Cordura y locura. Todos estos relatos, esta serie de Sueños Perturbadores, se los dedico a Barbija, merecedora de tantas dedicatorias como la que más. Y en especial éste porque LOCURA es lo primero que pienso cuando voy a entrar en su blog.
Ella ladeó la cabeza, apoyándola en sus brazos, cruzados en el alféizar de la ventana con rejas y viendo la lluvia acariciar el mundo.
Aquella habitación se había convertido en su cárcel.
Una vez, fue su refugio, un lugar al que ir cuando se sentía decepcionada.
Ahora le obligaban a permanecer allí, y el aire cálido y acogedor que la había caracterizado hasta entonces desapareció.
Se volvió un habitáculo frío e inhumano, y sólo su música podía hacer su estancia en él más llevadera.
Ni siquiera podía salir al jardín, a bañarse en la piscina bajo la lluvia, como tantas veces antes había hecho.
Sólo podía observar aquel manto gris de humedad y libertad, de pureza, resplandecer bajo luces amortiguadas de neón mientras bañaba todo a su alrededor.
La lluvia siempre la había relajado. Le ayudaba a aclarar sus ideas. Mirando el cielo con los ojos cerrados, podía ver sus pensamientos revolotear, esquivando los pedazos de frío cielo y formando intrincados dibujos a los que ella daba sentido en su imaginación.
Le habían arrebatado la libertad. Le habían arrebatado la lluvia.
Le habían arrebatado a la única persona que alguna vez le había comprendido.
Muchas veces antes, cuando sus padres se iban, él venía y la llamaba desde el césped.
Nunca puso un pie en el interior. De hecho, la vez que su familia volvió antes de tiempo estaban en la piscina, desnudos, uno en brazos del otro.
Ya habían pasado tres meses de encierro.
Pronto, tendría que volver al instituto. Quizá entonces tendría la oportunidad de verle.
Pero una pregunta la corroía por dentro, impidiéndole pensar con claridad la mayoría del tiempo. ¿Y si él se había buscado a otra y la había ignorado?
No había habido ningún intento de acercamiento. Muchas noches, esperaba junto a la ventana, mirando fijamente la parte del muro que él solía saltarse, hasta que caía dormida, con el rostro apoyado en sus brazos y la mano agarrada a uno de los barrotes.
Había llorado en silencio la mitad del tiempo, imaginando que él había preferido evitarse volver a tener problemas.
Llegó a pensar que se había enamorado de un ideal, y no de una persona.
El día antes de que comenzase el curso, por la tarde, su padre le llevó una de esas odiosas pastillas y un vaso de agua.
Al principio, traía un tarro de pastillas, pero ella intentó tragárselas todas, y desde entonces sólo le llevaba una.
- La doctora ha llegado - le comunicó con voz derrotada. Ella le miró con odio. El rostro de su progenitor había degenerado; ahora estaba enjuto, y él, más delgado que nunca. Una mueca de preocupación había permanecido en su rostro desde que descubriese a su hija con un chico en la piscina.
Ella se tragó la medicación, pero le escupió parte del agua a la cara. Sabía que, si no se la tomaba, él la obligaría, como ya había hecho otras veces.
Él bajó la mirada, evitando el contacto directo con los ojos de su hija, y salió por la puerta con cerrojo, dejando paso a una mujer con aspecto de bibliotecaria y expresión estirada que sonreía de un modo tenso e hipócrita.
La doctora pasó y pidió permiso para sentarse. Ella enarcó una ceja y le dijo que se sentase donde siempre. Ya estaba harta de esa falsa formalidad.
Encendió su música, y miró con aprensión a la doctora, que seguía el ritmo de la frenética batería con sus deportivas.
A pesar de su aspecto, alguna vez debió ser un alma rebelde, libre, pues conocía muchos grupos antiguos, clásicos, y otros que ella nunca había oído nombrar, pero que también le gustaban.
- ¿Seguirás insistiendo en tu actitud hacia "él"? - preguntó la doctora con profunda curiosidad. Ella sabía que sólo fingía.
- Ya lo hemos hablado mil veces - respondió con voz cansada y sin ganas de hablar de lo mismo. Siempre acababa dudando.
- Pero debes reconocer que tengo parte de razón - insistió la doctora - Si no, ¿cómo explicas que no haya aparecido desde entonces?
- Te acabo de decir que no quiero hablarlo - replicó apretando los labios. Había sido la doctora la que le pidió que la tutease, y a ella no le suponía ningún problema.
- Entonces, ¿debo entender que aún sigues creyendo que existió? - suspiró la psiquiatra.
- SÉ que EXISTE - repuso ella cruzando los brazos y frunciendo el ceño - No logrará hacerme dudar tan fácilmente.
- Pero desde que empezaste a medicarte no ha vuelto a aparecer, ¿cierto? - la doctora desenfocó la mirada, con expresión pensativa - Te propongo una prueba: te suspenderemos el medicamento, y, si vuelve a aparecer, entonces ¿admitirías que puede que sea una alucinación?
Ella abrió mucho los ojos, y se humedeció los labios, que se le habían secado de pronto. Si hacía eso, significaba que estaba dudando de él. Significaba que todo había sido producto de la esquizofrenia, un sueño. Y ella sabía (o creía) que no era así. Pero, por el contrario, si lo hacía... y él aparecía...
No. No podía ser un sueño. Tenía que hacerlo, no para demostrarse nada a sí misma, sino para demostrárselo a esa pedante, y a sus padres. Para demostrarles que aquel encierro era absurdo.
Asintió, y la doctora salió de la habitación con expresión triunfal.
Su padre dejó de llevarle pastillas, y todo siguió como hasta entonces. A la semana sin tomar su medicación, una sonrisa se dibujó en sus labios.
Pasó todo el viernes sonriendo, e incluso le sonrió a su padre, consciente de que al día siguiente la doctora tendría que tragarse sus palabras.
Esa noche, un repentino golpe en su ventana la despertó. Al incorporar la cabeza, aún somnolienta, una piedra rebotó en los barrotes, emitiendo un agudo sonido que le hizo terminar de despejarse.
Al abrir la ventana, le vio.
Allí estaba él, de pie en el césped, su figura recortada por la plateada luz de la luna llena.
Ella entornó los ojos, que le brillaron, y comenzó a sollozar, apoyándose en los barrotes.
