mundo. Y se cabrean, y se imaginan como el típico cantante de pop/rock americano, andando mientras toda la calle se mueve a cámara rápida, cantando canciones cuando ni siquiera saben cantar ni entonar, y son incapaces de escribir nada que tenga ni la mitad de sentimiento que un poema sobre, pongamos, una ciudad, o geometría.
Se leen un par de libros que se cuentan entre los best-sellers (que, por cierto, son de los peores casi siempre) y ya creen ser cultos. Dan ropa vieja cuando hay una colecta y se creen humanitarios, caritativos. Ni siquiera saben si el vidrio va al cubo verde o al amarillo.
¿Qué hay de malo en ser uno más?¿Tanta necesidad tiene la gente de sentirse especial?¿Tan faltos de cariños estamos todos, a estas alturas?¿Siete mil millones de habitantes, y nos sentimos solos?¿Quién coño nos creemos que somos?
Despertar con las piernas débiles, bajar titubeando de la cama y encaminarse descalzo a la calle, a buscar hombres con traje gris para preguntarles si se sienten alienados, si creen que tienen prisa y siguen sin saber adónde van, preguntarles si son felices, preguntarles si han conseguido las respuestas a alguna duda existencial que nos corroa...
Descubrir que incluso esos autómatas, esas marionetas que criticábamos, son más felices que nosotros... ¿para esto n/os sirve sentirnos diferentes, especiales... superiores? Porque, no os engañéis, eso de creeros diferentes, a todos vosotros, os provoca la excitación del poder, de pensar que sois superiores a alguien. A tantos.
O somos.
Me pasé cuatro años en el instituto queriendo ser uno más, y luego he malgastado otros tantos queriendo ser alguien que contase. Y si dijese que a partir de ahora voy a cambiar, que voy a ser yo mismo y que les den a todos los que intenten encasillarme... no estoy seguro de poder decir con sinceridad que no mentiría. Cambiar no es tan fácil. Lo he intentado. He conseguido algunos logros (nada demasiado relevante, en realidad).
Y al final me pregunto si realmente merece la pena cualquier esfuerzo. Si no será mejor ser un ermitaño y gritar a cualquiera que se acerque a mí "¡¡FUERA DE MI BOSQUE!!". La sociedad es complicada, y no me llama la atención, pero resulta que tenemos que aprender a "convivir", ya ves tú, a quién se le ocurriría esa magnífica idea.
¿Y sigo intentando ser original con todo esto?¿O intento ser coherente, lógico? Con lo que a mí me gustan las absurdeces irracionales...
Pues yo quiero que la gente me entienda. Y quiero entender a la gente. Y no quiero quedarme con una persona. QUIERO, ME ENCANTAN, muchas personas, y las quiero para siempre, y serán bienvenidas todas aquellas que, con el tiempo, acabe queriendo también. Y quiero ser más conformista, y quiero no fumar tanto, y quiero que no me importe vivir en la calle. Y que les den a todos los especiales del mundo.
Yo quiero mi tanque.
20/4/09
Sueños
Cordura y locura. Todos estos relatos, esta serie de Sueños Perturbadores, se los dedico a Barbija, merecedora de tantas dedicatorias como la que más. Y en especial éste porque LOCURA es lo primero que pienso cuando voy a entrar en su blog.
Ella ladeó la cabeza, apoyándola en sus brazos, cruzados en el alféizar de la ventana con rejas y viendo la lluvia acariciar el mundo.
Aquella habitación se había convertido en su cárcel.
Una vez, fue su refugio, un lugar al que ir cuando se sentía decepcionada.
Ahora le obligaban a permanecer allí, y el aire cálido y acogedor que la había caracterizado hasta entonces desapareció.
Se volvió un habitáculo frío e inhumano, y sólo su música podía hacer su estancia en él más llevadera.
Ni siquiera podía salir al jardín, a bañarse en la piscina bajo la lluvia, como tantas veces antes había hecho.
Sólo podía observar aquel manto gris de humedad y libertad, de pureza, resplandecer bajo luces amortiguadas de neón mientras bañaba todo a su alrededor.
