23/7/11
4/7/11
Envejecer
[Es pasar largos días
sin ni una vez sentir que fuimos jóvenes.
Es ir añadiendo, inmolados
en la efímera prisión del presente,
mes tras mes un dolor creciente.
Es estar sufriendo,
y sentir a medias, casi apenas, lo que sientes.
Muy adentro, nuestro ignorado corazón
festeja el embotado recuerdo de un cambio,
pero no emociones... ninguna.]
Matthew Arnold
sin ni una vez sentir que fuimos jóvenes.
Es ir añadiendo, inmolados
en la efímera prisión del presente,
mes tras mes un dolor creciente.
Es estar sufriendo,
y sentir a medias, casi apenas, lo que sientes.
Muy adentro, nuestro ignorado corazón
festeja el embotado recuerdo de un cambio,
pero no emociones... ninguna.]
Matthew Arnold
24/5/11
Sensación incierta
Últimamente se le quedaba atascado en la garganta un sueño. Al despertar, sólo recordaba la sensación de estar con alguien cálido y familiar a su lado. Nada más.
Reflexionaba sobre ello durante el desayuno, perdiendo la mirada en el café, la mesa, o el aire; no recordaba haberse sentido especialmente sola últimamente. Hacía mucho que no tenía una relación estable, pero no le importaba. Tenía amigos y amigas de confianza, y siempre había gente nueva que conocer y hombres interesantes que podían darle lo que necesitaba, de vez en cuando. Pero ese aire de complicidad, cariño y melancolía, esa mirada que le sonaba tanto y que no lograba ubicar... era como tener en la punta de la lengua un recuerdo y no saber nombrarlo. Como cuando se tiene la primera letra de una palabra y no se encuentra el resto.
Andaba distraída, como hacía años que no le ocurría. Como cuando en el instituto se colgaba de algún chico y no podía dejar de pensar en él, como si fuese lo más importante del mundo a todas horas. Sólo que ahora no había ningún él, sólo una imagen. Ni siquiera eso; sólo esa vaga sensación por las mañanas.
Algo debería estar ahí, pero no estaba. Ésa era la sensación, estaba segura.
Como si hubiesen movido todos los muebles del salón un par de centímetros y las medidas de pronto no cuadrasen.
¿Acaso empezaba a desear una vida más estable?¿Una pareja?
Tampoco es que rechazase la idea de pleno, pero no creía estar en una etapa de su vida adecuada para intentar cimentar una relación. Acababa de empezar a trabajar fuera y aún vivía de alquiler con una compañera de piso, no había visto a sus padres en cuatro meses y le faltaba dinero para pagar la autoescuela, y el cursillo de formación de la empresa, y...
No tenía sentido.
Ni siquiera se habría planteado nada de eso un par de semanas antes, sólo vivía lo que le tocaba sin planificar demasiado. Era lo que siempre había querido, y, quizá por suerte o porque realmente era lo adecuado, todo iba bien.
Pero esa sensación... seguía ahí todo el día. Y se haría más fuerte mañana.
A veces, casi creía haberlo adivinado. Por la tarde, cerca ya de anochecer, se le entornaban las ideas y sentía con nitidez unos brazos que la envolvían, unos dedos que le acariciaban la mejilla, y un aliento cálido y confortable en el cuello, acompañado de una voz familiar y cariñosa que le ronroneaba en la oreja de un modo más que agradable.
No era ningún recuerdo, aunque... sería un recuerdo increíble.
Reflexionaba sobre ello durante el desayuno, perdiendo la mirada en el café, la mesa, o el aire; no recordaba haberse sentido especialmente sola últimamente. Hacía mucho que no tenía una relación estable, pero no le importaba. Tenía amigos y amigas de confianza, y siempre había gente nueva que conocer y hombres interesantes que podían darle lo que necesitaba, de vez en cuando. Pero ese aire de complicidad, cariño y melancolía, esa mirada que le sonaba tanto y que no lograba ubicar... era como tener en la punta de la lengua un recuerdo y no saber nombrarlo. Como cuando se tiene la primera letra de una palabra y no se encuentra el resto.
Andaba distraída, como hacía años que no le ocurría. Como cuando en el instituto se colgaba de algún chico y no podía dejar de pensar en él, como si fuese lo más importante del mundo a todas horas. Sólo que ahora no había ningún él, sólo una imagen. Ni siquiera eso; sólo esa vaga sensación por las mañanas.
Algo debería estar ahí, pero no estaba. Ésa era la sensación, estaba segura.
Como si hubiesen movido todos los muebles del salón un par de centímetros y las medidas de pronto no cuadrasen.
¿Acaso empezaba a desear una vida más estable?¿Una pareja?
