- ¿Cómo se da un golpe de estado en la actualidad? - preguntó, ladeando la cabeza para leer mejor los títulos en los lomos de los libros de la estantería. Tenía las manos en los bolsillos, expresión aburrida, y el traje de chaqueta arrugado y viejo, con algunas manchas en las mangas.
La habitación, lujosamente decorada aunque siniestra a la luz de la única lámpara, sumergía en tinieblas la parte superior de su oyente, recostado en un sillón rojo con las piernas cruzadas, y lanzando bocanadas de pálido e intrusivo humo al área iluminada.
Las estanterías a ambos lados de lo que a todas luces era un estudio rebosaban de libros sin catalogar, el escritorio estaba oculto bajo montañas y montañas de folios y carpetas, el diván egipcio tenía un cenicero lleno de colillas y fraguando un tenue aunque persistente olor a ceniza en el habitáculo, y el hombre de traje viejo paseaba por los límites de la ya agonizante luz de la bombilla mientras, al lado opuesto de la sala, el hombre a oscuras daba silenciosas caladas del undécimo, o duodécimo cigarrillo de las últimas dos horas.
- ¿Tú qué crees? - insistió el Trajeado, girándose para quedar encarado a su interlocutor.
Éste descruzó las piernas, golpeando con sonoridad el suelo con sus botas de montaña y manchando, por lo tanto, la tarima de madera con el barro que aún llevaba pegado a las suelas.
- Supongo que como siempre, con una revolución. - sus palabras llegaban casi distorsionadas, grises y cascadas, como si el humo hubiese imbuido sus propiedades en su voz. Aunque no pudo apreciarlo, el Trajeado supo que se había encogido de hombros.
- No, eso ya no sirve - siguió arrastrando los pies, siguiendo la línea claraoscura que delimitaba la visibilidad en el despacho, con la fija vista en el suelo y el ceño fruncido en un gesto de profunda concentración - La gente vive con miedo, y comodidad. Ambas cosas minan cualquier espíritu revolucionario.
- Se ha demostrado muchas veces en la historia que eso puede cambiar de la noche a la mañana... con el impulso adecuado - repuso el Hombre en Sombras.
- Hoy en día todo eso no es aplicable - replicó con aplomo el otro - La globalización, facilitada por los medios de comunicación, hacen que las afinidades se hayan... diluido demasiado.
- Resulta que hoy en día todo el mundo está en crisis, amigo mío, y eso, creo yo, es afín a muchas personas - ahora hablaba con sorna.
- Aún así, aún en crisis, tienen muchas comodidades. Y la comunicación sigue siendo imperativamente dominante. ¿Sabes qué sector ha sido el último afectado?
- ¿La comunicación? - interrogó en tono teatral el Hombre en Sombras, extendiendo los brazos en un movimiento que al otro no le pasó desapercibido, esta vez.
- No. El tabaco. Y la comunicación - ahora su voz era la que rezumaba teatralidad. Su colega soltó una carcajada ronca y grave, y dio una nueva calada al cigarro - Transportes, telefonía, internet, televisión, radio... bueno... - frunció el ceño - Excluye la radio. Y los periódicos. Llevan mucho en crisis, aún no entiendo cómo siguen a flote.
- Se podrían escribir enciclopedias sobre lo que tú no entiendes - comentó el Hombre en Sombras, apagando el cigarrillo sin alejarse demasiado del abrazo protector que le envolvía.
- Y otras tantas sobre lo que he llegado a entender - respondió irritado el otro - ¿Cómo, sino, pude encontrarte?¿Cómo, sino, es que he llegado hasta este punto pasando desapercibido?
- No tanto, amigo mío - sonrió su interlocutor.
- Sabes perfectamente a qué me refiero - el Trajeado se mostraba serio, y una nueva frialdad revestía sus afirmaciones - Te lo vuelvo a preguntar, ¿cómo provocarías un golpe de estado?
Él volvió a encogerse de hombros.
- Cortando la circulación económica. Paralizando los bancos, y dando un revés al mercado de valores.
- Tocándole el bolsillo a gente a la que no le gusta que le rasquen lo más mínimo - el tono de voz del Trajeado había pasado a ser burlón - Seguro que se te ocurre algo más original, no me decepciones así.
- No hablo de tocar los bolsillos que ya están llenos. - podía notarse lo divertido que le resultaba todo eso al Hombre en Sombras - Sino de romper los que ya están vacíos.
- Sigue sin ser original - la burla había dado paso al hastío. - ¿Eso es lo mejor que puedes ofrecer?