La lluvia siempre la había relajado. Le ayudaba a aclarar sus ideas. Mirando el cielo con los ojos cerrados, podía ver sus pensamientos revolotear, esquivando los pedazos de frío cielo y formando intrincados dibujos a los que ella daba sentido en su imaginación.
Le habían arrebatado la libertad. Le habían arrebatado la lluvia.
Le habían arrebatado a la única persona que alguna vez le había comprendido.
Muchas veces antes, cuando sus padres se iban, él venía y la llamaba desde el césped.
Nunca puso un pie en el interior. De hecho, la vez que su familia volvió antes de tiempo estaban en la piscina, desnudos, uno en brazos del otro.
Ya habían pasado tres meses de encierro.
Pronto, tendría que volver al instituto. Quizá entonces tendría la oportunidad de verle.
Pero una pregunta la corroía por dentro, impidiéndole pensar con claridad la mayoría del tiempo. ¿Y si él se había buscado a otra y la había ignorado?
No había habido ningún intento de acercamiento. Muchas noches, esperaba junto a la ventana, mirando fijamente la parte del muro que él solía saltarse, hasta que caía dormida, con el rostro apoyado en sus brazos y la mano agarrada a uno de los barrotes.
Había llorado en silencio la mitad del tiempo, imaginando que él había preferido evitarse volver a tener problemas.
Llegó a pensar que se había enamorado de un ideal, y no de una persona.
El día antes de que comenzase el curso, por la tarde, su padre le llevó una de esas odiosas pastillas y un vaso de agua.
Al principio, traía un tarro de pastillas, pero ella intentó tragárselas todas, y desde entonces sólo le llevaba una.
- La doctora ha llegado - le comunicó con voz derrotada. Ella le miró con odio. El rostro de su progenitor había degenerado; ahora estaba enjuto, y él, más delgado que nunca. Una mueca de preocupación había permanecido en su rostro desde que descubriese a su hija con un chico en la piscina.
Ella se tragó la medicación, pero le escupió parte del agua a la cara. Sabía que, si no se la tomaba, él la obligaría, como ya había hecho otras veces.
Él bajó la mirada, evitando el contacto directo con los ojos de su hija, y salió por la puerta con cerrojo, dejando paso a una mujer con aspecto de bibliotecaria y expresión estirada que sonreía de un modo tenso e hipócrita.
La doctora pasó y pidió permiso para sentarse. Ella enarcó una ceja y le dijo que se sentase donde siempre. Ya estaba harta de esa falsa formalidad.
Encendió su música, y miró con aprensión a la doctora, que seguía el ritmo de la frenética batería con sus deportivas.
A pesar de su aspecto, alguna vez debió ser un alma rebelde, libre, pues conocía muchos grupos antiguos, clásicos, y otros que ella nunca había oído nombrar, pero que también le gustaban.
- ¿Seguirás insistiendo en tu actitud hacia "él"? - preguntó la doctora con profunda curiosidad. Ella sabía que sólo fingía.
- Ya lo hemos hablado mil veces - respondió con voz cansada y sin ganas de hablar de lo mismo. Siempre acababa dudando.
- Pero debes reconocer que tengo parte de razón - insistió la doctora - Si no, ¿cómo explicas que no haya aparecido desde entonces?
- Te acabo de decir que no quiero hablarlo - replicó apretando los labios. Había sido la doctora la que le pidió que la tutease, y a ella no le suponía ningún problema.
- Entonces, ¿debo entender que aún sigues creyendo que existió? - suspiró la psiquiatra.
- SÉ que EXISTE - repuso ella cruzando los brazos y frunciendo el ceño - No logrará hacerme dudar tan fácilmente.
- Pero desde que empezaste a medicarte no ha vuelto a aparecer, ¿cierto? - la doctora desenfocó la mirada, con expresión pensativa - Te propongo una prueba: te suspenderemos el medicamento, y, si vuelve a aparecer, entonces ¿admitirías que puede que sea una alucinación?