Tampoco es que rechazase la idea de pleno, pero no creía estar en una etapa de su vida adecuada para intentar cimentar una relación. Acababa de empezar a trabajar fuera y aún vivía de alquiler con una compañera de piso, no había visto a sus padres en cuatro meses y le faltaba dinero para pagar la autoescuela, y el cursillo de formación de la empresa, y...
No tenía sentido.
Ni siquiera se habría planteado nada de eso un par de semanas antes, sólo vivía lo que le tocaba sin planificar demasiado. Era lo que siempre había querido, y, quizá por suerte o porque realmente era lo adecuado, todo iba bien.
Pero esa sensación... seguía ahí todo el día. Y se haría más fuerte mañana.
A veces, casi creía haberlo adivinado. Por la tarde, cerca ya de anochecer, se le entornaban las ideas y sentía con nitidez unos brazos que la envolvían, unos dedos que le acariciaban la mejilla, y un aliento cálido y confortable en el cuello, acompañado de una voz familiar y cariñosa que le ronroneaba en la oreja de un modo más que agradable.
No era ningún recuerdo, aunque... sería un recuerdo increíble.
5/3/11
Un invento genial
Imagínate recordar el mundo como un invento, en vez de como una chispa de alguna explosión.
El que lo inventase era un genio.
¿Crees REALMENTE que podrías haberlo hecho mejor?
Es renovable, autosuficiente, con constantes e incontables actualizaciones gratuitas, muy productivo, creativo, misterioso lo justo para suscitar y mantener el interés, hermoso, práctico y romántico a la vez...
Sinceramente... yo estaría tan orgulloso de inventar algo así, que dejaría de mirarlo sólo para no encontrarle fallos con una segunda inspección.
Como cuando los escritores (al menos los malos como yo) releen sus borradores, y se suben por las paredes para cambiarlos.
Por ese motivo Dios ya no responde.
Como un escritor, se desentendió hace tiempo de lo que nos estamos cargando con cada vez más ganas.
El que lo inventase era un genio.
¿Crees REALMENTE que podrías haberlo hecho mejor?
Es renovable, autosuficiente, con constantes e incontables actualizaciones gratuitas, muy productivo, creativo, misterioso lo justo para suscitar y mantener el interés, hermoso, práctico y romántico a la vez...
Sinceramente... yo estaría tan orgulloso de inventar algo así, que dejaría de mirarlo sólo para no encontrarle fallos con una segunda inspección.
Como cuando los escritores (al menos los malos como yo) releen sus borradores, y se suben por las paredes para cambiarlos.
Por ese motivo Dios ya no responde.
Como un escritor, se desentendió hace tiempo de lo que nos estamos cargando con cada vez más ganas.
21/2/11
A oscuras
Todo empieza en una habitación a oscuras. Se oye sólo su respiración. En la oscuridad a veces hay tanto silencio que creo que, si me concentro, desde aquí puedo oír sus latidos. Pero no puedo verla, ni tocarla.
Aquí dentro no importa cuanto mire, así que cierro los ojos, porque así estoy más cómodo. A menudo fumo cerca de donde puedo oírla mejor, como ahora, aunque no le guste especialmente, porque de vez en cuando sí que puede olerme, y el olor a tabaco le trae buenos recuerdos de cuando me veía. Un cigarrillo detrás de otro, buscando despertar algo que nunca duerme en este lúgubre rincón.
A ratos no quiero ni oírla. A ratos no pongo atención ni me esfuerzo en hacerlo. A ratos no tengo fuerzas, me cansan las cosas que me esperan ahí afuera, donde sí hay luz y no la oigo respirar.
A ratos, los más, se me olvida volver aquí, a estar un poco más sin sentir nada más que su aliento.
Pero, cuando estoy... cuando todo empieza...
Hay música. Poesía. Vagan entre nosotros, en este vacío, como pequeños cirios, surgen de la nada y titilan, vulnerables y vergonzosos, cuchicheantes.
No podemos vernos, ni tocarnos, pero sí oírnos. A ratos duele tanto como el silencio aquí dentro.
Yo no puedo olerla, como ella a mí. Yo huelo un poco a tabaco y humo, y todos sabemos lo esquivo y efímero que le da por ser al humo, pero no hay nada que huela como ella. Eso duele, incluso aquí dentro.
También hay luces aquí dentro, pero entran sólo lo justo a través de unos estrechos ventanucos que abrimos con nuestras voces. Y los cerramos de inmediato.
Todo es un susurro.
A veces resuena algún eco; otras, la oscuridad distorsiona el sonido, y eso siempre nos molesta; el sonido es todo el contacto que nos queda aquí.
Ahí afuera hay dolor. Hay luz. Tanta que no pueden apreciarse la oscuridad, ni el silencio roto por una respiración. Ahí afuera está la realidad, con todo lo que eso conlleva.
Pero siempre acabamos saliendo de la habitación oscuras.
A la luz.
Y siempre vuelvo a esa habitación a oscuras, donde puedo oírla respirar, donde, si me concentro, a ratos pienso que oigo sus latidos.