Él, preocupado, trepó por la enredadera que llegaba hasta la habitación, y se sujetó a los hierros, mirándola con fijeza.
- ¿Qué te ocurre? - ella le miró a los ojos, y acarició su rostro por entre los barrotes.
- Sólo eres un sueño - le respondió con la voz rota de dolor. Él se mostró ofendido - Eres una fantasía...
- No sé si sentirme halagado u ofenderme, porque eso ha sonado bastante en serio - replicó él con una media sonrisa - Pero supongo que me lo merezco, teniendo en cuenta todo lo que he tardado en volver. He tenido problemas en mi casa, y no quería que tu padre volviese a cogerme... la verdad es que me dio algo de miedo. Pero no te preocupes, ya estoy aquí - la miró con ternura, y acarició su mejilla, secando sus lágrimas - No llores más.
- No lo entiendes - suspiró ella - Sólo eres una alucinación. Te ha creado mi esquizofrenia... - el rostro de él pareció hacerse de piedra, y la cogió de la muñeca con firmeza. La obligó a poner la mano en su pecho, sujeto con dificultad a la reja, y la miró fijamente a los ojos.
Ella sintió los latidos de su corazón, acelerado y tembloroso. Sintió su pectoral llenarse de aire, y después liberarlo. Sintió su frío, su miedo, su frustración. Su dolor.
- ¿Y esto qué?¿Es una alucinación?¿Es un sueño? - le susurró violentamente, sin apartar sus grises ojos de los de ella.
Ella se mordió el labio inferior, cerró los párpados y asintió, mientras otra lágrima resbalaba de su mirada.
Entonces el rostro de él mostró desesperación.
- ¿Me quieres? - interrogó con voz ahogada - ¿Me sigues queriendo? - ella le miró, dolida por la pregunta.
- Por supuesto que sí... pero... ¡sólo eres un sueño!
- ¿No serías capaz de vivir amando un sueño? - preguntó él con la voz más suave y calmada, llena de emociones.
Ella notó su corazón latir con más fuerza. Le oyó jadear, y vio que su rostro estaba congestionado por el esfuerzo de mantenerse sujeto a la ventana.
¿Podía vivir así?¿Podía vivir amando un sueño?
Lo miró a los ojos con amor. Acercó su faz a los barrotes, y le acarició los labios entre las rejas, al no tener la posibilidad de besarle.
Entonces, le empujó, y vio sorpresa en el rostro de él mientras caía desde el tercer piso.
La interrogaba con su mirada. Era casi como si le hablase.
¿Por qué?
En ese momento, a ella la asaltaba otra pregunta, aún más preocupante que esa.
¿Qué clase de vida le esperaba sin sueños?
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20/4/09
Monstruos
Aquí, hablo de la crueldad y el amor. De su facilidad.
Una vez, encontró un espejo. No sabía cómo había llegado allí, pero le gustó.
Era enorme, con un marco negro decorado con motivos florales, y unas letras plateadas en un idioma que ella no entendía.
Lo arrastró como pudo al fondo de la laguna, y allí, se contempló.
Tenía el pelo verde, largo y ondulado, con brillos húmedos, y tacto similar al de las algas. La parte de los ojos que debería ser blanca, era negra, y sus iris eran de un tono ámbar surcado por estrías blancas.
Su piel, de un tono azulado, era suave y delicada. Sus rasgos, finos y afilados. Su desnudez le pareció sensual. Sus manos, palmeadas, extrañamente apropiadas.
Todas las noches, salía a la superficie a buscar cosas que los humanos olvidaban en la orilla.
Al amanecer, volvía a las profundidades del enorme lago, y se quedaba allí, contemplando su tesoro. En especial, aquel espejo de marco negro.
Su pieza más preciada.
Una noche, oyó ruidos mientras buscaba en la arena, y se deslizó bajo el agua con suavidad, en silencio.
Observó a un humano delgado, pálido, y con parte del rostro oculto bajo un mechón de pelo sentarse junto al agua, muy cerca de ella, y abrazarse a sus rodillas, llorando.
Pudo percibir que era un hombre, y que estaba tremendamente triste.
Ella no se movió, consciente de que la más ligera ondulación en el agua podría llamar su atención y hacer que la descubriera.
Mientras la noche avanzaba, él seguía sollozando, convulsionado por el dolor.
La luna iluminó la orilla, y la blanca arena no se distinguió del brillante agua por un momento, dando la sensación de que aquella figura, delineada por un resplandor plateado, lloraba desconsolada en un desierto de cristal.
Ella abrió mucho los ojos, cautivada por aquella imagen.
Cuando comenzaba a amanecer, él se marchó, secándose las lágrimas, y ella volvió al interior del lago, con el corazón temblándole con violencia. Se recostó sobre su espejo en su guarida, y se quedó acariciando los dedos de su reflejo, pensando en la figura de aquel joven martirizado por algún sentimiento atroz.
La noche siguiente, se acercó a la misma zona del límite de la laguna, y volvió a verle. Allí estaba, esta vez acostado en posición fetal, con la mejilla apoyada en su mano izquierda, mirando el infinito.
Innumerables noches ella fue al mismo sitio, y lo veía cada noche, derramando interminables lágrimas sobre la arena.
Finalmente, decidió acercarse.
- ¿Por qué lloras? - preguntó en voz baja, susurrante. Él levantó la cabeza y miró a su alrededor, confuso, sin poder ubicar el origen de la voz que le hablaba.
- ¿Quién está ahí? - inquirió secándose las lágrimas con rapidez en las mangas de su chaleco.
- Llevo observándote muchas lunas, y siempre vienes aquí a llorar - declaró ella aún sin mostrarse abiertamente. Él se detuvo mientras se levantaba, y volvió a sentarse, con expresión abatida.
- ...¿alguna vez te han roto el corazón? - dijo con voz ahogada y ronca. Ella entornó los ojos, empezando a comprender.
- No.
- Entonces no puedes imaginarte siquiera lo que es ver a la persona que amas en los brazos de la persona equivocada cada noche - su rostro reflejó un dolor que iba más allá de lo que ella creía que existía - Aunque sepas que vuestro amor es imposible, que va contra la naturaleza... "que no está bien visto"... - esto último lo dijo con una extraña voz nasal, y se miró los zapatos - Por el amor de dios, ¿quién está ahí?¿quién me ha contemplado estos meses de dolor y me ha acompañado en mi llanto sin yo saberlo?
