22/10/14

So you never have to go

Hay ratos en que me vuelve la lucidez, pero la acallo deprisa, apurado, sin dejar que cale. Porque sé que, si toca en hueso, podría volar del todo, con billete de vuelta abierta por si gusta de entretenerse en otros lares una temporada.
No me queda más remedio que sumirme en el mutismo, pues, hundirme en él, ahogarme si es preciso, y abstraer toda cordura y reacción hasta nuevo aviso por turbulencias emocionales.
Por seguir alguna línea de pensamiento divergente, miro un árbol por la ventana. Estático, anodino, como un olmo retratado en lírico réquiem, así que aparta la vista de la cristalera y devuelve tu atención a la bulliciosa terminal, así, no fijes tu sentimientos en nada, eso es, piérdete en la marea onírica.
Pasa. Todo pasa. Incluso esto. Que no te tiemble el pulso ahora. No emborrones la tinta, eso es para pusilánimes, tu tinta es la que emborrona a la gente, tu tinta pierde y patetiza, e hipnotiza, hasta idiotiza masas de borrones y cabecitas apresuradas imaginarias que distraen tu lucidez por un momento.
Mierda.
Voló.

15/10/14

A mano izquierda

Al levantarme, lo mismo de siempre. Pantalones, zapatos, camisa, cinturón. Con una dejadez algo impropia de mí, quizá, pero nada extraño. Ofrezco tal vez una imagen un poco tétrica, por la lentitud y rigidez de mis movimientos y mi mirada perdida (húmeda las más de las veces), aunque eso son sólo minucias, insignificancias incapaces de hacer que nadie pierda el sueño.
Un café más amargo de lo habitual en la primera esquina, justo donde el beso fugaz. Mientras los reflejos de las ventanas bailan frenéticamente, la gente entrecruza la acera y los coches lanzan improperios, mis andares se vuelven deambular ebrio de poeta (siempre he relacionado la embriaguez melancólica con la poesía, demasiado influenciado por Baudelaire y contemporáneos) y me acercan inexorablemente al cruce número cuatro desde el piso. No importa que mi respiración se vuelva pesada, ni el dolor de mi entrecejo, mis piernas siguen el mismo camino, negándome ir por otro lado.
Hubo árboles, una vez, y recuerdo vagas alusiones a los pinos. Todos los árboles son pinos; no hay modo alguno de discutir con alguien que piensa así.
El cruce número cuatro debe ser el cuarto pino, a mano izquierda”. La librería. Lapsus.
Siempre contábamos todo a partir del piso, el epicentro del mundo.
Me sacudo los pensamientos del blanco y, con pulso inseguro, empujo la puerta. Elena, la dueña, levanta la vista del libro que lee parapetada tras la caja registradora y me sonríe buenos días. Creo responderle con un gesto de cabeza, pero sigo errando sin saber muy bien adónde, sabiéndolo dolorosamente.
Es la tercera estantería, a mano izquierda”. Siempre a mano izquierda. Decía que lo siniestro era “bueeeno”. Aún no se acababan los ecos en mi cabeza. Títulos empañados de recuerdos me acosan el rabillo del ojo. ¿Qué es poesía? No había dado tiempo a resolver la gran cuestión para darle un revés a Bécquer en el polvo, y decirle “¡Ja! Estabas equivocado”.
Irremediablemente, estiro la mano y acaricio leyendas, soledades y ángeles… hijos de la ira, o del incorregible Baudelaire, ¿quién sabe? Todos tenemos una pequeña parte de Francia con nosotros desde que ese hombre empuñó una pluma por vez primera. Oh, sí… embriagaos, de vino, de poesía o de virtud, como gustéis.
Una media sonrisa se deja entrever, y, aunque mi expresión de opiómano consumado (o al menos así opino que cualquier observador calificaría la abstracción cuasi babeante en que me encuentro) pueda dar pie a malinterpretaciones sobre mis elucubraciones, no me importa. No me importa quedarme ahí, de pie, eternamente, acariciando los lomos de los libros con tierna vehemencia (como una estereotipada vieja de los gatos), ni lo que nadie pueda pensar de mí por ello.
Entonces me escuecen los ojos y recuerdo una de sus citas favoritas.
Poema LXIX… a mano izquierda”. No hay que llorar, ¡silencio!
Me seco una lágrima antes de que se me escape (no quiero defraudarla, mucho menos ahora), pero se me escapa una risa que más suena a quejido. Porque duele.
Habéis oído hablar de los miembros fantasma, ¿verdad?
Cuando alguien pierde una mano, o el brazo, o la pierna, aún pasa un tiempo creyendo que sigue estando ahí, encogiéndose al pasar cerca de un mueble para no golpearse un codo invisible, o estirando un muñón hacia la zapatilla al levantarse…
