Aquí, hablo de la crueldad y el amor. De su facilidad.
Una vez, encontró un espejo. No sabía cómo había llegado allí, pero le gustó.
Era enorme, con un marco negro decorado con motivos florales, y unas letras plateadas en un idioma que ella no entendía.
Lo arrastró como pudo al fondo de la laguna, y allí, se contempló.
Tenía el pelo verde, largo y ondulado, con brillos húmedos, y tacto similar al de las algas. La parte de los ojos que debería ser blanca, era negra, y sus iris eran de un tono ámbar surcado por estrías blancas.
Su piel, de un tono azulado, era suave y delicada. Sus rasgos, finos y afilados. Su desnudez le pareció sensual. Sus manos, palmeadas, extrañamente apropiadas.
Todas las noches, salía a la superficie a buscar cosas que los humanos olvidaban en la orilla.
Al amanecer, volvía a las profundidades del enorme lago, y se quedaba allí, contemplando su tesoro. En especial, aquel espejo de marco negro.
Su pieza más preciada.
Una noche, oyó ruidos mientras buscaba en la arena, y se deslizó bajo el agua con suavidad, en silencio.
Observó a un humano delgado, pálido, y con parte del rostro oculto bajo un mechón de pelo sentarse junto al agua, muy cerca de ella, y abrazarse a sus rodillas, llorando.
Pudo percibir que era un hombre, y que estaba tremendamente triste.
Ella no se movió, consciente de que la más ligera ondulación en el agua podría llamar su atención y hacer que la descubriera.
Mientras la noche avanzaba, él seguía sollozando, convulsionado por el dolor.
La luna iluminó la orilla, y la blanca arena no se distinguió del brillante agua por un momento, dando la sensación de que aquella figura, delineada por un resplandor plateado, lloraba desconsolada en un desierto de cristal.
Ella abrió mucho los ojos, cautivada por aquella imagen.
Cuando comenzaba a amanecer, él se marchó, secándose las lágrimas, y ella volvió al interior del lago, con el corazón temblándole con violencia. Se recostó sobre su espejo en su guarida, y se quedó acariciando los dedos de su reflejo, pensando en la figura de aquel joven martirizado por algún sentimiento atroz.
La noche siguiente, se acercó a la misma zona del límite de la laguna, y volvió a verle. Allí estaba, esta vez acostado en posición fetal, con la mejilla apoyada en su mano izquierda, mirando el infinito.
Innumerables noches ella fue al mismo sitio, y lo veía cada noche, derramando interminables lágrimas sobre la arena.
Finalmente, decidió acercarse.
- ¿Por qué lloras? - preguntó en voz baja, susurrante. Él levantó la cabeza y miró a su alrededor, confuso, sin poder ubicar el origen de la voz que le hablaba.
- ¿Quién está ahí? - inquirió secándose las lágrimas con rapidez en las mangas de su chaleco.
- Llevo observándote muchas lunas, y siempre vienes aquí a llorar - declaró ella aún sin mostrarse abiertamente. Él se detuvo mientras se levantaba, y volvió a sentarse, con expresión abatida.
- ...¿alguna vez te han roto el corazón? - dijo con voz ahogada y ronca. Ella entornó los ojos, empezando a comprender.
- No.
- Entonces no puedes imaginarte siquiera lo que es ver a la persona que amas en los brazos de la persona equivocada cada noche - su rostro reflejó un dolor que iba más allá de lo que ella creía que existía - Aunque sepas que vuestro amor es imposible, que va contra la naturaleza... "que no está bien visto"... - esto último lo dijo con una extraña voz nasal, y se miró los zapatos - Por el amor de dios, ¿quién está ahí?¿quién me ha contemplado estos meses de dolor y me ha acompañado en mi llanto sin yo saberlo?
- Yo - respondió ella saliendo del agua y mostrándose ante él, desnuda. Al girar el cuello, el se quedó boquiabierto, y se levantó de un salto, mirándola con una mueca de incredulidad.
- Eres... eres...
- Soy una ninfa - contestó ella tendiéndole su mano, dispuesta a consolarle. Su historia, en parte incomprensible, había enternecido su alma de un modo que no creía posible, y, sin ningún motivo en particular, deseaba ayudarle, estar con él, abrazarle y apoyarle en todo cuanto pudiera.
- ¡Un monstruo! - chilló él con voz aguda, dándole la espalda y echando a correr.
Por un instante, ella tuvo la extraña sensación de que el cielo se le caía encima, y cayó sobre el agua, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, suspirando, con el corazón latiéndole apenas, medio muerto.
Fue mecida por el tenue oleaje, y se dejó llevar por las aguas del que había sido su hogar durante siglos.
Llegó hasta su guarida, y se apoyó sobre su espejo.
Unas extrañas burbujas se arremolinaban en torno a sus ojos, saliendo de sus lacrimales y dejándole un inusual picor en la retina.
Al mirar su reflejo, se vio distinta.
Su piel estaba gris. Su esplendoroso cabello, mustio. Sus ojos... muertos.
Frunció el ceño, y se llevó las manos al corazón, cerrando los párpados y notando que algo en su interior se rompía con brusquedad, como si una pieza de cristal hubiera caído al suelo.
Cuando volvió a mirar su reflejo, lo odió.
"Un monstruo".
Empuñó un garrote, una pieza de su colección, y, emitiendo un grito desgarrado de furia y dolor, destrozó el espejo.
Los pedazos de reflejo flotaron a su alrededor tras estallar con un sonido sordo, amortiguado por el agua.
Revolotearon con lentitud, y acabaron posándose en el suelo, algunos bocarriba y otros bocabajo.
Ella soltó el garrote, y se arrodilló sobre los restos del mutilado espejo, sin importarle los profundos cortes que se abrían en su piel.
Con sólo unas palabras, aquel joven había destrozado su perfecto y aislado mundo. Se lo había arrebatado de cuajo, como su corazón.
¿Quién era el verdadero monstruo?
20/4/09
Sólo una lágrima por noche
Aquí, una especie de canto al derecho de disfrutar del sexo como cada uno quiera. Y a la libre ingesta de alcohol.
Sus pupilas desenfocadas vagaban por la habitación viendo figuras borrosas sacudirse bajo colores danzantes. Su cabeza se ladeó, y parpadeó a la vez que la sacudía, intentando despejarse. Era inútil.
Se levantó apoyándose en el brazo del sillón, y estuvo a punto de caerse, pero un alma caritativa le sujetó y le preguntó si estaba bien. Ella no pudo responder más que con una caída de ojos y desmayándose en sus brazos.
Cuando volvió a ser consciente de lo que había a su alrededor, estaba con la cabeza inclinada sobre el váter, mirando su propio vómito. Notaba el fuerte y desagradable olor, así como el inquietante sabor en su boca.
- ¿Estás mejor? - preguntó una voz preocupada a su lado. Al girarse para darle las gracias a aquella bellísima persona, se quedó boquiabierta. Junto a ella se encontraba un chico de apenas dieciséis-diecisiete años con el pelo largo, liso, e incipiente barba. Un piercing adornaba su labio inferior, y sus ojos grises la observaban con preocupación sincera. Era de rasgos finos, atractivos, y físicamente... una bellísima persona. Él compuso una mueca extraña y le tendió el rollo de papel higiénico
- Parece que aún no.
Ella se dio cuenta de que debía tener la boca aún manchada de vómito, y se limpió, sonrojándose. Él sonrió ante el gesto recatado de ella. Se sintió ridícula observada por esos ojos tan perfectos.
Él le tendió la mano, y la ayudó a levantarse. Le indicó que se arreglase si quería, señalando el espejo. Al mirar su reflejo, ella descubrió que seguramente había estado llorando, pues tenía corrida la sombra de ojos. Al recordar que había llorado, recordó todo. Había sido por culpa de un chico. Todo siempre era por culpa de los tíos.
Hundió el rostro entre sus manos y se sentó en el borde de la bañera, incapaz de hacer nada más. Después de emborracharse estúpidamente y llorar lo indecible, aún seguía acordándose de él.