- Yo - respondió ella saliendo del agua y mostrándose ante él, desnuda. Al girar el cuello, el se quedó boquiabierto, y se levantó de un salto, mirándola con una mueca de incredulidad.
- Eres... eres...
- Soy una ninfa - contestó ella tendiéndole su mano, dispuesta a consolarle. Su historia, en parte incomprensible, había enternecido su alma de un modo que no creía posible, y, sin ningún motivo en particular, deseaba ayudarle, estar con él, abrazarle y apoyarle en todo cuanto pudiera.
- ¡Un monstruo! - chilló él con voz aguda, dándole la espalda y echando a correr.
Por un instante, ella tuvo la extraña sensación de que el cielo se le caía encima, y cayó sobre el agua, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, suspirando, con el corazón latiéndole apenas, medio muerto.
Fue mecida por el tenue oleaje, y se dejó llevar por las aguas del que había sido su hogar durante siglos.
Llegó hasta su guarida, y se apoyó sobre su espejo.
Unas extrañas burbujas se arremolinaban en torno a sus ojos, saliendo de sus lacrimales y dejándole un inusual picor en la retina.
Al mirar su reflejo, se vio distinta.
Su piel estaba gris. Su esplendoroso cabello, mustio. Sus ojos... muertos.
Frunció el ceño, y se llevó las manos al corazón, cerrando los párpados y notando que algo en su interior se rompía con brusquedad, como si una pieza de cristal hubiera caído al suelo.
Cuando volvió a mirar su reflejo, lo odió.
"Un monstruo".
Empuñó un garrote, una pieza de su colección, y, emitiendo un grito desgarrado de furia y dolor, destrozó el espejo.
Los pedazos de reflejo flotaron a su alrededor tras estallar con un sonido sordo, amortiguado por el agua.
Revolotearon con lentitud, y acabaron posándose en el suelo, algunos bocarriba y otros bocabajo.
Ella soltó el garrote, y se arrodilló sobre los restos del mutilado espejo, sin importarle los profundos cortes que se abrían en su piel.
Con sólo unas palabras, aquel joven había destrozado su perfecto y aislado mundo. Se lo había arrebatado de cuajo, como su corazón.
¿Quién era el verdadero monstruo?
Una vez, encontró un espejo. No sabía cómo había llegado allí, pero le gustó.
Era enorme, con un marco negro decorado con motivos florales, y unas letras plateadas en un idioma que ella no entendía.
Lo arrastró como pudo al fondo de la laguna, y allí, se contempló.
Tenía el pelo verde, largo y ondulado, con brillos húmedos, y tacto similar al de las algas. La parte de los ojos que debería ser blanca, era negra, y sus iris eran de un tono ámbar surcado por estrías blancas.
Su piel, de un tono azulado, era suave y delicada. Sus rasgos, finos y afilados. Su desnudez le pareció sensual. Sus manos, palmeadas, extrañamente apropiadas.
Todas las noches, salía a la superficie a buscar cosas que los humanos olvidaban en la orilla.
Al amanecer, volvía a las profundidades del enorme lago, y se quedaba allí, contemplando su tesoro. En especial, aquel espejo de marco negro.
Su pieza más preciada.
Una noche, oyó ruidos mientras buscaba en la arena, y se deslizó bajo el agua con suavidad, en silencio.
Observó a un humano delgado, pálido, y con parte del rostro oculto bajo un mechón de pelo sentarse junto al agua, muy cerca de ella, y abrazarse a sus rodillas, llorando.
Pudo percibir que era un hombre, y que estaba tremendamente triste.
Ella no se movió, consciente de que la más ligera ondulación en el agua podría llamar su atención y hacer que la descubriera.
Mientras la noche avanzaba, él seguía sollozando, convulsionado por el dolor.
La luna iluminó la orilla, y la blanca arena no se distinguió del brillante agua por un momento, dando la sensación de que aquella figura, delineada por un resplandor plateado, lloraba desconsolada en un desierto de cristal.
Ella abrió mucho los ojos, cautivada por aquella imagen.
Cuando comenzaba a amanecer, él se marchó, secándose las lágrimas, y ella volvió al interior del lago, con el corazón temblándole con violencia. Se recostó sobre su espejo en su guarida, y se quedó acariciando los dedos de su reflejo, pensando en la figura de aquel joven martirizado por algún sentimiento atroz.
La noche siguiente, se acercó a la misma zona del límite de la laguna, y volvió a verle. Allí estaba, esta vez acostado en posición fetal, con la mejilla apoyada en su mano izquierda, mirando el infinito.
Innumerables noches ella fue al mismo sitio, y lo veía cada noche, derramando interminables lágrimas sobre la arena.
Finalmente, decidió acercarse.
- ¿Por qué lloras? - preguntó en voz baja, susurrante. Él levantó la cabeza y miró a su alrededor, confuso, sin poder ubicar el origen de la voz que le hablaba.
- ¿Quién está ahí? - inquirió secándose las lágrimas con rapidez en las mangas de su chaleco.
- Llevo observándote muchas lunas, y siempre vienes aquí a llorar - declaró ella aún sin mostrarse abiertamente. Él se detuvo mientras se levantaba, y volvió a sentarse, con expresión abatida.
- ...¿alguna vez te han roto el corazón? - dijo con voz ahogada y ronca. Ella entornó los ojos, empezando a comprender.
- No.
- Entonces no puedes imaginarte siquiera lo que es ver a la persona que amas en los brazos de la persona equivocada cada noche - su rostro reflejó un dolor que iba más allá de lo que ella creía que existía - Aunque sepas que vuestro amor es imposible, que va contra la naturaleza... "que no está bien visto"... - esto último lo dijo con una extraña voz nasal, y se miró los zapatos - Por el amor de dios, ¿quién está ahí?¿quién me ha contemplado estos meses de dolor y me ha acompañado en mi llanto sin yo saberlo?
- Yo - respondió ella saliendo del agua y mostrándose ante él, desnuda. Al girar el cuello, el se quedó boquiabierto, y se levantó de un salto, mirándola con una mueca de incredulidad.
- Eres... eres...