- Como ya te he dicho, el espíritu revolucionario puede volver a alzarse de la noche a la mañana - su sonrisa se ensanchó, y se incorporó de su asiento, encendiéndose un nuevo cigarrillo - Y los medios de comunicación... todo eso que has mencionado... bueno... - la luz iluminó las facciones de un joven que no rozaría los treinta años, con unas gafas de montura negra y el pelo rubio, desaliñado, cayéndole desordenado sobre unos ojos de un profundo color azul - Las armas que empuñan los poderosos siempre suelen tener doble filo.
A medida que el joven hablaba, el trajeado mudaba su expresión, del aburrimiento a la curiosidad, de la curiosidad a la sorpresa, y después a la satisfacción.
- Bueno... quizá... te haya subestimado.
- Y dime, amigo mío, ¿dónde pretendes dar este golpe de estado? - el joven chasqueó la lengua, relamiéndose los labios, ansiando ya el premio al final del camino. Su interlocutor levantó la lámpara, e iluminó una esquina del estudio, junto a un ventanal con las cortinas echadas, dejando ver un globo terráqueo de proporciones inmensas.
- ¿No te lo imaginas?
El joven enarcó una ceja, divertido, al verle pasear sus dedos sobre Norteamérica... pero el Trajeado sólo cogía impulso, haciendo girar el globo sobre sí mismo, y después haciéndose a un lado, abarcándolo por completo con un gesto.
- En todas partes.
Su interlocutor se atragantó con el humo.
22/11/09
19/11/09
Tragarse el orgullo
- Son cosas de adultos. Vete a jugar un ratito, ¿vale?
Las cosas de adultos eran aburridas, lentas, grandes e injustas. Al menos, esa era la definición que su pensante cabecita de seis años había encontrado satisfactoria. Aún así, de vez en cuando sentía curiosidad, y se acercaba a hurtadillas, sentado en el pasillo, a escuchar hablar a su madre con el vecino.
Hablaban de muchas cosas, algunas incomprensibles que él después le preguntaba a su padre cuando venía a recogerlo, como aquella vez que mencionaron "economía".
- Algo muy feo que aún no tiene que asustarte - le había explicado papá revolviéndole el pelo. Aquel día se enfado, porque a él no le asustaban las cosas feas, pero se le olvidó cuando, para pedirle perdón por herir su orgullo, su padre le regaló un helado. Después le preguntó qué era "orgullo", y, tras reírse, él respondió - Lo que hace que te enfades con las personas que quieres.
Se había puesto muy triste después de aquello, así que él, con su pensante cabecita de seis años, encontró la solución: le regaló su helado (lo que quedaba de él) y le prometió que no haría orgullo nunca más. Su padre volvió a reírse, y luego no se acordaron del orgullo y fueron al zoo, como ya habían planeado.
Al llevarlo de vuelta a casa, pasó algo extraño. Se oían ruidos raros y gemidos, y papá parecía asustado, quizá por miedo a que le hubiese pasado algo malo a mamá mientras estaba fuera, ya que llevaba unas semanas sin dormir en casa. Pero su padre se limitó a volver a cerrar la puerta, y montarse en el coche. Su hijo lo siguió, y se abrochó el cinturón mientras arrancaban.
- ¿Estás enfadado? - estaba muy serio, con la mirada fija en algún punto extraño más allá del cristal - Te prometo que no haré orgullo más nunca.
Él lo miró un momento como si no le reconociese, y después esbozó una sonrisa tan triste que le dieron ganas de llorar.
Dijo algo, pero su hijo no pudo oírle, entre el estampido de metal contra metal, de cristales rompiéndose, el claxon de un camión, el estallido de los airbag, y lo oscuro que se estaba poniendo todo a su alrededor...
Las cosas de adultos eran aburridas, lentas, grandes e injustas. Al menos, esa era la definición que su pensante cabecita de seis años había encontrado satisfactoria. Aún así, de vez en cuando sentía curiosidad, y se acercaba a hurtadillas, sentado en el pasillo, a escuchar hablar a su madre con el vecino.
Hablaban de muchas cosas, algunas incomprensibles que él después le preguntaba a su padre cuando venía a recogerlo, como aquella vez que mencionaron "economía".
- Algo muy feo que aún no tiene que asustarte - le había explicado papá revolviéndole el pelo. Aquel día se enfado, porque a él no le asustaban las cosas feas, pero se le olvidó cuando, para pedirle perdón por herir su orgullo, su padre le regaló un helado. Después le preguntó qué era "orgullo", y, tras reírse, él respondió - Lo que hace que te enfades con las personas que quieres.
Se había puesto muy triste después de aquello, así que él, con su pensante cabecita de seis años, encontró la solución: le regaló su helado (lo que quedaba de él) y le prometió que no haría orgullo nunca más. Su padre volvió a reírse, y luego no se acordaron del orgullo y fueron al zoo, como ya habían planeado.