Y siempre sigue siendo sólo mi habitación.
Y siempre estoy solo.
Aquí dentro no importa cuanto mire, así que cierro los ojos, porque así estoy más cómodo. A menudo fumo cerca de donde puedo oírla mejor, como ahora, aunque no le guste especialmente, porque de vez en cuando sí que puede olerme, y el olor a tabaco le trae buenos recuerdos de cuando me veía. Un cigarrillo detrás de otro, buscando despertar algo que nunca duerme en este lúgubre rincón.
A ratos no quiero ni oírla. A ratos no pongo atención ni me esfuerzo en hacerlo. A ratos no tengo fuerzas, me cansan las cosas que me esperan ahí afuera, donde sí hay luz y no la oigo respirar.
A ratos, los más, se me olvida volver aquí, a estar un poco más sin sentir nada más que su aliento.
Pero, cuando estoy... cuando todo empieza...
Hay música. Poesía. Vagan entre nosotros, en este vacío, como pequeños cirios, surgen de la nada y titilan, vulnerables y vergonzosos, cuchicheantes.
No podemos vernos, ni tocarnos, pero sí oírnos. A ratos duele tanto como el silencio aquí dentro.
Yo no puedo olerla, como ella a mí. Yo huelo un poco a tabaco y humo, y todos sabemos lo esquivo y efímero que le da por ser al humo, pero no hay nada que huela como ella. Eso duele, incluso aquí dentro.
También hay luces aquí dentro, pero entran sólo lo justo a través de unos estrechos ventanucos que abrimos con nuestras voces. Y los cerramos de inmediato.
Todo es un susurro.
A veces resuena algún eco; otras, la oscuridad distorsiona el sonido, y eso siempre nos molesta; el sonido es todo el contacto que nos queda aquí.
Ahí afuera hay dolor. Hay luz. Tanta que no pueden apreciarse la oscuridad, ni el silencio roto por una respiración. Ahí afuera está la realidad, con todo lo que eso conlleva.
Pero siempre acabamos saliendo de la habitación oscuras.
A la luz.
Y siempre vuelvo a esa habitación a oscuras, donde puedo oírla respirar, donde, si me concentro, a ratos pienso que oigo sus latidos.
Y siempre sigue siendo sólo mi habitación.
Y siempre estoy solo.
24/12/10
Winter is coming...
¡Ya falta menos!
(No sé a vosotros, pero a mí se me ponen los vellos de punta y me sale una sonrisa de tonto con cada nuevo vídeo que sacan del rodaje...)
(No sé a vosotros, pero a mí se me ponen los vellos de punta y me sale una sonrisa de tonto con cada nuevo vídeo que sacan del rodaje...)
18/11/10
EDAD: 10 AÑOS
-Tienes que dejar de meterte en peleas, Salva – suspiró la señorita Carmen tras la enfermera, que le curaba en ese momento la rodilla despellejada.
-¡Si yo no he empezado! - se defendió el maltrecho chico, que sólo veía por un ojo ya que el otro estaba hinchado y cogiendo un feo color azul, con una voz nasal debido a los pañuelos que poco a poco frenaban la hemorragia.
-Carlos y Rubén dicen que estaban jugando con Laura cuando tú llegaste y les pegaste.
-¡Mentira!¡Se estaban metiendo con ella, yo iba a salvarla! - gruñó, enrojeciendo de rabia - ¡Empezaron ellos!
-Entonces, ¿por qué ella dice que tú les pegaste primero?
El niño calló, avergonzado, pero aún sin ceder un ápice por la furia y el sentimiento de traición que le acababa de morder el pecho.
-Tienes que portarte bien, Salva. ¿Qué dirán tus padres?
Él miró por la ventana, decidido a no derramar ni una lágrima. Su profesora volvió a suspirar.
-Esto ya está – dijo la enfermera – No te pasará nada. ¿Quieres un caramelo?
-No – dijeron a la vez maestra y alumno. Carmen lo observó con fijeza, pero él no se dignó a devolverle la mirada – No hay caramelos para los niños que se portan mal. Esperará aquí hasta que lleguen sus padres.
Abandonó la habitación, y la enfermera se sentó en su escritorio, mirando unos papeles.
Salvador continuó con gesto hosco mucho rato más, acusando con sus ojos de niño a todo el mundo, hasta que se le cansaron, débiles y doloridos de intentar abarcar la recriminación en su mirada, y lloró de impotencia, por ser tan pequeño y sentirse tan solo.
Llegó Laura, y se fue, sin conseguir que la mirase ni respondiese una vez siquiera. Ella era la culpable, la mentirosa, la traidora.
Su madre, que había ido a recogerle, le regañó y gritó, pero él clavó la vista en sus zapatos, capeando inmutable el aluvión, y con una gran herida abriéndose con lentitud dentro de él, pero se negó a llorar por ella.