Ella abrió mucho los ojos, y se humedeció los labios, que se le habían secado de pronto. Si hacía eso, significaba que estaba dudando de él. Significaba que todo había sido producto de la esquizofrenia, un sueño. Y ella sabía (o creía) que no era así. Pero, por el contrario, si lo hacía... y él aparecía...
No. No podía ser un sueño. Tenía que hacerlo, no para demostrarse nada a sí misma, sino para demostrárselo a esa pedante, y a sus padres. Para demostrarles que aquel encierro era absurdo.
Asintió, y la doctora salió de la habitación con expresión triunfal.
Su padre dejó de llevarle pastillas, y todo siguió como hasta entonces. A la semana sin tomar su medicación, una sonrisa se dibujó en sus labios.
Pasó todo el viernes sonriendo, e incluso le sonrió a su padre, consciente de que al día siguiente la doctora tendría que tragarse sus palabras.
Esa noche, un repentino golpe en su ventana la despertó. Al incorporar la cabeza, aún somnolienta, una piedra rebotó en los barrotes, emitiendo un agudo sonido que le hizo terminar de despejarse.
Al abrir la ventana, le vio.
Allí estaba él, de pie en el césped, su figura recortada por la plateada luz de la luna llena.
Ella entornó los ojos, que le brillaron, y comenzó a sollozar, apoyándose en los barrotes.
Él, preocupado, trepó por la enredadera que llegaba hasta la habitación, y se sujetó a los hierros, mirándola con fijeza.
- ¿Qué te ocurre? - ella le miró a los ojos, y acarició su rostro por entre los barrotes.
- Sólo eres un sueño - le respondió con la voz rota de dolor. Él se mostró ofendido - Eres una fantasía...
- No sé si sentirme halagado u ofenderme, porque eso ha sonado bastante en serio - replicó él con una media sonrisa - Pero supongo que me lo merezco, teniendo en cuenta todo lo que he tardado en volver. He tenido problemas en mi casa, y no quería que tu padre volviese a cogerme... la verdad es que me dio algo de miedo. Pero no te preocupes, ya estoy aquí - la miró con ternura, y acarició su mejilla, secando sus lágrimas - No llores más.
- No lo entiendes - suspiró ella - Sólo eres una alucinación. Te ha creado mi esquizofrenia... - el rostro de él pareció hacerse de piedra, y la cogió de la muñeca con firmeza. La obligó a poner la mano en su pecho, sujeto con dificultad a la reja, y la miró fijamente a los ojos.
Ella sintió los latidos de su corazón, acelerado y tembloroso. Sintió su pectoral llenarse de aire, y después liberarlo. Sintió su frío, su miedo, su frustración. Su dolor.
- ¿Y esto qué?¿Es una alucinación?¿Es un sueño? - le susurró violentamente, sin apartar sus grises ojos de los de ella.
Ella se mordió el labio inferior, cerró los párpados y asintió, mientras otra lágrima resbalaba de su mirada.
Entonces el rostro de él mostró desesperación.
- ¿Me quieres? - interrogó con voz ahogada - ¿Me sigues queriendo? - ella le miró, dolida por la pregunta.
- Por supuesto que sí... pero... ¡sólo eres un sueño!
- ¿No serías capaz de vivir amando un sueño? - preguntó él con la voz más suave y calmada, llena de emociones.
Ella notó su corazón latir con más fuerza. Le oyó jadear, y vio que su rostro estaba congestionado por el esfuerzo de mantenerse sujeto a la ventana.
¿Podía vivir así?¿Podía vivir amando un sueño?
Lo miró a los ojos con amor. Acercó su faz a los barrotes, y le acarició los labios entre las rejas, al no tener la posibilidad de besarle.
Entonces, le empujó, y vio sorpresa en el rostro de él mientras caía desde el tercer piso.
La interrogaba con su mirada. Era casi como si le hablase.
¿Por qué?
En ese momento, a ella la asaltaba otra pregunta, aún más preocupante que esa.
¿Qué clase de vida le esperaba sin sueños?
Ella ladeó la cabeza, apoyándola en sus brazos, cruzados en el alféizar de la ventana con rejas y viendo la lluvia acariciar el mundo.
Aquella habitación se había convertido en su cárcel.