Al llevarlo de vuelta a casa, pasó algo extraño. Se oían ruidos raros y gemidos, y papá parecía asustado, quizá por miedo a que le hubiese pasado algo malo a mamá mientras estaba fuera, ya que llevaba unas semanas sin dormir en casa. Pero su padre se limitó a volver a cerrar la puerta, y montarse en el coche. Su hijo lo siguió, y se abrochó el cinturón mientras arrancaban.
- ¿Estás enfadado? - estaba muy serio, con la mirada fija en algún punto extraño más allá del cristal - Te prometo que no haré orgullo más nunca.
Él lo miró un momento como si no le reconociese, y después esbozó una sonrisa tan triste que le dieron ganas de llorar.
Dijo algo, pero su hijo no pudo oírle, entre el estampido de metal contra metal, de cristales rompiéndose, el claxon de un camión, el estallido de los airbag, y lo oscuro que se estaba poniendo todo a su alrededor...
29/10/09
EDAD: 7 años
Acabaría mal.
Todas las historias acababan mal, ya lo tenía más que comprobado y (según él) asumido. Había dejado muy atrás esos años soñando ser un superhéroe que salvaba el mundo de alguna catástrofe y rescataba a la doncella en apuros, también abía dejado atrás aquellos en los que era un simple hombre que salvaba a la humanidad de su propia autodestrucción acompañado por una femme fatale (a la que también rescataba en algún punto del proceso); incluso cuando se conformaba con salvar a una persona, doncella o diablesa, que le quisiese.
Parecía que el tamaño de sus sueños iba encogiendo junto con su menguante realidad...
El comandante Gorca asintió, girando sobre la esquina y apuntando en dirección adonde sabía que se ocultaba el último miembro de la Resistencia Humana X, el héroe en el que los restos desperdigados que ahora eran la raza humana había puesto sus últimas esperanzas. Pero no le quedaba ninguna, ellos tenían a la Princesa y eran muchos, mientra que él estaba solo. No, el Misterioso Salvador, que había ocultado su identidad para proteger a sus seres queridos, no podía hacer nada salvo intentar derrotarlo a él, el comandante de las Fuerzas Invasoras Extraterrestres, en combate singular.
Rodó sobre la arena, saltó sobre la vía hiperespacial con forma de tobogán, y corrió hacia el escondite del Misterioso Salvador con su arma preparada para disparar.
- ¡PAM! - gritó una voz muy cerca, a su derecha. El cañón de plástico de una de esas incivilizadas armas terrestres le apuntaba a la cara, sostenido con pulso firme por un sonriente Misterioso Salvador.
- ¡Eso no vale, no estabas en tu escondite! - Gorca se resistía a morir tan fácilmente, era el comandante más fuerte de la galaxia mundial.
- ¡Sí que vale, estaba escondido!
- ¡Pero no estabas en la casa de la Resistencia Humana X, no vale!¡Tú pierdes!
- Yo puedo esconderme donde quiera, ¡y he ganado! - el Misterioso Salvador se cruzó de brazos, sin sonreír ya, y los últimos supervivientes de la raza humana, que se habían reunido allí para contemplar la batalla entre el temible Gorca y su héroe, estallaron en gritos de felicidad, mientras, en el lado opuesto, los invasores extraterrestres alzaban voces de protesta.
- ¡Salva ha ganado! - intervino una voz chillona, y su dueña, una niña tan bonita como las muñecas de porcelana, con una rizada melena negra y unos ojos azules que destelleaban a la luz del sol, se adelantó - ¡Te ha ganado y me ha salvado!
- ¡Ja! - hizo el Misterioso Salvador con una sonrisa de autosuficiencia. Y Gorca se la borró d eun puñetazo. Él era más grande, más fuerte, y él ganaba.
Salvador cayó al suelo sujetándose la nariz con las manos, y, al ver la sangre entre los dedos, empezó a llorar. Su estúpida princesa Laura se agachó junto a él casi aullando su nombre.
- ¡Pues ahora gano yo! - chilló Carlos Gorca, que echó a correr para esconderse en los lavabos antes de que llegasen los maestros.
Sólo es el principio de una historia sobre cómo alguien puede ir perdiendo su identidad, derrota tras derrota. No está dedicado a triunfadores.
Todas las historias acababan mal, ya lo tenía más que comprobado y (según él) asumido. Había dejado muy atrás esos años soñando ser un superhéroe que salvaba el mundo de alguna catástrofe y rescataba a la doncella en apuros, también abía dejado atrás aquellos en los que era un simple hombre que salvaba a la humanidad de su propia autodestrucción acompañado por una femme fatale (a la que también rescataba en algún punto del proceso); incluso cuando se conformaba con salvar a una persona, doncella o diablesa, que le quisiese.