Sólo volvió a derramar lágrimas a oscuras en su habitación, esa noche, en silencio, apretando los dientes y hundiendo el rostro y las uñas en la almohada, pensando en susurros y sollozos.
-Es injusto.
-¡Si yo no he empezado! - se defendió el maltrecho chico, que sólo veía por un ojo ya que el otro estaba hinchado y cogiendo un feo color azul, con una voz nasal debido a los pañuelos que poco a poco frenaban la hemorragia.
-Carlos y Rubén dicen que estaban jugando con Laura cuando tú llegaste y les pegaste.
-¡Mentira!¡Se estaban metiendo con ella, yo iba a salvarla! - gruñó, enrojeciendo de rabia - ¡Empezaron ellos!
-Entonces, ¿por qué ella dice que tú les pegaste primero?
El niño calló, avergonzado, pero aún sin ceder un ápice por la furia y el sentimiento de traición que le acababa de morder el pecho.
-Tienes que portarte bien, Salva. ¿Qué dirán tus padres?
Él miró por la ventana, decidido a no derramar ni una lágrima. Su profesora volvió a suspirar.
-Esto ya está – dijo la enfermera – No te pasará nada. ¿Quieres un caramelo?
-No – dijeron a la vez maestra y alumno. Carmen lo observó con fijeza, pero él no se dignó a devolverle la mirada – No hay caramelos para los niños que se portan mal. Esperará aquí hasta que lleguen sus padres.
Abandonó la habitación, y la enfermera se sentó en su escritorio, mirando unos papeles.
Salvador continuó con gesto hosco mucho rato más, acusando con sus ojos de niño a todo el mundo, hasta que se le cansaron, débiles y doloridos de intentar abarcar la recriminación en su mirada, y lloró de impotencia, por ser tan pequeño y sentirse tan solo.
Llegó Laura, y se fue, sin conseguir que la mirase ni respondiese una vez siquiera. Ella era la culpable, la mentirosa, la traidora.
Su madre, que había ido a recogerle, le regañó y gritó, pero él clavó la vista en sus zapatos, capeando inmutable el aluvión, y con una gran herida abriéndose con lentitud dentro de él, pero se negó a llorar por ella.
Sólo volvió a derramar lágrimas a oscuras en su habitación, esa noche, en silencio, apretando los dientes y hundiendo el rostro y las uñas en la almohada, pensando en susurros y sollozos.
-Es injusto.
18/10/10
Disertación
El amor es un asunto complicado y esquivo, cuya naturaleza, al parecer, sólo conocen los enamorados, y sólo algunos. Y no la conocen de un modo tan veraz como un matemático se explica que dos más dos suman cuatro, no, a veces, incluso lo explican con una ambigua y para nada satisfactoria aseveración "sólo lo sabrás cuando estés enamorado".
¿Qué clase de explicación, mal rayo os parta a todos condenados, es esa?
¿Y si crees estar enamorado y en realidad no lo estás? Porque hay mucha gente insegura de la leche en este mundo, y esas cosas no se pueden ir afirmando así porque sí, se presupone cierta tendencia previa, ciertas normas, por etiquetarlo de alguna manera; unas pistas que acaban desembocando en una conclusión irrefutable.
Aún así, el amor no se explica. No en los conceptos espirituales realmente necesarios. Se ha explicado muchas veces, tal vez en esa proliferación de significados se oculta un ramalazo de verdad, o tal vez sean precisamente esas numerosas descripciones las que obscurecen todo este asunto, volviéndolo complicado y esquivo.
Como las maneras de resolver un problema matemático, por seguir con la parábola; se pueden utilizar tantas fórmulas, que es más complicado a veces decidir cómo hacer algo que hacerlo en sí.
La cuestón es que todo el concepto del amor queda afeado por esta absurda y del todo innecesaria complicación que viene apareciendo en literatura desde... pues desde que la hay, básicamente. ¿Y sobre qué iban a escribir, si no? Al fin y al cabo, muchos dicen que el amor es lo más importante de todo el cosmos, macro o micro, o como se llame, ¿quién soy yo para llevarle la contraria a tan ilustres e insignes figuras históricas?
¡Si hasta Heráclito habló del amor y el odio refiriéndose al génesis mismo, al nacimiento del unverso y a su evolución!
Aquí me surge una duda, ¿se equipara la importancia del odio con la del amor?
Porque, dejemos las cosas claras: estamos en tiempos de odio, no de amor, el mundo hoy en día no sabe muy bien a qué atenerse cuando se menciona el "amor", como un jovencito timorato que titubea al oír una pregunta que no sabe si va dirigida a él y se apabulla y traba la lengua buscando una respuesta insegura. O, directamente, se tuerce en una fea mueca el labio, se fruncen ceño y nariz, y se suelta un comentario cínico digno del mayor dandi habido y por haber. ¿Quién ha sido capaz alguna vez que competir con el cinismo de Wylde, a ver?