El buen chico la miró, dubitativo, y acabó sentándose a su lado tras suspirar. Le habló de cosas que para ella no tenían sentido. Que todo se olvida. Que los problemas no parecen tan graves si se comparan con los de los demás. Que lo único que no tiene solución es la muerte.
Ella encontró atractiva la idea de la muerte. Él le puso una mano en el hombro, tímidamente, y le sonrió. Aquel simple gesto, que era incluso infantil, la reconfortó más que todas las palabras de consuelo que había pronunciado antes. Alguien llamó a la puerta, diciendo que había gente esperando. Ella recordó que estaban en una fiesta.
Él apretó un instante la presión de su mano, y se separó de ella con una expresión que cautivó cada fibra de su ser.
Se levantó, limpiándose con rapidez las lágrimas, y salió detrás de él. La gente que esperaba para entrar al baño les miró con miradas cuyo significado ofendía. Pero ella no les gritó. Se sonrojó, y se sintió intimidada. Él tomó su mano y la llevó por el pasillo, ignorando los comentarios que se oían a sus espaldas. Ella se permitió sonreír.
Antes de que se diera cuenta, él la estaba sacando de la casa. Echaron a correr por el callejón trasero de la mansión, y llegaron a una oscura y pequeña cala.
A ella no le importó salir de la fiesta. De todas formas, tampoco sabía de qué era, sólo había ido con unas amigas que se lo recomendaron para olvidarse de su ex. Él se tumbó en la arena, y ella se quedó mirándole estupefacta. Él miraba el cielo, y sonreía levemente.
Ella le imitó, y contempló el cielo estrellado.
- Todas las noches merecen una lágrima... pero si les damos más, después la luna nos parece insoportable - susurró él con voz trémula y los ojos brillantes. Ella le observaba con avidez, cada vez más cautivada por sus labios, adornados con aquel piercing circular, y sus ojos grises, a punto de llorar y más hermosos, si cabe, que antes - Por eso es mejor dejar de llorar llegado cierto punto, y dejarse llevar por ese sonido...
Ella frunció el ceño, sin entenderle. Él volvió a sonreír, y cerró los ojos. Ella sintió el impulso de decirle que los abriera.
- Cierra los ojos... y escucha - sugirió él.
En cuanto lo hizo, ella quedó conmovida. El suave sonido del oleaje estaba acompañado del silbido grave de una brisa refrescante y salada, mientras algún grillo cantaba acordes desafinados en la lejanía y el agua resbalaba por la arena.
De pronto, sintió algo sobre sus labios, y supo que eran los de él al saborear algo metálico. Fue un beso casto, demasiado corto para poder saber si le había gustado o no. Abrió los párpados y le miró, sobre ella, con una leve sonrisa.
- Aunque las lágrimas saquen lo más bello de una mujer... a ti no te sientan nada bien - declaró acercando su rostro al de ella a medida que su expresión iba haciéndose más seria. Ella entrecerró los ojos, y afianzó sus manos en el cuello de él, obligándole a besarla de nuevo. Esta vez, recorrió toda la boca de él con la suya, saboreando su saliva, mordisqueando su labio inferior y apoderándose de su lengua.
Abrazados sobre la arena, con las manos temblorosas mientras se desnudaban mutuamente, ambos experimentaron la mejor sensación de su vida: se completaron el uno al otro, se hicieron sonreír y gemir de placer, se obligaron a intercambiar miradas electrizantes, y se susurraron cosas incomprensibles al oído.
Tras escribir sensaciones sobre la piel del otro durante casi toda la noche, un brillo inexplicable surgió en el horizonte, bañando de un color dorado la espuma en la arena.
Al detenerse, agotados pero aún ansiando al otro, los ojos de él brillaron, y una lágrima cayó sobre la mejilla de ella. Él sonrió a la vez que se secaba los ojos.
- Sólo una lágrima por noche.
Ella estuvo totalmente de acuerdo con su frase. Se vistieron mientras miraban al otro con timidez. Ella no recordaba para nada a su ex. Él le sonrió mientras se encaminaba hacia la mansión.
- Ha sido un placer conocerte.
Ella estuvo a punto de decir "lo mismo digo", pero se mordió la lengua. Sólo una lágrima por noche. Entendía perfectamente lo que quería decir, y no quería estropearlo.
Entonces se le ocurrió algo.
- ¿Cómo te llamas? - exclamó con preocupación. Él le sonrió, andando de espaldas, y ella esperó unos segundos antes de devolverle la sonrisa. Se giró, y contempló amanecer.
Lentamente, a la vez que las olas arrastraban la luz dorada hasta la orilla, su expresión fue cambiando, y acabó mordiéndose el labio inferior mientras sonreía con desgana al horizonte.
Sólo una lágrima por noche.
Sus pupilas desenfocadas vagaban por la habitación viendo figuras borrosas sacudirse bajo colores danzantes. Su cabeza se ladeó, y parpadeó a la vez que la sacudía, intentando despejarse. Era inútil.
Se levantó apoyándose en el brazo del sillón, y estuvo a punto de caerse, pero un alma caritativa le sujetó y le preguntó si estaba bien. Ella no pudo responder más que con una caída de ojos y desmayándose en sus brazos.
Cuando volvió a ser consciente de lo que había a su alrededor, estaba con la cabeza inclinada sobre el váter, mirando su propio vómito. Notaba el fuerte y desagradable olor, así como el inquietante sabor en su boca.
- ¿Estás mejor? - preguntó una voz preocupada a su lado. Al girarse para darle las gracias a aquella bellísima persona, se quedó boquiabierta. Junto a ella se encontraba un chico de apenas dieciséis-diecisiete años con el pelo largo, liso, e incipiente barba. Un piercing adornaba su labio inferior, y sus ojos grises la observaban con preocupación sincera. Era de rasgos finos, atractivos, y físicamente... una bellísima persona. Él compuso una mueca extraña y le tendió el rollo de papel higiénico
- Parece que aún no.
Ella se dio cuenta de que debía tener la boca aún manchada de vómito, y se limpió, sonrojándose. Él sonrió ante el gesto recatado de ella. Se sintió ridícula observada por esos ojos tan perfectos.
Él le tendió la mano, y la ayudó a levantarse. Le indicó que se arreglase si quería, señalando el espejo. Al mirar su reflejo, ella descubrió que seguramente había estado llorando, pues tenía corrida la sombra de ojos. Al recordar que había llorado, recordó todo. Había sido por culpa de un chico. Todo siempre era por culpa de los tíos.
Hundió el rostro entre sus manos y se sentó en el borde de la bañera, incapaz de hacer nada más. Después de emborracharse estúpidamente y llorar lo indecible, aún seguía acordándose de él.
El buen chico la miró, dubitativo, y acabó sentándose a su lado tras suspirar. Le habló de cosas que para ella no tenían sentido. Que todo se olvida. Que los problemas no parecen tan graves si se comparan con los de los demás. Que lo único que no tiene solución es la muerte.
Ella encontró atractiva la idea de la muerte. Él le puso una mano en el hombro, tímidamente, y le sonrió. Aquel simple gesto, que era incluso infantil, la reconfortó más que todas las palabras de consuelo que había pronunciado antes. Alguien llamó a la puerta, diciendo que había gente esperando. Ella recordó que estaban en una fiesta.
Él apretó un instante la presión de su mano, y se separó de ella con una expresión que cautivó cada fibra de su ser.
Se levantó, limpiándose con rapidez las lágrimas, y salió detrás de él. La gente que esperaba para entrar al baño les miró con miradas cuyo significado ofendía. Pero ella no les gritó. Se sonrojó, y se sintió intimidada. Él tomó su mano y la llevó por el pasillo, ignorando los comentarios que se oían a sus espaldas. Ella se permitió sonreír.
Antes de que se diera cuenta, él la estaba sacando de la casa. Echaron a correr por el callejón trasero de la mansión, y llegaron a una oscura y pequeña cala.
A ella no le importó salir de la fiesta. De todas formas, tampoco sabía de qué era, sólo había ido con unas amigas que se lo recomendaron para olvidarse de su ex. Él se tumbó en la arena, y ella se quedó mirándole estupefacta. Él miraba el cielo, y sonreía levemente.