Parecía que el tamaño de sus sueños iba encogiendo junto con su menguante realidad...
El comandante Gorca asintió, girando sobre la esquina y apuntando en dirección adonde sabía que se ocultaba el último miembro de la Resistencia Humana X, el héroe en el que los restos desperdigados que ahora eran la raza humana había puesto sus últimas esperanzas. Pero no le quedaba ninguna, ellos tenían a la Princesa y eran muchos, mientra que él estaba solo. No, el Misterioso Salvador, que había ocultado su identidad para proteger a sus seres queridos, no podía hacer nada salvo intentar derrotarlo a él, el comandante de las Fuerzas Invasoras Extraterrestres, en combate singular.
Rodó sobre la arena, saltó sobre la vía hiperespacial con forma de tobogán, y corrió hacia el escondite del Misterioso Salvador con su arma preparada para disparar.
- ¡PAM! - gritó una voz muy cerca, a su derecha. El cañón de plástico de una de esas incivilizadas armas terrestres le apuntaba a la cara, sostenido con pulso firme por un sonriente Misterioso Salvador.
- ¡Eso no vale, no estabas en tu escondite! - Gorca se resistía a morir tan fácilmente, era el comandante más fuerte de la galaxia mundial.
- ¡Sí que vale, estaba escondido!
- ¡Pero no estabas en la casa de la Resistencia Humana X, no vale!¡Tú pierdes!
- Yo puedo esconderme donde quiera, ¡y he ganado! - el Misterioso Salvador se cruzó de brazos, sin sonreír ya, y los últimos supervivientes de la raza humana, que se habían reunido allí para contemplar la batalla entre el temible Gorca y su héroe, estallaron en gritos de felicidad, mientras, en el lado opuesto, los invasores extraterrestres alzaban voces de protesta.
- ¡Salva ha ganado! - intervino una voz chillona, y su dueña, una niña tan bonita como las muñecas de porcelana, con una rizada melena negra y unos ojos azules que destelleaban a la luz del sol, se adelantó - ¡Te ha ganado y me ha salvado!
- ¡Ja! - hizo el Misterioso Salvador con una sonrisa de autosuficiencia. Y Gorca se la borró d eun puñetazo. Él era más grande, más fuerte, y él ganaba.
Salvador cayó al suelo sujetándose la nariz con las manos, y, al ver la sangre entre los dedos, empezó a llorar. Su estúpida princesa Laura se agachó junto a él casi aullando su nombre.
- ¡Pues ahora gano yo! - chilló Carlos Gorca, que echó a correr para esconderse en los lavabos antes de que llegasen los maestros.
Sólo es el principio de una historia sobre cómo alguien puede ir perdiendo su identidad, derrota tras derrota. No está dedicado a triunfadores.
15/10/09
Conversaciones de msn
"Lo malo de los jevis es que si les lanzas jabón mueren" by Jezabel, comentando la posibilidad de lanzar un ejercito de Metal contra las hordas pijas que la acosan e impiden dormir.
Autoengaño
Cuando el recuerdo, antes glorificado objeto de autocompasivo y melancólico desprecio, se transforma en acogedor refugio, algo va muy mal.
La sensación de no ser, al menos no más allá de apático contemplador; de no sentir más allá del asfixiante calor que resbala por todos los poros, cerrados. Soterradas miradas de ardiente indiferencia grabando a fuego una imagen que sofoca el presente y ahuma la personalidad, que prende tan dentro que ni todo el océano antártico sería capaz de enfriarlo...
Invadido por dudas y resquemores, tratando de apartar la bruma matutina a soplos sólo para quedarse sin aire, y perder el conocimiento clamando oxígeno, o agua, o frío.
Y no ser respondido ni por el silencio.
La ausencia cobra forma, vida como una película en tercera persona, focalización externa heterodiegética, narrador a secas.
Un chico de casi veinte años que se incorpora sin saber ubicar el blanco en la gama de colores. No sabe que no puede ver más allá de infrarrojo o ultravioleta, así que ve. Ve manchas de rostro humano, de sudor, latidos, calor corporal, moviéndose entre frío cemento de paredes cenicientas; ve manchas de horror, blanca sangre reseca bajo capas de lejía y semen.
No sabe, y no entiende, ergo no piensa ni existe. No se cuestiona nada. Sólo ve.
Y sale del desconocido habitáculo, vaga (camina sin rumbo fijo) hasta que no distingue ni el sonido de su respiración. No sabe que no puede oír más allá de los ultrasonidos, así que oye. Oye las motas de polvo en caída libre con el vaho del aliento de los que estuvieron allí, oye la hemoglobina inyectando oxígeno a todos los cuepros que chirrian entre el ruidoso derrumbamiento de la pintura por la erosión del tiempo, oye la luz inundándolo todo.