- Soy una ninfa - contestó ella tendiéndole su mano, dispuesta a consolarle. Su historia, en parte incomprensible, había enternecido su alma de un modo que no creía posible, y, sin ningún motivo en particular, deseaba ayudarle, estar con él, abrazarle y apoyarle en todo cuanto pudiera.
- ¡Un monstruo! - chilló él con voz aguda, dándole la espalda y echando a correr.
Por un instante, ella tuvo la extraña sensación de que el cielo se le caía encima, y cayó sobre el agua, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, suspirando, con el corazón latiéndole apenas, medio muerto.
Fue mecida por el tenue oleaje, y se dejó llevar por las aguas del que había sido su hogar durante siglos.
Llegó hasta su guarida, y se apoyó sobre su espejo.
Unas extrañas burbujas se arremolinaban en torno a sus ojos, saliendo de sus lacrimales y dejándole un inusual picor en la retina.
Al mirar su reflejo, se vio distinta.
Su piel estaba gris. Su esplendoroso cabello, mustio. Sus ojos... muertos.
Frunció el ceño, y se llevó las manos al corazón, cerrando los párpados y notando que algo en su interior se rompía con brusquedad, como si una pieza de cristal hubiera caído al suelo.
Cuando volvió a mirar su reflejo, lo odió.
"Un monstruo".
Empuñó un garrote, una pieza de su colección, y, emitiendo un grito desgarrado de furia y dolor, destrozó el espejo.
Los pedazos de reflejo flotaron a su alrededor tras estallar con un sonido sordo, amortiguado por el agua.
Revolotearon con lentitud, y acabaron posándose en el suelo, algunos bocarriba y otros bocabajo.
Ella soltó el garrote, y se arrodilló sobre los restos del mutilado espejo, sin importarle los profundos cortes que se abrían en su piel.
Con sólo unas palabras, aquel joven había destrozado su perfecto y aislado mundo. Se lo había arrebatado de cuajo, como su corazón.
¿Quién era el verdadero monstruo?
Sólo una lágrima por noche
Aquí, una especie de canto al derecho de disfrutar del sexo como cada uno quiera. Y a la libre ingesta de alcohol.
Sus pupilas desenfocadas vagaban por la habitación viendo figuras borrosas sacudirse bajo colores danzantes. Su cabeza se ladeó, y parpadeó a la vez que la sacudía, intentando despejarse. Era inútil.
Se levantó apoyándose en el brazo del sillón, y estuvo a punto de caerse, pero un alma caritativa le sujetó y le preguntó si estaba bien. Ella no pudo responder más que con una caída de ojos y desmayándose en sus brazos.
Cuando volvió a ser consciente de lo que había a su alrededor, estaba con la cabeza inclinada sobre el váter, mirando su propio vómito. Notaba el fuerte y desagradable olor, así como el inquietante sabor en su boca.
- ¿Estás mejor? - preguntó una voz preocupada a su lado. Al girarse para darle las gracias a aquella bellísima persona, se quedó boquiabierta. Junto a ella se encontraba un chico de apenas dieciséis-diecisiete años con el pelo largo, liso, e incipiente barba. Un piercing adornaba su labio inferior, y sus ojos grises la observaban con preocupación sincera. Era de rasgos finos, atractivos, y físicamente... una bellísima persona. Él compuso una mueca extraña y le tendió el rollo de papel higiénico
- Parece que aún no.
Ella se dio cuenta de que debía tener la boca aún manchada de vómito, y se limpió, sonrojándose. Él sonrió ante el gesto recatado de ella. Se sintió ridícula observada por esos ojos tan perfectos.
Él le tendió la mano, y la ayudó a levantarse. Le indicó que se arreglase si quería, señalando el espejo. Al mirar su reflejo, ella descubrió que seguramente había estado llorando, pues tenía corrida la sombra de ojos. Al recordar que había llorado, recordó todo. Había sido por culpa de un chico. Todo siempre era por culpa de los tíos.
Hundió el rostro entre sus manos y se sentó en el borde de la bañera, incapaz de hacer nada más. Después de emborracharse estúpidamente y llorar lo indecible, aún seguía acordándose de él.
El buen chico la miró, dubitativo, y acabó sentándose a su lado tras suspirar. Le habló de cosas que para ella no tenían sentido. Que todo se olvida. Que los problemas no parecen tan graves si se comparan con los de los demás. Que lo único que no tiene solución es la muerte.
Ella encontró atractiva la idea de la muerte. Él le puso una mano en el hombro, tímidamente, y le sonrió. Aquel simple gesto, que era incluso infantil, la reconfortó más que todas las palabras de consuelo que había pronunciado antes. Alguien llamó a la puerta, diciendo que había gente esperando. Ella recordó que estaban en una fiesta.
Él apretó un instante la presión de su mano, y se separó de ella con una expresión que cautivó cada fibra de su ser.
Se levantó, limpiándose con rapidez las lágrimas, y salió detrás de él. La gente que esperaba para entrar al baño les miró con miradas cuyo significado ofendía. Pero ella no les gritó. Se sonrojó, y se sintió intimidada. Él tomó su mano y la llevó por el pasillo, ignorando los comentarios que se oían a sus espaldas. Ella se permitió sonreír.
Antes de que se diera cuenta, él la estaba sacando de la casa. Echaron a correr por el callejón trasero de la mansión, y llegaron a una oscura y pequeña cala.
A ella no le importó salir de la fiesta. De todas formas, tampoco sabía de qué era, sólo había ido con unas amigas que se lo recomendaron para olvidarse de su ex. Él se tumbó en la arena, y ella se quedó mirándole estupefacta. Él miraba el cielo, y sonreía levemente.
Ella le imitó, y contempló el cielo estrellado.
- Todas las noches merecen una lágrima... pero si les damos más, después la luna nos parece insoportable - susurró él con voz trémula y los ojos brillantes. Ella le observaba con avidez, cada vez más cautivada por sus labios, adornados con aquel piercing circular, y sus ojos grises, a punto de llorar y más hermosos, si cabe, que antes - Por eso es mejor dejar de llorar llegado cierto punto, y dejarse llevar por ese sonido...
Ella frunció el ceño, sin entenderle. Él volvió a sonreír, y cerró los ojos. Ella sintió el impulso de decirle que los abriera.
- Cierra los ojos... y escucha - sugirió él.
