"Al pan, pan, y al vino vino. Pero a una prostituta llámala siempre señora. La vida de las prostitutas es muy dura, y no cuesta nada ser respetuoso con ellas."
Arl (El nombre del viento) - Patrick Rothfuss
30/4/10
20/4/10
La Guía del Autoestopista Galáctico
Todo empezó cuando vi la película. Después, busqué el libro (tal vez no con el ahínco necesario), lo di por perdido, y hace poco me lo regalaron. Es un libro cómico maravilloso y excéntrico hasta violar los conceptos de "paranoia" y "locura", creando una especie de universo esquizoide (y bolioide) en el que todo pasa a ser posible y un libro electrónico que sólo dice sobre la Tierra "fundamentalmente inofensiva".
Ahora, citaré uno de mis apartados preferidos del libro dentro del libro, a ver qué os parece:
-El pez Babel - dijo en voz baja la Guía del autoestopista galáctico - es pequeño, amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Entonces, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada por la combinación de las frecuencias del pensamiento consciente con señales nerviosas obtenidas de los centros del lenguaje del cerebro que las ha suministrado. El resultado práctico de todo esto es que si uno se introduce un pez Babel en el oído, puede entender al instante todo lo que se diga en cualqiuer lenguaje. Las formas lingüísticas que se oyen en realidad, descifran la matriz de la onda cerebral introducida en la mente por el pez Babel.
Pero es una coincidencia extrañamente improbable el hecho de que algo tan impresionantemente útil pueda haber evolucionado por pura casualidad, y algunos pensadores han decidido considerarlo como la prueba definitiva e irrefutable de la no existencia de Dios.
Su argumento es más o menos el siguiente: "Me niego a demostrar que existo", dice Dios, "porque la demostración anula la fe, y sin fe no soy nada."
"Pero", dice el hombre, "el pez Babel es una revelación brusca, ¿no es así? No puede haber evolucionado al azar. Demuestra que Vos existís, y por lo tanto, según Vuestros propios argumentos, Vos no. Quod erat demonstrandum."
"¡Válgame Dios!", dice Dios, "no había pensado en eso", y súbitamente desaparece en un soplo de lógica.
"Bueno, eso era fácil", dice el hombre, que vuelve a hacer lo mismo para demostrar que lo negro es blanco y resulta muerto al cruzar el siguiente paso de cebra.
La mayoría de los principales teólogos afirma que tal argumento es un montón de patrañas, pero eso no impidió que Oollon Colluphid (autor de la trilogía "Los errores de Dios", "Otras de las grandes equivocaciones de Dios" y "Pero, ¿quién es ese tal Dios?") hiciese una pequeña fortuna al utilizarlo como tema central de su libro "Todo lo que le hace callar a Dios", que fue un éxito de ventas.
Entretanto, el pobre pez Babel, al derribar eficazmente todas las barreras de comunicación entre las diferentes razas y culturas, ha provocado más guerras y sangre que ninguna otra cosa en la historia de la creación.
by Douglas Adams (1952-2001)
Ahora, citaré uno de mis apartados preferidos del libro dentro del libro, a ver qué os parece:
-El pez Babel - dijo en voz baja la Guía del autoestopista galáctico - es pequeño, amarillo, parece una sanguijuela y es la criatura más rara del Universo. Se alimenta de la energía de las ondas cerebrales que recibe no del que lo lleva, sino de los que están a su alrededor. Absorbe todas las frecuencias mentales inconscientes de dicha energía de las ondas cerebrales para nutrirse de ellas. Entonces, excreta en la mente del que lo lleva una matriz telepática formada por la combinación de las frecuencias del pensamiento consciente con señales nerviosas obtenidas de los centros del lenguaje del cerebro que las ha suministrado. El resultado práctico de todo esto es que si uno se introduce un pez Babel en el oído, puede entender al instante todo lo que se diga en cualqiuer lenguaje. Las formas lingüísticas que se oyen en realidad, descifran la matriz de la onda cerebral introducida en la mente por el pez Babel.
Pero es una coincidencia extrañamente improbable el hecho de que algo tan impresionantemente útil pueda haber evolucionado por pura casualidad, y algunos pensadores han decidido considerarlo como la prueba definitiva e irrefutable de la no existencia de Dios.
Su argumento es más o menos el siguiente: "Me niego a demostrar que existo", dice Dios, "porque la demostración anula la fe, y sin fe no soy nada."
"Pero", dice el hombre, "el pez Babel es una revelación brusca, ¿no es así? No puede haber evolucionado al azar. Demuestra que Vos existís, y por lo tanto, según Vuestros propios argumentos, Vos no. Quod erat demonstrandum."
"¡Válgame Dios!", dice Dios, "no había pensado en eso", y súbitamente desaparece en un soplo de lógica.