No sabe, y no entiende, ergo no piensa ni existe. No se cuestiona nada. Sólo oye. Y huele, saborea y acaricia, infinitud de sombras, hasta las partículas más insignificantes. Pero no es.
No más allá de la sensación de estar consumiéndose.
Autosatisfacción.
La sensación de no ser, al menos no más allá de apático contemplador; de no sentir más allá del asfixiante calor que resbala por todos los poros, cerrados. Soterradas miradas de ardiente indiferencia grabando a fuego una imagen que sofoca el presente y ahuma la personalidad, que prende tan dentro que ni todo el océano antártico sería capaz de enfriarlo...
Invadido por dudas y resquemores, tratando de apartar la bruma matutina a soplos sólo para quedarse sin aire, y perder el conocimiento clamando oxígeno, o agua, o frío.
Y no ser respondido ni por el silencio.
La ausencia cobra forma, vida como una película en tercera persona, focalización externa heterodiegética, narrador a secas.
Un chico de casi veinte años que se incorpora sin saber ubicar el blanco en la gama de colores. No sabe que no puede ver más allá de infrarrojo o ultravioleta, así que ve. Ve manchas de rostro humano, de sudor, latidos, calor corporal, moviéndose entre frío cemento de paredes cenicientas; ve manchas de horror, blanca sangre reseca bajo capas de lejía y semen.
No sabe, y no entiende, ergo no piensa ni existe. No se cuestiona nada. Sólo ve.
Y sale del desconocido habitáculo, vaga (camina sin rumbo fijo) hasta que no distingue ni el sonido de su respiración. No sabe que no puede oír más allá de los ultrasonidos, así que oye. Oye las motas de polvo en caída libre con el vaho del aliento de los que estuvieron allí, oye la hemoglobina inyectando oxígeno a todos los cuepros que chirrian entre el ruidoso derrumbamiento de la pintura por la erosión del tiempo, oye la luz inundándolo todo.
No sabe, y no entiende, ergo no piensa ni existe. No se cuestiona nada. Sólo oye. Y huele, saborea y acaricia, infinitud de sombras, hasta las partículas más insignificantes. Pero no es.
No más allá de la sensación de estar consumiéndose.
Autosatisfacción.
5/10/09
¡Ella se muestra...!
Tarde, aunque siempre lo convierte en a tiempo.
"¿Es por mí por quien preguntas?"
Por cualquier anónima persona que me brille en la mirada y se sugiera en la comisura de mis labios al curvarse, en realidad, pero sí, pregunto por ti también. ¿Cómo no iba a hacerlo?
¿Cómo, si cada vez que miro el papel, sólo es tu nombre el que soy capaz de escribir?
A ratos, son otros, ficticios todos, imaginaciones mías, ninguna alcanza jamás a deslumbrarme si tiene nombre. Pero tú, oh, ¿tú? Tu pronombre vale más que mil suspiros de noches en vela haciendo y deshaciendo historias. Me conmueve realmente que te muestres más allá de un torcido reflejo en el espejo de carnaval que es mi mente, y vengas y me cuestiones, ¿por quién iba a preguntar si no?
Soy escritor a ratos, y sólo a ratos te miento, te exijo, te reclamo más allá de la realidad para que me ayudes a escribirte, o escribirnos, y sólo a ratos te encuentro, pero ¡qué momentos! Qué placer poder vivirlos más, si de verdad pudiese. Ella se muestra, he dicho, Ella, protagonista de tantas y tantas cavilaciones, devaneos, sinsentidos y, sobretodo, dolores de cabeza.
¿Quién es Ella?
Como ya he dicho, es por Ella que pregunto. Por ella escribo. Si me apuráis... diría que por Ella existo.
"¿Es por mí por quien preguntas?"
Por cualquier anónima persona que me brille en la mirada y se sugiera en la comisura de mis labios al curvarse, en realidad, pero sí, pregunto por ti también. ¿Cómo no iba a hacerlo?
¿Cómo, si cada vez que miro el papel, sólo es tu nombre el que soy capaz de escribir?
A ratos, son otros, ficticios todos, imaginaciones mías, ninguna alcanza jamás a deslumbrarme si tiene nombre. Pero tú, oh, ¿tú? Tu pronombre vale más que mil suspiros de noches en vela haciendo y deshaciendo historias. Me conmueve realmente que te muestres más allá de un torcido reflejo en el espejo de carnaval que es mi mente, y vengas y me cuestiones, ¿por quién iba a preguntar si no?