Ella le imitó, y contempló el cielo estrellado.
- Todas las noches merecen una lágrima... pero si les damos más, después la luna nos parece insoportable - susurró él con voz trémula y los ojos brillantes. Ella le observaba con avidez, cada vez más cautivada por sus labios, adornados con aquel piercing circular, y sus ojos grises, a punto de llorar y más hermosos, si cabe, que antes - Por eso es mejor dejar de llorar llegado cierto punto, y dejarse llevar por ese sonido...
Ella frunció el ceño, sin entenderle. Él volvió a sonreír, y cerró los ojos. Ella sintió el impulso de decirle que los abriera.
- Cierra los ojos... y escucha - sugirió él.
En cuanto lo hizo, ella quedó conmovida. El suave sonido del oleaje estaba acompañado del silbido grave de una brisa refrescante y salada, mientras algún grillo cantaba acordes desafinados en la lejanía y el agua resbalaba por la arena.
De pronto, sintió algo sobre sus labios, y supo que eran los de él al saborear algo metálico. Fue un beso casto, demasiado corto para poder saber si le había gustado o no. Abrió los párpados y le miró, sobre ella, con una leve sonrisa.
- Aunque las lágrimas saquen lo más bello de una mujer... a ti no te sientan nada bien - declaró acercando su rostro al de ella a medida que su expresión iba haciéndose más seria. Ella entrecerró los ojos, y afianzó sus manos en el cuello de él, obligándole a besarla de nuevo. Esta vez, recorrió toda la boca de él con la suya, saboreando su saliva, mordisqueando su labio inferior y apoderándose de su lengua.
Abrazados sobre la arena, con las manos temblorosas mientras se desnudaban mutuamente, ambos experimentaron la mejor sensación de su vida: se completaron el uno al otro, se hicieron sonreír y gemir de placer, se obligaron a intercambiar miradas electrizantes, y se susurraron cosas incomprensibles al oído.
Tras escribir sensaciones sobre la piel del otro durante casi toda la noche, un brillo inexplicable surgió en el horizonte, bañando de un color dorado la espuma en la arena.
Al detenerse, agotados pero aún ansiando al otro, los ojos de él brillaron, y una lágrima cayó sobre la mejilla de ella. Él sonrió a la vez que se secaba los ojos.
- Sólo una lágrima por noche.
Ella estuvo totalmente de acuerdo con su frase. Se vistieron mientras miraban al otro con timidez. Ella no recordaba para nada a su ex. Él le sonrió mientras se encaminaba hacia la mansión.
- Ha sido un placer conocerte.
Ella estuvo a punto de decir "lo mismo digo", pero se mordió la lengua. Sólo una lágrima por noche. Entendía perfectamente lo que quería decir, y no quería estropearlo.
Entonces se le ocurrió algo.
- ¿Cómo te llamas? - exclamó con preocupación. Él le sonrió, andando de espaldas, y ella esperó unos segundos antes de devolverle la sonrisa. Se giró, y contempló amanecer.
Lentamente, a la vez que las olas arrastraban la luz dorada hasta la orilla, su expresión fue cambiando, y acabó mordiéndose el labio inferior mientras sonreía con desgana al horizonte.
Sólo una lágrima por noche.
Náufrago
Aquí hay otra crítica. No tengo más que decir al respecto.
Algunas veces, aún le dolía. Fruncía el ceño ligeramente y apretaba la mandíbula de un modo imperceptible cuando había alguien cerca, y en cuanto se quedaba a solas, se frotaba el codo izquierdo en actitud protectora.
En esos momentos, miraba por el ventanuco de aquel lugar y recordaba aquella noche fría y apagada en la que había llegado a aquellas costas.
Mientras contemplaba el triste paisaje a través del sucio cristal, recordaba todo.
Recordaba cómo, en la más absoluta oscuridad, había sentido una mano taparle la boca, y otras retenerla con fuerza contra el suelo. Había intentado resistirse, pero nadie prestaba atención a algo así aquella noche.
La cubierta de aquella repugnante barcaza se mecía lentamente, y el sonido del oleaje, pausado y reverberante, comenzaba a resultar incómodo.
Notó cómo le desgarraban la falda, y comenzó a llorar en silencio, pidiendo ayuda.
Al sentir aquello penetrándola, cerró los ojos con fuerza e intentó ir con su mente a cualquier otro lugar.
Pero el dolor la traía de vuelta.
Al abrir los ojos, había millones de estrellas.
Miles de millones.
La noche continuaba mientras, una y otra vez, la violaban varios hombres.
No sabía si eran tres o cuatro.
Debido a la situación, a la que todos prestaban atención aunque nadie hiciera nada por evitarlo, no se habían dado cuenta de que las olas empezaban a invadir la cubierta.
Un niño comenzó a llorar cuando sonó el primer trueno.
De inmediato, sintió que salían de ella y la soltaban.
Se encogió, abrazándose las rodillas y sollozando, mirando la cara del último que había gozado de su demacrado cuerpo.
Veía miedo en los ojos de aquel adolescente, con la tripa hinchada y casi sin dientes.
Cerró los ojos y deseó dormir, pensando que todo se le olvidaría en cuanto llegase a la playa.
El bote se sacudió, llevado por el mar y el viento.
Tras horas de violentos embates, encallaron en la orilla bruscamente.
El golpe hizo que varios de ellos saliesen despedidos por encima de la borda, pero ella no se movió del sitio, encogida y abrazada a sus piernas, con la cara interior de los muslos manchada del fluido blanco de varios hombres.
Y de un niño.
Oyeron voces, y todos asomaron la cabeza por encima de proa.
Todos menos ella.
Hombres vestidos con uniforme se acercaban con mantas, y les recogieron a todos, llevándoselos en furgones.
A ella la obligaron a ponerse en pie. Pudo ver la mirada de horror que dirigían a su entrepierna.
Mientras caminaba torpemente por la playa, observó uno de los cuerpos en el suelo. Había tenido la mala suerte de caer sobre una roca, y la blanquecina orilla estaba manchada de sangre, que se diluía con la espuma de las olas.
Era aquel adolescente.
La habían guiado hasta un lugar lóbrego y aterrador en el que le habían dado ropa y comida caliente.
Después, le habían encerrado en una celda y la habían dejado allí horas.
Tenía el codo dislocado, pero no dijo nada a nadie.
Pasó días recibiendo visitas de grupos humanitarios y periodistas. Siempre les miraba con las mejillas aún anegadas de lágrimas, y no decía nada.
Al fin, le habían dicho que le sacarían de aquel lugar.
Tras tres semanas de cautiverio.
La llevaron hasta otra furgoneta poco acogedora donde estaban otras de las personas con las que había embarcado aquella noche.
Les dejaron en el muelle, junto a un barco carguero que volvía a África.
Ella dirigió una última mirada por encima del hombro, grabando cada milímetro del horizonte en su memoria.
Recordando aquel lugar maldito que odiaría para siempre.
Aquella tierra de esperanza.
Aquel infierno.
Algunas veces, aún le dolía. Fruncía el ceño ligeramente y apretaba la mandíbula de un modo imperceptible cuando había alguien cerca, y en cuanto se quedaba a solas, se frotaba el codo izquierdo en actitud protectora.
En esos momentos, miraba por el ventanuco de aquel lugar y recordaba aquella noche fría y apagada en la que había llegado a aquellas costas.
Mientras contemplaba el triste paisaje a través del sucio cristal, recordaba todo.
Recordaba cómo, en la más absoluta oscuridad, había sentido una mano taparle la boca, y otras retenerla con fuerza contra el suelo. Había intentado resistirse, pero nadie prestaba atención a algo así aquella noche.
La cubierta de aquella repugnante barcaza se mecía lentamente, y el sonido del oleaje, pausado y reverberante, comenzaba a resultar incómodo.
Notó cómo le desgarraban la falda, y comenzó a llorar en silencio, pidiendo ayuda.