Una vez, fue su refugio, un lugar al que ir cuando se sentía decepcionada.
Ahora le obligaban a permanecer allí, y el aire cálido y acogedor que la había caracterizado hasta entonces desapareció.
Se volvió un habitáculo frío e inhumano, y sólo su música podía hacer su estancia en él más llevadera.
Ni siquiera podía salir al jardín, a bañarse en la piscina bajo la lluvia, como tantas veces antes había hecho.
Sólo podía observar aquel manto gris de humedad y libertad, de pureza, resplandecer bajo luces amortiguadas de neón mientras bañaba todo a su alrededor.
La lluvia siempre la había relajado. Le ayudaba a aclarar sus ideas. Mirando el cielo con los ojos cerrados, podía ver sus pensamientos revolotear, esquivando los pedazos de frío cielo y formando intrincados dibujos a los que ella daba sentido en su imaginación.
Le habían arrebatado la libertad. Le habían arrebatado la lluvia.
Le habían arrebatado a la única persona que alguna vez le había comprendido.
Muchas veces antes, cuando sus padres se iban, él venía y la llamaba desde el césped.
Nunca puso un pie en el interior. De hecho, la vez que su familia volvió antes de tiempo estaban en la piscina, desnudos, uno en brazos del otro.
Ya habían pasado tres meses de encierro.
Pronto, tendría que volver al instituto. Quizá entonces tendría la oportunidad de verle.
Pero una pregunta la corroía por dentro, impidiéndole pensar con claridad la mayoría del tiempo. ¿Y si él se había buscado a otra y la había ignorado?
No había habido ningún intento de acercamiento. Muchas noches, esperaba junto a la ventana, mirando fijamente la parte del muro que él solía saltarse, hasta que caía dormida, con el rostro apoyado en sus brazos y la mano agarrada a uno de los barrotes.
Había llorado en silencio la mitad del tiempo, imaginando que él había preferido evitarse volver a tener problemas.
Llegó a pensar que se había enamorado de un ideal, y no de una persona.
El día antes de que comenzase el curso, por la tarde, su padre le llevó una de esas odiosas pastillas y un vaso de agua.
Al principio, traía un tarro de pastillas, pero ella intentó tragárselas todas, y desde entonces sólo le llevaba una.
- La doctora ha llegado - le comunicó con voz derrotada. Ella le miró con odio. El rostro de su progenitor había degenerado; ahora estaba enjuto, y él, más delgado que nunca. Una mueca de preocupación había permanecido en su rostro desde que descubriese a su hija con un chico en la piscina.
Ella se tragó la medicación, pero le escupió parte del agua a la cara. Sabía que, si no se la tomaba, él la obligaría, como ya había hecho otras veces.
Él bajó la mirada, evitando el contacto directo con los ojos de su hija, y salió por la puerta con cerrojo, dejando paso a una mujer con aspecto de bibliotecaria y expresión estirada que sonreía de un modo tenso e hipócrita.
La doctora pasó y pidió permiso para sentarse. Ella enarcó una ceja y le dijo que se sentase donde siempre. Ya estaba harta de esa falsa formalidad.
Encendió su música, y miró con aprensión a la doctora, que seguía el ritmo de la frenética batería con sus deportivas.
A pesar de su aspecto, alguna vez debió ser un alma rebelde, libre, pues conocía muchos grupos antiguos, clásicos, y otros que ella nunca había oído nombrar, pero que también le gustaban.
- ¿Seguirás insistiendo en tu actitud hacia "él"? - preguntó la doctora con profunda curiosidad. Ella sabía que sólo fingía.
- Ya lo hemos hablado mil veces - respondió con voz cansada y sin ganas de hablar de lo mismo. Siempre acababa dudando.
- Pero debes reconocer que tengo parte de razón - insistió la doctora - Si no, ¿cómo explicas que no haya aparecido desde entonces?
- Te acabo de decir que no quiero hablarlo - replicó apretando los labios. Había sido la doctora la que le pidió que la tutease, y a ella no le suponía ningún problema.
- Entonces, ¿debo entender que aún sigues creyendo que existió? - suspiró la psiquiatra.