Soy escritor a ratos, y sólo a ratos te miento, te exijo, te reclamo más allá de la realidad para que me ayudes a escribirte, o escribirnos, y sólo a ratos te encuentro, pero ¡qué momentos! Qué placer poder vivirlos más, si de verdad pudiese. Ella se muestra, he dicho, Ella, protagonista de tantas y tantas cavilaciones, devaneos, sinsentidos y, sobretodo, dolores de cabeza.
¿Quién es Ella?
Como ya he dicho, es por Ella que pregunto. Por ella escribo. Si me apuráis... diría que por Ella existo.
23/9/09
Asustado
Salir corriendo bajo la lluvia,
o sentarse a esperarla,
tal vez bailar con ella.
Reclinarse sobre la tierra o la hierba,
mirar el horizonte,
apagar un cigarrillo,
hablar en voz alta con uno mismo.
Observar con fijeza miradas,
hacer el amor mientras se folla,
susurrar sinsentidos al oído de alguien,
conocerla sin hablarse,
encender un cigarrillo.
Ocultarme apáticamente tras mis sonrisas, preocuparme y no tomarme nada en serio, llorar a escondidas en mí mismo, suspirar a solas para que nadie me oiga, subir el volumen de los auriculares para no oír a nadie, concentrarme en tinta y papel hasta desaparecer, gruñir con violencia a la vuelta, despertar con un ojo abierto y sintiendo un frío lacerante en la piel, abrazar mis musas y anhelarlas, desear fervientemente comprensión, leer, escribir, leer...
Salir, sentarse, tal vez bailar, reclinarse, mirarte, apagarme, hablarte, observarte, hacerme, susurrarte, conocerme, encenderte, ocultarme, preocuparme, llorar, suspirarte, subirme, concentrarme, gruñir, despertarte, abrazarte, desearte, leerte, escribirte, leerte...
Sorprenderme. Sorprenderte.
Tal vez... quererme. Quererte.
o sentarse a esperarla,
tal vez bailar con ella.
Reclinarse sobre la tierra o la hierba,
mirar el horizonte,
apagar un cigarrillo,
hablar en voz alta con uno mismo.
Observar con fijeza miradas,
hacer el amor mientras se folla,
susurrar sinsentidos al oído de alguien,
conocerla sin hablarse,
encender un cigarrillo.
Ocultarme apáticamente tras mis sonrisas, preocuparme y no tomarme nada en serio, llorar a escondidas en mí mismo, suspirar a solas para que nadie me oiga, subir el volumen de los auriculares para no oír a nadie, concentrarme en tinta y papel hasta desaparecer, gruñir con violencia a la vuelta, despertar con un ojo abierto y sintiendo un frío lacerante en la piel, abrazar mis musas y anhelarlas, desear fervientemente comprensión, leer, escribir, leer...
Salir, sentarse, tal vez bailar, reclinarse, mirarte, apagarme, hablarte, observarte, hacerme, susurrarte, conocerme, encenderte, ocultarme, preocuparme, llorar, suspirarte, subirme, concentrarme, gruñir, despertarte, abrazarte, desearte, leerte, escribirte, leerte...
Sorprenderme. Sorprenderte.
Tal vez... quererme. Quererte.
5/9/09
Entre las cenizas del recuerdo Peractio
Hay veces que un simple “lo siento” no es suficiente, y algo dentro de ti se niega a escuchar por mucho que la otra persona parezca arrepentida. Sentir mordeduras de dolor y hacer caso omiso, remordimientos mudos y orgullo herido, que lo único para lo que sirve es aumentar el sufrimiento. Lágrimas que amenazan salir, acalladas como una muchedumbre insurrecta, hacen darse cuenta de que hay que salvar la situación de alguna manera.
¿Huir?¿Afrontarla?
El escritor, en toda su aparente arrogancia y arrojo, se atraganta con las palabras y bebe en silencio, observando apáticamente el rostro de ella, de su melancolía en forma de mujer, de su rescoldo y a la vez última jarra de agua fría sobre las cenizas del recuerdo. Capaz tanto de llevárselas como la brisa, como de hacer que su vida combustione de nuevo y acabe asfixiándose con el humo de su propia autocompasión.
¿Huir?¿Afrontarla?
¿Qué hacer ante lo único que te ha mantenido vivo, que no cuerdo?
Necesitaba respuestas a mil preguntas, y su cerebro no era capaz de terminar de darle forma a ninguna. Había soñado con ese momento durante dos años, pero jamás había estado preparado para vivirlo realmente.
La ciudad parece más gris que de costumbre, los coches más silenciosos que nunca, los transeúntes encorbatados menos irritantes. Y allí, en una terraza sin importancia de una cafetería sin importancia en una ciudad irrisoria un pequeño hombre, del todo dispensable, se siente más vivo y muerto que nunca.