Creo que sucede algo parecido con los corazones abandonados. Rotos o enteros, eso no importa. Pero lo que molesta realmente es sentir un vacío donde antes había algo… algo así como un amor fantasma.
Un amor fantasma en mitad del pecho. A mano izquierda.
Que aprieta, presiona desde dentro como si intentase salir. Y lo normal, teniendo en cuenta las puñaladas que supone esto para los pulmones, sería dejarlo correr, liberarnos de ello… pero no puedo. Me es absoluta e irremisiblemente imposible. Se me agarrotan los dedos sobre Espronceda. Fundó esperanzas el astuto viejo, al que no pudimos llevar la contraria tampoco. Se me agarrotan los ojos sobre la mano, porque por un momento juro que he sentido su caricia en las venas del dorso… casi oigo su voz susurrando.
Son de artista, ¿verdad? De músico, quiero decir, son grandes, pero elegantes, suaves, y tienen callos sólo en las yemas de los dedos y por las uñas… ay, mi guitarrista de segunda mano…”
Mi brazo cae, laxo, como si de pronto le hubiesen colgado un peso de la muñeca. Noto todo mi cuerpo como si de pronto le hubiesen colgado un peso. Y el amor fantasma vuelve a apretarme en el pecho, y me cuesta respirar. Incluso se me resbala un suspiro entre los dientes.
Entre los dientes, porque mis labios ya no son. Eran suyos, los perdí en una apuesta, y nunca me los devolvió, así que no tengo derecho a llamarlos así. Decía que también eran de segunda mano, pero que no me lo tendría muy en cuenta.
Siempre le gustaron las cosas usadas. Se emocionó al encontrar un libro como Diario de Anna, tan irrisorio, sólo porque tenía las pastas agrietadas y el lomo destrozado.
Y las páginas amarillas, de bordes rotos y borrones de tinta.
Eso significa que lo han querido mucho, y un libro al que alguien ha querido siempre es bueno. Aunque sea de segunda mano”.
Creo que lo hacía porque le gustaba imaginarse a desconocidos. ¿Con qué personaje se sentiría identificado? Tal vez, quizá, ¿puede que…? Teorizar, claro. También le encantaba teorizar, sobre cualquier cosa, pero sobretodo abstractos y personas. Se las imaginaba mientras leía lo mismo que alguien había leído a lo mejor un par de días atrás. ¿Por qué marcó esta frase?¿Por qué esta página?¿Por qué lloró aquí…?
¿Por qué lloro aquí?
Ah, lo siento… pero no puedo evitarlo por más tiempo. Ya te tengo dicho que soy demasiado llorica para ver Los puentes de Madison contigo, no pretendas fingirte sorprendida ni ofendida para que me ría, eso ya no te funciona. No estando tan lejos. No cuando sólo eres un amor fantasma.
Vale, me río, vale, siempre lo consigues, ¡pero sigo llorando! No es que hayas mejorado mucho la cosa, ahora lloro incluso más.
Una voz se preocupa tras de mí, y al girarme veo a Elena. Inconscientemente vuelvo a estirar la mano hacia los libros, sin emitir ningún sonido. No hace falta, me entiende, y me abraza, me reconforta. Su cuello huele a rosas. Maldito seas, Rubén Darío, tus rosas siempre fueron sus preferidas.
Pero Elena no sabe nada, sólo me coge de la mano y me sienta junto a ella, tras el mostrador, y va a buscarme un vaso de agua. Fueron amigas antes incluso de que yo la conociera, en aquel bar perdido en mitad de la calle ancha.
Acababa de tocar en acústico algunas canciones con un amigo, cuando ella me atacó por la espalda recriminándome a Chaouen, e insultando mi desfachatez al cambiar a Paco Ibáñez cuando tocamos Palabras para Julia. No me salió levantar la ceja y dar un sorbo de cerveza con aire divertido, como normalmente habría hecho, sino que me quedé mirándole los ojos y tartamudeé una disculpa.
Para mi sorpresa, ella se echó a reír, me tomó de la mano, y ya no me soltó en toda la noche. Ni yo a ella, todo cuanto pude.
Un tiempo después, nos mudamos al piso (el epicentro del mundo) y nos convertimos en clientes asiduos de la librería Lapsus, cuatro esquinas más allá.
Con gesto abotagado, cojo el vaso de plástico y bebo. Aunque no es agua precisamente lo que quiero, o necesito.
Algunas personas me miran de reojo y salen, aparentemente con prisa.
Que miren. Que miren al tipo de la tienda de libros a distancia prudencial, no vaya a ser que la tristeza sea contagiosa. Que miren al músico de segunda mano. Al poeta frustrado, que no llegó ni al cuarto pino (a mano izquierda) porque le daba miedo enseñar lo que escribía. Al llorica, romántico empedernido con un amor fantasma aún por el amor que le arrancaron del pecho hacía sólo dos semanas.
Que miren. No me importa. Me falta algo, y me duele.