En cuanto lo hizo, ella quedó conmovida. El suave sonido del oleaje estaba acompañado del silbido grave de una brisa refrescante y salada, mientras algún grillo cantaba acordes desafinados en la lejanía y el agua resbalaba por la arena.
De pronto, sintió algo sobre sus labios, y supo que eran los de él al saborear algo metálico. Fue un beso casto, demasiado corto para poder saber si le había gustado o no. Abrió los párpados y le miró, sobre ella, con una leve sonrisa.
- Aunque las lágrimas saquen lo más bello de una mujer... a ti no te sientan nada bien - declaró acercando su rostro al de ella a medida que su expresión iba haciéndose más seria. Ella entrecerró los ojos, y afianzó sus manos en el cuello de él, obligándole a besarla de nuevo. Esta vez, recorrió toda la boca de él con la suya, saboreando su saliva, mordisqueando su labio inferior y apoderándose de su lengua.
Abrazados sobre la arena, con las manos temblorosas mientras se desnudaban mutuamente, ambos experimentaron la mejor sensación de su vida: se completaron el uno al otro, se hicieron sonreír y gemir de placer, se obligaron a intercambiar miradas electrizantes, y se susurraron cosas incomprensibles al oído.
Tras escribir sensaciones sobre la piel del otro durante casi toda la noche, un brillo inexplicable surgió en el horizonte, bañando de un color dorado la espuma en la arena.
Al detenerse, agotados pero aún ansiando al otro, los ojos de él brillaron, y una lágrima cayó sobre la mejilla de ella. Él sonrió a la vez que se secaba los ojos.
- Sólo una lágrima por noche.
Ella estuvo totalmente de acuerdo con su frase. Se vistieron mientras miraban al otro con timidez. Ella no recordaba para nada a su ex. Él le sonrió mientras se encaminaba hacia la mansión.
- Ha sido un placer conocerte.
Ella estuvo a punto de decir "lo mismo digo", pero se mordió la lengua. Sólo una lágrima por noche. Entendía perfectamente lo que quería decir, y no quería estropearlo.
Entonces se le ocurrió algo.
- ¿Cómo te llamas? - exclamó con preocupación. Él le sonrió, andando de espaldas, y ella esperó unos segundos antes de devolverle la sonrisa. Se giró, y contempló amanecer.
Lentamente, a la vez que las olas arrastraban la luz dorada hasta la orilla, su expresión fue cambiando, y acabó mordiéndose el labio inferior mientras sonreía con desgana al horizonte.
Sólo una lágrima por noche.
Sus pupilas desenfocadas vagaban por la habitación viendo figuras borrosas sacudirse bajo colores danzantes. Su cabeza se ladeó, y parpadeó a la vez que la sacudía, intentando despejarse. Era inútil.
Se levantó apoyándose en el brazo del sillón, y estuvo a punto de caerse, pero un alma caritativa le sujetó y le preguntó si estaba bien. Ella no pudo responder más que con una caída de ojos y desmayándose en sus brazos.
Cuando volvió a ser consciente de lo que había a su alrededor, estaba con la cabeza inclinada sobre el váter, mirando su propio vómito. Notaba el fuerte y desagradable olor, así como el inquietante sabor en su boca.
- ¿Estás mejor? - preguntó una voz preocupada a su lado. Al girarse para darle las gracias a aquella bellísima persona, se quedó boquiabierta. Junto a ella se encontraba un chico de apenas dieciséis-diecisiete años con el pelo largo, liso, e incipiente barba. Un piercing adornaba su labio inferior, y sus ojos grises la observaban con preocupación sincera. Era de rasgos finos, atractivos, y físicamente... una bellísima persona. Él compuso una mueca extraña y le tendió el rollo de papel higiénico
- Parece que aún no.
Ella se dio cuenta de que debía tener la boca aún manchada de vómito, y se limpió, sonrojándose. Él sonrió ante el gesto recatado de ella. Se sintió ridícula observada por esos ojos tan perfectos.
Él le tendió la mano, y la ayudó a levantarse. Le indicó que se arreglase si quería, señalando el espejo. Al mirar su reflejo, ella descubrió que seguramente había estado llorando, pues tenía corrida la sombra de ojos. Al recordar que había llorado, recordó todo. Había sido por culpa de un chico. Todo siempre era por culpa de los tíos.
Hundió el rostro entre sus manos y se sentó en el borde de la bañera, incapaz de hacer nada más. Después de emborracharse estúpidamente y llorar lo indecible, aún seguía acordándose de él.
El buen chico la miró, dubitativo, y acabó sentándose a su lado tras suspirar. Le habló de cosas que para ella no tenían sentido. Que todo se olvida. Que los problemas no parecen tan graves si se comparan con los de los demás. Que lo único que no tiene solución es la muerte.
Ella encontró atractiva la idea de la muerte. Él le puso una mano en el hombro, tímidamente, y le sonrió. Aquel simple gesto, que era incluso infantil, la reconfortó más que todas las palabras de consuelo que había pronunciado antes. Alguien llamó a la puerta, diciendo que había gente esperando. Ella recordó que estaban en una fiesta.
Él apretó un instante la presión de su mano, y se separó de ella con una expresión que cautivó cada fibra de su ser.
Se levantó, limpiándose con rapidez las lágrimas, y salió detrás de él. La gente que esperaba para entrar al baño les miró con miradas cuyo significado ofendía. Pero ella no les gritó. Se sonrojó, y se sintió intimidada. Él tomó su mano y la llevó por el pasillo, ignorando los comentarios que se oían a sus espaldas. Ella se permitió sonreír.
Antes de que se diera cuenta, él la estaba sacando de la casa. Echaron a correr por el callejón trasero de la mansión, y llegaron a una oscura y pequeña cala.
A ella no le importó salir de la fiesta. De todas formas, tampoco sabía de qué era, sólo había ido con unas amigas que se lo recomendaron para olvidarse de su ex. Él se tumbó en la arena, y ella se quedó mirándole estupefacta. Él miraba el cielo, y sonreía levemente.
Ella le imitó, y contempló el cielo estrellado.
- Todas las noches merecen una lágrima... pero si les damos más, después la luna nos parece insoportable - susurró él con voz trémula y los ojos brillantes. Ella le observaba con avidez, cada vez más cautivada por sus labios, adornados con aquel piercing circular, y sus ojos grises, a punto de llorar y más hermosos, si cabe, que antes - Por eso es mejor dejar de llorar llegado cierto punto, y dejarse llevar por ese sonido...