Al sentir aquello penetrándola, cerró los ojos con fuerza e intentó ir con su mente a cualquier otro lugar.
Pero el dolor la traía de vuelta.
Al abrir los ojos, había millones de estrellas.
Miles de millones.
La noche continuaba mientras, una y otra vez, la violaban varios hombres.
No sabía si eran tres o cuatro.
Debido a la situación, a la que todos prestaban atención aunque nadie hiciera nada por evitarlo, no se habían dado cuenta de que las olas empezaban a invadir la cubierta.
Un niño comenzó a llorar cuando sonó el primer trueno.
De inmediato, sintió que salían de ella y la soltaban.
Se encogió, abrazándose las rodillas y sollozando, mirando la cara del último que había gozado de su demacrado cuerpo.
Veía miedo en los ojos de aquel adolescente, con la tripa hinchada y casi sin dientes.
Cerró los ojos y deseó dormir, pensando que todo se le olvidaría en cuanto llegase a la playa.
El bote se sacudió, llevado por el mar y el viento.
Tras horas de violentos embates, encallaron en la orilla bruscamente.
El golpe hizo que varios de ellos saliesen despedidos por encima de la borda, pero ella no se movió del sitio, encogida y abrazada a sus piernas, con la cara interior de los muslos manchada del fluido blanco de varios hombres.
Y de un niño.
Oyeron voces, y todos asomaron la cabeza por encima de proa.
Todos menos ella.
Hombres vestidos con uniforme se acercaban con mantas, y les recogieron a todos, llevándoselos en furgones.
A ella la obligaron a ponerse en pie. Pudo ver la mirada de horror que dirigían a su entrepierna.
Mientras caminaba torpemente por la playa, observó uno de los cuerpos en el suelo. Había tenido la mala suerte de caer sobre una roca, y la blanquecina orilla estaba manchada de sangre, que se diluía con la espuma de las olas.
Era aquel adolescente.
La habían guiado hasta un lugar lóbrego y aterrador en el que le habían dado ropa y comida caliente.
Después, le habían encerrado en una celda y la habían dejado allí horas.
Tenía el codo dislocado, pero no dijo nada a nadie.
Pasó días recibiendo visitas de grupos humanitarios y periodistas. Siempre les miraba con las mejillas aún anegadas de lágrimas, y no decía nada.
Al fin, le habían dicho que le sacarían de aquel lugar.
Tras tres semanas de cautiverio.
La llevaron hasta otra furgoneta poco acogedora donde estaban otras de las personas con las que había embarcado aquella noche.
Les dejaron en el muelle, junto a un barco carguero que volvía a África.
Ella dirigió una última mirada por encima del hombro, grabando cada milímetro del horizonte en su memoria.
Recordando aquel lugar maldito que odiaría para siempre.
Aquella tierra de esperanza.
Aquel infierno.
Otoño
Aquí hablo de mi estación favorita del año, porque no hace ni frío ni calor, y llueve mucho. No, no es la primavera, sino el otoño, de colores más fríos, teñido de dorados y cobrizos, y lleno a rebosar de esa sensación de final que nos hace realmente recapacitar sobre el camino que nos trajo a él.
Lo imagino como una figura de larga melena entrecana, que algún día fue pelirroja, sentado en un bordillo viendo pasar gente delante de él sin realmente mirar a nadie, con las pupilas temblorosas y empañadas, ambarinas, y su mente abstraída en blanco.
Lo imagino con un cigarro consumido entre los dedos, aún humeante, y exhalando en largas vaharadas un estremecimiento en su pecho, cubierto por una fina camisa blanca de seda.
Lo imagino con barba de algunos días, con leves arrugas alrededor de los ojos, en el entrecejo y en la comisura de los labios.
Lo imagino con vaqueros rotos y zapatos negros, con pinta de haber sido, alguna vez, buenos zapatos de noche.
Lo imagino con ramitas y hojas secas en el enmarañado pelo cobrizo apagado.
E imagino que, cuando se levanta y se marcha, sus articulaciones crujen y chasquean como un tronco viejo al partirse.
Lo imagino como una figura de larga melena entrecana, que algún día fue pelirroja, sentado en un bordillo viendo pasar gente delante de él sin realmente mirar a nadie, con las pupilas temblorosas y empañadas, ambarinas, y su mente abstraída en blanco.
Lo imagino con un cigarro consumido entre los dedos, aún humeante, y exhalando en largas vaharadas un estremecimiento en su pecho, cubierto por una fina camisa blanca de seda.
Lo imagino con barba de algunos días, con leves arrugas alrededor de los ojos, en el entrecejo y en la comisura de los labios.
Lo imagino con vaqueros rotos y zapatos negros, con pinta de haber sido, alguna vez, buenos zapatos de noche.
Lo imagino con ramitas y hojas secas en el enmarañado pelo cobrizo apagado.
E imagino que, cuando se levanta y se marcha, sus articulaciones crujen y chasquean como un tronco viejo al partirse.
Allí
Hoy es el día de viejos textos. Éste en concreto, no tan viejo, habla de los recuerdos (en mi juventud, por sorprendente que a algunos pueda parecerle, los tengo buenos y malos).
Allí era un lugar difuso, todavía borroso en sus recuerdos, aunque fue un sitio importante para él. Podría decirse, sin miedo de pecar de hiperbólico, que su personalidad por entero había sido moldeada por todos los acontecimientos que allí había vivido.
Su extraña manía de rascar las fisuras entre las losas del suelo con la punta del pie cuando esperaba. Su gesto al apagar las colillas, dándoles vueltas, atornillándolas hasta que su humo expiraba. Su costumbre de escribir con el cuaderno doblado casi horizontalmente. Su forma de humedecerse el labio inferior justo antes de morderlo al pensar. Su ademán al apartar los largos rizos que caían desde su flequillo, a veces ocultando su rostro.
Todo esto y características menos importantes; su ingenuidad, su amabilidad, su desconfianza, su timidez, su miedo impreciso a la oscuridad…
Lo más importante también, su mirada.
Todo él había sido allí.
Quizá, de no haber estado allí, habría sido su vida una serie de sucesos menos desafortunados. Pero eso ya no tenía remedio, y ni en sus más lúgubres momentos permitía a su mente divagar, ni arrepentirse, de aquellas cosas.
Ése era uno de esos momentos; depresivos, autocompasivos, despreciables. Egoístas.
Era incapaz como persona, y aunque se había opuesto enérgicamente, de evitar hundirse en su desgracia cuando ésta alcanzaba cotas exasperantes, cuando se colmaba el vaso. Él era, como muchos, de gustos sencillos, sonrisa fácil y franca, lágrima lenta y naturaleza tranquila y pacífica. Generalmente, su malestar se debía al dolor ajeno, de personas que amaba aun conociendo sus faltas, o tal vez precisamente por conocerlas. Pero, en este momento concreto, se estaba permitiendo el lujo de llorar por sus propios problemas, o los que él consideraba tales.
Por eso había ido allí. Porque era su lugar, al menos en aquel espacio y aquel tiempo, y en aquella dimensión de su mente. Y no quería compartir sus pesares con nadie más, porque conocía de primera mano la pesada carga que eso les supondría.
De todas formas, no era la suya una angustia con la que muchos simpatizarían, pues era egoísta.
Principalmente porque había otras personas cercanas a él sufriendo por motivos mucho más justificados, y secundariamente porque parecía una minucia si se contemplaba, pragmáticamente, el hecho de que en todo el mundo la gente luchaba con adversidades mucho más relevantes, a gran escala.
Esto no hacía más que aumentar su desdicha; además de sentirse ruin por darles la espalda a los que amaba, se sentía insignificante, como un insecto, por no superar algo tan irrisorio dentro de un marco más amplio e impersonal.
Por eso había ido allí. Para rehacerse a sí mismo, olvidar todo lo anterior y ser… otra persona, con otras preocupaciones y dilemas, sin nada que ver con el tipo egoísta que lloraba por él mismo, en soledad.
Todos sus recuerdos de aquel lugar brillaron en su memoria por un momento. Se secó las lágrimas.