No entiende, ni con toda su relativamente amplia cultura y aventajado intelecto, nada. Se siente pequeño, se sabe tal y eso le deja un sabor amargo en la boca, porque nunca había estado tan seguro de algo.
Pero ella puede cambiar eso. Y puede porque él quiere, anhela con todo su ser que sea así. Aunque no dará el primer paso, eso ni pensarlo, tiene demasiado miedo y rencor dentro de él como para atreverse. Es sólo un escritor, y un hombre pequeño ante un mundo aterrador.
El pasado le reconcome por dentro, le devora a pasos agigantados, y teme todo. ¿A qué atreverse, si siempre van a hacerle daño?¿Quién se atrevería?
Hablamos de palabras mayores aquí, esto no es como salvar el mundo de una hecatombe ni marcar un hito en la historia con heroicidades. Esto son sentimientos de un único individuo, es su mundo, su yo por completo, pendiendo de un fino hilo que cada vez le parece más y más inseguro.
Y todos sabemos que una persona siempre va a importar más que todo el mundo.
¿Huir?¿Afrontarla?
¿Qué hacer cuando las cenizas de tu recuerdo toman forma y te abofetean?
¿Qué hacer cuando empiezas a darte cuenta de que ya nunca volverán a ser simples cenizas, sino que serán de nuevo todo lo que eran antes de arder, que volverán a SER, y que tendrás que soportarlo de ahora en adelante, porque ninguna brisa podrá llevárselas?
No todos somos tan fuertes como para deshacernos de nuestras cenizas por nosotros mismos. Hay gente tan débil que toda su personalidad está compuesta y construida por miedos, que dependen de múltiples puntos de apoyo, y que una aparente fuerza y estabilidad pueden desmoronarse de pronto por un leve desequilibrio.
Aunque, para ser más exacto con la metáfora, para esas personas un leve desequilibrio en su mundo significa el principio de un incendio en un edificio sin agua ni ventanas, sin modo de frenar el fuego ni huir de él. Todo quedará reducido a meras cenizas, sombras de recuerdos que fueron, y a nosotros, patéticos cobardes, sólo nos quedará la sensación de asfixia y el humo en los pulmones, impidiéndonos respirar hasta, al final, dejarnos inconscientes para que nuestro mundo arda y seamos consumidos por las llamas.
Y, un día, te vuelven a mostrar lo que fuiste, y esa visión se queda grabada en tu retina, y ya nunca se borra, pero… no deja de ser una visión. Y tú sigues ahogándote con el humo.
Y acabo siendo ceniza entre tus recuerdos…
¿Huir?¿Afrontarla…?
¿Qué hacer, si no soy más que un pequeño escritor consumiéndose entre las cenizas del recuerdo?
¿Huir?¿Afrontarla?
El escritor, en toda su aparente arrogancia y arrojo, se atraganta con las palabras y bebe en silencio, observando apáticamente el rostro de ella, de su melancolía en forma de mujer, de su rescoldo y a la vez última jarra de agua fría sobre las cenizas del recuerdo. Capaz tanto de llevárselas como la brisa, como de hacer que su vida combustione de nuevo y acabe asfixiándose con el humo de su propia autocompasión.
¿Huir?¿Afrontarla?
¿Qué hacer ante lo único que te ha mantenido vivo, que no cuerdo?
Necesitaba respuestas a mil preguntas, y su cerebro no era capaz de terminar de darle forma a ninguna. Había soñado con ese momento durante dos años, pero jamás había estado preparado para vivirlo realmente.
La ciudad parece más gris que de costumbre, los coches más silenciosos que nunca, los transeúntes encorbatados menos irritantes. Y allí, en una terraza sin importancia de una cafetería sin importancia en una ciudad irrisoria un pequeño hombre, del todo dispensable, se siente más vivo y muerto que nunca.
No entiende, ni con toda su relativamente amplia cultura y aventajado intelecto, nada. Se siente pequeño, se sabe tal y eso le deja un sabor amargo en la boca, porque nunca había estado tan seguro de algo.
Pero ella puede cambiar eso. Y puede porque él quiere, anhela con todo su ser que sea así. Aunque no dará el primer paso, eso ni pensarlo, tiene demasiado miedo y rencor dentro de él como para atreverse. Es sólo un escritor, y un hombre pequeño ante un mundo aterrador.
El pasado le reconcome por dentro, le devora a pasos agigantados, y teme todo. ¿A qué atreverse, si siempre van a hacerle daño?¿Quién se atrevería?
Hablamos de palabras mayores aquí, esto no es como salvar el mundo de una hecatombe ni marcar un hito en la historia con heroicidades. Esto son sentimientos de un único individuo, es su mundo, su yo por completo, pendiendo de un fino hilo que cada vez le parece más y más inseguro.