"Bueno, eso era fácil", dice el hombre, que vuelve a hacer lo mismo para demostrar que lo negro es blanco y resulta muerto al cruzar el siguiente paso de cebra.
La mayoría de los principales teólogos afirma que tal argumento es un montón de patrañas, pero eso no impidió que Oollon Colluphid (autor de la trilogía "Los errores de Dios", "Otras de las grandes equivocaciones de Dios" y "Pero, ¿quién es ese tal Dios?") hiciese una pequeña fortuna al utilizarlo como tema central de su libro "Todo lo que le hace callar a Dios", que fue un éxito de ventas.
Entretanto, el pobre pez Babel, al derribar eficazmente todas las barreras de comunicación entre las diferentes razas y culturas, ha provocado más guerras y sangre que ninguna otra cosa en la historia de la creación.
by Douglas Adams (1952-2001)
20/1/10
El desafío
No sé qué opinión os merecerá esto... ya me diréis si he alcanzado el objetivo de hacer que parezca erótico.
ESTA SECCIÓN ES SÓLO PARA ADULTOS, MENORES ABSTÉNGANSE DE CONTINUAR
“Fue algo… inesperado, cuanto menos. Para empezar, me escribías A MÍ, y no a un pronombre anónimo, o a un recuerdo. Describías una situación, una promesa privada entre tú y yo…”
Su mano izquierda acariciaba con delicadeza el muslo derecho del cuerpo tendido sobre la cama, mientras la diestra rozaba apenas con las yemas de los dedos la línea de la yugular y el hueco de la clavícula, besando sus pequeños labios la ingle y lamiendo su lengua el interior de una pierna inquieta.
-Ah…
-Ssshh. Quieto.
-No puedo. ¡Me pones nervioso!
-Esa es la cuestión.
-Creía que era el placer.
-También.
Se quedó todo lo quieto que pudo mientras las manos de ella se entretenían en sus costados, repasando cada costilla y provocándole temblores en la columna por las tenues cosquillas, volviendo a sus ingles con la boca, y después a su ombligo con una leve sonrisa asomándole al rostro. Tanta sensibilidad la divertía, y disfrutaba atormentándolo.
-¿Quieres que pare? – susurró su pequeña y aterciopelada voz en algún lugar de su vientre, mientras él aferraba con fuerza el cabezal de hierro de la cama y apretaba los párpados, tratando de mantener los ojos cerrados.
-No… - murmuró, entrecortado por jadeos y suspiros.
-¿Quieres que PARE? – preguntó ella con más urgencia junto a su mandíbula, trepando a leves mordiscos hasta su oreja.
-No – suplicó él, con la voz rota y el cuerpo encogido, alejándose de su piel.
La mano de ella repasó el contorno de las esposas en sus muñecas, que lo mantenían inmóvil, y descendieron lenta, muy lentamente, por sus brazos. Él sentía los muslos de ella sobre los suyos, esos senos perfectos, pequeños, redondos, tersos y puntiagudos sobre su pecho , mientras esas uñas iban descendiendo por sus bíceps, rodeando sus pectorales y recalando en sus costillas, bajando con deliberada reticencia hasta su ombligo, justo junto a…
-¿Qué quieres que haga, entonces? – la notó sonreír por su nuca, tras su lóbulo izquierdo, y sintió que se le ponían todos los vellos de punta mientras los dedos de ella rozaban y se alejaban de él, dibujando estelas en su bajo vientre.
-Por favor… - le salió una súplica. La carcajada seca de ella sonó ronca, pero sintió cómo esos tentadores dedos comenzaban a rodearlo, lo sintió crecer, latir, supo que ella también lo había sentido cuando lo apretó por un instante.
-Dilo – las manos de ellas subían y bajaban muy… demasiado lentamente, ordenándole que rogase en voz alta – Suplícame.
Gimió. Se estremeció. Volvió a gemir cuando se detuvo, y fueron sus labios los que empezaron a juguetear con su cuello, evitando sus ansiosos besos, y buscándolos con divertida picardía.
Fue más consciente que nunca de su desnudez, de su vulnerabilidad, de lo mucho que la deseaba. Del segundo latido de su cuerpo. De la necesidad, casi dolorosa, que le entrecortaba el aliento.
-¿Qué quieres? – sus manos volvieron a moverse. Su lengua volvió a rozarle. Su susurro le erizó la nuca.
-Tus labios.
La notó sonreír. Notó sus manos apretarlo, y soltarlo luego, acariciando su cintura. La boca de ella descendía por su clavícula. Le lamió el cuello y mordisqueó suavemente sus pezones hasta hacerlo temblar; sus dedos encrespaban el mullido vello de sus muslos, enmarcando los músculos de sus piernas para estremecerle los tendones e impedirle reaccionar. Jadeó al notar su respiración bajando por los abdominales, su lengua entreteniéndose a cada centímetro, sus labios, que le habían humedecido una línea de piel desde el cuello.