Allí era un lugar diáfano, que recordaría para siempre… aunque no fuese importante para él.
Allí era un lugar difuso, todavía borroso en sus recuerdos, aunque fue un sitio importante para él. Podría decirse, sin miedo de pecar de hiperbólico, que su personalidad por entero había sido moldeada por todos los acontecimientos que allí había vivido.
Su extraña manía de rascar las fisuras entre las losas del suelo con la punta del pie cuando esperaba. Su gesto al apagar las colillas, dándoles vueltas, atornillándolas hasta que su humo expiraba. Su costumbre de escribir con el cuaderno doblado casi horizontalmente. Su forma de humedecerse el labio inferior justo antes de morderlo al pensar. Su ademán al apartar los largos rizos que caían desde su flequillo, a veces ocultando su rostro.
Todo esto y características menos importantes; su ingenuidad, su amabilidad, su desconfianza, su timidez, su miedo impreciso a la oscuridad…
Lo más importante también, su mirada.
Todo él había sido allí.
Quizá, de no haber estado allí, habría sido su vida una serie de sucesos menos desafortunados. Pero eso ya no tenía remedio, y ni en sus más lúgubres momentos permitía a su mente divagar, ni arrepentirse, de aquellas cosas.
Ése era uno de esos momentos; depresivos, autocompasivos, despreciables. Egoístas.
Era incapaz como persona, y aunque se había opuesto enérgicamente, de evitar hundirse en su desgracia cuando ésta alcanzaba cotas exasperantes, cuando se colmaba el vaso. Él era, como muchos, de gustos sencillos, sonrisa fácil y franca, lágrima lenta y naturaleza tranquila y pacífica. Generalmente, su malestar se debía al dolor ajeno, de personas que amaba aun conociendo sus faltas, o tal vez precisamente por conocerlas. Pero, en este momento concreto, se estaba permitiendo el lujo de llorar por sus propios problemas, o los que él consideraba tales.
Por eso había ido allí. Porque era su lugar, al menos en aquel espacio y aquel tiempo, y en aquella dimensión de su mente. Y no quería compartir sus pesares con nadie más, porque conocía de primera mano la pesada carga que eso les supondría.
De todas formas, no era la suya una angustia con la que muchos simpatizarían, pues era egoísta.
Principalmente porque había otras personas cercanas a él sufriendo por motivos mucho más justificados, y secundariamente porque parecía una minucia si se contemplaba, pragmáticamente, el hecho de que en todo el mundo la gente luchaba con adversidades mucho más relevantes, a gran escala.
Esto no hacía más que aumentar su desdicha; además de sentirse ruin por darles la espalda a los que amaba, se sentía insignificante, como un insecto, por no superar algo tan irrisorio dentro de un marco más amplio e impersonal.
Por eso había ido allí. Para rehacerse a sí mismo, olvidar todo lo anterior y ser… otra persona, con otras preocupaciones y dilemas, sin nada que ver con el tipo egoísta que lloraba por él mismo, en soledad.
Todos sus recuerdos de aquel lugar brillaron en su memoria por un momento. Se secó las lágrimas.
Allí era un lugar diáfano, que recordaría para siempre… aunque no fuese importante para él.
16/4/09
"No pasó nada"
El eco de sus pasos resonó en el hueco pasillo, arrastrado en un vacío gélido y, de algún modo, abismal. Su mano se iba dejando caer de protuberancia en protuberancia de la granulada pared, dibujando con las yemas de los dedos casi las mismas ondas irregulares que los latidos de su corazón pintarían en una pantalla al compás desfasado del "bip" mecanizado de un taquicárdico.
Se acercaba lentamente a la sala de estar, el frufrú del camisón acariciando sus tobillos y haciéndole incómodas cosquillas en lo más profundo. Quizá por eso deseaba reír, a pesar del ominoso silencio que podía inhalarse ya desde que entreabrió los ojos en la cama.
Al asomarse por la rendija de la puerta, suspiró, aliviada. Sólo un segundo.
Las quietas figuras de sus progenitores, abrazados en el sofá, contemplaban un silencioso televisor en pause. El salón, medio alumbrado por la pantalla, no se inmutaba por la pálida luz plateada que se colaba entre las cortinas.
¿Mamá?¿Papá?
Nada, no pasó nada. Énfasis. Vehemencia. Aún nada.
Sacudidas, visión enturbiada por las lágrimas. Dolor, ¿eso que se encogía en su pecho era su corazón?
Lloró durante lo que le parecieron horas, aferrando con desesperación el pijama de su padre, humedeciendo su hombro, sin que él reaccionase de ningún modo, ni diese aún señales de verla siquiera.
Cuando algo de calma se abrió paso entre las nubes de su encapotada consciencia, se detuvo a observarlo todo, intentando ordenar su caótica mente.
La expresión dolorida de su madre, aún estática desde hacía varios meses, a pesar de su intento de aparentar entereza frente a ella. La casi catatónica de su padre, que simplemente parecía no hacerse a la idea, por muchos historiales y pruebas que lo confirmasen.
No respiraban. No latían. Sólo... estaban.
No debió estar tanto tiempo llorando, ya que aún era noche cerrada. La imagen de un tipo trajeado la observaba desde el televisor, en pause, como si la hubiesen detenido en el momento justo en que él los miraba.
Una nueva oleada de dolor, punzante y frío. Todo iba al revés. No reconocía la película.
Fue al cuarto de baño, y con tembloroso pulso (más propio de un anciano con parkinson que de una niña de nueve años) se mojó la cara. Una, y otra vez, como si el agua pudiese ir más hondo, más allá de la piel, y borrar esa suciedad incrustada en su cerebro que le decía que acababan de perforarle la caja torácica con un taladro del quince.
Vio (entrevió) su demacrado reflejo, las ojeras, la piel agrietada debido a las sonrisas que se obligaba a mostrar siempre. Se pasó una mano húmeda por la nuca, rapada, como toda su cabeza, y volvió a salir al salón. Cogió con pulso aún inseguro el mando del DVD y pulsó off. Una, y otra vez. Un nuevo escalofrío y un tipo extraño de alegría anidaron en ella mientras, con los lacrimales hiperactivos, volvía a su cuarto, se sentaba en el borde de la cama y acariciaba su propia piel. Su pálida y fría piel...
Nada.
No pasó... nada.
Se acercaba lentamente a la sala de estar, el frufrú del camisón acariciando sus tobillos y haciéndole incómodas cosquillas en lo más profundo. Quizá por eso deseaba reír, a pesar del ominoso silencio que podía inhalarse ya desde que entreabrió los ojos en la cama.
Al asomarse por la rendija de la puerta, suspiró, aliviada. Sólo un segundo.
Las quietas figuras de sus progenitores, abrazados en el sofá, contemplaban un silencioso televisor en pause. El salón, medio alumbrado por la pantalla, no se inmutaba por la pálida luz plateada que se colaba entre las cortinas.
¿Mamá?¿Papá?
Nada, no pasó nada. Énfasis. Vehemencia. Aún nada.
Sacudidas, visión enturbiada por las lágrimas. Dolor, ¿eso que se encogía en su pecho era su corazón?
Lloró durante lo que le parecieron horas, aferrando con desesperación el pijama de su padre, humedeciendo su hombro, sin que él reaccionase de ningún modo, ni diese aún señales de verla siquiera.
Cuando algo de calma se abrió paso entre las nubes de su encapotada consciencia, se detuvo a observarlo todo, intentando ordenar su caótica mente.
La expresión dolorida de su madre, aún estática desde hacía varios meses, a pesar de su intento de aparentar entereza frente a ella. La casi catatónica de su padre, que simplemente parecía no hacerse a la idea, por muchos historiales y pruebas que lo confirmasen.
No respiraban. No latían. Sólo... estaban.
No debió estar tanto tiempo llorando, ya que aún era noche cerrada. La imagen de un tipo trajeado la observaba desde el televisor, en pause, como si la hubiesen detenido en el momento justo en que él los miraba.
Una nueva oleada de dolor, punzante y frío. Todo iba al revés. No reconocía la película.