Ella frunció el ceño, sin entenderle. Él volvió a sonreír, y cerró los ojos. Ella sintió el impulso de decirle que los abriera.
- Cierra los ojos... y escucha - sugirió él.
En cuanto lo hizo, ella quedó conmovida. El suave sonido del oleaje estaba acompañado del silbido grave de una brisa refrescante y salada, mientras algún grillo cantaba acordes desafinados en la lejanía y el agua resbalaba por la arena.
De pronto, sintió algo sobre sus labios, y supo que eran los de él al saborear algo metálico. Fue un beso casto, demasiado corto para poder saber si le había gustado o no. Abrió los párpados y le miró, sobre ella, con una leve sonrisa.
- Aunque las lágrimas saquen lo más bello de una mujer... a ti no te sientan nada bien - declaró acercando su rostro al de ella a medida que su expresión iba haciéndose más seria. Ella entrecerró los ojos, y afianzó sus manos en el cuello de él, obligándole a besarla de nuevo. Esta vez, recorrió toda la boca de él con la suya, saboreando su saliva, mordisqueando su labio inferior y apoderándose de su lengua.
Abrazados sobre la arena, con las manos temblorosas mientras se desnudaban mutuamente, ambos experimentaron la mejor sensación de su vida: se completaron el uno al otro, se hicieron sonreír y gemir de placer, se obligaron a intercambiar miradas electrizantes, y se susurraron cosas incomprensibles al oído.
Tras escribir sensaciones sobre la piel del otro durante casi toda la noche, un brillo inexplicable surgió en el horizonte, bañando de un color dorado la espuma en la arena.
Al detenerse, agotados pero aún ansiando al otro, los ojos de él brillaron, y una lágrima cayó sobre la mejilla de ella. Él sonrió a la vez que se secaba los ojos.
- Sólo una lágrima por noche.
Ella estuvo totalmente de acuerdo con su frase. Se vistieron mientras miraban al otro con timidez. Ella no recordaba para nada a su ex. Él le sonrió mientras se encaminaba hacia la mansión.
- Ha sido un placer conocerte.
Ella estuvo a punto de decir "lo mismo digo", pero se mordió la lengua. Sólo una lágrima por noche. Entendía perfectamente lo que quería decir, y no quería estropearlo.
Entonces se le ocurrió algo.
- ¿Cómo te llamas? - exclamó con preocupación. Él le sonrió, andando de espaldas, y ella esperó unos segundos antes de devolverle la sonrisa. Se giró, y contempló amanecer.
Lentamente, a la vez que las olas arrastraban la luz dorada hasta la orilla, su expresión fue cambiando, y acabó mordiéndose el labio inferior mientras sonreía con desgana al horizonte.
Sólo una lágrima por noche.
Náufrago
Aquí hay otra crítica. No tengo más que decir al respecto.
Algunas veces, aún le dolía. Fruncía el ceño ligeramente y apretaba la mandíbula de un modo imperceptible cuando había alguien cerca, y en cuanto se quedaba a solas, se frotaba el codo izquierdo en actitud protectora.
En esos momentos, miraba por el ventanuco de aquel lugar y recordaba aquella noche fría y apagada en la que había llegado a aquellas costas.
Mientras contemplaba el triste paisaje a través del sucio cristal, recordaba todo.
Recordaba cómo, en la más absoluta oscuridad, había sentido una mano taparle la boca, y otras retenerla con fuerza contra el suelo. Había intentado resistirse, pero nadie prestaba atención a algo así aquella noche.
La cubierta de aquella repugnante barcaza se mecía lentamente, y el sonido del oleaje, pausado y reverberante, comenzaba a resultar incómodo.
Notó cómo le desgarraban la falda, y comenzó a llorar en silencio, pidiendo ayuda.
Al sentir aquello penetrándola, cerró los ojos con fuerza e intentó ir con su mente a cualquier otro lugar.
Pero el dolor la traía de vuelta.
Al abrir los ojos, había millones de estrellas.
Miles de millones.
La noche continuaba mientras, una y otra vez, la violaban varios hombres.
No sabía si eran tres o cuatro.
Debido a la situación, a la que todos prestaban atención aunque nadie hiciera nada por evitarlo, no se habían dado cuenta de que las olas empezaban a invadir la cubierta.
Un niño comenzó a llorar cuando sonó el primer trueno.
De inmediato, sintió que salían de ella y la soltaban.
Se encogió, abrazándose las rodillas y sollozando, mirando la cara del último que había gozado de su demacrado cuerpo.
Veía miedo en los ojos de aquel adolescente, con la tripa hinchada y casi sin dientes.
Cerró los ojos y deseó dormir, pensando que todo se le olvidaría en cuanto llegase a la playa.
El bote se sacudió, llevado por el mar y el viento.
Tras horas de violentos embates, encallaron en la orilla bruscamente.
El golpe hizo que varios de ellos saliesen despedidos por encima de la borda, pero ella no se movió del sitio, encogida y abrazada a sus piernas, con la cara interior de los muslos manchada del fluido blanco de varios hombres.
Y de un niño.
Oyeron voces, y todos asomaron la cabeza por encima de proa.
Todos menos ella.
Hombres vestidos con uniforme se acercaban con mantas, y les recogieron a todos, llevándoselos en furgones.
A ella la obligaron a ponerse en pie. Pudo ver la mirada de horror que dirigían a su entrepierna.
Mientras caminaba torpemente por la playa, observó uno de los cuerpos en el suelo. Había tenido la mala suerte de caer sobre una roca, y la blanquecina orilla estaba manchada de sangre, que se diluía con la espuma de las olas.
Era aquel adolescente.
La habían guiado hasta un lugar lóbrego y aterrador en el que le habían dado ropa y comida caliente.
Después, le habían encerrado en una celda y la habían dejado allí horas.
Tenía el codo dislocado, pero no dijo nada a nadie.
Pasó días recibiendo visitas de grupos humanitarios y periodistas. Siempre les miraba con las mejillas aún anegadas de lágrimas, y no decía nada.
Al fin, le habían dicho que le sacarían de aquel lugar.
Tras tres semanas de cautiverio.