Arqueó la espalda, y ella rió. Notó su cuello, buscando su boca, y sintió el calor de sus labios rodeándolo, envolviéndolo, casi absorbiéndolo, y sus uñas clavársele en los muslos, y sus pechos temblar levemente sobre sus rodillas.
Ella quería darle placer. Él lo deseaba. Sentía la humedad de su lengua subiendo y bajando, la calidez de su aliento con cada bocanada a medias, la caricia del casi suspiro que exhalaba por la nariz en su ombligo, su saliva y su garganta apretándolo, succionándolo en una cadencia rítmica. Arriba y abajo, con lentitud, alzando de vez en cuando esos ojos castaño-oscuros bajo unas largas pestañas, buscando la satisfacción en su rostro.
Él tenía la boca entreabierta. Se clavaba las uñas en las manos, movía las caderas al ritmo que seguía la cabeza de ella; arqueaba la espalda, notando el cosquilleo de placer treparle por la columna, extenderse por todos sus miembros desde el epicentro en su cintura y hacerle encoger los dedos de las manos y de los pies.
Ella paró un segundo. Lamió brevemente la punta. Él aún tenía la espalda arqueada, haciéndolo rozar con su mejilla y acariciándolo con la lengua de vez en cuando.
-Estás muy callado – sonrió, echando su cálido aliento sobre el repentinamente enfriado y húmedo miembro.
-Por favor… - gimió él, con ojos vidriosos y entornados, la espalda de nuevo recta, mejillas ruborizadas y cuerpo tembloroso.
-Por favor… ¿qué? – besó su pene con una sonrisa en los labios, esos cálidos, húmedos y brillantes labios carmesí, que habían dibujado su marca en él. – Pídemelo otra vez.
-Tus labios…
-Así, no – ella subió. Le besó con violencia, enmarañándole la melena negra y rizada con una mano mientras con la otra aún lo apretaba firmemente, como para asegurarse de que nada se tranquilizase por allí. Como si fuese posible. Lo miró a los ojos, sonriendo, ansiosa; movió su mano de arriba abajo una vez, con fuerza, llevando al límite del dolor el indescriptible placer abrasador que se extendía en oleadas por todo su cuerpo desde sus ingles – Suplícame.
-Te lo suplico…
-¡No! – le besó con más fuerza, aún. De arriba abajo. Le dolió. Gimió. Deseó que no parase, pero ella no continuó. Sonreía, respiraba con fuerza sobre su rostro, la oía tragar saliva. Ella deseaba que él lo pidiese en voz alta. Lo ansiaba casi tanto como él ansiaba sus labios envolviéndolo. Deseaba que fuese consciente de hasta qué punto lo dominaba. Que lo admitiese en voz alta – SUPLÍCAMELO.
Y… oh… él era muy consciente de ello.
-Por favor… te lo suplico… - él le jadeó en los labios. Ella evitó su beso, y él le gimió al oído – …vuelve a chupármela…
De nuevo, la notó sonreír en su cuello. Notó triunfo en el nuevo apretón a su miembro, y en su hombro.
Los labios de ella descendieron directamente a su entrepierna, su manos se aferraron a su cintura. Fue mucho más rápida que antes.
Más urgente, más húmeda, más violenta.
Su lengua alrededor, sus manos en las caderas, sus labios, su respiración, su mirada furtiva y ansiosa, viciosa, su tersa y pálida piel, sus jadeos, sus finos dedos con sus uñas clavadas en a ingle, su saliva, el cosquilleo en la base, los dientes apretados, sus dientes mordisqueando, el latido ajeno dentro de su boca, el calor, la humedad, el roce del fondo de su garganta, arriba y abajo, el cosquilleo ascendiendo de pronto, el picor repentino, el placer…
-Ya…
Ella ni se apartó, a pesar de su aviso.
-Ya… ah… - gimió. Hizo gemir los hierros al apretar el cabezal de la cama con sus manos. Arqueó la espalda, notó cómo golpeaba el fondo de la garganta de ella, pero... ella aferró sus glúteos, frunció sus labios, y bebió casi con la misma avidez con la que él la miraba ahora.
Se sentía confuso, a través de la oleada de placer. Ella, levantando la cabeza, tragó, y se limpió una blanca gota que descendía por su barbilla, observándolo con fijeza, sin apartarse de sus ojos ni un momento. Él medio sonrió, agotado. Agradecido.
Aún casi en blanco. Ella se irguió sobre él, sobre la cama.
-¿Te ha gustado? – ronroneó.
Sólo le salió asentir y gemir. Ella sonrió. Puso sus muslos apretando sus mejillas, y él rió. Ella contrajo las ingles por el cosquilleo que le producían sus carcajadas, y le mostró de nuevo esa sonrisa pícara, esa mirada viciosa. Él la besó, mirándola desde entre sus muslos con fijeza.