Fue al cuarto de baño, y con tembloroso pulso (más propio de un anciano con parkinson que de una niña de nueve años) se mojó la cara. Una, y otra vez, como si el agua pudiese ir más hondo, más allá de la piel, y borrar esa suciedad incrustada en su cerebro que le decía que acababan de perforarle la caja torácica con un taladro del quince.
Vio (entrevió) su demacrado reflejo, las ojeras, la piel agrietada debido a las sonrisas que se obligaba a mostrar siempre. Se pasó una mano húmeda por la nuca, rapada, como toda su cabeza, y volvió a salir al salón. Cogió con pulso aún inseguro el mando del DVD y pulsó off. Una, y otra vez. Un nuevo escalofrío y un tipo extraño de alegría anidaron en ella mientras, con los lacrimales hiperactivos, volvía a su cuarto, se sentaba en el borde de la cama y acariciaba su propia piel. Su pálida y fría piel...
Nada.
No pasó... nada.
13/4/09
Broken tears
My shadow seems to be following me
I want to scream and I don't want to feel
my own sad eyes looking at me
I can't believe that you were who made me this
making me think that I could have your lips
my chest, you know? It hurts so badly... so no...
Just, you must realize that have passed our time
it was just a nice dream where I couldn't even hear
your voice calling for me
your voice making me feel
that I would die right here
that I would love you like this... so no...
Breaking all the walls to take your hands
leaving this world only to understand
what the hell is this? what's breaking my heart?
how could I think that love was that?
It is only a dream where all is dark
a nightmare, maybe, I only know that it hurts... so no...
(Esta parte no sale en el vídeo, pero vuelve a ser lenta, después del punteo, es que la que grababa no conocía la canción y dejó de grabar cuando pensó que había acabado).
Your voice... is calling me...
your voice now makes me feel
that I would die for you
that I'm lost... 'cause of you...
(Cuando compuse ésta, estaba moñas).
I'm not sadic
Who wouldn't want to live
anywhere after being here?
I don't want, this is my place
I should have always been here.
I have no one to hurt,
but I'm sure soon I'll have... and I won't let her go.
I'll first cut her spirit,
I'll burn her soul later,
after that I'll kiss her wounds
and then, I'll start again.
'Cause I don't have any bounds
with anybody from the real world,
I'll take the girl I love
to my heart and won't let her go.
She'll scream (of course she'll do)
She'll cry (it will turn me on)
She'll beg (I won't hear her words)
She'll die, I won't cry that wound.
I'm self-destructive
I'm hurting myself
killing the girl I love
I won't forget her
'Cause I don't have any bounds
with anybody from the real world,
I'll take the girl I love
to my heart and won't let her go,
the girl I love... I won't let her go...
(Estaba cabreado con el mundo en general y con una persona en particular cuando la compuse).
12/4/09
Triángulo...
Aquí, el relato que dio nombre a este blog.
Mi cabeza da vueltas. Todo tiembla, convulsionándose al ritmo de la música a todo volumen que pusimos en el ordenador. Vuelvo a dar una calada del canuto que me ofrece una mano femenina, delicada. Al rozar mis dedos con los suyos al devolvérselo, la miro a los ojos.
Su rostro, enmarcado por una melena de cabellos rubios rizados, muestra una expresión curiosa, mezcla de una mueca placentera y otra sugerente. Es una chica atractiva, debo admitirlo.
Tiene unos ojos color miel rodeados de unas perfectamente delineadas cejas negras, que demuestran que su pelo está teñido, aunque no lo parezca. Sus largas pestañas revolotean en un ligero y sensual parpadeo que le ha salido sin querer, debido al humo. Sus labios, pequeños pero carnosos, no están pintados, al igual que sus ojos, y tienen un color sonrosado que cada vez me parece más apetitoso. Su media sonrisa deja entrever unos dientes blancos y perfectos, y me entran ganas de recorrerlos con mi lengua. Sus orejas, pequeñas y simétricas, no llevan pendientes, aunque tienen agujeros. Su nariz es ligeramente achatada y respingona, pero encaja a la perfección con la fina línea de su mandíbula y con el resto de su faz, iluminada a medias por una bombilla a punto de fundirse en aquella habitación de mala muerte.
El piso es de unos amigos míos, de los cuales sólo está presente el más cercano a mí, que me ha invitado a pasar la noche allí con más gente. La chica rubia de bote con la que he intercambiado una mirada cómplice se llama… bueno, no lo recuerdo, pero seguramente es un nombre de sonido angelical.
En realidad, el ambiente está algo sombrío. Hay cinco personas en la habitación. Mi amigo, que se entretiene en el sofá más grande con su novia, obviamente preparándose para lo que harán a continuación en la intimidad de una de las dos habitaciones del pequeño apartamento, también ha invitado a otra pareja a pasar la noche. Son la rubia de bote y su novio, un tipo que me ha caído bastante bien porque es quien nos ha proporcionado la marihuana.
Mi cabeza me devuelve a la realidad en cuanto mis dedos y los de la chica se separan. De nuevo me recuerda que está malherida por mi culpa, y sonrío. Mi mente parece celosa porque por unos instantes la he dejado sola para recorrer los labios de la rubia de bote.
En ningún momento ni lugar podría yo encontrar a alguien que compartiese mi visión del mundo, ni de lejos. Puede que haya gente con gustos afines, y que busque placeres del mismo modo que yo, evadiéndose totalmente de lo que hay alrededor y buscando cobijo en un rincón oscuro y desaliñado dentro de sus cráneos, pero nadie comparte mi optimismo ingenuo mezclado con dosis de realismo pesimista.
En ese rincón oscuro y desaliñado del que hablo, cada persona se siente más sola y cómoda que nunca. Al menos, cada una de las personas que han llegado a él. Es como si tu mente, esa casa que estás tan acostumbrado a recorrer, se destruyese, quedando un abismo bajo tus pies, y sólo pudieses mantenerte a salvo en la esquina más recóndita y desconocida de tu subconsciente.
En esos momentos, me divierto contemplando el abismo, de pie en un triángulo equilátero de treinta centímetros de lado. En lugar de verlo todo oscuro, veo unos ojos de pupilas indefinidas, caóticas, que me observan con curiosidad.
Y siento que esa mirada, tan ajena a la realidad y tan cercana a mi corazón, me traspasa el alma, leyendo entre líneas las cartas de amor que nunca te escribí, y comprendiendo cada fibra de mi ser como ni siquiera yo mismo soy capaz de comprender. Y siento que esa mirada, que no hace más que mirarme con la pregunta de “¿qué?” asomada al borde de los lacrimales, me está confirmando en silencio lo que dudo cada vez que consigo evadirme de la realidad.
Durante un corto instante, sonrío y entonces salto de ese oscuro rincón de seguridad, de ese triángulo equilátero de treinta centímetros de lado, para entrar en esos infinitos ojos marrones de significado desconocido. En el mismo segundo en el que mi mirada se cruza con la de mi derruida mente, me pierdo por completo, y estoy seguro de que he alcanzado el Nirvana.
Al volver a la realidad, la rubia de bote se está despidiendo de su novio, que no puede pasar la noche con nosotros. Sus besos son tan apasionados como imaginaba.
Mi amigo y su novia han desaparecido, pero el repetitivo sonido de unos muelles siendo castigados me confirma su presencia en el apartamento.
En cuanto la puerta de la calle se cierra, el embotamiento de mis sentidos desaparece, y me arrellano en el sillón. La chica que antes compartió conmigo un beso indirecto a través del filtro del canuto sube entonces la música, y me sonríe componiendo una mueca de sarcasmo a la vez que hace un gesto con la cabeza hacia la puerta de la habitación en la que se encerraron mi amigo y su pareja antes de que yo volviese de mi viaje por los entresijos de mi alma.
- Apuesto a que mañana se extraña de que mi novio no esté aquí – dice con tono despreocupado. Entonces se despereza, uniendo las manos por encima de la cabeza y poniéndose de puntillas.