Pero el ingenio, el odio y el amor como conceptos atribuidos a la raza humana y la Tierra han sido una digresión innecesaria, hablábamos aquí de un amor más terrenal (o espiritual, depende de a quién preguntéis), de uno más cercano a cada individuo, de ese en el que una persona X se "enamora" de una persona Y, y ya se ha liado.
Científicamente... bueno, ¡qué os voy a contar de las explicaciones científicas!
Cada cual se limita a explicar su parte: los biólogos hablan de hormonas, los psiquiatras de estados emocionales y procesos bioquímicos, los antropólogos de métodos de emparejamiento y supervivencia...
¿Sabéis que el amor tiene cuadros patológicos? Sí, sí, como en una enfermedad, y explican tanto el amor pasional como el estable o el apego afectivo y cariñoso, y hablan de la serotonina y la oxiyonosequé (y la testosterona y los estrógenos, mucho, mucho de la testosterona y los estrógenos), y dicen que voilá, ahí tienes en un papel escrito qué es el amor.
Pero escritas en papel hay muchas otras palabras que hablan de lo mismo, y día a día vemos detalles que creemos reconocer como amor, los sentimos...
¡Ah!, bribón, he aquí la palabra clave que andaba buscando. Sentir. Sentimientos, ¿no? Eso es el amor, al fin y al cabo, y hablamos de impulsos eléctricos neuronales, de procesos bioquímicos, de cuadros patológicos, todo para referirnos a un sentimiento, algo tan pequeño que cabe en el cuerpo de una persona, y que sí, puede variar aspectos fisiológicos básicos, y puede afectar incluso a la personalidad de uno mismo... pero, ¿realmente algo que cabe en el cuerpo de un ser humano, un mamífero bípedo de unos 75 kg y 1,75 m de estatura de media, es lo más importante del universo?
Que conste que yo creo firmemente en el amor. En el amor romántico y en el amor pasional, y en el cariño y el amor afectivo y duradero y estable...
Pero, por todos los dioses del Olimpo... ¿por qué es tan endiabladamente complicado? Eso, eso, y nada más, es lo que me saca de quicio. Aunque eso no quita que siga anhelándolo fervientemente.
—Cuando uno está en la cama con una mujer fea, lo mejor que puede hacer es cerrar los ojos y poner manos a la obra —declaró—. Aunque espere, la mujer no será bonita. Hay que besarla y terminar con el asunto.
Lord Petyr Baelish
¿Qué clase de explicación, mal rayo os parta a todos condenados, es esa?
¿Y si crees estar enamorado y en realidad no lo estás? Porque hay mucha gente insegura de la leche en este mundo, y esas cosas no se pueden ir afirmando así porque sí, se presupone cierta tendencia previa, ciertas normas, por etiquetarlo de alguna manera; unas pistas que acaban desembocando en una conclusión irrefutable.
Aún así, el amor no se explica. No en los conceptos espirituales realmente necesarios. Se ha explicado muchas veces, tal vez en esa proliferación de significados se oculta un ramalazo de verdad, o tal vez sean precisamente esas numerosas descripciones las que obscurecen todo este asunto, volviéndolo complicado y esquivo.
Como las maneras de resolver un problema matemático, por seguir con la parábola; se pueden utilizar tantas fórmulas, que es más complicado a veces decidir cómo hacer algo que hacerlo en sí.
La cuestón es que todo el concepto del amor queda afeado por esta absurda y del todo innecesaria complicación que viene apareciendo en literatura desde... pues desde que la hay, básicamente. ¿Y sobre qué iban a escribir, si no? Al fin y al cabo, muchos dicen que el amor es lo más importante de todo el cosmos, macro o micro, o como se llame, ¿quién soy yo para llevarle la contraria a tan ilustres e insignes figuras históricas?
¡Si hasta Heráclito habló del amor y el odio refiriéndose al génesis mismo, al nacimiento del unverso y a su evolución!
Aquí me surge una duda, ¿se equipara la importancia del odio con la del amor?
Porque, dejemos las cosas claras: estamos en tiempos de odio, no de amor, el mundo hoy en día no sabe muy bien a qué atenerse cuando se menciona el "amor", como un jovencito timorato que titubea al oír una pregunta que no sabe si va dirigida a él y se apabulla y traba la lengua buscando una respuesta insegura. O, directamente, se tuerce en una fea mueca el labio, se fruncen ceño y nariz, y se suelta un comentario cínico digno del mayor dandi habido y por haber. ¿Quién ha sido capaz alguna vez que competir con el cinismo de Wylde, a ver?
Pero el ingenio, el odio y el amor como conceptos atribuidos a la raza humana y la Tierra han sido una digresión innecesaria, hablábamos aquí de un amor más terrenal (o espiritual, depende de a quién preguntéis), de uno más cercano a cada individuo, de ese en el que una persona X se "enamora" de una persona Y, y ya se ha liado.