Te besé. Tu sonrisa se ensanchó, y me hiciste enmudecer con tus propios labios, murmurando…
-…te toca.
ESTA SECCIÓN ES SÓLO PARA ADULTOS, MENORES ABSTÉNGANSE DE CONTINUAR
“Fue algo… inesperado, cuanto menos. Para empezar, me escribías A MÍ, y no a un pronombre anónimo, o a un recuerdo. Describías una situación, una promesa privada entre tú y yo…”
Su mano izquierda acariciaba con delicadeza el muslo derecho del cuerpo tendido sobre la cama, mientras la diestra rozaba apenas con las yemas de los dedos la línea de la yugular y el hueco de la clavícula, besando sus pequeños labios la ingle y lamiendo su lengua el interior de una pierna inquieta.
-Ah…
-Ssshh. Quieto.
-No puedo. ¡Me pones nervioso!
-Esa es la cuestión.
-Creía que era el placer.
-También.
Se quedó todo lo quieto que pudo mientras las manos de ella se entretenían en sus costados, repasando cada costilla y provocándole temblores en la columna por las tenues cosquillas, volviendo a sus ingles con la boca, y después a su ombligo con una leve sonrisa asomándole al rostro. Tanta sensibilidad la divertía, y disfrutaba atormentándolo.
-¿Quieres que pare? – susurró su pequeña y aterciopelada voz en algún lugar de su vientre, mientras él aferraba con fuerza el cabezal de hierro de la cama y apretaba los párpados, tratando de mantener los ojos cerrados.
-No… - murmuró, entrecortado por jadeos y suspiros.
-¿Quieres que PARE? – preguntó ella con más urgencia junto a su mandíbula, trepando a leves mordiscos hasta su oreja.
-No – suplicó él, con la voz rota y el cuerpo encogido, alejándose de su piel.
La mano de ella repasó el contorno de las esposas en sus muñecas, que lo mantenían inmóvil, y descendieron lenta, muy lentamente, por sus brazos. Él sentía los muslos de ella sobre los suyos, esos senos perfectos, pequeños, redondos, tersos y puntiagudos sobre su pecho , mientras esas uñas iban descendiendo por sus bíceps, rodeando sus pectorales y recalando en sus costillas, bajando con deliberada reticencia hasta su ombligo, justo junto a…
-¿Qué quieres que haga, entonces? – la notó sonreír por su nuca, tras su lóbulo izquierdo, y sintió que se le ponían todos los vellos de punta mientras los dedos de ella rozaban y se alejaban de él, dibujando estelas en su bajo vientre.
-Por favor… - le salió una súplica. La carcajada seca de ella sonó ronca, pero sintió cómo esos tentadores dedos comenzaban a rodearlo, lo sintió crecer, latir, supo que ella también lo había sentido cuando lo apretó por un instante.
-Dilo – las manos de ellas subían y bajaban muy… demasiado lentamente, ordenándole que rogase en voz alta – Suplícame.
Gimió. Se estremeció. Volvió a gemir cuando se detuvo, y fueron sus labios los que empezaron a juguetear con su cuello, evitando sus ansiosos besos, y buscándolos con divertida picardía.
Fue más consciente que nunca de su desnudez, de su vulnerabilidad, de lo mucho que la deseaba. Del segundo latido de su cuerpo. De la necesidad, casi dolorosa, que le entrecortaba el aliento.
-¿Qué quieres? – sus manos volvieron a moverse. Su lengua volvió a rozarle. Su susurro le erizó la nuca.
-Tus labios.
La notó sonreír. Notó sus manos apretarlo, y soltarlo luego, acariciando su cintura. La boca de ella descendía por su clavícula. Le lamió el cuello y mordisqueó suavemente sus pezones hasta hacerlo temblar; sus dedos encrespaban el mullido vello de sus muslos, enmarcando los músculos de sus piernas para estremecerle los tendones e impedirle reaccionar. Jadeó al notar su respiración bajando por los abdominales, su lengua entreteniéndose a cada centímetro, sus labios, que le habían humedecido una línea de piel desde el cuello.
Arqueó la espalda, y ella rió. Notó su cuello, buscando su boca, y sintió el calor de sus labios rodeándolo, envolviéndolo, casi absorbiéndolo, y sus uñas clavársele en los muslos, y sus pechos temblar levemente sobre sus rodillas.
Ella quería darle placer. Él lo deseaba. Sentía la humedad de su lengua subiendo y bajando, la calidez de su aliento con cada bocanada a medias, la caricia del casi suspiro que exhalaba por la nariz en su ombligo, su saliva y su garganta apretándolo, succionándolo en una cadencia rítmica. Arriba y abajo, con lentitud, alzando de vez en cuando esos ojos castaño-oscuros bajo unas largas pestañas, buscando la satisfacción en su rostro.