Lleva una camiseta de tirantes gris y escotada que en la zona de los senos lleva inscrita la frase “bailo como el culo pero follo que te cagas”. No había reparado en ello antes, pero su gesto al desperezarse hace que su imponente busto sea más evidente y no puedo evitar fijarme.
El mismo gesto hace que la camiseta se le suba, dejando ver un piercing en el ombligo, y una cintura perfecta. Lleva unos vaqueros ajustados y gastados, “a la moda”, y un cinturón con tachuelas metálicas. Su calzado son dos botas de aspecto militar, negras y brillantes.
Su figura no puede ser definida de otro modo que “sensual”. Sus ojos, entrecerrados, y sus labios, entreabiertos, no hacen más que añadir leña al fuego que ya se ha encendido en mi mirada y que trato de disimular con todos los medios posibles.
De pronto, ella me mira y sonríe, consciente del efecto provocado, y yo entorno los ojos y compongo una mueca que dice “¡oh!, me ofende que pienses así de mí”.
Ella se ríe ante esa expresión, y yo la acompaño con una sonrisa que trata de parecer inocente.
En el cenicero aún quedan un par de caladas de un canuto que yo aún no he probado.
Cuando alargo la mano para cogerlo, ella es más rápida y, con un saltito ridículo y una pose aún más ridícula, se pone más cerca de mí mientras lo termina de consumir.
Le dirijo una mirada de odio en broma mientras ella deja la colilla en el cenicero, inclinándose sobre la mesa y quedando justo delante de mí.
- No deberías fumar… - me aconseja en voz baja mientras me mira desde su provocativa postura sobre la mesa, haciéndome levantar la vista para mirarla a los ojos. Un bucle rubio se escapa de detrás de su oreja y rueda por su mejilla, atravesándole la frente y apoyándose en su respingona nariz para acabar acariciándole los labios, y no puedo evitar sonreír. Ella me devuelve el gesto y, mientras devuelve el rizo a su sitio, se inclina bruscamente hacia delante y me besa sin contemplaciones, tumbándose sobre mí y arañándome el cuello para que no me separe de ella.
El sillón no es tan grande como para tumbarnos en él, y estoy a punto de caerme, pero logro apoyar la mano derecha en el suelo, soportando casi todo el peso de ella, que tampoco es demasiado, mientras su lengua se entretiene con mis dientes tal y como la mía sintió el deseo de hacer con los suyos.
Cuando me recupero de la sorpresa, empujo hacia delante y la obligo a sentarse sobre mis rodillas, continuando el beso y pensando que mi mente puede apañárselas un rato más sin mí después del momento de regocijo que le di antes.
La rubia de bote entonces se levanta, y me mira sugerentemente mientras entra en la habitación contigua a la de mi amigo, aún observándome.
Me levanto con lentitud y entro tras ella, quitándome la camiseta a la vez que ella se desabrocha el cinturón. En cuanto termina de quitárselo, deslizo mis manos por su cintura bajo su camiseta y se la quito con delicadeza, acariciando su piel mientras tanto.
Su sujetador es negro y ella me ahorra hacer el ridículo al quitárselo ella misma.
La tumbo sobre la cama con cuidado de no ser demasiado brusco mientras le quito el botón del pantalón y le bajo la cremallera. Le acaricio los labios con los míos, sin besarla, y me aparto antes de que ella lo haga, bajándole los pantalones mientras ella me desabrocha los míos.
La rubia de bote sonríe con una expresión más seria que antes. Tiene las mejillas sonrojadas y la mirada descentrada, y sus besos saben a alcohol.
De pronto, la música del salón resuena en mi cabeza como la banda sonora de una película, y mis movimientos se vuelven más rápidos y bruscos.
La caja de condones en el cajón de la mesilla de noche me resulta imposible de abrir convencionalmente, así que simplemente rompo el cartón y saco uno de los condones mientras tiro la caja rota al suelo. Ella ahora se mete los pulgares en los lados de sus bragas y me mira con lujuria mientras emite un quedo gemido y se las baja con lentitud.
La guitarra eléctrica y la batería que suenan con demasiado volumen en el salón siguen martilleándome la cabeza mientras le beso el cuello y comienzo a acariciarle todo el cuerpo.
Al levantar la vista y mirarla a los ojos, una punzada de dolor atraviesa mi mente.
Sus ojos color miel gritan lo que quieren, cuentan todo con detalles, y parecen un libro abierto.
Mis sentidos vuelven a embotarse, recuerdo el sabor y el olor de la marihuana, y mis pies, que están en el aire colgando del borde de la cama, notan una pequeña superficie bajo ellos.
Al parpadear, por un instante me veo erguido sobre un triángulo equilátero de treinta centímetros de lado, en el más profundo rincón de mis pensamientos, desconocido incluso para mí. Por un instante me veo mirando al abismo de mi hogar, mi mundo único e intransferible, el único lugar en el que me siento seguro cuando todo a mi alrededor me asusta, y, mirándome desde mi corazón, veo unos ojos marrones, indescifrables, extraños y con la mirada más curiosa que existe.
Al volver a abrir los párpados, la rubia de bote sigue mirándome con ansias, y ahora se muerde el labio inferior mientras su mano busca mi sexo, ya plastificado, para guiarlo hasta el suyo.
Suspiro justo antes de que se una a mí, y cierro los ojos, manteniendo el regular y monótono movimiento que la hace suspirar a ella. Curiosamente, no presto mucha atención a lo que estoy haciendo, y sigo teniendo esa extraña sensación en los pies.
La sensación de estar sobre un triángulo equilátero de treinta centímetros de lado.
Mi cabeza da vueltas. Todo tiembla, convulsionándose al ritmo de la música a todo volumen que pusimos en el ordenador. Vuelvo a dar una calada del canuto que me ofrece una mano femenina, delicada. Al rozar mis dedos con los suyos al devolvérselo, la miro a los ojos.
Su rostro, enmarcado por una melena de cabellos rubios rizados, muestra una expresión curiosa, mezcla de una mueca placentera y otra sugerente. Es una chica atractiva, debo admitirlo.
Tiene unos ojos color miel rodeados de unas perfectamente delineadas cejas negras, que demuestran que su pelo está teñido, aunque no lo parezca. Sus largas pestañas revolotean en un ligero y sensual parpadeo que le ha salido sin querer, debido al humo. Sus labios, pequeños pero carnosos, no están pintados, al igual que sus ojos, y tienen un color sonrosado que cada vez me parece más apetitoso. Su media sonrisa deja entrever unos dientes blancos y perfectos, y me entran ganas de recorrerlos con mi lengua. Sus orejas, pequeñas y simétricas, no llevan pendientes, aunque tienen agujeros. Su nariz es ligeramente achatada y respingona, pero encaja a la perfección con la fina línea de su mandíbula y con el resto de su faz, iluminada a medias por una bombilla a punto de fundirse en aquella habitación de mala muerte.
El piso es de unos amigos míos, de los cuales sólo está presente el más cercano a mí, que me ha invitado a pasar la noche allí con más gente. La chica rubia de bote con la que he intercambiado una mirada cómplice se llama… bueno, no lo recuerdo, pero seguramente es un nombre de sonido angelical.
En realidad, el ambiente está algo sombrío. Hay cinco personas en la habitación. Mi amigo, que se entretiene en el sofá más grande con su novia, obviamente preparándose para lo que harán a continuación en la intimidad de una de las dos habitaciones del pequeño apartamento, también ha invitado a otra pareja a pasar la noche. Son la rubia de bote y su novio, un tipo que me ha caído bastante bien porque es quien nos ha proporcionado la marihuana.
Mi cabeza me devuelve a la realidad en cuanto mis dedos y los de la chica se separan. De nuevo me recuerda que está malherida por mi culpa, y sonrío. Mi mente parece celosa porque por unos instantes la he dejado sola para recorrer los labios de la rubia de bote.
En ningún momento ni lugar podría yo encontrar a alguien que compartiese mi visión del mundo, ni de lejos. Puede que haya gente con gustos afines, y que busque placeres del mismo modo que yo, evadiéndose totalmente de lo que hay alrededor y buscando cobijo en un rincón oscuro y desaliñado dentro de sus cráneos, pero nadie comparte mi optimismo ingenuo mezclado con dosis de realismo pesimista.