Me duele el pecho. A mano izquierda.

25/4/14

Hombres gordos y mujeres

PRÓLOGO

            - Los abdominales en los tíos canijos son como las tetas de las mujeres gordas. No cuentan, vienen de serie.
            Recuerdo que esa fue la frase que lo empezó todo. Estábamos en una fiesta de empleados del puerto de Hanko, Finlandia, en octubre; y yo no quería ir, pero mi energúmeno compañero de piso, otro madrileño atrapado en la tranquila, civilizada y sobretodo feísima patria más feliz del mundo, insistió, y no sé decir que no más de nueve veces seguidas. Llamadme blando.
            Ni siquiera la dije yo, fue un amigo. Por eso me sorprendió que, mientras el grupito de españoles que conocíamos del puerto soltaba una risilla nerviosa y entornaba los ojos con expresiones de desconcierto por el comprensible dilema moral de reírse ante un chiste tan poco apropiado, una mano firme y pequeña me agarrase del hombro para darme la vuelta y, antes de percatarme de quién era la propietaria de tan determinado y hermoso apéndice, su gemela derecha me cruzase la cara de un bofetón que me hizo ver luces de colores en el fondo de mis párpados cerrados durante unos instantes.
            - ¡Serás cabrón, gordo machista hijodelagranputa! - dijo así, todo seguido, con tono de indignada.
Aún no me había repuesto de mi propia (y, por otra parte, totalmente justificada) indignación cuando la mujercilla bajita y pelirroja dueña de ambas extremidades se dio la vuelta con un latigazo de sus rojizos rizos en mi mejilla y empezó a caminar con el aire ofendido y altanero de los que acaban de vengar una de esas pequeñas crueldades del mundo, como un justiciero enmascarado que evita que una avispa pique a un niño en un parque y luego posa como un héroe de cómic para luego intentar desaparecer entre los arbustos y caerse estrepitosamente sobre una inoportuna papelera de la que no se había percatado e impide su salida triunfal y misteriosa. En fin, que no le vi la cara, y la confusión unida al estupor de que me hubieran dejado con la palabra en la boca unidas en una estruendosa cacofonía en el interior de mi cráneo me hicieron boquear varias veces, pero para cuando pude recomponer mentalmente la escena y constatar que sí, que me habían dado una bofetada, insultado y luego impedido cualquier tipo de respuesta ingeniosa o violenta, la maraña de rizos había desaparecido. Me molestó más el hecho de que no me dejaran explayar verbalmente mi ofensa, más que el bofetón en sí. Era una enorme falta de respeto hacia mis exquisitas capacidades verbales. 
Entonces Gonzalo, creador del inapropiado exabrupto que provocó la desagradable escena, se me acercó por detrás, buscando con una mirada de conejillo asustado por encima de mi hombro a la mala bruja que me había atacado a traición, como si fuese a salir de detrás del señor mayor con peluquín que se tambaleaba alcoholizado alrededor de una jovencita nerviosa como un buitre ante un cadáver, o del larguilucho camarero con pajarita y un muy serio problema de sobreacné adolescente... bueno, pues que se acercó por detrás, acojonado, y lo arregló. 