Científicamente... bueno, ¡qué os voy a contar de las explicaciones científicas!
Cada cual se limita a explicar su parte: los biólogos hablan de hormonas, los psiquiatras de estados emocionales y procesos bioquímicos, los antropólogos de métodos de emparejamiento y supervivencia...
¿Sabéis que el amor tiene cuadros patológicos? Sí, sí, como en una enfermedad, y explican tanto el amor pasional como el estable o el apego afectivo y cariñoso, y hablan de la serotonina y la oxiyonosequé (y la testosterona y los estrógenos, mucho, mucho de la testosterona y los estrógenos), y dicen que voilá, ahí tienes en un papel escrito qué es el amor.
Pero escritas en papel hay muchas otras palabras que hablan de lo mismo, y día a día vemos detalles que creemos reconocer como amor, los sentimos...
¡Ah!, bribón, he aquí la palabra clave que andaba buscando. Sentir. Sentimientos, ¿no? Eso es el amor, al fin y al cabo, y hablamos de impulsos eléctricos neuronales, de procesos bioquímicos, de cuadros patológicos, todo para referirnos a un sentimiento, algo tan pequeño que cabe en el cuerpo de una persona, y que sí, puede variar aspectos fisiológicos básicos, y puede afectar incluso a la personalidad de uno mismo... pero, ¿realmente algo que cabe en el cuerpo de un ser humano, un mamífero bípedo de unos 75 kg y 1,75 m de estatura de media, es lo más importante del universo?
Que conste que yo creo firmemente en el amor. En el amor romántico y en el amor pasional, y en el cariño y el amor afectivo y duradero y estable...
Pero, por todos los dioses del Olimpo... ¿por qué es tan endiabladamente complicado? Eso, eso, y nada más, es lo que me saca de quicio. Aunque eso no quita que siga anhelándolo fervientemente.
—Cuando uno está en la cama con una mujer fea, lo mejor que puede hacer es cerrar los ojos y poner manos a la obra —declaró—. Aunque espere, la mujer no será bonita. Hay que besarla y terminar con el asunto.
Lord Petyr Baelish
16/10/10
Locura Transitoria
De vez en cuando, se descubren matices asombrosos en los lugares más inesperados. Como un latido que de pronto resuena en los oídos y embriaga con cierta calidez húmeda todo el cuerpo, o una respiración que se queda a medias, cortada por un instante afilado y puntiagudo que se clava en la garganta.
A veces, cuando se cierran los ojos y se inspira hondo sin más motivo que captar cada pequeñez del momento que nos rodea, el mismo paso del tiempo parece sobrar, los principios básicos y físicos de la realidad están de más, la gravedad es relativa, el oxígeno, suplementario, la vida está infravalorada, la normalidad sólo existe de relleno, esos párpados cerrados, ese aroma a paz y pureza, ese silencio amplificado, ese regusto a perfección, esas pequeñas motas de luz que brillan tras la oscuridad...
De repente todo aparece diáfano, se entiende el universo, la armonía existe, la felicidad deja de parecer tan irrealista, y el caos está en orden.
Y el leve, infinitesimal hasta ser casi invisible, matiz de que esa situación acabará tarde o temprano... sacude el mundo con visos imposibles de realidad hasta transmutarlo todo en algo aún más bello, tanto como terrible, hace temblar la consciencia y estremece nuestras convicciones más arraigadas...
Y todo acaba.
Y es más bello, más terrible, más real y más onírico que cualquier otra cosa.
Y, de vez en cuando... es posible llorar y reír a la vez.
A veces, cuando se cierran los ojos y se inspira hondo sin más motivo que captar cada pequeñez del momento que nos rodea, el mismo paso del tiempo parece sobrar, los principios básicos y físicos de la realidad están de más, la gravedad es relativa, el oxígeno, suplementario, la vida está infravalorada, la normalidad sólo existe de relleno, esos párpados cerrados, ese aroma a paz y pureza, ese silencio amplificado, ese regusto a perfección, esas pequeñas motas de luz que brillan tras la oscuridad...
De repente todo aparece diáfano, se entiende el universo, la armonía existe, la felicidad deja de parecer tan irrealista, y el caos está en orden.
Y el leve, infinitesimal hasta ser casi invisible, matiz de que esa situación acabará tarde o temprano... sacude el mundo con visos imposibles de realidad hasta transmutarlo todo en algo aún más bello, tanto como terrible, hace temblar la consciencia y estremece nuestras convicciones más arraigadas...
Y todo acaba.
Y es más bello, más terrible, más real y más onírico que cualquier otra cosa.
Y, de vez en cuando... es posible llorar y reír a la vez.