Él tenía la boca entreabierta. Se clavaba las uñas en las manos, movía las caderas al ritmo que seguía la cabeza de ella; arqueaba la espalda, notando el cosquilleo de placer treparle por la columna, extenderse por todos sus miembros desde el epicentro en su cintura y hacerle encoger los dedos de las manos y de los pies.
Ella paró un segundo. Lamió brevemente la punta. Él aún tenía la espalda arqueada, haciéndolo rozar con su mejilla y acariciándolo con la lengua de vez en cuando.
-Estás muy callado – sonrió, echando su cálido aliento sobre el repentinamente enfriado y húmedo miembro.
-Por favor… - gimió él, con ojos vidriosos y entornados, la espalda de nuevo recta, mejillas ruborizadas y cuerpo tembloroso.
-Por favor… ¿qué? – besó su pene con una sonrisa en los labios, esos cálidos, húmedos y brillantes labios carmesí, que habían dibujado su marca en él. – Pídemelo otra vez.
-Tus labios…
-Así, no – ella subió. Le besó con violencia, enmarañándole la melena negra y rizada con una mano mientras con la otra aún lo apretaba firmemente, como para asegurarse de que nada se tranquilizase por allí. Como si fuese posible. Lo miró a los ojos, sonriendo, ansiosa; movió su mano de arriba abajo una vez, con fuerza, llevando al límite del dolor el indescriptible placer abrasador que se extendía en oleadas por todo su cuerpo desde sus ingles – Suplícame.
-Te lo suplico…
-¡No! – le besó con más fuerza, aún. De arriba abajo. Le dolió. Gimió. Deseó que no parase, pero ella no continuó. Sonreía, respiraba con fuerza sobre su rostro, la oía tragar saliva. Ella deseaba que él lo pidiese en voz alta. Lo ansiaba casi tanto como él ansiaba sus labios envolviéndolo. Deseaba que fuese consciente de hasta qué punto lo dominaba. Que lo admitiese en voz alta – SUPLÍCAMELO.
Y… oh… él era muy consciente de ello.
-Por favor… te lo suplico… - él le jadeó en los labios. Ella evitó su beso, y él le gimió al oído – …vuelve a chupármela…
De nuevo, la notó sonreír en su cuello. Notó triunfo en el nuevo apretón a su miembro, y en su hombro.
Los labios de ella descendieron directamente a su entrepierna, su manos se aferraron a su cintura. Fue mucho más rápida que antes.
Más urgente, más húmeda, más violenta.
Su lengua alrededor, sus manos en las caderas, sus labios, su respiración, su mirada furtiva y ansiosa, viciosa, su tersa y pálida piel, sus jadeos, sus finos dedos con sus uñas clavadas en a ingle, su saliva, el cosquilleo en la base, los dientes apretados, sus dientes mordisqueando, el latido ajeno dentro de su boca, el calor, la humedad, el roce del fondo de su garganta, arriba y abajo, el cosquilleo ascendiendo de pronto, el picor repentino, el placer…
-Ya…
Ella ni se apartó, a pesar de su aviso.
-Ya… ah… - gimió. Hizo gemir los hierros al apretar el cabezal de la cama con sus manos. Arqueó la espalda, notó cómo golpeaba el fondo de la garganta de ella, pero... ella aferró sus glúteos, frunció sus labios, y bebió casi con la misma avidez con la que él la miraba ahora.
Se sentía confuso, a través de la oleada de placer. Ella, levantando la cabeza, tragó, y se limpió una blanca gota que descendía por su barbilla, observándolo con fijeza, sin apartarse de sus ojos ni un momento. Él medio sonrió, agotado. Agradecido.
Aún casi en blanco. Ella se irguió sobre él, sobre la cama.
-¿Te ha gustado? – ronroneó.
Sólo le salió asentir y gemir. Ella sonrió. Puso sus muslos apretando sus mejillas, y él rió. Ella contrajo las ingles por el cosquilleo que le producían sus carcajadas, y le mostró de nuevo esa sonrisa pícara, esa mirada viciosa. Él la besó, mirándola desde entre sus muslos con fijeza.
Te besé. Tu sonrisa se ensanchó, y me hiciste enmudecer con tus propios labios, murmurando…
-…te toca.
5/1/10
Hipocresía hereditaria
- ¿Cómo está tu madre?
Me lo preguntó con boca pequeña, la vista fija en la ruidosa cucharilla con que removía el cortado. También podía percibir el miedo en sus palabras. Creo que le oí tragar saliva. Di un sorbo, evitando mirarlo.
- Bien.
Respondí con boca pequeña.
No estaba bien. Estaba peor que nunca. Desvariaba, tenía ataques de rabia, había dejado de ser coherente, utilizaba el chantaje emocional todo el tiempo, me sacaba de quicio con sus conclusiones ilógicas y sus gritos, sus acusadoras palabras, como si yo estuviese en su contra y nunca hubiese hecho nada por ella. Se había vuelto venenosa. Cuanto peor se encontraba, más venenosa era. Los días en que estaba bien, sonreía mucho, me besaba, me decía que me quería. Se emocionaba por cosas nimias, y tenía ánimos para ver películas y salir a tomar café con sus amigas.