En ese rincón oscuro y desaliñado del que hablo, cada persona se siente más sola y cómoda que nunca. Al menos, cada una de las personas que han llegado a él. Es como si tu mente, esa casa que estás tan acostumbrado a recorrer, se destruyese, quedando un abismo bajo tus pies, y sólo pudieses mantenerte a salvo en la esquina más recóndita y desconocida de tu subconsciente.
En esos momentos, me divierto contemplando el abismo, de pie en un triángulo equilátero de treinta centímetros de lado. En lugar de verlo todo oscuro, veo unos ojos de pupilas indefinidas, caóticas, que me observan con curiosidad.
Y siento que esa mirada, tan ajena a la realidad y tan cercana a mi corazón, me traspasa el alma, leyendo entre líneas las cartas de amor que nunca te escribí, y comprendiendo cada fibra de mi ser como ni siquiera yo mismo soy capaz de comprender. Y siento que esa mirada, que no hace más que mirarme con la pregunta de “¿qué?” asomada al borde de los lacrimales, me está confirmando en silencio lo que dudo cada vez que consigo evadirme de la realidad.
Durante un corto instante, sonrío y entonces salto de ese oscuro rincón de seguridad, de ese triángulo equilátero de treinta centímetros de lado, para entrar en esos infinitos ojos marrones de significado desconocido. En el mismo segundo en el que mi mirada se cruza con la de mi derruida mente, me pierdo por completo, y estoy seguro de que he alcanzado el Nirvana.
Al volver a la realidad, la rubia de bote se está despidiendo de su novio, que no puede pasar la noche con nosotros. Sus besos son tan apasionados como imaginaba.
Mi amigo y su novia han desaparecido, pero el repetitivo sonido de unos muelles siendo castigados me confirma su presencia en el apartamento.
En cuanto la puerta de la calle se cierra, el embotamiento de mis sentidos desaparece, y me arrellano en el sillón. La chica que antes compartió conmigo un beso indirecto a través del filtro del canuto sube entonces la música, y me sonríe componiendo una mueca de sarcasmo a la vez que hace un gesto con la cabeza hacia la puerta de la habitación en la que se encerraron mi amigo y su pareja antes de que yo volviese de mi viaje por los entresijos de mi alma.
- Apuesto a que mañana se extraña de que mi novio no esté aquí – dice con tono despreocupado. Entonces se despereza, uniendo las manos por encima de la cabeza y poniéndose de puntillas.
Lleva una camiseta de tirantes gris y escotada que en la zona de los senos lleva inscrita la frase “bailo como el culo pero follo que te cagas”. No había reparado en ello antes, pero su gesto al desperezarse hace que su imponente busto sea más evidente y no puedo evitar fijarme.
El mismo gesto hace que la camiseta se le suba, dejando ver un piercing en el ombligo, y una cintura perfecta. Lleva unos vaqueros ajustados y gastados, “a la moda”, y un cinturón con tachuelas metálicas. Su calzado son dos botas de aspecto militar, negras y brillantes.
Su figura no puede ser definida de otro modo que “sensual”. Sus ojos, entrecerrados, y sus labios, entreabiertos, no hacen más que añadir leña al fuego que ya se ha encendido en mi mirada y que trato de disimular con todos los medios posibles.
De pronto, ella me mira y sonríe, consciente del efecto provocado, y yo entorno los ojos y compongo una mueca que dice “¡oh!, me ofende que pienses así de mí”.
Ella se ríe ante esa expresión, y yo la acompaño con una sonrisa que trata de parecer inocente.
En el cenicero aún quedan un par de caladas de un canuto que yo aún no he probado.
Cuando alargo la mano para cogerlo, ella es más rápida y, con un saltito ridículo y una pose aún más ridícula, se pone más cerca de mí mientras lo termina de consumir.
Le dirijo una mirada de odio en broma mientras ella deja la colilla en el cenicero, inclinándose sobre la mesa y quedando justo delante de mí.
- No deberías fumar… - me aconseja en voz baja mientras me mira desde su provocativa postura sobre la mesa, haciéndome levantar la vista para mirarla a los ojos. Un bucle rubio se escapa de detrás de su oreja y rueda por su mejilla, atravesándole la frente y apoyándose en su respingona nariz para acabar acariciándole los labios, y no puedo evitar sonreír. Ella me devuelve el gesto y, mientras devuelve el rizo a su sitio, se inclina bruscamente hacia delante y me besa sin contemplaciones, tumbándose sobre mí y arañándome el cuello para que no me separe de ella.
El sillón no es tan grande como para tumbarnos en él, y estoy a punto de caerme, pero logro apoyar la mano derecha en el suelo, soportando casi todo el peso de ella, que tampoco es demasiado, mientras su lengua se entretiene con mis dientes tal y como la mía sintió el deseo de hacer con los suyos.
Cuando me recupero de la sorpresa, empujo hacia delante y la obligo a sentarse sobre mis rodillas, continuando el beso y pensando que mi mente puede apañárselas un rato más sin mí después del momento de regocijo que le di antes.
La rubia de bote entonces se levanta, y me mira sugerentemente mientras entra en la habitación contigua a la de mi amigo, aún observándome.
Me levanto con lentitud y entro tras ella, quitándome la camiseta a la vez que ella se desabrocha el cinturón. En cuanto termina de quitárselo, deslizo mis manos por su cintura bajo su camiseta y se la quito con delicadeza, acariciando su piel mientras tanto.
Su sujetador es negro y ella me ahorra hacer el ridículo al quitárselo ella misma.
La tumbo sobre la cama con cuidado de no ser demasiado brusco mientras le quito el botón del pantalón y le bajo la cremallera. Le acaricio los labios con los míos, sin besarla, y me aparto antes de que ella lo haga, bajándole los pantalones mientras ella me desabrocha los míos.
La rubia de bote sonríe con una expresión más seria que antes. Tiene las mejillas sonrojadas y la mirada descentrada, y sus besos saben a alcohol.
De pronto, la música del salón resuena en mi cabeza como la banda sonora de una película, y mis movimientos se vuelven más rápidos y bruscos.
La caja de condones en el cajón de la mesilla de noche me resulta imposible de abrir convencionalmente, así que simplemente rompo el cartón y saco uno de los condones mientras tiro la caja rota al suelo. Ella ahora se mete los pulgares en los lados de sus bragas y me mira con lujuria mientras emite un quedo gemido y se las baja con lentitud.
La guitarra eléctrica y la batería que suenan con demasiado volumen en el salón siguen martilleándome la cabeza mientras le beso el cuello y comienzo a acariciarle todo el cuerpo.
Al levantar la vista y mirarla a los ojos, una punzada de dolor atraviesa mi mente.
Sus ojos color miel gritan lo que quieren, cuentan todo con detalles, y parecen un libro abierto.
Mis sentidos vuelven a embotarse, recuerdo el sabor y el olor de la marihuana, y mis pies, que están en el aire colgando del borde de la cama, notan una pequeña superficie bajo ellos.
Al parpadear, por un instante me veo erguido sobre un triángulo equilátero de treinta centímetros de lado, en el más profundo rincón de mis pensamientos, desconocido incluso para mí. Por un instante me veo mirando al abismo de mi hogar, mi mundo único e intransferible, el único lugar en el que me siento seguro cuando todo a mi alrededor me asusta, y, mirándome desde mi corazón, veo unos ojos marrones, indescifrables, extraños y con la mirada más curiosa que existe.
Al volver a abrir los párpados, la rubia de bote sigue mirándome con ansias, y ahora se muerde el labio inferior mientras su mano busca mi sexo, ya plastificado, para guiarlo hasta el suyo.
Suspiro justo antes de que se una a mí, y cierro los ojos, manteniendo el regular y monótono movimiento que la hace suspirar a ella. Curiosamente, no presto mucha atención a lo que estoy haciendo, y sigo teniendo esa extraña sensación en los pies.
La sensación de estar sobre un triángulo equilátero de treinta centímetros de lado.
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