- Joder, parece que alguien está en esos días del mes.
Bueno, y así la conocí. Admito que incluso deseaba un poco que ella volviera a aparecer para abofetearme por el nuevo comentario tan falto de sensibilidad ideado por aquél esperpento de ser humano que tenía al lado, al menos para tener la posibilidad de sorprenderla con mi más que excelente capacidad de argumentación y retórica. Incluso tenía el discurso de defensa preparado, con las connotaciones no verbales justas y medidas en mi mente, ni más ni menos que lo que se me debería haber permitido hacer en el primer contacto. Pensaba hinchar los pulmones, levantar la barbilla, alzar el brazo en gesto ejecutor, erectar el dedo índice, máxime atributo acusador, en dirección a Gonzalo, y exclamar con mi imponente y poderosa voz de barítono “¡ha sido él!”. Impresionante, ¿verdad?
Pero no pude hacerlo. Más tarde le explicaría todo esto a ella, y me miraría con escepticismo y levantaría la ceja mientras se cruzaba de brazos con ese gesto tan suyo, pero las cosas hay que contarlas ordenadas y bien, o mejor no contarlas.
En fin, os preguntaréis qué coño hacía yo en una fiesta portuaria en Finlandia. Pues veréis, todo empezó...

Ver de verdad

Recuerdo cómo era ver de verdad. No mirar, no juzgar, no intentar desentrañar enigmas, dobles significados ni simbolismos, no recordar relaciones, no obviar lo que tengo delante. Sólo ver.
Una vez vi una chica hermosa. Aún era una niña, no tendría ni quince años, el pelo apenas le llegaba a los hombros, tenía la boca pequeña y la mirada muy fija, de esas que incomodan o enamoran, depende del objetivo. La vi allí, de pie, con los labios apretados y las manos en los bolsillos, el porte arrogante y egoísta de la juventud, esa sensación de inmortalidad omnisciente que es como un aura alrededor de algunos adolescentes que, en el fondo, se atiborran a solas de inseguridades que funcionan como una endeble argamasa para cimentar el orgullo y la confianza que perciben los que sólo miran por encima, los que no ven de verdad. La vi. Y era hermosa.
Vi mil puestas de sol. Eran siempre la misma, cambiante, observada desde distintos ángulos, teñida con distintos matices, enmarcada en unas pupilas que la subyugaban al tremor interno de mi propia trivialidad. Pensaba que se vestía de rojos y amarillos para mí, y siempre iba a verla y le escribía cartas tomando café. La vi consolándome, retándome, burlándose, enamorándome. Me devolvía la mirada de reojo, y se iba sin despedirse siempre, mientras escribía. Se fue mil veces. Hace tiempo que no la veo.
Nunca creo haberme visto a mí mismo. No de verdad. No así. Sin mirarme, sin juzgarme, sin creer que lo sé todo de mí mismo, que soy un libro abierto sólo por y para mí. Me gustaba explicarme, sin darme cuenta de lo poco que sé del tipo que me devuelve las miradas desde el espejo, sin preguntarme si él me está viendo también. Creo que si me hubiese visto, me habría asustado. Es sólo una sensación que tengo, no sé por qué.
No sé si puedo ver. No otra vez, no como antes. No de verdad.