Los días que se encontraba mal, una amarga bilis me recorría el paladar, y fumaba más que nunca, para tranquilizarme, para estar ocupado. No podía concentrarme en estudiar, y me hundía en el sofá de mi habitación, escuchando música, meditabundo, sin hacer nada más que mirar el vacío e imaginarme otra vida.
Él si había mejorado. Volvía a trabajar, y parecía haber salido un poco de esa profunda depresión, tan preocupante, del principio, de cuando ella lo echó de casa.
De vez en cuando aún lloraba, cuando estaba aturdido o agotado, pero sabía mantener su mente ocupada la mayor parte del tiempo, y le notaba que lograba salir adelante.
Yo empezaba a plantearme irme a vivir con él... ¿a quién pretendo engañar? Lo pensaba la mayor parte del tiempo. Pero no podía dejar a mi hermano pequeño solo con nuestra madre, o empezaría a dirigir sus tóxicos comentarios hacia él, y él no podría soportarlo. Tampoco quería dejarla sola.
El desgaste era brutal, y yo tampoco me encontraba bien. Había tenido un accidente algunas semanas atrás, y aún cojeaba de vez en cuando, aunque el dolor remitía tras un par de pastillas, o algunos cigarrillos.
Ella ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía cuando se encontraba mal. ¡Estaba enferma! No me salía ni culparla, aunque lo deseaba. ¿A quién podía culpar?
¿A mí mismo?¿A mi padre?¿A los psicólogos?¿Al tipo que la arrolló en el coche hace tantos años, y por el que empezó a estar enferma...?
Eso era casi tan frustrante como todo lo demás. No tener nadie a quien culpar, tragármelo todo y envenenarme aún más, y sentir la cadera arderme y empezar a cojear de nuevo. También me mareaba, últimamente más a menudo, por el dolor. No me salía ni llorar, ni gritar para desahogarme.
Pero di un sorbo del café y le sonreí a mi padre, que me miraba atentamente.
- Está mejor. Creo que estamos saliendo adelante, como tú. Poco a poco.
- Me alegro - él medio sonrió, triste. Se lo podía notar, como seguro que él me lo notaba a mí.
Quizá había heredado de él fingir tan bien que nada iba mal.
Me lo preguntó con boca pequeña, la vista fija en la ruidosa cucharilla con que removía el cortado. También podía percibir el miedo en sus palabras. Creo que le oí tragar saliva. Di un sorbo, evitando mirarlo.
- Bien.
Respondí con boca pequeña.
No estaba bien. Estaba peor que nunca. Desvariaba, tenía ataques de rabia, había dejado de ser coherente, utilizaba el chantaje emocional todo el tiempo, me sacaba de quicio con sus conclusiones ilógicas y sus gritos, sus acusadoras palabras, como si yo estuviese en su contra y nunca hubiese hecho nada por ella. Se había vuelto venenosa. Cuanto peor se encontraba, más venenosa era. Los días en que estaba bien, sonreía mucho, me besaba, me decía que me quería. Se emocionaba por cosas nimias, y tenía ánimos para ver películas y salir a tomar café con sus amigas.
Los días que se encontraba mal, una amarga bilis me recorría el paladar, y fumaba más que nunca, para tranquilizarme, para estar ocupado. No podía concentrarme en estudiar, y me hundía en el sofá de mi habitación, escuchando música, meditabundo, sin hacer nada más que mirar el vacío e imaginarme otra vida.
Él si había mejorado. Volvía a trabajar, y parecía haber salido un poco de esa profunda depresión, tan preocupante, del principio, de cuando ella lo echó de casa.
De vez en cuando aún lloraba, cuando estaba aturdido o agotado, pero sabía mantener su mente ocupada la mayor parte del tiempo, y le notaba que lograba salir adelante.
Yo empezaba a plantearme irme a vivir con él... ¿a quién pretendo engañar? Lo pensaba la mayor parte del tiempo. Pero no podía dejar a mi hermano pequeño solo con nuestra madre, o empezaría a dirigir sus tóxicos comentarios hacia él, y él no podría soportarlo. Tampoco quería dejarla sola.
El desgaste era brutal, y yo tampoco me encontraba bien. Había tenido un accidente algunas semanas atrás, y aún cojeaba de vez en cuando, aunque el dolor remitía tras un par de pastillas, o algunos cigarrillos.
Ella ni siquiera se daba cuenta de lo que hacía cuando se encontraba mal. ¡Estaba enferma! No me salía ni culparla, aunque lo deseaba. ¿A quién podía culpar?
¿A mí mismo?¿A mi padre?¿A los psicólogos?¿Al tipo que la arrolló en el coche hace tantos años, y por el que empezó a estar enferma...?