La llevaron hasta otra furgoneta poco acogedora donde estaban otras de las personas con las que había embarcado aquella noche.
Les dejaron en el muelle, junto a un barco carguero que volvía a África.
Ella dirigió una última mirada por encima del hombro, grabando cada milímetro del horizonte en su memoria.
Recordando aquel lugar maldito que odiaría para siempre.
Aquella tierra de esperanza.
Aquel infierno.
Algunas veces, aún le dolía. Fruncía el ceño ligeramente y apretaba la mandíbula de un modo imperceptible cuando había alguien cerca, y en cuanto se quedaba a solas, se frotaba el codo izquierdo en actitud protectora.
En esos momentos, miraba por el ventanuco de aquel lugar y recordaba aquella noche fría y apagada en la que había llegado a aquellas costas.
Mientras contemplaba el triste paisaje a través del sucio cristal, recordaba todo.
Recordaba cómo, en la más absoluta oscuridad, había sentido una mano taparle la boca, y otras retenerla con fuerza contra el suelo. Había intentado resistirse, pero nadie prestaba atención a algo así aquella noche.
La cubierta de aquella repugnante barcaza se mecía lentamente, y el sonido del oleaje, pausado y reverberante, comenzaba a resultar incómodo.
Notó cómo le desgarraban la falda, y comenzó a llorar en silencio, pidiendo ayuda.
Al sentir aquello penetrándola, cerró los ojos con fuerza e intentó ir con su mente a cualquier otro lugar.
Pero el dolor la traía de vuelta.
Al abrir los ojos, había millones de estrellas.
Miles de millones.
La noche continuaba mientras, una y otra vez, la violaban varios hombres.
No sabía si eran tres o cuatro.
Debido a la situación, a la que todos prestaban atención aunque nadie hiciera nada por evitarlo, no se habían dado cuenta de que las olas empezaban a invadir la cubierta.
Un niño comenzó a llorar cuando sonó el primer trueno.
De inmediato, sintió que salían de ella y la soltaban.
Se encogió, abrazándose las rodillas y sollozando, mirando la cara del último que había gozado de su demacrado cuerpo.
Veía miedo en los ojos de aquel adolescente, con la tripa hinchada y casi sin dientes.
Cerró los ojos y deseó dormir, pensando que todo se le olvidaría en cuanto llegase a la playa.
El bote se sacudió, llevado por el mar y el viento.
Tras horas de violentos embates, encallaron en la orilla bruscamente.
El golpe hizo que varios de ellos saliesen despedidos por encima de la borda, pero ella no se movió del sitio, encogida y abrazada a sus piernas, con la cara interior de los muslos manchada del fluido blanco de varios hombres.
Y de un niño.
Oyeron voces, y todos asomaron la cabeza por encima de proa.
Todos menos ella.
Hombres vestidos con uniforme se acercaban con mantas, y les recogieron a todos, llevándoselos en furgones.
A ella la obligaron a ponerse en pie. Pudo ver la mirada de horror que dirigían a su entrepierna.
Mientras caminaba torpemente por la playa, observó uno de los cuerpos en el suelo. Había tenido la mala suerte de caer sobre una roca, y la blanquecina orilla estaba manchada de sangre, que se diluía con la espuma de las olas.
Era aquel adolescente.
La habían guiado hasta un lugar lóbrego y aterrador en el que le habían dado ropa y comida caliente.
Después, le habían encerrado en una celda y la habían dejado allí horas.
Tenía el codo dislocado, pero no dijo nada a nadie.
Pasó días recibiendo visitas de grupos humanitarios y periodistas. Siempre les miraba con las mejillas aún anegadas de lágrimas, y no decía nada.
Al fin, le habían dicho que le sacarían de aquel lugar.
Tras tres semanas de cautiverio.
La llevaron hasta otra furgoneta poco acogedora donde estaban otras de las personas con las que había embarcado aquella noche.
Les dejaron en el muelle, junto a un barco carguero que volvía a África.
Ella dirigió una última mirada por encima del hombro, grabando cada milímetro del horizonte en su memoria.
Recordando aquel lugar maldito que odiaría para siempre.
Aquella tierra de esperanza.
Aquel infierno.
Otoño
Aquí hablo de mi estación favorita del año, porque no hace ni frío ni calor, y llueve mucho. No, no es la primavera, sino el otoño, de colores más fríos, teñido de dorados y cobrizos, y lleno a rebosar de esa sensación de final que nos hace realmente recapacitar sobre el camino que nos trajo a él.
Lo imagino como una figura de larga melena entrecana, que algún día fue pelirroja, sentado en un bordillo viendo pasar gente delante de él sin realmente mirar a nadie, con las pupilas temblorosas y empañadas, ambarinas, y su mente abstraída en blanco.
Lo imagino con un cigarro consumido entre los dedos, aún humeante, y exhalando en largas vaharadas un estremecimiento en su pecho, cubierto por una fina camisa blanca de seda.
Lo imagino con barba de algunos días, con leves arrugas alrededor de los ojos, en el entrecejo y en la comisura de los labios.
Lo imagino con vaqueros rotos y zapatos negros, con pinta de haber sido, alguna vez, buenos zapatos de noche.
Lo imagino con ramitas y hojas secas en el enmarañado pelo cobrizo apagado.
E imagino que, cuando se levanta y se marcha, sus articulaciones crujen y chasquean como un tronco viejo al partirse.
Lo imagino como una figura de larga melena entrecana, que algún día fue pelirroja, sentado en un bordillo viendo pasar gente delante de él sin realmente mirar a nadie, con las pupilas temblorosas y empañadas, ambarinas, y su mente abstraída en blanco.
Lo imagino con un cigarro consumido entre los dedos, aún humeante, y exhalando en largas vaharadas un estremecimiento en su pecho, cubierto por una fina camisa blanca de seda.
Lo imagino con barba de algunos días, con leves arrugas alrededor de los ojos, en el entrecejo y en la comisura de los labios.
Lo imagino con vaqueros rotos y zapatos negros, con pinta de haber sido, alguna vez, buenos zapatos de noche.
Lo imagino con ramitas y hojas secas en el enmarañado pelo cobrizo apagado.
E imagino que, cuando se levanta y se marcha, sus articulaciones crujen y chasquean como un tronco viejo al partirse.