16/2/14

Despertar gritando

Anoche soñé que se me rompía un póster, mi madre hacía yo no sé qué y yo gritaba. Y seguía gritando hasta que me desperté. Y entonces me puse las bragas.


Agradecimientos: Ella.

12/8/13

Sin esperar mucho

La verdad es que siempre llega pronto. Gusta de esperar unos minutos, por si las moscas, aunque no sabe qué significa exactamente esa expresión.
Sale con tiempo, caminando a un ritmo rápido, marcado las más de las veces por los auriculares; otras, por un ímpetu violento que le corroe y se siente incapaz de controlar. Olvida su entorno, ignora todo cuanto le rodea, sólo anda. Y piensa.
Piensa rencores, piensa sueños, piensa música e historias que nunca verán la luz. Barrunta, a veces, susurrando, improperios o anhelos, ambos a la vez, los tararea, los rima, los canta sin pensarlo. Luego, a veces, los escribe.
Llega pronto, la verdad, como siempre. Busca sitios donde sentarse. Suele elegir lugares donde haya asientos, porque sabe que tendrá que esperar. Es un defecto de su prepuntualidad, lo sabe, pero no le importa. Prefiere tener esos minutos para terminar de farfullar lo que piensa, a solas, antes de enfrentarse a la compañía. En algunas (muy contadas) ocasiones, luego lo cuenta. Mucho más tarde, mucho, mucho más tarde.
Es inquieto, se le ve en el gesto impaciente, en un sempiterno movimiento de rodilla o tobillo, en un ligero tic del ojo izquierdo. Pero espera. Y termina de pensar. Entonces, pone la mente en blanco, cuenta segundos o minutos, suspira, se relaja.
A veces, no espera mucho.

2/7/12

La golondrina lo entiende

Acabo de ver una golondrina luchar contra el viento. El día es radiante, una isla verde de vida y una ciudad brillante de atardecer languidecen bajo mi mirada.
Hay cierta belleza aleatoria en el paisaje, y voces que suenan risueñas tras de mí. Las balbuceantes carcajadas de un niño colorean la brisa.
El pequeño pájaro sigue subiendo y bajando en el mismo sitio, aleteando frenético, pero sólo transmite calma.
Cuánta tenacidad.
El aire acaricia pecho y hombros como un amante, también besa el rostro con los ojos cerrados que siento muy dentro de mí, una faz tranquila como un estanque.
No me he explicado bien, esperad.
El aire abraza todo con ternura, arrullando en un grave y renuente silbido cuerpo y mente. Abarca desde las raíces del cada vez más ensortijado pelo hasta los hormigueantes dedos de los pies. Suena como un suspiro al oído, se siente igual.
Roza el cuello como unos primorosos dedos y estremece la espalda como un cómodo lecho, ondulante y sereno a la vez.
No sé explicarlo.
Creo que la golondrina me entiende.



Echo de menos tumbarme y dejarme pensar en paz.