- SÉ que EXISTE - repuso ella cruzando los brazos y frunciendo el ceño - No logrará hacerme dudar tan fácilmente.
- Pero desde que empezaste a medicarte no ha vuelto a aparecer, ¿cierto? - la doctora desenfocó la mirada, con expresión pensativa - Te propongo una prueba: te suspenderemos el medicamento, y, si vuelve a aparecer, entonces ¿admitirías que puede que sea una alucinación?
Ella abrió mucho los ojos, y se humedeció los labios, que se le habían secado de pronto. Si hacía eso, significaba que estaba dudando de él. Significaba que todo había sido producto de la esquizofrenia, un sueño. Y ella sabía (o creía) que no era así. Pero, por el contrario, si lo hacía... y él aparecía...
No. No podía ser un sueño. Tenía que hacerlo, no para demostrarse nada a sí misma, sino para demostrárselo a esa pedante, y a sus padres. Para demostrarles que aquel encierro era absurdo.
Asintió, y la doctora salió de la habitación con expresión triunfal.
Su padre dejó de llevarle pastillas, y todo siguió como hasta entonces. A la semana sin tomar su medicación, una sonrisa se dibujó en sus labios.
Pasó todo el viernes sonriendo, e incluso le sonrió a su padre, consciente de que al día siguiente la doctora tendría que tragarse sus palabras.
Esa noche, un repentino golpe en su ventana la despertó. Al incorporar la cabeza, aún somnolienta, una piedra rebotó en los barrotes, emitiendo un agudo sonido que le hizo terminar de despejarse.
Al abrir la ventana, le vio.
Allí estaba él, de pie en el césped, su figura recortada por la plateada luz de la luna llena.
Ella entornó los ojos, que le brillaron, y comenzó a sollozar, apoyándose en los barrotes.
Él, preocupado, trepó por la enredadera que llegaba hasta la habitación, y se sujetó a los hierros, mirándola con fijeza.
- ¿Qué te ocurre? - ella le miró a los ojos, y acarició su rostro por entre los barrotes.
- Sólo eres un sueño - le respondió con la voz rota de dolor. Él se mostró ofendido - Eres una fantasía...
- No sé si sentirme halagado u ofenderme, porque eso ha sonado bastante en serio - replicó él con una media sonrisa - Pero supongo que me lo merezco, teniendo en cuenta todo lo que he tardado en volver. He tenido problemas en mi casa, y no quería que tu padre volviese a cogerme... la verdad es que me dio algo de miedo. Pero no te preocupes, ya estoy aquí - la miró con ternura, y acarició su mejilla, secando sus lágrimas - No llores más.
- No lo entiendes - suspiró ella - Sólo eres una alucinación. Te ha creado mi esquizofrenia... - el rostro de él pareció hacerse de piedra, y la cogió de la muñeca con firmeza. La obligó a poner la mano en su pecho, sujeto con dificultad a la reja, y la miró fijamente a los ojos.
Ella sintió los latidos de su corazón, acelerado y tembloroso. Sintió su pectoral llenarse de aire, y después liberarlo. Sintió su frío, su miedo, su frustración. Su dolor.
- ¿Y esto qué?¿Es una alucinación?¿Es un sueño? - le susurró violentamente, sin apartar sus grises ojos de los de ella.
Ella se mordió el labio inferior, cerró los párpados y asintió, mientras otra lágrima resbalaba de su mirada.
Entonces el rostro de él mostró desesperación.
- ¿Me quieres? - interrogó con voz ahogada - ¿Me sigues queriendo? - ella le miró, dolida por la pregunta.
- Por supuesto que sí... pero... ¡sólo eres un sueño!
- ¿No serías capaz de vivir amando un sueño? - preguntó él con la voz más suave y calmada, llena de emociones.
Ella notó su corazón latir con más fuerza. Le oyó jadear, y vio que su rostro estaba congestionado por el esfuerzo de mantenerse sujeto a la ventana.
¿Podía vivir así?¿Podía vivir amando un sueño?
Lo miró a los ojos con amor. Acercó su faz a los barrotes, y le acarició los labios entre las rejas, al no tener la posibilidad de besarle.