Eso era casi tan frustrante como todo lo demás. No tener nadie a quien culpar, tragármelo todo y envenenarme aún más, y sentir la cadera arderme y empezar a cojear de nuevo. También me mareaba, últimamente más a menudo, por el dolor. No me salía ni llorar, ni gritar para desahogarme.
Pero di un sorbo del café y le sonreí a mi padre, que me miraba atentamente.
- Está mejor. Creo que estamos saliendo adelante, como tú. Poco a poco.
- Me alegro - él medio sonrió, triste. Se lo podía notar, como seguro que él me lo notaba a mí.
Quizá había heredado de él fingir tan bien que nada iba mal.
30/12/09
Mensaje en una botella
Sé bien que ni lo deseáis.
¿Por qué, entonces, lo escribo?
No lo sé... tal vez para que no siga dentro de mí. ¿Conocéis esa sensación? La necesidad de sacar afuera algo que se os clavó sin quererlo ni beberlo, de desahogaros. Bueno... ¿por qué ibais a conocerla? Seguro que soy el más débil de por aquí.
Mis padres se separaron, mi novia me dejó, mis sueños fueron aplastados, mis ambiciones frustradas, mi camino trazado sin consultarme, mis ideas robadas, mi condición humana humillada, mi cuerpo apaleado, mi ¿espíritu? Perdido por ahí.
Por supuesto que no os voy a contar nada de eso. Sería lo obvio. Todos hemos sufrido en algún momento algo parecido, y no quiero que leáis lo mismo de siempre, que penséis y os sintáis como de costumbre, sólo que por otro en lugar de vosotros mismos. No sé si soy más fuerte que eso, pero me gustaría creerlo.
Sólo quiero escribirlo. Desahogarme. Sin saber por dónde empezar, sin ser capaz de hacerlo en tercera persona...
¿Os preguntáis si son hechos verídicos...? Bah, ¿qué os vais a preguntar? Es sólo mi imaginación, ilusionándome con que pueda importaros lo más mínimo, con que no estéis sólo de paso. Pero, ¡hay que ver lo que me gusta andarme con rodeos!
Puede que el mundo pese, y que evadirme sea lo que más anhelo porque así ni mis problemas ni los de otros parecerán tan importantes. Porque el mundo pesa, me creáis o no; puede que vosotros lo llaméis de otra manera, pero la verdad es que ni lo sé ni me importa, ahoramismo: el mundo pesa. No como una losa invisible sobre los hombros, sino como una opresión interna. Late en los músculos y hormiguea en las sienes, dejándote con la sensación de haber corrido una maratón, con las manos pesadas y el ánimo de luto. ¿Y si rompo a llorar?¿Y si lo asumo, aprieto los dientes y alzo el mentón?¿Y si lucho contra ello?¿Y si finjo ignorarlo...?
...y si, al final, todo ha sido para nada. No importa lo que haga, siguen pesándome mis problemas, y los de otros, y gruño y pataleo y lloro a viva voz, grito como un Aiel para abrazar el dolor que me inflingen, me autocompadezco en público y amenazo con volver a hacerlo, se me petrifican las manos encima del teclado a cada frase que escribo y me tiemblan los dedos de miedo, no de pasión, y entonces, como temía, el amor de mi vida se me escapa.
Y si, al final, pierdo las ganas de seguir intentándolo. Por quitarme un poco de encima, dejarme arrastrar, ¿comprendéis?... y si... y si... ¿y si me rindo?
Nah.
No me conocéis, ni tenéis por qué leer esto... pero os contaré algo sobre mí, os importe o no, porque ya lo he sacado todo y ahora algo nuevo me quema por dentro: NO ME GUSTAN LOS CONDICIONALES.
27/12/09
Os cuestiono...
A mis inexistentes escasos queridos lectores:
AyerHace unas semanas, me propuse un reto a mí mismo, como escritor. Tiene que ver con relatos eróticos, y escenas que no suelen darse muy a menudo en ellos por la dificultad que entraña quitarles el simplismo, lo absurdo, y a veces el elemento de repulsión que pueden llegar a provocar.
Me refiero a la felación y masturbación masculina.
Mi desafío se basaba en describir una escena así y hacer que resultase erótico. Tras intentarlo lo mejor que he podido, personas de cierta confianza me han transmitido su aprobación. Me gustaría preguntaros si tal contenido os turbaría en demasía, o si sentís curiosidad, o simplemente queréis que varíe mi "emocionalmente agotador" repertorio de relatos, y, por lo tanto, si quisieseis que lo publicase.
La confirmación absoluta a partir de las 7 respuestas positivas. Porque sí, me parece un número apropiado. Mientras tanto, la vida de este blog continuará como antes: a medias. Gracias por vuestra atención, y disculpad las molestias.
Me refiero a la felación y masturbación masculina.