26/6/12

Viejo amigo

Hacía tanto que no iba allí que se sorprendió de todo. No tenía polvo la última vez que estuvo, y, sin embargo, ahora se levantaban pequeñas nubecitas que envolvían sus pies a cada paso. La cerradura le costó de forzar, porque se había oxidado, como alguna de sus herramientas, y su habilidad para usarlas. Por unos instantes temió que se romperían, impidiéndole volver a entrar. En un principio, bajo la pátina opaca de polvo que cubría todo, no reconoció los muebles, ni las paredes, ni siquiera la disposición del lugar. Pero, poco a poco, lo vio todo claro. Todo encajaba, con una sensación familiar de calidez que le llenaba el pecho hasta la espalda. ¿Cómo podía no haber reconocido esa mesa, o esa alfombra, o esa grieta en la esquina superior derecha del cuarto de baño de detrás del despacho? Tal vez era su mente, que ya le jugaba malas pasadas, aunque todo eso le daba bastante igual, eran más bien bromas que tenía él consigo mismo y sólo entendían ellos. Allí, por fin, el eco de sus sonrisas no se escapaba por los resquicios. Todo era acogedor y nuevo a la vez. Todo estaba bien. Nada había cambiado de sitio ni pensamiento. La sensación de extrañeza al entrar sólo se debía, probablemente, a que lo que sí que había cambiado era su percepción. Pero, como él ya sabía tan bien, pretender no cambiar nunca es tan fútil como abrir una cerradura oxidada con ganzúas viejas y dedos torpes. Por eso sonrió, meneando la cabeza con añoranza, dejó caer el enorme candado de la verja, levantando la vista hasta más allá del tejado de la vieja casa abandonada, donde tantas veces había escapado, donde tanto consuelo encontró tiempo atrás, y dio media vuelta.

15/12/11

EDAD: 17 AÑOS

La culpa se mezcla con un creciente sentimiento de futilidad, y todo se ve claramente en su rostro, siempre se ha podido leer en él con una facilidad incómoda, las más de las veces. Al menos eso le parece. Hay quien piense que algo así es bueno, que demuestra honestidad. Él mismo lo pensó durante mucho tiempo. Pero los años y las causas perdidas le hacían desear rendirse, ser cruel y decir cosas que no pensaba, herir a los demás y ser capaz de mostrarse indiferente ante el dolor ajeno. Pero no era capaz. Por mucho que lo intentase, por mucho que fuese consciente en muchas ocasiones de que el dolor era falso, o deseado, preferible a otro mayor.
Cerró los ojos y golpeó la cabeza contra la pared, con fuerza, tanta que vio luces brillando tras sus párpados y deseó no haberlo hecho. Se acarició la nuca, apretando los ojos, y sintió latir el hematoma que se le formaba en la mejilla izquierda. Mañana le dolería. Tenía la mano entumecida, y notaba los nudillos hinchándose poco a poco.
Lo peor de todo es que sus esfuerzos no habían servido para nada. Y, aunque quería hacerlo, no se lo contaría. No quería provocarle más dolor, ni despertar su compasión.

Cuando se encontró a aquel tipo, que nunca le había caído bien, y a quien Laura defendía tan encarecidamente, enrollándose con una desconocida en una fiesta... no pudo refrenarse. Lo encaró, le insultó, le espetó que tenía novia. Se pelearon, pero los separaron.

Se incorporó lentamente, y la punzada en el costado por poco le hizo caer de nuevo. Parecía que le hubiesen clavado un puñal en el riñón. Y otro en la espalda. Se apoyó en la pared, intentando mantener la postura erguida mientras volvía a casa.

- Te engañó, Laura, lo vi con mis propios ojos.
- Todos dicen que sólo bailaba con su amiga, Salva - ella parecía decepcionada con él. ¡Con él! - Que montaste un numerito por celos.
- ¿Celoso, yo, de ese gilipollas? - gruñía, y notaba que se le erizaban los pelos de la nuca a la vez que se le torcía la boca en una mueca de asco que desfiguraba la expresión dolorida con la que le había contado lo de la fiesta a su mejor amiga - Venga ya, me conoces desde hace años, no puedo creer que lo creas a él antes que a mí.
- No es sólo él, Salva... todo el mundo dice que tú le gritaste primero, y que empezaste a pegarle sin que hiciera nada.
- ¡Te estaba poniendo los cuernos! - no quería gritarle, no a ella, pero no podía digerir que le estuviese llamando mentiroso, ni que lo mirase con resentimiento.
- Él no me haría eso - ella apretó los labios, y sus cristalinos ojos azules empezaron a empañarse. Parecía a punto de llorar.
Todo su enfado pareció desvanecerse de pronto. Le entraron ganas de abrazarla. No podía soportar verla llorar.
- Laura... no quiero hacerte daño, pero no te mentiría con algo así... y no puedo soportar que le defiendas a él, que te trata como a una mierda y encima...
- Tú no le conoces - le recriminó ella, alzando la voz con rabia - Nunca has querido conocerle, no sabes cómo es, no te atrevas a juzgarle.
- Sé lo que me cuentas, y lo que veo que es que no te trata bien - volvió a enfadarse - ¡Y lo vi, Laura, estaba allí!
- Lárgate - pronunció aquella simple palabra como un murmullo, pero el sonido pareció expandirse en su mente hasta apretarse con las paredes de su cráneo - No te acerques a mí.