Entonces, le empujó, y vio sorpresa en el rostro de él mientras caía desde el tercer piso.
La interrogaba con su mirada. Era casi como si le hablase.
¿Por qué?
En ese momento, a ella la asaltaba otra pregunta, aún más preocupante que esa.
¿Qué clase de vida le esperaba sin sueños?
Monstruos
Aquí, hablo de la crueldad y el amor. De su facilidad.
Una vez, encontró un espejo. No sabía cómo había llegado allí, pero le gustó.
Era enorme, con un marco negro decorado con motivos florales, y unas letras plateadas en un idioma que ella no entendía.
Lo arrastró como pudo al fondo de la laguna, y allí, se contempló.
Tenía el pelo verde, largo y ondulado, con brillos húmedos, y tacto similar al de las algas. La parte de los ojos que debería ser blanca, era negra, y sus iris eran de un tono ámbar surcado por estrías blancas.
Su piel, de un tono azulado, era suave y delicada. Sus rasgos, finos y afilados. Su desnudez le pareció sensual. Sus manos, palmeadas, extrañamente apropiadas.
Todas las noches, salía a la superficie a buscar cosas que los humanos olvidaban en la orilla.
Al amanecer, volvía a las profundidades del enorme lago, y se quedaba allí, contemplando su tesoro. En especial, aquel espejo de marco negro.
Su pieza más preciada.
Una noche, oyó ruidos mientras buscaba en la arena, y se deslizó bajo el agua con suavidad, en silencio.
Observó a un humano delgado, pálido, y con parte del rostro oculto bajo un mechón de pelo sentarse junto al agua, muy cerca de ella, y abrazarse a sus rodillas, llorando.
Pudo percibir que era un hombre, y que estaba tremendamente triste.
Ella no se movió, consciente de que la más ligera ondulación en el agua podría llamar su atención y hacer que la descubriera.
Mientras la noche avanzaba, él seguía sollozando, convulsionado por el dolor.
La luna iluminó la orilla, y la blanca arena no se distinguió del brillante agua por un momento, dando la sensación de que aquella figura, delineada por un resplandor plateado, lloraba desconsolada en un desierto de cristal.
Ella abrió mucho los ojos, cautivada por aquella imagen.
Cuando comenzaba a amanecer, él se marchó, secándose las lágrimas, y ella volvió al interior del lago, con el corazón temblándole con violencia. Se recostó sobre su espejo en su guarida, y se quedó acariciando los dedos de su reflejo, pensando en la figura de aquel joven martirizado por algún sentimiento atroz.
La noche siguiente, se acercó a la misma zona del límite de la laguna, y volvió a verle. Allí estaba, esta vez acostado en posición fetal, con la mejilla apoyada en su mano izquierda, mirando el infinito.
Innumerables noches ella fue al mismo sitio, y lo veía cada noche, derramando interminables lágrimas sobre la arena.
Finalmente, decidió acercarse.
- ¿Por qué lloras? - preguntó en voz baja, susurrante. Él levantó la cabeza y miró a su alrededor, confuso, sin poder ubicar el origen de la voz que le hablaba.
- ¿Quién está ahí? - inquirió secándose las lágrimas con rapidez en las mangas de su chaleco.
- Llevo observándote muchas lunas, y siempre vienes aquí a llorar - declaró ella aún sin mostrarse abiertamente. Él se detuvo mientras se levantaba, y volvió a sentarse, con expresión abatida.
- ...¿alguna vez te han roto el corazón? - dijo con voz ahogada y ronca. Ella entornó los ojos, empezando a comprender.
- No.
- Entonces no puedes imaginarte siquiera lo que es ver a la persona que amas en los brazos de la persona equivocada cada noche - su rostro reflejó un dolor que iba más allá de lo que ella creía que existía - Aunque sepas que vuestro amor es imposible, que va contra la naturaleza... "que no está bien visto"... - esto último lo dijo con una extraña voz nasal, y se miró los zapatos - Por el amor de dios, ¿quién está ahí?¿quién me ha contemplado estos meses de dolor y me ha acompañado en mi llanto sin yo saberlo?