Mi desafío se basaba en describir una escena así y hacer que resultase erótico. Tras intentarlo lo mejor que he podido, personas de cierta confianza me han transmitido su aprobación. Me gustaría preguntaros si tal contenido os turbaría en demasía, o si sentís curiosidad, o simplemente queréis que varíe mi "emocionalmente agotador" repertorio de relatos, y, por lo tanto, si quisieseis que lo publicase.
La confirmación absoluta a partir de las 7 respuestas positivas. Porque sí, me parece un número apropiado. Mientras tanto, la vida de este blog continuará como antes: a medias. Gracias por vuestra atención, y disculpad las molestias.
12/12/09
Perlitas
"El sexo es cuando dos personas que son novios y esposos hacen sexo por placer y amor, el sexo puede dejar embarazada a una mujer al ser sexo con un hombre, por eso hay preservativos para cuando mujer, hombre, hombre y mujer hacen sexo la mujer no quede embarazada, sino libre como el viento." Perla Shumajer. Reflexiones sobre sexo.
7/12/09
Re-venta
El otro día, paseando por una calle, me encontré tu nombre, ¿dónde fue...? En una tienda de recuerdos, o algo así. Era tu nombre, creo. Podría serlo. La verdad es que no... no llegué a verlo bien. No me acuerdo. Cuando vi que en el letrero ponía "Tienda de Recuerdos", entré corriendo, y pregunté si también los compraban. Me dijeron "Depende, tampoco espere mucho, el negocio no va muy bien...".
Le dije que se los regalaba, casi con lágrimas en los ojos, y te me quité de encima.
Fue desgarrador, pero también me sentí liberado. Aunque no lo sabía, porque no me acordaba de ti.
Hasta que, un buen día, vi una foto tuya. Supe que era importante, y algo me dolía muy profundo, muy bajito, pero no supe por qué.
Empecé a buscarte. Era desesperante, pero de pronto aparecías escondida en cajones por toda la casa. Fotos, joyas, ¡incluso algo de ropa al fondo del armario!
Encontré una tarjeta de una tienda de recuerdos. ¿Qué coño era eso?
Pero fui, y pregunté, y me indigné cuando me dijeron que ya habían vendido mi recuerdo. ¿Cómo se atrevían? Respondieron que era su trabajo, no podían evitarlo. Y no me quisieron decir a quién se lo habían vendido.
Casi me había dado por vencido, pero de pronto una mujer llamó llorando a mi puerta. Dijo que no podía soportarlo más, que dolía mucho, y quería suicidarse, quería que me llevase mis recuerdos. Pero yo no sabía cómo hacer eso.
Pero simplemente entró a trompicones y me calló con besos, fue muy salvaje y explícita. Nos dejamos la puerta abierta.
No, así no iba... ¿o sí? Sí, iba vestida de rojo y blanco, como tú en Roma. De algún modo, funcionó, a la mañana siguiente me dolías de nuevo a viva voz y ella se fue, llorando.
Así que ya ves. Aquí estoy. Hablándote sin esperar respuesta... bueno, menos mal que recuperé tu recuerdo a tiempo, ¿no...? Casi me pierdo el aniversario.
Hoy me duele un poco menos el estómago.
Le dije que se los regalaba, casi con lágrimas en los ojos, y te me quité de encima.
Fue desgarrador, pero también me sentí liberado. Aunque no lo sabía, porque no me acordaba de ti.
Hasta que, un buen día, vi una foto tuya. Supe que era importante, y algo me dolía muy profundo, muy bajito, pero no supe por qué.
Empecé a buscarte. Era desesperante, pero de pronto aparecías escondida en cajones por toda la casa. Fotos, joyas, ¡incluso algo de ropa al fondo del armario!
Encontré una tarjeta de una tienda de recuerdos. ¿Qué coño era eso?
Pero fui, y pregunté, y me indigné cuando me dijeron que ya habían vendido mi recuerdo. ¿Cómo se atrevían? Respondieron que era su trabajo, no podían evitarlo. Y no me quisieron decir a quién se lo habían vendido.
Casi me había dado por vencido, pero de pronto una mujer llamó llorando a mi puerta. Dijo que no podía soportarlo más, que dolía mucho, y quería suicidarse, quería que me llevase mis recuerdos. Pero yo no sabía cómo hacer eso.
Pero simplemente entró a trompicones y me calló con besos, fue muy salvaje y explícita. Nos dejamos la puerta abierta.
No, así no iba... ¿o sí? Sí, iba vestida de rojo y blanco, como tú en Roma. De algún modo, funcionó, a la mañana siguiente me dolías de nuevo a viva voz y ella se fue, llorando.
Así que ya ves. Aquí estoy. Hablándote sin esperar respuesta... bueno, menos mal que recuperé tu recuerdo a tiempo, ¿no...? Casi me pierdo el aniversario.
Hoy me duele un poco menos el estómago.
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