Y todos sabemos que una persona siempre va a importar más que todo el mundo.
¿Huir?¿Afrontarla?
¿Qué hacer cuando las cenizas de tu recuerdo toman forma y te abofetean?
¿Qué hacer cuando empiezas a darte cuenta de que ya nunca volverán a ser simples cenizas, sino que serán de nuevo todo lo que eran antes de arder, que volverán a SER, y que tendrás que soportarlo de ahora en adelante, porque ninguna brisa podrá llevárselas?
No todos somos tan fuertes como para deshacernos de nuestras cenizas por nosotros mismos. Hay gente tan débil que toda su personalidad está compuesta y construida por miedos, que dependen de múltiples puntos de apoyo, y que una aparente fuerza y estabilidad pueden desmoronarse de pronto por un leve desequilibrio.
Aunque, para ser más exacto con la metáfora, para esas personas un leve desequilibrio en su mundo significa el principio de un incendio en un edificio sin agua ni ventanas, sin modo de frenar el fuego ni huir de él. Todo quedará reducido a meras cenizas, sombras de recuerdos que fueron, y a nosotros, patéticos cobardes, sólo nos quedará la sensación de asfixia y el humo en los pulmones, impidiéndonos respirar hasta, al final, dejarnos inconscientes para que nuestro mundo arda y seamos consumidos por las llamas.
Y, un día, te vuelven a mostrar lo que fuiste, y esa visión se queda grabada en tu retina, y ya nunca se borra, pero… no deja de ser una visión. Y tú sigues ahogándote con el humo.
Y acabo siendo ceniza entre tus recuerdos…
¿Huir?¿Afrontarla…?
¿Qué hacer, si no soy más que un pequeño escritor consumiéndose entre las cenizas del recuerdo?
Intrascendencias
Blausblausblaus.
¿Quien es Ella?
¿Cuantos caminos debe recorrer un hombre (o una mujer)?
¿Por que me duele el pie a veces?
¿De donde vienen los gremlins?
¿Tienen vejiga los fantasmas?
¿Los hombres somos ilusos y torpes per se, o nuestras madres nos lo enseñan a proposito para que sigamos sin entender a las mujeres?
Preguntas de la vida...
¿Quien es Ella?
¿Cuantos caminos debe recorrer un hombre (o una mujer)?
¿Por que me duele el pie a veces?
¿De donde vienen los gremlins?
¿Tienen vejiga los fantasmas?
¿Los hombres somos ilusos y torpes per se, o nuestras madres nos lo enseñan a proposito para que sigamos sin entender a las mujeres?
Preguntas de la vida...
3/9/09
Pseudonimado
A veces, entran ganas de romper cosas. En general, nada especifico, y, cuanto mas grande, mejor. Como tirar un televisor, una estanteria, o un colchon por la azotea.
Es un estado transitorio de locura o enajenacion mental en el que uno no es uno mismo, hasta que no parte algo. O lo parte to.
¿Y sabeis que sienta mejor incluso que reventar cosas grandes?
Reventar cosas CARAS. Despues, cuando vuelves a ser tu mismo, te das de chocazos con la pared y te arañas la cara como una plañidera (si es que se llamaban asi esas mujeres tan lloronas y ruidosas de los entierros, es que no lo recuerdo); pero, durante ese instante, te sientes poderoso, plantas cara a todo el mundo en plan "¡JA!¡He desperdiciado dinero, ese dios tan preciado para vosotros!". Vale, que si, que luego te cagas porque es un dios omnipresente que nos jode a todos por igual, pero has tenido un orgasmo de ateismo que lo flipas.
En fin, que no soy yo, y voy a partir algo. Grande. O caro. Ya vere que pillo antes.
Es un estado transitorio de locura o enajenacion mental en el que uno no es uno mismo, hasta que no parte algo. O lo parte to.
¿Y sabeis que sienta mejor incluso que reventar cosas grandes?
Reventar cosas CARAS. Despues, cuando vuelves a ser tu mismo, te das de chocazos con la pared y te arañas la cara como una plañidera (si es que se llamaban asi esas mujeres tan lloronas y ruidosas de los entierros, es que no lo recuerdo); pero, durante ese instante, te sientes poderoso, plantas cara a todo el mundo en plan "¡JA!¡He desperdiciado dinero, ese dios tan preciado para vosotros!". Vale, que si, que luego te cagas porque es un dios omnipresente que nos jode a todos por igual, pero has tenido un orgasmo de ateismo que lo flipas.
En fin, que no soy yo, y voy a partir algo. Grande. O caro. Ya vere que pillo antes.
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