La cabeza le daba vueltas.
Ya había caminado algunos kilómetros, y, aunque no necesitaba apoyarse en la pared, aún sentía los puntapiés en su espalda, los puñetazos en su estómago y en su cara, el dolor de cabeza...

- Al final tenías que ir corriendo a decírselo, ¿eh? - un nuevo golpe. Una mano le tiró del pelo para levantarle la cara. Dos de sus amigos le tenían cogido por los brazos contra la pared, otro vigilaba la esquina, y un cuarto, cuyo rostro conocía muy bien, sonreía socarronamente tras el energúmeno que le apaleaba. Carlos, ¡cómo no! Aquel imbécil era amigo de cualquier gilipollas abusón en kilómetros a la redonda, y Raúl, el hijo de puta novio de Laura, no iba a ser una excepción - Para que lo sepas, anoche me lo comentó - otro puñetazo en la boca del estómago. Cada vez se hacía más difícil no vomitar - Hablamos un rato... lloró... - se rió, y usó una voz aguda mientras hacía aspavientos con las manos para imitarla - "¿Por qué ha dicho esas cosas?¡Salva es tan bueno conmigo!¡Es mi mejor amigo!" - y otra vez con los nudillos en el diafragma. - Pero le dije que sólo lo hacías porque querías acostarte con ella, que eres un tío como cualquier otro, y que no te importaba realmente - Salva clavó una mirada de odio en los ojos de Raúl. Esta vez se llevó el golpe en la cara - Que fingías porque eres un capullo. ¿Y sabes qué...? - se agachó hasta quedar sus ojos a la altura de los de su presa, y lo agarró por la nuca, sonriendo con malicia, y le susurró las próximas palabras al oído - Al final me la tiré.

Se sentó en los escalones del portal y apretó los puños, con los hombros hundidos, agotado. Miraba al suelo como si le exigiese respuestas. ¿Qué había hecho mal? Creía que hacía lo correcto, que intentaba ayudar a su amiga... ¿O no?
Después de todo, ella tampoco le había demostrado tanto todos esos años... pero él la entendía, y pensaba que ella también lo entendía, que, a pesar de sus diferencias, habían llegado a comprenderse y apoyarse mutuamente, y llegó a pensar que... ¿qué?
No pudo evitar sentirse traicionado. Otra vez. ¿Valía la pena realmente ayudarla? No parecía querer que lo hicieran... y él sólo intentaba protegerla...
¿Valía la pena esforzarse?
¿Eh...?

Joder.

Dolor. Miedo. A las palabras equivocadas, a la frase que acabe de joderlo todo, a la expresión que demuestre lo que de verdad gritan nuestros pensamientos, a que alguien se dé cuenta de lo que realmente está ocurriendo en lo más profundo.
Me noto temblar. Puedo sentir los conocidos escalofríos arañándome, fríos, muy dentro. Estoy paralizado de terror y consternación, pero logro alargar una mano y agarrar un cigarrillo. No se me cae. Lo sostengo inmóvil entre mis dedos. Los ojos se paran, fijos, porque me noto temblar, pero el cigarrillo está inmóvil. ¿Cómo es eso posible?