29/9/10
Sonriendo
Era una noche fría, gélida, de esas que hacen pensar en playas cálidas de lugares más benignos, en la arena blanca y el azul cristalino del agua tibia, en el reconfortante brillo del sol colándose entre las hojas de una palmera, en anuncios de verano y viajes irrealizables.
Pero esos pensamientos se le desvanecían rápido de la mente, tras el primer castañeo y el segundo o tercer temblor que se le extendía por el cuerpo y le ponía los vellos de punta. Entonces, sonreía, y miraba de lejos la ventana, inclinada por la perspectiva que ofrecía la cama, y la luz blanquecina que se insinuaba tras las viejas cortinas le parecía tan buen o mejor elixir que la imagen de unos rayos de luz sobre una playa que quemaba los pies.
Soñaba, aún entumecido entre oleadas de cansancio, que le envolvían el crujido de madera anciana y el susurro de unas hojas en el exterior. Que la noche silbaba por el resquicio de la puerta, prometedora, y que unos labios a su espalda despertaban con él, le besaban la nuca y susurraban “¿qué pasa?” con voz somnolienta.
No tardaba en despejarse e incorporarse, solo, en una cama individual ruidosa y con un colchón demasiado blando para su gusto. Buscaba infructuosamente las zapatillas sin levantarse de la cama, para acabar dándose por vencido y aceptar que, de nuevo, se tomaría el café descalzo. No andaba sobre madera, ni las paredes eran de madera, ni sonía el crujido de la madera. Tal vez unas hojas susurrasen en el exterior de la ventana de alguien que viviese un par de calles más abajo, junto al East Meadow Park, pero dudaba que ni siquiera esa persona las escuchase, oyéndose como se oían los coches pasando bajo su ventana. Y eso que él vivía en un quinto piso.
Envuelto en una bata azul demasiado fina para aquel clima tan inclemente, enfilaba el pasillo con cuidado de no hacer ruido, de no despertar a su tempestivo compañero, y se preparaba un café.
Sonreía.
No estaba en una playa caribeña, pero no le apetecía. Y aunque aún no había llegado al hogar que pretendía tener, estaba un paso más cerca.
Contempló maravillado las dos manzanas que se veían desde las ventanas del salón de su humilde quinto piso, aún a oscuras y recortados contra un cielo negro, con un par de luces, abyectas e insomnes, encendidas contra todo pronóstico. Pero eso no importaba. Nada le importaba ahora.
Había dejado atrás toda una vida. Él prefería pensar que algún día volvería a España, a ver a toda esa gente a la que tanto quería, y que más adelante podrían visitarse mutuamente, pero ni su familia ni la mujer que se quedaban allí opinaban lo mismo. Al final, sus padres acabaron pidiéndole que llamase a menudo, y le dijeron todas esas cosas tan tópicas y ciertas sobre abrigarse, comer, y volver a casa al menor indicio de problemas.
Ella no soportó estar a su lado hasta el final. Un mes antes de irse a vivir a Edimburgo, ya lo había abandonado.
Tal vez tuviese razón, y había sido egoísta por querer irse de pronto, por no pensar en que ella también tenía familia, que tenía trabajo. Él intentó convencerla de mantener la relación a distancia.
Pero le había tenido que pedir perdón tantas veces y por tantas cosas que no consideraba dignas de mención, que desistió antes incluso que ella.
Y allí estaba. Trabajando en una simple editorial corrigiendo erratas y organizando archivos, pero allí. Sólo había publicado un pequeño libro de relatos en sus veinticinco años de vida, y algún que otro artículo en periódicos de poca monta. Concursos de literatura, trabajos basura, siempre intentando ir poco a poco más allá... pero la poca competitividad y la crisis no le permitían escalar en un mundo editorial más que deficiente.
Ni siquiera había logrado terminar la carrera. No porque se hubiese rendido, porque él pensaba volver a estudiar algún día, cuando se hubiese asentado todo, pero los demás sí que lo miraban como alguien que se había dado por vencido.
Cuando respondieron a uno de sus correos, que ya había olvidado, diciéndole que sí que haría falta un ayudante editorial en el departamento de traducciones de una pequeña editorial en escocia (aunque aclarando que sólo con un contrato temporal), casi lloró de alegría. Porque su sueño era vivir en una casa de madera en la campiña escocesa.
Eso le recordó que eran las cinco de la mañana y que aún le quedaban cuatro horas para entrar a trabajar, pero sería su primer día... y no se sentía capaz de dormir más.
Y allí estaba.
Sin un trabajo fijo, viviendo con un inmigrante, sin estudios universitarios, completamente solo en un país nuevo donde aún no sabía qué encontraría, combatiendo el frío con una taza de café vomitivo y mirando fachadas de edificios grises a oscuras en su primera noche en Edimburgo.
Pero sonriendo.
Por fin he recordado qué se siente... ¡y nada menos que en la entrada número 100 del blog!... Joder... me tiemblan las manos y no se me quita la sonrisa de los labios. Parezco un niñato al que acaban de quitarle la virginidad.