Allí
Hoy es el día de viejos textos. Éste en concreto, no tan viejo, habla de los recuerdos (en mi juventud, por sorprendente que a algunos pueda parecerle, los tengo buenos y malos).
Allí era un lugar difuso, todavía borroso en sus recuerdos, aunque fue un sitio importante para él. Podría decirse, sin miedo de pecar de hiperbólico, que su personalidad por entero había sido moldeada por todos los acontecimientos que allí había vivido.
Su extraña manía de rascar las fisuras entre las losas del suelo con la punta del pie cuando esperaba. Su gesto al apagar las colillas, dándoles vueltas, atornillándolas hasta que su humo expiraba. Su costumbre de escribir con el cuaderno doblado casi horizontalmente. Su forma de humedecerse el labio inferior justo antes de morderlo al pensar. Su ademán al apartar los largos rizos que caían desde su flequillo, a veces ocultando su rostro.
Todo esto y características menos importantes; su ingenuidad, su amabilidad, su desconfianza, su timidez, su miedo impreciso a la oscuridad…
Lo más importante también, su mirada.
Todo él había sido allí.
Quizá, de no haber estado allí, habría sido su vida una serie de sucesos menos desafortunados. Pero eso ya no tenía remedio, y ni en sus más lúgubres momentos permitía a su mente divagar, ni arrepentirse, de aquellas cosas.
Ése era uno de esos momentos; depresivos, autocompasivos, despreciables. Egoístas.
Era incapaz como persona, y aunque se había opuesto enérgicamente, de evitar hundirse en su desgracia cuando ésta alcanzaba cotas exasperantes, cuando se colmaba el vaso. Él era, como muchos, de gustos sencillos, sonrisa fácil y franca, lágrima lenta y naturaleza tranquila y pacífica. Generalmente, su malestar se debía al dolor ajeno, de personas que amaba aun conociendo sus faltas, o tal vez precisamente por conocerlas. Pero, en este momento concreto, se estaba permitiendo el lujo de llorar por sus propios problemas, o los que él consideraba tales.
Por eso había ido allí. Porque era su lugar, al menos en aquel espacio y aquel tiempo, y en aquella dimensión de su mente. Y no quería compartir sus pesares con nadie más, porque conocía de primera mano la pesada carga que eso les supondría.
De todas formas, no era la suya una angustia con la que muchos simpatizarían, pues era egoísta.
Principalmente porque había otras personas cercanas a él sufriendo por motivos mucho más justificados, y secundariamente porque parecía una minucia si se contemplaba, pragmáticamente, el hecho de que en todo el mundo la gente luchaba con adversidades mucho más relevantes, a gran escala.
Esto no hacía más que aumentar su desdicha; además de sentirse ruin por darles la espalda a los que amaba, se sentía insignificante, como un insecto, por no superar algo tan irrisorio dentro de un marco más amplio e impersonal.
Por eso había ido allí. Para rehacerse a sí mismo, olvidar todo lo anterior y ser… otra persona, con otras preocupaciones y dilemas, sin nada que ver con el tipo egoísta que lloraba por él mismo, en soledad.
Todos sus recuerdos de aquel lugar brillaron en su memoria por un momento. Se secó las lágrimas.
Allí era un lugar diáfano, que recordaría para siempre… aunque no fuese importante para él.
Allí era un lugar difuso, todavía borroso en sus recuerdos, aunque fue un sitio importante para él. Podría decirse, sin miedo de pecar de hiperbólico, que su personalidad por entero había sido moldeada por todos los acontecimientos que allí había vivido.
Su extraña manía de rascar las fisuras entre las losas del suelo con la punta del pie cuando esperaba. Su gesto al apagar las colillas, dándoles vueltas, atornillándolas hasta que su humo expiraba. Su costumbre de escribir con el cuaderno doblado casi horizontalmente. Su forma de humedecerse el labio inferior justo antes de morderlo al pensar. Su ademán al apartar los largos rizos que caían desde su flequillo, a veces ocultando su rostro.
Todo esto y características menos importantes; su ingenuidad, su amabilidad, su desconfianza, su timidez, su miedo impreciso a la oscuridad…
Lo más importante también, su mirada.
Todo él había sido allí.
Quizá, de no haber estado allí, habría sido su vida una serie de sucesos menos desafortunados. Pero eso ya no tenía remedio, y ni en sus más lúgubres momentos permitía a su mente divagar, ni arrepentirse, de aquellas cosas.
Ése era uno de esos momentos; depresivos, autocompasivos, despreciables. Egoístas.
Era incapaz como persona, y aunque se había opuesto enérgicamente, de evitar hundirse en su desgracia cuando ésta alcanzaba cotas exasperantes, cuando se colmaba el vaso. Él era, como muchos, de gustos sencillos, sonrisa fácil y franca, lágrima lenta y naturaleza tranquila y pacífica. Generalmente, su malestar se debía al dolor ajeno, de personas que amaba aun conociendo sus faltas, o tal vez precisamente por conocerlas. Pero, en este momento concreto, se estaba permitiendo el lujo de llorar por sus propios problemas, o los que él consideraba tales.
Por eso había ido allí. Porque era su lugar, al menos en aquel espacio y aquel tiempo, y en aquella dimensión de su mente. Y no quería compartir sus pesares con nadie más, porque conocía de primera mano la pesada carga que eso les supondría.
De todas formas, no era la suya una angustia con la que muchos simpatizarían, pues era egoísta.
Principalmente porque había otras personas cercanas a él sufriendo por motivos mucho más justificados, y secundariamente porque parecía una minucia si se contemplaba, pragmáticamente, el hecho de que en todo el mundo la gente luchaba con adversidades mucho más relevantes, a gran escala.
Esto no hacía más que aumentar su desdicha; además de sentirse ruin por darles la espalda a los que amaba, se sentía insignificante, como un insecto, por no superar algo tan irrisorio dentro de un marco más amplio e impersonal.
Por eso había ido allí. Para rehacerse a sí mismo, olvidar todo lo anterior y ser… otra persona, con otras preocupaciones y dilemas, sin nada que ver con el tipo egoísta que lloraba por él mismo, en soledad.
Todos sus recuerdos de aquel lugar brillaron en su memoria por un momento. Se secó las lágrimas.
Allí era un lugar diáfano, que recordaría para siempre… aunque no fuese importante para él.
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