- Yo - respondió ella saliendo del agua y mostrándose ante él, desnuda. Al girar el cuello, el se quedó boquiabierto, y se levantó de un salto, mirándola con una mueca de incredulidad.
- Eres... eres...
- Soy una ninfa - contestó ella tendiéndole su mano, dispuesta a consolarle. Su historia, en parte incomprensible, había enternecido su alma de un modo que no creía posible, y, sin ningún motivo en particular, deseaba ayudarle, estar con él, abrazarle y apoyarle en todo cuanto pudiera.
- ¡Un monstruo! - chilló él con voz aguda, dándole la espalda y echando a correr.
Por un instante, ella tuvo la extraña sensación de que el cielo se le caía encima, y cayó sobre el agua, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, suspirando, con el corazón latiéndole apenas, medio muerto.
Fue mecida por el tenue oleaje, y se dejó llevar por las aguas del que había sido su hogar durante siglos.
Llegó hasta su guarida, y se apoyó sobre su espejo.
Unas extrañas burbujas se arremolinaban en torno a sus ojos, saliendo de sus lacrimales y dejándole un inusual picor en la retina.
Al mirar su reflejo, se vio distinta.
Su piel estaba gris. Su esplendoroso cabello, mustio. Sus ojos... muertos.
Frunció el ceño, y se llevó las manos al corazón, cerrando los párpados y notando que algo en su interior se rompía con brusquedad, como si una pieza de cristal hubiera caído al suelo.
Cuando volvió a mirar su reflejo, lo odió.
"Un monstruo".
Empuñó un garrote, una pieza de su colección, y, emitiendo un grito desgarrado de furia y dolor, destrozó el espejo.
Los pedazos de reflejo flotaron a su alrededor tras estallar con un sonido sordo, amortiguado por el agua.
Revolotearon con lentitud, y acabaron posándose en el suelo, algunos bocarriba y otros bocabajo.
Ella soltó el garrote, y se arrodilló sobre los restos del mutilado espejo, sin importarle los profundos cortes que se abrían en su piel.
Con sólo unas palabras, aquel joven había destrozado su perfecto y aislado mundo. Se lo había arrebatado de cuajo, como su corazón.
¿Quién era el verdadero monstruo?
Una vez, encontró un espejo. No sabía cómo había llegado allí, pero le gustó.
Era enorme, con un marco negro decorado con motivos florales, y unas letras plateadas en un idioma que ella no entendía.
Lo arrastró como pudo al fondo de la laguna, y allí, se contempló.
Tenía el pelo verde, largo y ondulado, con brillos húmedos, y tacto similar al de las algas. La parte de los ojos que debería ser blanca, era negra, y sus iris eran de un tono ámbar surcado por estrías blancas.
Su piel, de un tono azulado, era suave y delicada. Sus rasgos, finos y afilados. Su desnudez le pareció sensual. Sus manos, palmeadas, extrañamente apropiadas.
Todas las noches, salía a la superficie a buscar cosas que los humanos olvidaban en la orilla.
Al amanecer, volvía a las profundidades del enorme lago, y se quedaba allí, contemplando su tesoro. En especial, aquel espejo de marco negro.
Su pieza más preciada.
Una noche, oyó ruidos mientras buscaba en la arena, y se deslizó bajo el agua con suavidad, en silencio.
Observó a un humano delgado, pálido, y con parte del rostro oculto bajo un mechón de pelo sentarse junto al agua, muy cerca de ella, y abrazarse a sus rodillas, llorando.
Pudo percibir que era un hombre, y que estaba tremendamente triste.
Ella no se movió, consciente de que la más ligera ondulación en el agua podría llamar su atención y hacer que la descubriera.
Mientras la noche avanzaba, él seguía sollozando, convulsionado por el dolor.
La luna iluminó la orilla, y la blanca arena no se distinguió del brillante agua por un momento, dando la sensación de que aquella figura, delineada por un resplandor plateado, lloraba desconsolada en un desierto de cristal.
Ella abrió mucho los ojos, cautivada por aquella imagen.