Pero esos pensamientos se le desvanecían rápido de la mente, tras el primer castañeo y el segundo o tercer temblor que se le extendía por el cuerpo y le ponía los vellos de punta. Entonces, sonreía, y miraba de lejos la ventana, inclinada por la perspectiva que ofrecía la cama, y la luz blanquecina que se insinuaba tras las viejas cortinas le parecía tan buen o mejor elixir que la imagen de unos rayos de luz sobre una playa que quemaba los pies.
Soñaba, aún entumecido entre oleadas de cansancio, que le envolvían el crujido de madera anciana y el susurro de unas hojas en el exterior. Que la noche silbaba por el resquicio de la puerta, prometedora, y que unos labios a su espalda despertaban con él, le besaban la nuca y susurraban “¿qué pasa?” con voz somnolienta.
No tardaba en despejarse e incorporarse, solo, en una cama individual ruidosa y con un colchón demasiado blando para su gusto. Buscaba infructuosamente las zapatillas sin levantarse de la cama, para acabar dándose por vencido y aceptar que, de nuevo, se tomaría el café descalzo. No andaba sobre madera, ni las paredes eran de madera, ni sonía el crujido de la madera. Tal vez unas hojas susurrasen en el exterior de la ventana de alguien que viviese un par de calles más abajo, junto al East Meadow Park, pero dudaba que ni siquiera esa persona las escuchase, oyéndose como se oían los coches pasando bajo su ventana. Y eso que él vivía en un quinto piso.
Envuelto en una bata azul demasiado fina para aquel clima tan inclemente, enfilaba el pasillo con cuidado de no hacer ruido, de no despertar a su tempestivo compañero, y se preparaba un café.
Sonreía.
No estaba en una playa caribeña, pero no le apetecía. Y aunque aún no había llegado al hogar que pretendía tener, estaba un paso más cerca.
Contempló maravillado las dos manzanas que se veían desde las ventanas del salón de su humilde quinto piso, aún a oscuras y recortados contra un cielo negro, con un par de luces, abyectas e insomnes, encendidas contra todo pronóstico. Pero eso no importaba. Nada le importaba ahora.
Había dejado atrás toda una vida. Él prefería pensar que algún día volvería a España, a ver a toda esa gente a la que tanto quería, y que más adelante podrían visitarse mutuamente, pero ni su familia ni la mujer que se quedaban allí opinaban lo mismo. Al final, sus padres acabaron pidiéndole que llamase a menudo, y le dijeron todas esas cosas tan tópicas y ciertas sobre abrigarse, comer, y volver a casa al menor indicio de problemas.
Ella no soportó estar a su lado hasta el final. Un mes antes de irse a vivir a Edimburgo, ya lo había abandonado.
Tal vez tuviese razón, y había sido egoísta por querer irse de pronto, por no pensar en que ella también tenía familia, que tenía trabajo. Él intentó convencerla de mantener la relación a distancia.
Pero le había tenido que pedir perdón tantas veces y por tantas cosas que no consideraba dignas de mención, que desistió antes incluso que ella.
Y allí estaba. Trabajando en una simple editorial corrigiendo erratas y organizando archivos, pero allí. Sólo había publicado un pequeño libro de relatos en sus veinticinco años de vida, y algún que otro artículo en periódicos de poca monta. Concursos de literatura, trabajos basura, siempre intentando ir poco a poco más allá... pero la poca competitividad y la crisis no le permitían escalar en un mundo editorial más que deficiente.
Ni siquiera había logrado terminar la carrera. No porque se hubiese rendido, porque él pensaba volver a estudiar algún día, cuando se hubiese asentado todo, pero los demás sí que lo miraban como alguien que se había dado por vencido.
Cuando respondieron a uno de sus correos, que ya había olvidado, diciéndole que sí que haría falta un ayudante editorial en el departamento de traducciones de una pequeña editorial en escocia (aunque aclarando que sólo con un contrato temporal), casi lloró de alegría. Porque su sueño era vivir en una casa de madera en la campiña escocesa.
Eso le recordó que eran las cinco de la mañana y que aún le quedaban cuatro horas para entrar a trabajar, pero sería su primer día... y no se sentía capaz de dormir más.
Y allí estaba.
Sin un trabajo fijo, viviendo con un inmigrante, sin estudios universitarios, completamente solo en un país nuevo donde aún no sabía qué encontraría, combatiendo el frío con una taza de café vomitivo y mirando fachadas de edificios grises a oscuras en su primera noche en Edimburgo.
Pero sonriendo.
Por fin he recordado qué se siente... ¡y nada menos que en la entrada número 100 del blog!... Joder... me tiemblan las manos y no se me quita la sonrisa de los labios. Parezco un niñato al que acaban de quitarle la virginidad.
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