Cuando comenzaba a amanecer, él se marchó, secándose las lágrimas, y ella volvió al interior del lago, con el corazón temblándole con violencia. Se recostó sobre su espejo en su guarida, y se quedó acariciando los dedos de su reflejo, pensando en la figura de aquel joven martirizado por algún sentimiento atroz.
La noche siguiente, se acercó a la misma zona del límite de la laguna, y volvió a verle. Allí estaba, esta vez acostado en posición fetal, con la mejilla apoyada en su mano izquierda, mirando el infinito.
Innumerables noches ella fue al mismo sitio, y lo veía cada noche, derramando interminables lágrimas sobre la arena.
Finalmente, decidió acercarse.
- ¿Por qué lloras? - preguntó en voz baja, susurrante. Él levantó la cabeza y miró a su alrededor, confuso, sin poder ubicar el origen de la voz que le hablaba.
- ¿Quién está ahí? - inquirió secándose las lágrimas con rapidez en las mangas de su chaleco.
- Llevo observándote muchas lunas, y siempre vienes aquí a llorar - declaró ella aún sin mostrarse abiertamente. Él se detuvo mientras se levantaba, y volvió a sentarse, con expresión abatida.
- ...¿alguna vez te han roto el corazón? - dijo con voz ahogada y ronca. Ella entornó los ojos, empezando a comprender.
- No.
- Entonces no puedes imaginarte siquiera lo que es ver a la persona que amas en los brazos de la persona equivocada cada noche - su rostro reflejó un dolor que iba más allá de lo que ella creía que existía - Aunque sepas que vuestro amor es imposible, que va contra la naturaleza... "que no está bien visto"... - esto último lo dijo con una extraña voz nasal, y se miró los zapatos - Por el amor de dios, ¿quién está ahí?¿quién me ha contemplado estos meses de dolor y me ha acompañado en mi llanto sin yo saberlo?
- Yo - respondió ella saliendo del agua y mostrándose ante él, desnuda. Al girar el cuello, el se quedó boquiabierto, y se levantó de un salto, mirándola con una mueca de incredulidad.
- Eres... eres...
- Soy una ninfa - contestó ella tendiéndole su mano, dispuesta a consolarle. Su historia, en parte incomprensible, había enternecido su alma de un modo que no creía posible, y, sin ningún motivo en particular, deseaba ayudarle, estar con él, abrazarle y apoyarle en todo cuanto pudiera.
- ¡Un monstruo! - chilló él con voz aguda, dándole la espalda y echando a correr.
Por un instante, ella tuvo la extraña sensación de que el cielo se le caía encima, y cayó sobre el agua, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, suspirando, con el corazón latiéndole apenas, medio muerto.
Fue mecida por el tenue oleaje, y se dejó llevar por las aguas del que había sido su hogar durante siglos.
Llegó hasta su guarida, y se apoyó sobre su espejo.
Unas extrañas burbujas se arremolinaban en torno a sus ojos, saliendo de sus lacrimales y dejándole un inusual picor en la retina.
Al mirar su reflejo, se vio distinta.
Su piel estaba gris. Su esplendoroso cabello, mustio. Sus ojos... muertos.
Frunció el ceño, y se llevó las manos al corazón, cerrando los párpados y notando que algo en su interior se rompía con brusquedad, como si una pieza de cristal hubiera caído al suelo.
Cuando volvió a mirar su reflejo, lo odió.
"Un monstruo".
Empuñó un garrote, una pieza de su colección, y, emitiendo un grito desgarrado de furia y dolor, destrozó el espejo.
Los pedazos de reflejo flotaron a su alrededor tras estallar con un sonido sordo, amortiguado por el agua.
Revolotearon con lentitud, y acabaron posándose en el suelo, algunos bocarriba y otros bocabajo.
Ella soltó el garrote, y se arrodilló sobre los restos del mutilado espejo, sin importarle los profundos cortes que se abrían en su piel.
Con sólo unas palabras, aquel joven había destrozado su perfecto y aislado mundo. Se lo había arrebatado de cuajo, como su corazón.
¿Quién era el verdadero monstruo?
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